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Relatos Ardientes

Dejé que la miraran toda la noche en la pista

Contado por los dos, ella y él.

Me gustó la noche, me gustó follar con Rodrigo y, sin embargo, no sentí ni una pizca de culpa. Al verlo todavía dormido con la primera luz del amanecer, su cuerpo firme y ancho, comprendí que me gustaba como me gusta un auto deportivo, un vestido que cae perfecto o un cuadro que te detiene en seco. Me gustaba, no lo quería. Eran cosas distintas y yo lo tenía clarísimo.

Nunca había estado con otro hombre que no fuera mi marido. Jamás se me habría ocurrido buscarme un amante, ni pensé que algo así pudiera pasar. Pero no me cabía duda de que había disfrutado, y no tanto por el acto en sí, que fue más bien algo animal —él encima de mí abriéndome las piernas hasta dejarlas casi en cruz, la polla dura entrándome de una sola embestida hasta el fondo, sin miramientos, y yo agarrándome de sus hombros mientras me follaba en silencio, mordiéndose el labio para no gritar—, sino por lo que significaba: romper un molde, hacer algo prohibido, devolverle a Esteban su propia insistencia en empujarme hacia Rodrigo. Todavía sentía el escozor entre las piernas, el coño hinchado y pegajoso de la corrida que me había dejado dentro, y en lugar de asco lo que me subía era una risa floja, satisfecha.

En el fondo, basta con incitar un poco a un hombre. Mostrarle un pedazo de piel, hacer algo inesperado en el momento justo, y ya lo tienes. Una mujer lo sabe por instinto: cuándo y cómo hacerlo caer, cuándo abrir las piernas apenas lo suficiente para que se le seque la boca, cuándo pasarle la lengua por la oreja para que se le ponga la verga tiesa contra el pantalón.

Cuando se dio vuelta y me descubrió mirándolo desnuda, sonrió y volvió a tomarme la mano, sin intentar nada más. Pero lo que me dijo después de comer me dejó pensando todo el día.

¿Sería verdad que yo era una exhibicionista?

***

Abrí los ojos y la encontré a mi lado, desnuda, con el sol bajo encendiéndole la piel en tonos dorados que el bronceado del verano resaltaba. Verla despertar, en ese momento tan íntimo, casi me hizo creer que entre nosotros podía haber algo más. Todavía tenía el olor de su coño en la boca y el sabor de su corrida en la lengua de haberla comido antes de metérsela; la noche anterior la había hecho terminar dos veces con la lengua clavada entre los labios de su concha antes de follármela, y ella se había venido gritando bajito, tirándome del pelo, empujándome la cara contra su pubis mojado. Pero me contuve y esperé a que ella diera el paso.

Me gustó cómo se levantó de la cama con total naturalidad, de espaldas, mostrándome sin querer las nalgas firmes y esa raja perfecta que la noche antes había recorrido con los dedos, y cómo se puso solo la camiseta del día anterior. La tela le cubría el cuerpo pero dejaba el nacimiento de la espalda a la vista, con un detalle más eficaz que cualquier desnudo completo. Salimos a la terraza a tomar café y mirar el valle, y ahí no sé si metí la pata o se aclararon algunas cosas.

Estaba casi enfrente de mí, ligeramente de costado. Al subir un pie a la silla, el short se le trepó tanto que dejó de cubrir lo que debía cubrir: se le veía perfectamente el pliegue rosado del coño, todavía algo hinchado de la noche anterior, y una pelusa oscura y corta pegada a la piel morena. No se cortó cuando se dio cuenta de hacia dónde miraba, ni cambió de postura. Siguió charlando y bebiendo su café como si nada.

—¿Te gusta que te miren? —le pregunté.

—Me da igual. No me molesta, si es lo que quieres saber.

—Esas faldas estas noches, sin ropa interior, en el pueblo… eso es de exhibicionista.

—¿No te gustó cómo me vestí?

—Me encantó. Pero eso no quita que a vos te guste mostrar, que alguien mire, saber que te desean o que al menos admiran tu cuerpo.

Hubo un silencio largo. Me pareció que la charla la había descolocado: se quedó pensativa, sin mirarme, y bajó el pie de la silla, aunque no se acomodó el pantalón, que seguía mostrando buena parte de su interior.

—Visto así, puede ser —dijo al fin—. Quizá hago cosas que otras mujeres no hacen por vergüenza de su cuerpo. No es mi caso. Y si alguien mira de más, no me importa lo que piense.

