Sabía que me espiaba y dejé la puerta abierta
Llevaba toda la tarde planeándolo. Cada detalle pensado: el short de algodón gris que te roba la mirada cada vez que crees que no me doy cuenta, el sostén negro con encaje fino que me trajiste de aquel viaje, la puerta del dormitorio entornada justo lo suficiente para que la rendija dibujara una franja de pasillo sobre el piso de madera.
Sabía a qué hora ibas a pasar. Llevo semanas escuchándote. Te crees silencioso, pero el tercer escalón te delata con un crujido seco, y el quinto con uno más bajo, y al llegar arriba hay una pausa frente a mi puerta que dura siempre lo mismo, entre seis y ocho segundos, antes de que sigas a tu cuarto. Cuento. Lo cuento todo cuando se trata de ti.
Esta noche quería que te quedaras más.
Apreté la sábana debajo del muslo y giré la cara hacia el lado contrario de la puerta, ofreciéndote la espalda y el contorno del culo. El short se me había subido durante la tarde, los bordes hundiéndose en la piel. No lo acomodé. Quise que vieras justo eso, el pliegue donde la nalga empieza a separarse del muslo, esa franja que dices que se te quedó grabada la primera vez que me viste en bikini.
Escuché el crujido del tercer escalón. El quinto. La pausa.
Esta vez la pausa duró más.
Quédate, pensé. Solo esta noche, quédate.
Te quedaste.
No te vi mover el picaporte porque mantenía los ojos cerrados, pero sentí cómo la rendija de luz se ensanchaba apenas un par de centímetros. Suficiente. Lo justo para que tu vista atravesara la habitación y se posara donde yo había planeado que se posara. Sobre mí. Sobre la tela tirante del short, sobre el encaje del sostén que se transparentaba a contraluz, sobre la curva del cuello que dejaba al descubierto al fingir un suspiro de sueño profundo.
Respiré hondo. El aire me entró frío en los pulmones, casi me delata, pero conseguí soltarlo despacio, como si soñara.
Y entonces escuché el roce del elástico.
El bóxer cediendo, la tela bajando hasta los muslos, tu respiración cambiando de ritmo. Reconozco ese ruido perfectamente. Lo escucho desde la ducha cada mañana, lo escucho cuando vuelves del gimnasio y crees que no estoy, lo he escuchado durante meses. Es la banda sonora de tu deseo y, sin que lo supieras, también del mío.
Quise abrir los ojos. No los abrí.
Quise girarme. No me giré. Todavía no.
Me dejé hacer. Dejé que tu mano hiciera lo suyo sobre tu carne mientras la rendija seguía abierta y yo seguía boca abajo, dándote la mejor cara que tengo para ti, la que te puso así desde el primer día.
¿Te gusta? ¿Te gusta amasarme con la vista? ¿Pensar en abrirme con las palmas, en marcarme el culo de rojo, en dejarme una huella perfecta para reconocer al día siguiente? Porque a medida que escuchaba cómo tu mano se acomodaba al ritmo del bóxer ya en los tobillos, a mí se me iba formando una idea muy clara. Quería que me golpearas. Quería que me partieras la calma con un manotazo sordo, que me dejaras la piel ardiente y palpitante, que me obligaras a morder la almohada para no despertar a nadie.
No te animaste a entrar. Lo sé porque la franja de luz no cambió.
Pero también sé que no querías irte.
Me giré despacio, como si me acomodara entre sueños. Doblé una rodilla hacia el techo y dejé que la pierna se abriera lo justo. El short se tensó entre los muslos, marcándome todo. La tela me molestaba ya, me apretaba contra una humedad que llevaba ahí desde antes de acostarme. Desde antes de oír el tercer escalón.
Tu mano se detuvo.
Me reí por dentro. Te imaginé mirándome con esa cara que pones cuando algo te desarma. La mandíbula floja, la respiración cortada, la duda en el cuerpo entero. ¿Cierro la puerta y me voy? ¿Empujo apenas un centímetro más?
