La fantasía que cumplí espiándola desde los arbustos
Me llamo Damián. Con Carolina llevamos casi veinte años de matrimonio y, desde hace unos cuantos, somos lo que algunos llaman una pareja abierta. Hemos hecho tríos, hemos intercambiado parejas con conocidos, hemos probado casi todo lo que se puede probar sin perderse uno mismo en el camino. Casi todo. Hay una fantasía que nunca le confesé.
Quería verla sin estar yo en la escena. Sin participar. Solo mirar.
Ese verano elegimos un valle perdido entre las montañas del sur para pasar diez días. Un lugar estrecho donde el río bajaba helado entre piedras blancas, sin señal de teléfono, sin más vecinos que el viento y los caranchos. Plantamos la carpa al lado del agua y los primeros dos días fueron exactamente lo que habíamos pedido: silencio, sol, y Carolina sin maquillaje, leyendo descalza con los pies hundidos en la arena del río.
El tercer día, al mediodía, escuché el motor de una camioneta vieja subiendo por el camino de ripio. Carolina levantó la cabeza del libro y entrecerró los ojos contra el sol. Eran dos muchachos jóvenes, no más de veintiséis años. Bajaron de la camioneta, miraron alrededor y plantaron su carpa a unos cuarenta metros de la nuestra, río arriba.
—Bueno —dije—. Hasta acá llegó el silencio.
—No parecen molestos —respondió ella, y volvió a su libro.
No lo eran. Eran tipos prolijos, callados, que pasaban el día tomando cerveza al sol y bañándose en el río. Saludaban con la cabeza cuando nos cruzábamos cerca del arroyo y nunca subían la música. Casi se podía olvidar que estaban ahí.
Casi.
Empecé a notarlo al segundo día de su llegada. Carolina, que normalmente leía con los ojos clavados en el papel, levantaba la cabeza con más frecuencia de la habitual. A veces seguía con la mirada al que entraba al agua. A veces se demoraba sobre la espalda del otro mientras éste cortaba leña con el torso desnudo. No era una mirada ansiosa, ni avergonzada. Era una mirada de inventario.
—¿Te gustan? —le pregunté esa noche, junto al fuego.
Sonrió sin mirarme.
—Por ahora no me han hecho nada como para que me gusten. Pero quién sabe.
—Te gustaría —dije, y no era una pregunta.
Ella se encogió de hombros y bebió un trago largo del vaso. Esa noche, dentro de la carpa, hicimos el amor más despacio de lo habitual. Yo le hablé al oído de los dos muchachos, le describí cómo me imaginaba que la tomarían, qué le harían, en qué orden. Sentí cómo se humedecía contra mis dedos a medida que yo hablaba. Cuando terminé, no me dijo nada. Solo me miró un rato largo, como midiéndome.
***
El día siguiente amaneció pesado. El sol golpeaba contra las piedras blancas del río y a la una de la tarde Carolina se metió al agua con una malla de dos piezas color terracota que yo le había regalado el verano anterior. A sus treinta y nueve años, su cuerpo tenía la forma plena de una mujer que ya no pretende parecer una chica. Caderas anchas, pechos grandes que un embarazo le había dejado más generosos, una piel mate sin marcas.
Cuando salió del agua y se acostó boca arriba sobre la toalla, los dos muchachos giraron casi al unísono desde su campamento. No disimularon. Se quedaron mirándola hasta que ella se incorporó y se puso de costado, dándoles la espalda con una sonrisa que yo conocía.
Mientras preparaba el almuerzo, los espié desde la sombra de la galería de la carpa. Hablaban en voz baja. Uno levantaba la mano y trazaba una curva en el aire. El otro asentía y se reía. Yo sentí la sangre subiéndome a la cara y un calor que no era del sol.
Después de comer, Carolina se quedó dormida adentro de la carpa, boca abajo, con la espalda al aire. Entré, le bajé el bretel de la malla y le besé el hombro. Ella murmuró sin despertarse del todo. Le pasé la mano por el costado, lentamente, hasta la cintura. Después más abajo, entre las piernas. La sentí abrir un poco los muslos, aún medio dormida.