—¿Y sueles andar siempre sin nada debajo?

—El viernes fue la primera vez —se rió.

Me fue contando cómo había llegado a mostrarse sin pudor. A Esteban le fascinaba que fuera atrevida, que hiciera topless en la playa, que fueran después a las playas nudistas. Ella se acostumbró a esos pequeños juegos porque a él le gustaban muchísimo y a ella no le costaban nada. Lo de estos dos días, me confesó, había sido en mi honor, y para que su marido dejara de fastidiarla con el tema.

Le dije que a mí me había encantado de verdad, que la noche anterior, cuando me sorprendió a solas, estaba pensando en ella, con la verga en la mano, imaginándomela abierta de piernas encima de mí. Y que no solo yo: los dos o tres hombres que la espiaron desde la penumbra de la plaza seguramente esa noche habían soñado con lo mismo, y más de uno se habría hecho una paja pensándola.

—¿Me vio más gente? No me digas… qué vergüenza.

—Creo que todavía hoy podrían dibujarte de memoria. Con pelos y señales.

—Uff, ya no podré bajar al pueblo en todo el verano.

Me desconcertó el tono casi humorístico con que se lo tomó, tal vez para esconder una vergüenza real, tal vez para no parecer descarada delante de mí. Solo nos conocíamos desde hacía dos días.

***

Cuando el sol bajó un poco y ella seguía callada, le propuse caminar por el monte, como hacíamos Esteban y yo. Era relajante, hacíamos algo de ejercicio sin brusquedad y las vistas desde lo alto eran espectaculares. Para mi sorpresa, aceptó al instante, sin cambiarse de ropa, solo calzando unas zapatillas cómodas.

Subimos hasta unas peñas que coronaban la cumbre, donde a mí me gustaba tumbarme a ver pasar las nubes. Tuve que ir adelante porque ella no conocía el camino, una lástima, porque me perdía verla andar delante de mí con esos pantaloncitos que se le clavaban entre las nalgas cada vez que levantaba una pierna para subir un escalón de piedra. Un par de veces la ayudé a trepar alguna piedra alta o a esquivar las zarzas —y aproveché para meterle la mano bajo el muslo, notando el calor y la humedad del entrepierna a través de la tela—, y al llegar admitió que había valido la pena.

—¿Esto lo hacen en bolas? —preguntó.

—Siempre así —contesté.

Se puso de pie, se desnudó, extendió la ropa en el suelo y se tumbó encima. La imité enseguida, con la polla ya semidura por el paseo, con la esperanza de que estar desnudos la moviera a algo más. Pero en vez de eso me pidió que le sacara fotos con el teléfono para mandárselas a su marido. Le hice un montón. Nunca imaginé que terminaría con todos los testimonios de aquel día guardados en mi celular.

Me acerqué para mostrárselas. Me las hizo pasar dos o tres veces, eligió cuáles enviar. Le sugerí que posara, que cambiara de postura para tener más material, y no lo dudó. Se puso de rodillas con el culo hacia la cámara y la espalda arqueada, abriéndose las nalgas con las manos hasta enseñar el coño rosado y el ojete oscuro; después boca arriba con las piernas abiertas y dos dedos separándose los labios mojados; y hasta uno de esos dedos metidos hasta el nudillo, brillante de flujo, mirando a cámara con la boca entreabierta. Salió una galería de lo más provocativa, algo para recordar siempre, pero no dio pie a nada más por mucho que insinué. Todo quedó en una buena calentura y unas fotos elocuentes, con mi polla dura marcándose contra el muslo y ella riéndose de mi cara de perro con hambre.

—Te gusta que te miren —insistí—, te gusta sentirte deseada.

—Tal vez sí. O al menos contigo no me da vergüenza.

—¿Te gustaría jugar un poco más a eso? ¿Ir un paso más allá?

Le propuse que, si le daba pudor volver al pueblo donde la conocían, fuéramos al de al lado, más grande, lleno de gente desconocida. Algo atrevido entre los dos, divertirnos, que ella se mostrara y se sintiera deseada. De bajada por el sendero aceptó, con una condición: que yo no me apartara de su lado en ningún momento. Esteban, me contó, la dejaba sola en esos juegos para que la desearan más, y así ella se sentía sucia, como una puta expuesta al mejor postor. Conmigo cerca era solo un juego entre dos.

