Dejé que tres extraños me miraran en la escalera
Llegué a casa desde el supermercado y no conseguía sacarme de la cabeza lo que don Eulalio me había hecho sentir esa tarde. Cuando aquel viejo me rozó por encima de la falda, lo primero que noté fue rechazo, un impulso de apartarme. Pero un segundo después quería más, y eso me desconcertó por completo. Yo jamás había dejado que un extraño me tocara sin permiso.
Quizás solo me estoy justificando para no sentirme tan perdida.
Dejé las bolsas en la cocina y, antes de volver a salir, me cambié de ropa. La anterior estaba algo sudada. Elegí otra falda, esta vez rosa, apenas un dedo más larga, pero que igual permitía que al agacharme se viera todo, y una polera amarilla fina por arriba. Me toqué un instante entre las piernas y estaba empapada, los muslos también. Me limpié, aproveché de meterme un poco los dedos. Estaba tan sensible que casi me asusté de mí misma.
Con las poleras delgadas no se transparentaba nada, pero los pezones se me marcaban duros bajo la tela. Caminar con el viento rozándolos me encantaba, y la idea de que cualquiera pudiera notarlos me daba un cosquilleo difícil de explicar. Antes de salir apliqué más lubricante para que el plug no me molestara, tomé mis cosas y enfilé hacia el centro comercial que queda cerca de mi gimnasio.
De camino, cada paso movía el plug de una forma deliciosa. El apretar y soltar era un placer constante. Pasé por fuera del gimnasio y recordé el día que provoqué a unos desconocidos en la escalera; un escalofrío me recorrió entera y esbocé una sonrisa. Tenía un plan: necesitaba unos recipientes para comida, pero sobre todo quería aprovechar que iba a estar rodeada de gente.
***
Lo primero fue ir al baño. Entré a uno de los cubículos, saqué el vibrador de la cartera, me apoyé contra la puerta y lo metí despacio. Lo acomodé bien, porque sin ropa interior no tenía nada que lo sostuviera si se aflojaba. Tomé el teléfono y lo encendí en el nivel más bajo. Quería comprobar cuánto se escuchaba en público, porque la otra vez me dio la impresión de que sonaba más fuerte de lo que yo percibía.
Subí la intensidad y me estremecí entera. Tuve que taparme la boca con la mano para no gemir. Las piernas me temblaban, sentía que me venía un orgasmo y el plug se me aflojaba porque no dejaba de contraerme. Apoyé el celular en la cisterna, sujeté el plug con la otra mano y dejé que llegara. Fue intenso, casi violento, seguramente por toda la excitación acumulada desde el supermercado. Cuando por fin puse el vibrador en pausa, solté el aire de golpe y me quedé unos minutos recuperándome, sonriendo como una idiota.
Me acomodé la ropa, encendí otra vez el vibrador en nivel bajo y salí. La tienda que buscaba estaba en el tercer piso, así que tomé las escaleras eléctricas del centro del recinto. Mientras subía, miré alrededor: parejas que giraban la cabeza, chicas que le tapaban los ojos al novio, señoras con cara de sorpresa. Me estaban viendo todo por debajo de la falda y la sola idea me prendía más.
En el segundo piso, una vibración intensa me obligó a frenarme y apoyarme en un barandal. Justo entonces escuché una voz detrás de mí.
—Ey, mira, salieron las figuras nuevas.
Me di vuelta. Eran tres chicos, universitarios por la pinta, frente a la vitrina de una tienda de figuras de anime. Apuntaban a las que tenían menos ropa y se reían entre ellos. Bueno, son jóvenes, pensé, y se me ocurrió algo. La vitrina dejaba ver hacia el interior. Entré como una clienta cualquiera, me acerqué por el otro lado del cristal fingiendo mirar productos, me subí la falda por detrás y arañé el vidrio con las uñas para que ellos vieran mi culo desde afuera.
Mientras paseaba por la tienda noté que tenían trajes para cosplay, pelucas y antifaces. Algo hizo clic en mi cabeza. Con una peluca y un antifaz podía exhibirme sin que nadie me reconociera, solo tenía que cuidar de no hablar fuerte. Encontré una peluca verde, el pelo un poco más corto que el mío, y un antifaz negro. Se lo pedí al dependiente y lo compré emocionada.
Al salir, los tres chicos seguían ahí, petrificados, mirándome. Recordé que les había mostrado el culo por la vitrina. Solo les sonreí y me alejé meneándome para que disfrutaran la vista. Subí al tercer piso, compré mis recipientes y, cuando ya estaba lista para irme, me apoyé en el barandal a contemplar el lugar. Eran cerca de las ocho de la noche.
Saqué el teléfono y subí la potencia del vibrador. Me apoyé con ambos brazos y dejé que me diera placer, ahí, a la vista de cualquiera que mirara hacia arriba desde los pisos de abajo. Con las piernas temblando, descubrí que los tres chicos seguían observándome desde el segundo piso, hipnotizados. Esa atención sumada al vibrador me volvió loca. Quise repetir la sensación de la tarde, pero sin perder el control.