Empujaste un centímetro más.
Y yo abrí los ojos.
No mucho. Apenas una rendija propia, devolviéndote el gesto. Suficiente para verte de pie, parcialmente recortado contra la luz del pasillo, con la sombra cayéndote sobre la cara y el cuerpo desnudo de la cintura para abajo. Tenías el miembro en la mano, brillante de tu propia humedad, latiendo despacio cada vez que aflojabas un poco los dedos.
Quisiste retroceder. Lo vi en el desplazamiento del pie. Pero no te dejé.
Subí la mano por encima del estómago, lenta, los dedos resbalando sobre el ombligo, y la detuve en el elástico del short. Sin mirarte. Sin reconocerte del todo. Como si todavía estuviera medio dormida y la mano se moviera sola, por una urgencia que no me cabía en el cuerpo.
Y vi cómo te ahogabas un poco.
Volviste a apretar la mano sobre ti. Más fuerte. Más fluido. Esta vez no te importó que yo estuviera con los ojos entreabiertos, porque ya estábamos en otro juego, uno en el que los dos sabíamos las reglas aunque ninguno las hubiera dicho en voz alta.
Bajé el short.
Lo bajé despacio, deslizándolo por las caderas, por los muslos, hasta sacármelo del pie izquierdo y dejarlo colgando del derecho. La tanga era nueva. Azul oscuro, casi negra, del color que más te gusta cuando me la eliges en las vidrieras y no te das cuenta de que yo te observo elegirla. La compré pensando en esto exactamente.
Pasé los dedos por la tela. Apreté apenas.
Estaba empapada.
Te lo mostré abriendo más la pierna. Sé que lo viste. Sé que la luz del pasillo me iluminaba bien justo donde la tela se hundía. Quise que vieras la mancha húmeda que llevaba ahí desde hacía rato, la culpa toda tuya, la prueba material de que el juego me lo había hecho a mí antes que a ti.
Tiré de la tanga hacia un costado. La saqué con una pierna y con la otra. La enrollé en la mano un segundo, sintiendo el peso húmedo del tejido, y te la lancé.
Cayó cerca de tu pie.
La levantaste sin dejar de mirarme. Y entonces hiciste algo que no había anticipado: la enrollaste en la mano que estabas usando. Te masturbaste con mi tanga puesta como guante, los dedos resbalando sobre la tela mojada, el contraste de mi humedad contra la tuya volviéndote loco a ojos vista.
Casi me vengo ahí. Casi.
Pero me obligué a esperar.
Quería verte más. Quería darte más.
Me pasé los dos dedos del medio por encima del pubis y los dejé caer entre los labios ya separados. Los hundí apenas. Subí. Bajé. Encontré el clítoris donde lo tengo siempre, donde tú lo encontrarías si te animaras a entrar a la habitación, y empecé a girar sobre él con la misma cadencia con la que tú te tocabas a unos pasos.
Nos sincronizamos sin querer.
Es algo que pasa cuando dos cuerpos llevan mucho tiempo deseándose en silencio. Encuentran un ritmo común sin acuerdo previo. Tu mano subía cuando los míos bajaban; mis dedos giraban cuando tú apretabas el puño. La habitación se llenó de ruidos pequeños: el chapoteo casi imperceptible de mis dedos contra la humedad, el roce constante de la tela mojada sobre tu carne, una respiración entrecortada que ya no sabía a quién pertenecía.
Y yo no dejaba de mirarte por la rendija de mis pestañas.
Te imaginaba arrodillado entre mis piernas. Te imaginaba con la cabeza ahí, con la lengua reemplazando a mis dedos, con la barba haciéndome cosquillas en los muslos. Te imaginaba subiendo, mordiéndome la cadera, dejándome marcas que iba a tener que tapar con la camisa al otro día. Te imaginaba forzándome la boca con tu carne, agarrándome del pelo, dejándome sin aire un segundo de más para enseñarme quién mandaba esa noche.