***

Arreglarnos para salir se convirtió en una complicidad a dúo. Reíamos imaginando escenas, se probaba una prenda, la descartaba, buscaba mi aprobación, sacaba otra. Habría sido casi inocente de no ser porque lo hacía todo en ropa interior —una tanga blanca minúscula que se le hundía en la raja del culo y una tira de encaje encima de las tetas que apenas cubría los pezones—, a dos palmos de mí, mientras yo opinaba sentado en la cama con la verga marcándose ya en el pantalón.

Pensé que iría elegante por la ropa que sacaba, pero al final eligió algo simple: un short de jean muy corto y una camisa holgada de botones que podía anudarse por delante, dejando el ombligo al aire. Sin maquillaje, con el pelo recogido en la nuca, parecía una mujer alegre y resuelta, dueña de su noche libre. Y yo a su lado, casi como su guardaespaldas, un papel bien lejano de mis intenciones.

Todavía había luz cuando llegamos al pueblo vecino. Quería aprovechar para comprar algunas cosas. Su pantaloncito, recogido al sentarse en el auto, dejaba todo el muslo a la vista, y solo mi fuerza de voluntad —bueno, y la mano izquierda apretada al volante— evitó que nos matáramos en la ruta; con la otra mano, en un semáforo, le acaricié el interior del muslo hasta rozarle con el pulgar la tela mojada de la tanga, y ella soltó un suspiro largo sin apartarme. Caminar detrás de ella por las tiendas fue una tortura dulce: el vaivén de las caderas, la piel morena, su sonrisa. Había otras chicas con atuendos ligeros, pero ella era un imán y yo no veía nada más.

Tomamos algo en una terraza, las piernas otra vez al aire.

—¿Estoy provocativa? —preguntó.

—Esta vez sí te pusiste ropa interior, ¿eh?

—Con estos pantalones no queda otra. ¿Se nota mucho?

—No, pero al agacharte se ve un poco la tela blanca. Y se te marca la raja del coño.

—Eso es lo que te gusta, ¿no?

—Sí. Pero todavía no empezamos. Veremos si seguís todo lo que te proponga.

***

Al anochecer encontramos un local con música y barra, y entramos tomados de la mano, como dos novios. Había mucha gente, pero se podía estar sin agobios. Pedimos dos tragos y nos pusimos a pasear mientras los preparaban. Yo la llevaba hacia los grupos de hombres solos, hacia donde notaba que la miraban, para ver cómo se sentía. Y entendí a su marido: me gustaba ver cómo la seguían las miradas, cómo después hablaban entre ellos, cómo imaginaba yo todo lo que pensaban —qué le harían, cómo la abrirían de piernas, dónde le meterían la polla.

El camarero nos hizo una seña y le dije que le tocaba meterse entre el grupo a buscar las copas. Sonrió y, de espaldas a ellos, mirándome fijo, se soltó dos botones de la camisa, que quedó sujeta apenas por uno casi abajo del todo. Caminó hasta la barra atravesando el círculo que se formaba a su paso, con las tetas balanceándose sueltas debajo de la tela, marcándose los pezones duros contra el algodón. Todos fueron correctos y solo miraron —aunque más de uno se acomodó el bulto disimuladamente—, pero era el comienzo, y me di cuenta de que se estaba divirtiendo de verdad.

Nos sentamos a beber. Le pregunté si bailaría con alguno de esos hombres que no le quitaban los ojos de encima, si los dejaría mirar algo más, si los dejaría tocar. No respondió. Bebía despacio y observaba alrededor, supongo que midiendo hasta dónde quería llegar. Cuando la vi callada, interrogante, no lo dudé: puse la mano en su pecho, bajé hasta el último botón que sostenía la camisa con algo de decencia y lo abrí casi del todo.

El pecho moreno quedó al descubierto, la curva entera visible casi hasta la punta. Un trozo más oscuro insinuaba que, con un movimiento más, quedaría todo al aire, y le pellizqué apenas el pezón antes de retirar la mano; se le puso duro como una piedra y ella se mordió el labio. Salió a la pista a bailar sola y los hombres no tardaron en acercarse, casi pegados a ella, restregándose contra su culo por detrás, buscándole las tetas por debajo de la tela abierta.

Salí cuando la música se hizo más lenta y la tomé de la mano para bailar juntos. Se apoyó en mí, la cabeza sobre mi hombro, sudada y con la respiración agitada. Sentí la polla de otro tipo marcada todavía contra su cadera cuando se pegó a mí, y a ella le noté los pezones erectos contra mi pecho a través de la camisa entreabierta.

—¿Te lo estás pasando bien? —le pregunté.

