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Relatos Ardientes

Las paredes finas que nos hacían follar como animales

Hubo una época en la que Lucía, mi novia de entonces, compartía piso con una amiga llamada Carla, que a su vez salía con mi mejor amigo, Mateo. Carla era una mujer extraña, rubia teñida, de un atractivo discutible pero con un escote enorme que ella se encargaba de exhibir como bandera. Tenía cinco años más que nosotros, y nosotros andábamos por los veinticinco.

Lucía me había confesado que le gustaba Mateo y me había animado a juntarlos. Sospecho que lo hizo porque Carla se me insinuaba sin tregua y mi novia quería ponerle freno de la única manera posible. La noche en que Lucía y yo empezamos a salir, yo me había fijado primero en Carla, pero su locura terminó pesándome más que sus encantos. Para colmo, unos meses antes habíamos tenido un episodio raro: Carla y yo nos habíamos manoseado delante de Lucía, medio en broma, y hasta llegamos a fantasear con un trío que mi novia frenó en seco a último minuto.

El asunto venía retorcido desde antes. Yo había sentido siempre algo confuso por Mateo. Habíamos compartido un par de momentos turbios, de esos en los que basta una palabra para cruzar una línea que después no se puede borrar. Más de una vez le había ofrecido mi culo con sorprendente claridad, y él se ponía colorado, se reía nervioso, pero nunca daba el paso porque era demasiado cobarde para reconocer lo que se le notaba en la cara.

Esto, por supuesto, ellas no lo sabían. Y para terminar de embarrar el cuadro, yo siempre sospeché que Lucía y Carla, cuando nosotros no estábamos, se daban algún beso largo y alguna caricia que pasaba de larga. No tengo pruebas, pero pondría la mano en el fuego.

El caso es que Mateo y yo solíamos ir juntos al piso. Pedíamos pizza, veíamos una película de medianoche, abríamos una botella de vino y luego nos íbamos cada uno con su pareja a follar. Y aquí empieza lo importante: los dormitorios estaban pared con pared. Se oía absolutamente todo.

***

Lucía siempre había sido escandalosa en la cama, pero cuando sabía que Mateo y Carla estaban al otro lado del muro, lo era el doble. Gemía más alto, hablaba sucio con un volumen que no era natural, y soltaba frases pensadas para que se escucharan. Carla no se quedaba atrás. Entre las dos surgió, sin que nadie lo pactara, una especie de torneo subterráneo.

Si Carla gemía, Lucía gemía más fuerte. Si oíamos que ellos habían parado, nosotros volvíamos a empezar. Si éramos nosotros los que retomábamos la marcha, en cuestión de minutos un jadeo apagado al otro lado nos avisaba de que la guerra continuaba. Y así durante horas.

Era extrañamente excitante.

Yo estaba follándome a Lucía a cuatro patas, viendo su culo enorme balancearse al ritmo de cada embestida, sintiendo su humedad resbalarme por los muslos, y al mismo tiempo escuchaba la voz aguda de Carla anunciando que se corría y los gruñidos sordos de Mateo. Las dos camas crujían a destiempo. Era una sinfonía obscena y absurda en la que ninguno quería ser el primero en bajar el volumen.

El pique entre los cuatro se notaba en las palabras. Si yo me corría en la boca de Lucía, ella gritaba «así, trágatela toda», y enseguida del otro lado Carla soltaba «córrete entre mis tetas». Si una pedía más fuerte, la otra subía la apuesta. Si una rogaba que la apretara contra el colchón, la otra exigía que la levantaran en el aire. Cosas así, una detrás de otra, sin descanso.

A Lucía le gustaba el sexo anal y a Carla, según pude deducir, no. Aquella temporada le rompí el ojete a mi novia cuatro de cada cinco noches. Lo hacíamos sin contención, y ella se encargaba de dejar bien claro a quien hubiese del otro lado lo que estaba pasando. Soltaba frases del tipo «dame por el culo, hasta el fondo» o «rómpemelo, no pares», y yo sabía que parte de la euforia tenía que ver con la idea de superar a su amiga.

También sabía que Mateo, al escucharlo, debía morirse de envidia por no poder probar el culo enorme de mi novia, y que probablemente a su mente volvería aquel otro recuerdo nuestro en el que el culo a probar había sido el mío. Esa doble corriente me ponía a tope y me daba combustible para seguir hasta el amanecer.

A veces, en mitad de la faena, me imaginaba el pecho de Carla bailoteando bajo las embestidas de Mateo, y la imagen me hacía follar a Lucía con más rabia. Otras veces oía los gruñidos de mi amigo y me imaginaba su polla entrando y saliendo del coño empapado de Carla, y se me encendía algo que no sabía bien si era envidia del que penetra o del que es penetrado. Probablemente las dos cosas a partes iguales.

***

Cuando terminaba la noche y Mateo y yo bajábamos a la calle, tirábamos los condones usados en un contenedor que había justo enfrente del portal. Podríamos haberlos tirado arriba, en la cocina, pero el ritual estaba marcado: era una manera silenciosa de comparar. Casi siempre yo metía más en la bolsa que él, y las veces que no lo conseguía me iba molesto, prometiéndome ser más bestia la próxima vez.

