Mi mujer quiso que mis amigos la miraran esa noche
Marina y yo llevábamos años alimentando la misma fantasía sin atrevernos a darle la última vuelta. Empezó como un juego inocente: una foto suya recostada en la cama, el rostro fuera del encuadre, que le mandé a un foro anónimo solo para leer lo que escribían los desconocidos. Le gustó. Le gustó más de lo que ninguno de los dos quería admitir aquella primera noche.
—¿Qué pusieron? —me preguntaba después, fingiendo desinterés mientras se mordía el labio.
—Cosas —respondía yo—. Cosas que no te voy a repetir si no me las ganas.
Y se las ganaba. Siempre se las ganaba. Se ponía de rodillas entre mis piernas, me bajaba el pantalón con los dientes y me sacaba la polla ya medio dura para metérsela entera en la boca, hasta el fondo, hasta que se le saltaban las lágrimas y el maquillaje se le corría por las mejillas. Me la mamaba mientras me leía en voz alta, con la boca llena, los comentarios más guarros que los tipos del foro le habían escrito. «Este dice que te reventaría el coño», susurraba con mi verga entre los labios, y luego me la volvía a tragar hasta la garganta. Se corría ella sola, tocándose, mientras yo le vaciaba el semen en la cara y ella lo recogía con la lengua sin perder una gota.
Durante meses, eso nos bastó. Las fotos, los comentarios, la certeza de que hombres a los que nunca veríamos la miraban y la deseaban desde el otro lado de una pantalla. Pero las pantallas tienen un techo, y una mañana de domingo, con ella todavía despeinada sobre mi pecho, lo dije en voz alta por primera vez.
—Quiero darle una vuelta más. Algo de verdad. En vivo.
Marina levantó la cabeza despacio. No me dijo que estaba loco, aunque lo pensó. Me lo dijo con los ojos, y luego con una sonrisa que tardó tres segundos de más en aparecer.
—Explícate —murmuró.
Le expliqué. Mis dos mejores amigos, Diego y Tomás, vendrían a casa el sábado, como tantas otras veces. Cenaríamos, beberíamos, hablaríamos de fútbol y de trabajo. Y en algún momento de la noche, ella dejaría de ser la anfitriona perfecta para convertirse en la mujer de mis fotos. Delante de ellos. Mirándola.
—No puedo —dijo, y se le aceleró la respiración al decirlo—. ¿Qué van a pensar de mí?
—Nada que no estén pensando ya —respondí—. Que tienes un coño que se les cae la baba solo de imaginarlo. Que se la cascan pensando en ti después de cada cena.
Me clavó las uñas en el muslo al oírlo, y noté cómo se apretaba contra mi pierna, ya mojada bajo el camisón.
—Sigue hablando así —jadeó, y me subió la mano hasta ponerla entre sus tetas—. Sigue.
La monté ahí mismo, sin sacarle el camisón, apartándole las bragas con dos dedos. Estaba tan empapada que se la metí entera de una embestida y ella soltó un gemido ronco que me llenó la boca. La follé pensando en Diego y Tomás mirándonos, y ella se corrió a los dos minutos gritando que sí, que quería, que hiciéramos lo que fuera. Hubo un silencio largo mientras recuperaba el aliento, todavía con mi verga dentro, apretándome con el coño en espasmos pequeños. Después me hizo una pregunta que lo cambió todo.
—¿Y si no quiero acordarme de sus caras al día siguiente? ¿Y si necesito una excusa para soltarme?
Ahí nació el juego.
***
La idea fue suya, aunque a Diego y a Tomás les vendí lo contrario. Marina había leído sobre hipnosis erótica, esos vídeos donde alguien finge caer en trance y hace cosas que jamás haría despierto. No creía en nada de eso, por supuesto. Pero le servía la coartada: si ante ellos parecía dormida, podía permitirse cualquier cosa sin el peso de la vergüenza. Una actriz interpretando a la mujer que en el fondo siempre había querido ser.
Ensayamos toda la semana. Yo decía una frase tonta, chasqueaba los dedos, y ella cerraba los ojos y se entregaba al personaje. Practicamos los gestos, el ritmo, hasta dónde llegaría y dónde se detendría. Acordamos una palabra de seguridad: si decía «café», el juego terminaba en el acto, sin preguntas. Lo repetimos tantas veces que para el viernes ya no temblaba al imaginarlo. Temblaba, sí, pero de otra cosa.