Por toda respuesta agarró mi mano y la metió por detrás de su pantalón, saltándose la tanga, dejándome los dedos directamente sobre las nalgas desnudas y sudadas; deslicé el dedo medio hacia abajo y le encontré el coño empapado, chorreando de excitación, y le hundí el dedo hasta el nudillo mientras ella seguía bailando pegada a mí como si nada, apretándome con las paredes internas cada vez que yo hacía presión. Siguió bailando hasta recuperar el aliento, con mi dedo dentro y ella meciéndose apenas encima. Entonces alguien me tocó el hombro: uno de los hombres me pedía permiso para bailar con ella. Supuse que en los pueblos era así y me retiré, sacándole el dedo despacio y chupándomelo delante de él con toda calma; el tipo se me quedó mirando y ella soltó una risita.

Desde mi asiento, copa en mano, la vi bailar contenta. Él había puesto la mano donde yo la tenía antes, le agarraba el trasero con toda tranquilidad, le metía los dedos entre las nalgas por encima de la tela y, con cierta picardía, tiraba de la camisa para abrirla más. El rostro de ella se encendía, se le veían ya las tetas enteras rebotando al ritmo de la música, y decidí que debía rescatarla, porque el tipo se estaba pasando —le había bajado la mano al frente, le había desabrochado el botón y le estaba buscando el coño por dentro de la tanga— y ya no sabía si ella seguía con el juego o caía sin darse cuenta.

El hombre se resistió a cederme el puesto, hasta que entendió que iba en serio. Sus avances habían sido rápidos: la camisa estaba abierta del todo, los pechos al aire se movían con el baile, los pezones brillantes de la saliva del tipo, y el botón del pantalón estaba flojo, a punto de rendirse, con la tanga blanca ya asomando. Un poco más y la habría dejado desnuda en plena pista, con la polla del tipo metida hasta el fondo.

Salimos sosteniéndole el pantalón por detrás, ya a mitad de cadera, con medio culo al aire, y decidimos volver. Durante todo el trayecto hasta el auto, la camisa siguió medio abierta, un pezón hacia fuera cada dos pasos, haciendo girar la cabeza a las pocas personas con que nos cruzábamos.

***

Iba camino a mi cuarto cuando me llamó desde la terraza.

—Eh, no te irás a dormir sin una última copa…

Estaba claro que esa noche íbamos a follar, ya solos y tranquilos, y no tenía ninguna prisa. La encontré sentada en el porche, iluminada por la luz difusa del exterior, desnuda, con un brillo mate en la piel y la ropa interior tirada sobre la mesa donde apoyaba los pies. Tenía las piernas abiertas y una mano descansando entre los muslos, los dedos rozando el coño con desgana, como quien se acaricia sin darse cuenta. No dije nada. Volví con dos vasos, una botella de whisky y un balde con hielo, serví y me senté a su lado.

—¿Te gustó mostrarte en la disco y en el paseo de vuelta?

—Mucho. Me gustó que me miraran, ver el deseo de los hombres sobre mi cuerpo y el desagrado de algunas mujeres. Y me gustó que ese tipo me metiera los dedos delante de todos.

—¿Te habría gustado mostrarte del todo, a que sí? ¿Que te hubiera bajado la tanga ahí mismo y te la metiera?

—Creo que sí. Me sentía excitada y deseada. Todavía tengo el coño mojado, mira.

Se abrió las piernas y me tomó la mano para que se lo comprobara. Chorreaba. Le pasé dos dedos por la raja, arriba y abajo, y ella soltó un gemido bajito, apretándome la muñeca para que no la retirara.

Le propuse otro juego. Con esa luz tenue y la noche de fondo, mostrarse en una de esas páginas de transmisión en vivo, ante curiosos anónimos que entran a mirar, y comprobar qué sentía entonces. Para mi sorpresa, aceptó. Coloqué la notebook sobre una mesita, encuadrando solo la zona donde ella estaba —de cintura para abajo, las piernas abiertas hacia la cámara, el coño depilado brillando de flujo—, dejando su cara en penumbra, abrí una de esas webs y encendí la cámara.