De camino a casa repasábamos el inventario. Él presumía del pecho de Carla, yo del culo de Lucía. Él se quejaba de que Carla nunca se dejase dar por detrás, yo aprovechaba para describir lo mucho que mi novia disfrutaba con el anal, en qué postura, en qué momento. Nos íbamos calentando como adolescentes, los dos con la polla otra vez dura dentro del pantalón.

Más de una vez le propuse a Mateo, sin tono de broma, que paráramos en algún portal y nos hiciéramos una paja el uno al otro para descargar. Él se ponía rojo, balbuceaba alguna excusa y cambiaba de tema. Una vez incluso le ofrecí chupársela en un descampado, y le aseguré que con que él me la cascara a mí ya era suficiente. No aceptó. Estoy seguro de que lo deseaba más que yo, pero era demasiado bobo para reconocerlo.

Yo daba por sentado que ellas, cuando nosotros nos largábamos, comentaban a su manera la velada y se ponían igual de cachondas. Pero las dos eran más prácticas que nosotros y seguramente se aliviaban en silencio, una encima de la otra, frotándose hasta correrse o repartiéndose un sesenta y nueve largo y húmedo que las dejaba sin voz.

***

Llegó una temporada en que los turnos de trabajo dificultaron que coincidiéramos los cuatro. Cuando yo iba a ver a Lucía, Carla se quedaba sola al otro lado de la pared escuchándonos. Sabía perfectamente que estaba ahí, con la oreja pegada al tabique o con la mano entre las piernas, y la idea me ponía a mil. Follaba a Lucía con tanta saña que las dos veces siguientes apenas podía sentarme sin temblar.

Imagino que en las noches inversas, cuando Mateo venía solo, a mí me tocaba el papel de espectador a la fuerza. Supongo que Mateo lo aprovechaba al máximo, aunque eso ya nunca lo sabré.

Una noche me atreví a proponerle, medio en broma, que invitásemos a Carla a unirse a nosotros. Lucía se cabreó como nunca, se puso digna, me llamó imbécil tres veces seguidas y me echó del cuarto. Fue la única vez en todo aquel año que me fui de aquel piso sin haber follado.

***

También pasaba que, cuando estábamos los dos solos en el piso, Lucía insistía en que lo hiciéramos en la cama de Carla. No en la suya. En la de su amiga. Después de follar como animales, yo me limpiaba sin disimulo el semen en las sábanas ajenas y ella se pasaba la almohada de Carla por el coño empapado, como una firma. Lo dejábamos todo revuelto, sin alisar siquiera, y volvíamos al salón a fumar.

Era de suponer que Mateo y Carla harían algo parecido cuando se quedaban solos. Y lejos de fastidiarme, pensarlo me ponía. Imaginarme que las sábanas en las que yo me revolcaba con Lucía estaban sucias del esperma de mi amigo y del flujo de su novia me hacía mirar la cama de otra manera. Eso me daba excusa para inventar mentalmente todas las combinaciones posibles entre los cuatro.

En una de esas tardes solas, Lucía abrió el armario de Carla y se probó la lencería de su amiga. Los sujetadores le sobraban por todas partes, las bragas apenas le subían por los muslos, pero encontró un tanga de encaje negro que, con esfuerzo, le entró. Le marcaba los labios de tal modo que se me cortó la respiración. No me contuve. La follé allí mismo, contra la cómoda, con el tanga puesto, sin sacarlo siquiera. Para no correrme dentro me retiré a último momento y eyaculé sobre el edredón. Allí se quedó la mancha. Y encima, el tanga, pringado hasta los bordes del jugo de mi novia.

***

Pude haber confesado que aquello me excitaba como pocas cosas en mi vida. Pude haber propuesto, en algún momento de lucidez alcohólica, que rompiéramos el muro de una vez y nos juntáramos los cuatro en una sola cama, en todas las combinaciones que la noche permitiera. Pero antes de que ninguno se atreviera, la amistad entre Lucía y Carla se rompió por una tontería que ya ni recuerdo. Dejaron el piso, cada una se fue por su lado, y la guerra de gemidos se apagó como un programa de radio al cortarse la luz.

Poco después, también la amistad con Mateo se fue al carajo. No por nada importante: simplemente dejamos de llamarnos. Es lo peor que pudo pasar. Lo deseable hubiera sido perder a las novias y conservarlo a él. En vez de eso, perdí a los tres a la vez.

Aún hoy, años más tarde, cuando me acuerdo de aquel piso y de aquellas paredes finas, de los crujidos de las camas en estéreo y de los condones contados al amanecer, se me hace un nudo en el estómago. Pienso en lo que pudimos haber hecho los cuatro juntos y en lo que probablemente Mateo y yo habríamos terminado haciendo si uno de los dos hubiese sido un poco más valiente.

Y entonces me la casco, deprisa, en silencio, para que no me revienten las pelotas como un melón maduro al sol.

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