Los ensayos terminaban siempre igual. Ella desnuda en el centro del salón, con los ojos cerrados y las piernas ligeramente separadas, y yo dándole órdenes en voz baja para ver hasta dónde aguantaba el papel. «Tócate las tetas», le decía, y ella se pellizcaba los pezones hasta ponérselos duros como piedras. «Métete dos dedos», y ella se abría el coño con la otra mano y se metía el corazón y el índice hasta los nudillos, sacándolos brillantes de flujo. La ponía a cuatro patas sobre la alfombra, le apartaba las nalgas con las manos y le comía el coño por detrás mientras ella seguía «dormida», mordiéndose el labio para no gritar. Le clavaba la lengua en el culo y le lamía de abajo arriba, sin prisa, hasta que se corría contra mi boca sin abrir los ojos. Luego me ponía de pie, le agarraba el pelo y le metía la polla en la garganta hasta hacerla arcadear. Terminaba corriéndome en su espalda, viendo cómo los chorros de semen le resbalaban por la columna hasta el nacimiento del culo. «Perfecto —le decía—. El sábado igualito.»
—Tú vas a estar todo el tiempo —me dijo la noche anterior, abrazándome de espaldas—. Eres tú quien me mira de verdad. Ellos son el decorado.
—Soy yo —le prometí.
***
El sábado llegaron a las nueve. Diego con una botella de vino, Tomás con esa risa fácil que tiene desde la universidad. Marina los recibió con un vestido negro sencillo, el pelo recogido, los labios apenas pintados. Estaba espectacular sin parecer que lo intentaba, y noté cómo Tomás la repasaba un segundo antes de saludarla con dos besos. Debajo del vestido no llevaba nada, ni bragas ni sujetador, y eso solo lo sabíamos ella y yo.
La cena fue larga y tranquila. Hablamos de todo y de nada. Marina reía, servía, llenaba copas, y solo yo notaba que cada tanto buscaba mi mirada para comprobar que el plan seguía en pie. Le sostenía los ojos un instante. Aquí estoy. Cuando quieras. Cada vez que se agachaba a recoger un plato, el vestido se le tensaba sobre el culo y yo veía perfectamente los pezones marcados bajo la tela. Diego se estaba poniendo nervioso. Tomás bebía más rápido de lo normal.
Fue ella quien dio el pie. Sirvió el café de la sobremesa y, al sentarse, dejó caer la frase como quien comenta el clima.
—¿Os ha contado este lo del curso que está haciendo?
—¿Qué curso? —preguntó Diego.
—Hipnosis —dije yo, restándole importancia—. Una tontería que vi por internet.
Tomás soltó una carcajada.
—Venga ya. Eso es puro cuento, sacacuartos. No funciona con nadie.
—Funciona —dijo Marina, y bebió un sorbo—. A mí me funciona. ¿Verdad, cariño?
Los dos me miraron. Yo me encogí de hombros, como si me costara reconocerlo.
—Os lo demuestro si me prometéis una cosa: lo que pase aquí, se queda aquí.
Diego y Tomás se miraron entre ellos. La curiosidad pudo más que la incredulidad.
—Hecho —dijo Tomás—. Pero no va a pasar nada.
Marina ya se había puesto de pie en el centro del salón, las manos cruzadas por delante, esperando. Me acerqué, le pedí que me mirara a los ojos y dije la frase tonta de siempre. Chasqueé los dedos.
Y mi mujer cerró los ojos y dejó caer los hombros.
***
El silencio en el salón se volvió denso. Diego dejó la copa sobre la mesa sin hacer ruido, como si temiera despertarla. Tomás se inclinó hacia adelante en el sofá, ya sin rastro de burla.
—¿Está...? —empezó.
—Calla —susurré—. Observa.
Me coloqué detrás de ella y hablé en voz baja, pausada, midiendo cada palabra como habíamos ensayado.
—Marina, hace mucho calor aquí. Demasiado para ese vestido.
Subió las manos hasta los tirantes con una lentitud que no tenía nada de inconsciente, aunque ellos no lo sabían. Los deslizó por los hombros, primero uno, después el otro. El vestido cayó hasta su cintura y luego al suelo, y ella lo apartó con el pie sin abrir los ojos. Debajo no había nada. Ni una prenda. Sus tetas quedaron a la vista de golpe, redondas y firmes, con los pezones ya erectos, y su coño depilado brilló bajo la lámpara con un rastro de humedad que llevaba toda la cena acumulándose.
Escuché a Diego contener el aire. Tomás se había quedado completamente quieto, con la copa a medio camino de la boca.