***
Miré alrededor y vi la escalera de emergencia. Esos pasillos suelen estar vacíos y en silencio. Don Eulalio era un viejo al que yo podía empujar y salir corriendo si se pasaba; tres jóvenes eran otra cosa, y sentí un poco de miedo de que quisieran ir más lejos de lo que yo permitiría. Necesitaba reglas. Bajé el nivel del vibrador, entré a la tienda y compré un cuaderno y un lápiz. Volví al barandal y empecé a escribir, mostrándoles cada línea.
«Bienvenidos. Quiero jugar a un juego. Le daré dos minutos a cada uno para divertirse con mi cuerpo, pero solo si cumplen las reglas.»
«Uno: silencio absoluto.»
«Dos: nada de penetrarme. Pueden usar la aplicación de mi teléfono que controla el vibrador.»
«Tres: prohibido terminar sobre mí.»
«Cuatro: nada de fotos ni videos. Dejan los celulares donde yo los vea.»
«Cinco: yo siempre estaré de espaldas. No me voltean, no me besan la boca.»
«Si rompen una sola regla, los denuncio y muestro las fotos que les tomé siguiéndome.»
La primera frase se la robé descaradamente a una película de terror, y lo de las fotos era puro farol para que se lo pensaran dos veces antes de querer pasarse. Apagué el vibrador, los miré fijo y moví el dedo índice indicándoles que se acercaran. El que me había visto avisó a los otros y empezaron a subir.
Caminé despacio hacia la puerta de la escalera, comprobé que abría, los miré por encima del hombro y entré. Adentro estaba todo oscuro. Encendí la linterna del teléfono y subí unos peldaños. Por suerte las luces tenían sensor y se encendieron solas. Revisé que no hubiera cámaras cerca, no vi ninguna, y me posicioné en lo alto de la escalera, de cara a la pared, con el cuaderno en la espalda. Estaba temblando de pura calentura, sin dar crédito a lo que iba a hacer.
Sonó la puerta.
—Entró por acá, pero no la veo —susurró uno.
Tosí para que supieran dónde estaba. Subieron, encontraron el cartel y se quedaron callados unos segundos. Empezaron a discutir en voz muy baja: que si nos arriesgamos, que esta loca nos sacó fotos, que si nos va a denunciar igual. Al final el tercero zanjó: «No tiene sentido que nos diera reglas si pensaba denunciarnos. Yo digo que juguemos». Decidieron repartirse: dos vigilarían la puerta y uno actuaría por turno.
Volví a toser y levanté la mano pidiendo sus teléfonos. Escuché cómo se los pasaban; los dejé junto a mis cosas. Preparé un cronómetro en pantalla, a la vista de ambos.
—Mis amigos dicen que no hay nadie. Empiezo, señorita —murmuró el primero.
***
Sentí su mano en mi pierna derecha y me estremecí. Solo se oía el roce de su piel contra la mía. Subió la otra mano por debajo de la polera y me apretó un pecho con fuerza. Me pegué más a la pared, apoyada con ambas manos, mientras él me levantaba la falda y exploraba. A los treinta segundos abrió mis nalgas y empezó a dar pequeños toques al plug; cada uno se transmitía hacia dentro y me hacía temblar.
Me manoseó las caderas, volvió a los pechos y me pellizcó los pezones. Se me escapó un gemido y eso pareció encenderlo, porque se puso más frenético. Al minuto me susurró al oído cómo encender el vibrador. Le dejé la aplicación a mano y eligió el nivel tres de golpe. Un chispazo me recorrió la entrepierna, las piernas me fallaron y tuvo que sujetarme por la cadera. Nos movimos al mismo ritmo, yo de atrás hacia adelante y él siguiéndome, hasta que me tomó del cuello con una suavidad inesperada, me levantó la cabeza y me besó la nuca. No aguanté más y me vino un orgasmo durísimo. Me tapó la boca para que no nos descubrieran y, cuando me soltó, apenas pude sostenerme contra la pared.
Apagué el vibrador y lo escuché alejarse. El orgasmo me había dejado sin piernas. Reinicié el cronómetro y le hice una seña al segundo de que me diera un minuto. Esperó en silencio mientras yo respiraba hondo y me recomponía.
El segundo fue mucho más atrevido. Puso el vibrador en nivel uno, me subió la polera hasta el cuello y empezó a besarme la espalda con la boca abierta; sentía la saliva tibia en cada beso. Bajó hasta mis nalgas, dándome mordiscos suaves como un animal en celo, y yo movía el culo por instinto, estremecida. Volvió a subir a los pechos, su respiración caliente detrás de mi oreja, y de pronto subió el vibrador al nivel cuatro. Las piernas me cedieron y él aprovechó para hacerme bajar despacio hasta quedar en cuatro patas.