Metí dos dedos dentro. Suspiré tu nombre.
No lo dije fuerte. Lo solté como un aire que se escapa. Pero lo dije.
Te vi temblar.
Te vi morder el labio. Te vi acelerar la mano. Te vi acercarte un paso más, sin atravesar todavía el umbral, pero acercarte, como si la línea de la puerta fuera lo único que te separaba del lugar que llevabas semanas mirando desde afuera.
—No entres —pensé—. Mira. Apréndete esto.
Subí la mano libre hasta el sostén. Me bajé una copa. Me solté un pecho. Lo tomé en la palma y empecé a apretar el pezón con el pulgar y el índice, justo como te gusta hacerlo a ti cuando crees que estoy a punto. Y estaba a punto.
***
El primer corrientazo me agarró cuando ya no tenía manera de frenarlo.
Empezó muy adentro, en un punto que mis dedos rozaban pero no podían tocar del todo, y se me subió por el vientre como una marea. Apreté los dientes. No quería gritar. No quería despertar a nadie. No quería romper la línea invisible que estábamos sosteniendo entre los dos.
Te vi a ti, también, vencido.
Vi cómo se te tensaba todo de golpe, cómo el brazo se te endurecía hasta el hombro, cómo cerrabas los ojos un segundo demasiado largo. Vi el primer hilo blanco salir disparado contra el marco de la puerta. Vi el segundo caer sobre la tanga que aún tenías enrollada en la mano. Vi el tercero apenas, porque a esa altura yo ya estaba terminando contigo, mordiéndome el dorso de la mano libre para no aullar.
Maldita sea.
Maldita sea por no haber entrado. Maldita sea por no haber terminado donde correspondía: en mi boca, sobre mi lengua, dentro de mí. Pude haberte chupado hasta dejarte vacío. Pude haberte hecho gritar a ti también, ahogarte con el mismo trozo de carne que tanto añoras meter entre mis pechos.
Pero quizás era pedir demasiado para una primera noche.
Te acomodaste el bóxer con torpeza. Te limpiaste con mi tanga, ese pequeño gesto que selló para siempre la complicidad entre nosotros. La dejaste caer al piso del pasillo, no del cuarto, marcando con eso el territorio de lo que acabábamos de hacer: ahí, en el umbral, ni adentro ni afuera.
Me sonreíste.
Cerraste la puerta.
Me quedé quieta unos minutos, escuchando cómo el tercer escalón crujía al revés, después el quinto, después el cierre de la puerta de tu cuarto. Recién entonces solté el aire que llevaba guardado. Sentí el sudor enfriarme la nuca, la humedad entre las piernas pegándose a la sábana, los pezones todavía erguidos contra el encaje del sostén descolocado.
Sonreí también.
Mañana iba a despertarme y tú ibas a mirarme desayunar como si nada hubiera pasado. Yo iba a comerme las tostadas haciendo de cuenta que tampoco. Y los dos íbamos a saber.
Eso era lo lindo. Que íbamos a saber.
Y la próxima vez, si me portaba bien toda la semana, si dejaba la puerta entornada otra vez, si te esperaba con un short más diminuto y una tanga del mismo azul oscuro, quizás te animarías a cruzar el umbral. Quizás te animarías a hacerme lo que tantas veces te susurré sin palabras desde el otro lado de la sábana.
Quizás esa vez sí me cogerías como yo quería.
Pero por esta noche, con saber que te quedaste, con saber que me viste, con saber que terminamos juntos sin tocarnos, ya tenía suficiente para sostener una semana entera de miradas en la mesa del desayuno, de roces accidentales en el pasillo, de pausas frente a mi puerta de seis a ocho segundos contadas en silencio.
Apagué la lámpara del velador.
La luz del pasillo todavía se colaba por la rendija.
Sonreí en la oscuridad y dejé la puerta entornada otra vez.