—Joder —murmuró Tomás—. Joder, joder.
Marina se quedó de pie en el centro del salón, completamente desnuda, bañada por la luz tibia de la lámpara de pie. La conocía de memoria, había visto ese cuerpo mil noches, y sin embargo verlo a través de los ojos de ellos lo volvía nuevo. Era mío y al mismo tiempo se ofrecía a la mirada de dos hombres que no se atrevían ni a pestañear.
—Sigue —murmuré—. No tienes nada que esconder esta noche. Tócate las tetas para ellos.
Se llevó las manos a los pechos y se los amasó despacio, girando los pulgares sobre los pezones hasta ponérselos tan duros que se marcaban como piedras. Se los pellizcó, tiró de ellos, los soltó. Después una mano bajó, lenta, por el vientre, y se detuvo justo encima del coño. Se separó los labios con dos dedos, enseñándoles todo, dejando que vieran cómo brillaba por dentro, rosa y empapado, contrayéndose solo de saberse mirado.
Diego se llevó la mano a la entrepierna sin darse cuenta. Tomás tragó tan fuerte que se le oyó desde el otro lado del salón.
Te dije que era yo la que mandaba.
***
—Joder, tío —soltó Tomás en un hilo de voz—. Como se despierte, nos mata.
—No se va a despertar —dije—. Está donde quiere estar.
Diego no había dicho una palabra. Tenía las manos apoyadas en las rodillas, los nudillos tensos, y una erección evidente que le tensaba el pantalón. Miraba a Marina con una mezcla de deseo y de culpa que lo hacía sudar. Era exactamente lo que ella había querido provocar.
—Puede hacer más —dije, y mi propia voz me sonó ajena—. Si queréis verlo.
Ninguno respondió que no.
Me volví hacia ella.
—Marina, siéntate en el sofá. En el centro. Estás sola en casa, no te mira nadie, y tienes muchas ganas de correrte.
Se sentó entre los dos, justo en el hueco que le dejaron al apartarse a los lados como movidos por un resorte. Apoyó la nuca en el respaldo, subió los pies al borde del sofá y separó las rodillas hasta abrirse por completo, ofreciendo su coño abierto a un palmo de la cara de cada uno. Diego apartó la vista un segundo, como pidiendo permiso al techo, y volvió a mirarla incapaz de hacer otra cosa. Tomás no la había dejado de mirar ni una vez.
Bajó la mano derecha por el vientre y se acarició el coño con la palma abierta, de arriba abajo, sin prisa. Después se lo abrió con dos dedos en uve, mostrándoles el clítoris hinchado, y empezó a masajeárselo en círculos lentos. Con la otra mano se agarró una teta y se la apretaba al ritmo, tirándose del pezón cada vez que exhalaba. Un dedo bajó, resbaló entre los labios empapados y se hundió dentro. Después otro. Y otro más. Se metía tres dedos hasta el fondo delante de mis dos amigos, moviéndolos con un chapoteo obsceno que llenó el salón entero.
—Oh, joder —gimió sin poder aguantarlo, y ellos dieron un respingo al oírla hablar—. Qué a gusto, joder.
Diego se apretó la polla por encima del pantalón sin disimulo. Tomás tenía la respiración descompuesta, la boca abierta, los ojos fijos en los dedos que entraban y salían del coño de mi mujer. El sonido húmedo de sus dedos follándola era lo único que se escuchaba, junto con sus jadeos cada vez más hondos. Se sacó los dedos, brillantes y goteando, y se los llevó a la boca para chuparlos uno por uno delante de ellos. Después bajó la mano otra vez y volvió a metérselos, aún más profundo, curvándolos por dentro para tocarse donde sabía que la haría estallar.
Yo los observaba a ellos tanto como a ella. Ese era mi verdadero placer: ver el efecto que mi mujer tenía sobre dos hombres que creían estar guardando un secreto, cuando el único secreto real lo guardábamos ella y yo. Me había sacado la polla dentro del bolsillo y me la apretaba en silencio, viendo cómo Diego y Tomás se derretían delante de mi mujer sin poder tocarla.
—¿A alguno le gustaría...? —empezó a decir Tomás, y se calló él solo, asustado de su propia frase—. Joder, si pudiera...
—No —respondí con suavidad—. Solo mirar. Esta noche solo se mira.