En cuestión de minutos, decenas de espectadores empezaron a escribir, entusiasmados, pidiéndole cualquier locura que se les cruzara. Uno le pidió que se tocara. Y lo hizo: se separó los labios con dos dedos, mostrando el interior rosado y húmedo, y empezó a frotarse el clítoris despacio, en círculos, con la yema del dedo medio. Otro le pidió que se metiera los dedos, y se metió dos hasta el fondo, sacándolos brillantes de jugo y chupándoselos uno por uno. Otro más le pidió que se abriera el culo, y giró un poco, arqueó la espalda, y con las dos manos se separó las nalgas mostrándole a la cámara el ojete oscuro y arrugado. Siguió obedeciendo a los desconocidos del otro lado de la pantalla —metiéndose tres dedos, mordiéndose un pezón, escupiéndose el coño y frotándose la saliva con la palma—, hasta que todos rogaban que dijera dónde estaba, con la barra de mensajes convertida en un torrente de vergas y ofertas de dinero.

Yo me había desnudado a un costado, mirándola, con la polla en la mano meneándomela despacio, encendido por las ganas que ella ponía en seguir cada propuesta. Cuando me hizo una seña, me acerqué. Me tomó con fuerza, me dio un beso hondo, con la lengua adentro, y a partir de ahí tomé yo la iniciativa.

Le agarré la cabeza y se la bajé hasta la altura de mi entrepierna. Ella abrió la boca sin decir nada y se metió la polla entera, hasta hacer arcadas, con un ruido húmedo que se debió oír en todos los altavoces de los espectadores. Me la chupó a fondo, sujetándome los huevos con una mano y bombeando la base con la otra, sacando la lengua para lamerme el glande cada vez que salía a tomar aire, dejando hilos de saliva colgando entre la boca y la punta. Le follé la cara despacio, sin dejar de mirarla, y cuando sentí que iba a correrme demasiado pronto la levanté del pelo.

La recosté sobre la mesa, boca arriba, las piernas colgando del borde, y me arrodillé entre ellas. Le comí el coño con hambre, chupando los labios uno por uno, metiendo la lengua tan adentro como podía, mordiéndole apenas el clítoris hinchado, hasta que empezó a temblar y a agarrarme del pelo pegándome la cara al pubis mojado. Se corrió así, en mi boca, con un chorro caliente y ácido que me tragué entero, apretando las piernas contra mis orejas y gritando sin importarle ya la cámara.

Cuando aflojó, me puse de pie entre sus muslos, agarré la polla con una mano y se la froté contra los labios del coño, arriba y abajo, empapándola. Estaba lista, chorreando, y entré despacio hasta el fondo de una sola estocada larga, sintiendo cómo me apretaba cada centímetro. Empecé a follármela así, de pie contra la mesa, con las piernas de ella abiertas y colgando, sujetándola por las caderas para clavármela hasta los huevos cada vez. Ella se agarraba de los bordes de la mesa, con las tetas bailando en cada embestida, gimiendo cada vez más fuerte, diciéndome guarradas al oído entre golpe y golpe —más fuerte, así, rómpeme, dame toda la polla, hijo de puta.

La di vuelta y la puse boca abajo sobre la mesa, con los pies todavía en el suelo, el culo respingón hacia mí. Le separé las nalgas con los pulgares y volví a metérsela por atrás, con más furia, con las palmadas sonoras de mi pelvis contra su culo, y ella empujaba hacia atrás encajándose la polla hasta el fondo, restregando la cara contra la madera. Le pasé un dedo por la saliva y se lo hundí en el ojete al ritmo de las embestidas, y ella soltó un gemido largo, sucio, y se le empezó a contraer el coño alrededor de la polla en oleadas.

Nos olvidamos de todo: los espectadores quedaron lejos, seres virtuales que ya no importaban. Dejamos de hacerlo para que miraran. Lo hacíamos para nosotros, y el final llegó rápido. Ella se retorcía y gritaba contenida, apretando el coño como un puño alrededor de mi verga; yo aceleraba al sentirla temblar debajo, los gemidos cada vez más fuertes, hasta que no aguanté más, la saqué, la giré y le vacié la corrida encima —a chorros gruesos sobre las tetas, el cuello, la boca abierta y la mejilla— mientras ella se lo restregaba con las manos y se lamía los dedos, mirándome a los ojos. Terminamos abrazados, agitados y felices, con la piel pegajosa y el semen todavía escurriéndole entre los pechos.

Bajé la tapa de la notebook cuando nos retiramos a dormir, entre los aplausos mudos de unos espectadores a los que nunca volveríamos a ver.

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Comentarios(3)

Marcos_pba

tremendo relato, me enganchó desde la primera línea!!!

NightReader_CR

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas...

Valentina_Sur

Me encantó el morbo de la situación sin que sea grosero, lo dice todo con clase. Muy bueno.

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