Me abrió y sacó el plug muy lentamente. Yo ya no podía sostenerme sola; él me mantenía con sus manos. A los pocos segundos sentí su lengua y casi grito. Me lo comió entero, y yo me movía hacia atrás como si me penetrara. A falta de cinco segundos volvió a venirme el orgasmo; le apreté la cabeza contra mí y gemí más fuerte de lo prudente. Cuando vio el cronómetro pasado, me metió un dedo, se disculpó en un susurro por haberse demorado, me devolvió el plug a su sitio y se retiró.
***
Quedé sentada contra la pared, casi sin fuerzas, con la ropa toda subida. Pasaron unos cuarenta segundos sin que entrara nadie. Pensé que el último se había arrepentido, pero yo aún tenía sus celulares. La luz del sensor se apagó y quedé a oscuras. Justo cuando intentaba levantarme, oí la puerta y unos pasos acercándose.
—No te preocupes, descansa lo que necesites. Yo te preparo mientras —susurró.
No entendí del todo, pero puse un cronómetro de un minuto. Me acercó una botella de agua. Bebí, agradecida, y mientras tanto él me bajó la falda despacio hasta las rodillas. Estiré las piernas para que me la sacara del todo. Después me juntó los brazos contra la pared, una mano sobre la otra, y me quitó la polera por la cabeza. Quedé completamente desnuda para él.
Reinicié el cronómetro y le dejé la aplicación a la vista, pero me susurró:
—No la voy a usar. Solo seguime el juego.
Me sorprendió. Me dejó en cuatro, me retiró el vibrador y lo apartó. Entonces me tomó de las piernas y me levantó. Me asusté y forcejeé un poco, pensando que quería voltearme.
—Tranquila, solo quiero bajar unos escalones para quedar más abajo que tú.
Me arrastró con cuidado mientras yo me sostenía con las manos, como una carretilla absurda y erótica. Bajó unos peldaños, apoyó mis piernas en el escalón de más abajo y dejó mi cuerpo en bajada. Luego, atento, me acercó la falda y el teléfono para que los tuviera cerca. Ese detalle me derritió.
Sus manos eran ásperas y grandes, capaces de abarcar casi todo mi trasero. Besó mis nalgas con pasión y recorrió mi espalda como dándome un masaje. Era tierno y obsceno a la vez, y eso me calentaba más que la brusquedad de los otros. Me empujó hacia abajo, abrí más las piernas y sentí su boca. Levanté la cabeza para mirar entre mis piernas: estaba tumbado en la escalera, comiéndome despacio mientras me acariciaba. Sacó el plug solo para volver a metérmelo, una y otra vez, y la doble estimulación me tenía fuera de mí.
Quedaban quince segundos cuando le pasé toda la entrepierna por la cara, pidiéndole sin palabras que no parara. Apagué mi propio cronómetro: ya no quería que el tiempo mandara. Le tomé la mano que tenía en mi culo, la levanté y me di una nalgada con ella, indicándole que siguiera.
—Gracias por dejarme seguir —murmuró.
Me tapó la boca y empezó a meterme un dedo, luego dos. Sacó la mano de mi boca y me metió los dedos para que los chupara; lo hice con ganas. Después me juntó el pelo en la espalda, lo tomó desde la nuca y apretó, obligándome a levantar la cabeza mientras me follaba con los dedos cada vez más rápido, sumando un tercero. Solo podía gemir, así que me metió la falda en la boca para callarme. Me sacó otra vez el plug, me puso el pulgar en su lugar y aceleró, con un sonido húmedo que me daba todavía más vergüenza y placer.
Sentí venir el clímax, y con él algo distinto: un chorro que salió de mí con una fuerza que nunca había experimentado, cayendo por los escalones. Me soltó el pelo y caí hacia adelante, con el culo aún en alto, sacudiéndome entera. Me dejó los dedos en la boca una última vez. Apenas podía reaccionar.
—Muchas gracias por la oportunidad. Me llevo los celulares de mis amigos, si no te molesta —dijo.
Le hice un gesto afirmativo. Tomó los teléfonos, me dio una nalgada al pasar y bajó las escaleras. Mis piernas cedieron del todo y quedé destruida sobre el frío del descanso, sin fuerzas para nada.
No sé cuánto tiempo pasó. La luz se había apagado y me desperté con un movimiento que la encendió de nuevo. Eran las nueve y media. Por los altoparlantes anunciaban el cierre. Me vestí como pude, guardé el plug y el vibrador en la cartera y me bebí la botella que el último me había dejado. Al salir, la luz del pasillo me encegueció un momento. Quedaba poca gente. Tuve que apoyarme en la pared unos segundos, porque las piernas todavía no me respondían.
Y así terminó mi día sin nada debajo de la ropa. Si llegaron hasta acá, ya saben lo lejos que soy capaz de llegar cuando alguien me mira como si fuera la única persona del mundo.