Marina sonrió con los ojos entrecerrados al oírlo. Era su límite, el que habíamos pactado el lunes en la cocina, y verlo respetado la encendió todavía más. Se aceleró, se frotó el clítoris más rápido, se follaba con tres dedos hasta hacerse daño. Arqueó la espalda de golpe, se le tensaron los muslos, y soltó un grito ronco y verdadero al correrse delante de los tres. El coño se le contrajo alrededor de sus propios dedos en espasmos visibles, y un hilo de flujo le bajó por el interior del muslo hasta manchar el sofá. Siguió temblando durante casi un minuto, sacudida por réplicas, mientras Diego y Tomás miraban sin respirar, con las pollas duras como piedras dentro de los pantalones que no se atrevieron a tocarse.
***
Cuando terminó, se quedó unos segundos inmóvil, recuperando el aliento, con las piernas todavía abiertas y el coño palpitando a la vista. Después recogió su vestido con la misma calma con la que se lo había quitado y se lo puso por encima, sin taparse del todo. Yo chasqueé los dedos y dije la frase de cierre.
—Tres, dos, uno. Despierta.
Marina parpadeó, miró alrededor como si no entendiera nada y se llevó una mano al pecho.
—¿Qué...? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me miráis así?
Fue una actuación impecable. Diego y Tomás se deshicieron en disculpas atropelladas, le juraron que no había pasado nada, que solo había sido una demostración del curso. Marina fingió un bochorno educado y se fue a la cocina a por más café, no sin antes rozarme la mano al pasar.
Se marcharon poco después, demasiado nerviosos para quedarse, prometiendo entre risas incómodas que jamás contarían nada. Los dos caminaban raro hasta la puerta, con las erecciones todavía sin bajarles del todo. Cerré la puerta y me apoyé en ella.
Marina apareció en el pasillo, ya sin rastro de la mujer dormida, con esa sonrisa que solo conozco yo. Se dejó caer el vestido de los hombros al llegar a mí y quedó otra vez desnuda, con el coño todavía brillante de la corrida anterior.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Te ha gustado mirar cómo te miraban a ti mirándome?
—Sabías exactamente lo que hacías —dije—. En ningún momento estuviste dormida.
—Ni un segundo —admitió, acercándose—. Pero ellos necesitaban creerlo. Y tú necesitabas verme así.
Se arrodilló delante de mí en el recibidor, me sacó la polla ya reventada de la bragueta y se la tragó entera de una sola vez. Me la mamó con una furia que no le conocía, ahogándose, escupiendo, tragando saliva mezclada con flujo. Me la sacaba de la boca solo para escupir encima y volver a metérsela hasta la garganta. Después se levantó, me arrastró al pasillo, se apoyó de manos en la pared y separó las piernas.
—Métemela ya —jadeó—. Llevo dos horas pensando en esto.
Se la clavé de una embestida hasta el fondo. Estaba tan empapada que entré sin resistencia, y ella soltó un gemido gutural que retumbó en el pasillo. La follé por detrás con toda la fuerza que tenía, agarrándola de las caderas, viendo cómo el culo le rebotaba contra mi pelvis con cada golpe. Le pasé un brazo por delante y le agarré una teta, le pellizqué el pezón, le mordí el hombro. Ella empujaba el culo hacia atrás para recibirme más adentro, gimiendo palabras sueltas: «más», «así», «cómeme entera».
—Piensa en Diego —le susurré al oído sin dejar de follármela—. Piensa en Tomás. En cómo se les caía la baba viéndote correrte.
Se corrió otra vez con eso, apretándome la polla con el coño en espasmos violentos que casi me tiran a mí también. La aguanté, la giré, la tumbé de espaldas en el suelo del pasillo, le levanté las piernas hasta los hombros y me la volví a meter, esta vez a machete. La follé mirándola a los ojos, viendo cómo se le movían las tetas con cada embestida, cómo se mordía los nudillos para no gritar más fuerte de lo que ya gritaba. Cuando aguanté el último segundo la saqué, la enderecé de un tirón y le vacié toda la corrida en la cara, en las tetas, en la boca abierta. Ella lo recogió con los dedos y se lo llevó a la lengua sin dejar de mirarme.
Me besó despacio, todavía con el semen brillándole en el mentón y el cuerpo encendido por dos horas de ser deseada.
—La próxima vez —susurró contra mi boca— las reglas las pongo yo. Y la próxima vez sí les dejo tocar.
No discutí. Esa noche había aprendido algo que no olvidaría: el que creía dirigir el juego no era yo, ni mucho menos mis amigos. Era ella. Siempre había sido ella. Y la sola idea de la próxima vez me quitó el sueño hasta el amanecer.