—¿Te imaginás si te entran los dos a la carpa ahora mismo? —le susurré al oído.
Soltó un suspiro largo. Su cadera empujó hacia atrás, contra mi mano. No abrió los ojos.
—Uno te toma desde atrás y el otro te pone la verga en la boca. Vos no podés decir nada. Solo dejarte hacer.
Ella gimió bajo, una vibración que le salió del fondo de la garganta. Sentí que toda ella se había puesto tibia. Me bajó los pantalones con una mano, sin abrir los ojos, y me llevó a su boca. La dejó ahí un rato largo, chupando despacio, como si la fantasía la hubiera puesto en piloto automático.
Salí de la carpa antes de terminar. La oí maldecirme desde adentro. Yo me reía solo, parado al sol, sabiendo que esa misma tarde iba a hacer lo que llevaba pensando desde el primer día.
***
El sol bajaba sobre los cerros cuando le anuncié que tenía que ir al pueblo por hielo y provisiones. Ella ofreció acompañarme.
—Mejor quedate —le dije—. No me gusta dejar las cosas solas. Hay todo apilado afuera.
Me miró un segundo de más antes de asentir. Subí a la camioneta, giré la llave y, por supuesto, simulé que el motor no agarraba. Probé tres veces, golpeé el volante, bajé maldiciendo en voz alta. Caminé hasta el campamento de los muchachos y les pedí un empujón. Aceptaron de inmediato, con esa amabilidad rural que tienen los chicos jóvenes cuando quieren caer bien.
Empujaron hasta que el motor agarró. Mientras me asomaba por la ventanilla a darles las gracias, le grité a Carolina, que se había acercado a mirar:
—¡Dales una cerveza fría a los pibes, que se cansaron!
Ella me sostuvo la mirada un instante. Algo cambió en sus ojos. No fue susto. Fue un reconocimiento. Asintió despacio, sin decir nada, y se dio vuelta hacia ellos con la sonrisa que usaba cuando ya había decidido.
Manejé por el camino de ripio hasta perderlos de vista. Doscientos metros más adelante encontré una curva con un árbol caído al costado y dejé la camioneta detrás del árbol, oculta desde el camino. Bajé, cerré la puerta sin portazo y volví caminando hacia el campamento, bordeando el río por entre los arbustos.
El sol ya se había puesto detrás del cerro y la luz era violácea, de esa media hora antes de la noche en la que todavía se ve pero no del todo. Encontré un nudo de arbustos espesos a unos quince metros del fuego de ellos, en el lado del campamento que daba al río. Me agaché, me acomodé contra el tronco de un sauce, y esperé.
***
Carolina estaba sentada en una reposera frente al fuego, con un vaso en la mano. Los dos muchachos estaban con ella. Uno en otra reposera; el otro de pie, gesticulando algo. Hablaban de su cuerpo. No podía oír las palabras exactas desde donde estaba, pero la mímica era inconfundible: el muchacho parado dibujó con las manos una curva de cadera, dijo algo, los tres se rieron. Carolina se levantó. Giró sobre sí misma, despacio, con los brazos extendidos. Una pasarela para dos espectadores en un valle perdido.
El muchacho parado le señaló su propia reposera y le hizo un gesto para que se sentara. Ella se sentó. Él se quedó de pie a su lado, con la pelvis a la altura de la cara de mi esposa.
No hizo falta más. Carolina, sin perder la sonrisa, le desató el cordón del short. Le bajó el short. Le bajó la ropa interior. Tomó su miembro con una mano y, con esa naturalidad que yo había visto tantas veces sobre la mía, se lo llevó a la boca.
El otro muchacho se demoró un segundo más, sentado, como midiendo si era cierto lo que estaba viendo. Después se levantó, se quitó los pantalones y se acomodó del otro lado de la reposera. Carolina soltó al primero, giró la cabeza, y empezó con el segundo. Pasaba de uno al otro con un ritmo metódico, sin apuro.
Yo sentía el corazón en la garganta. No era solo deseo: era una sensación rara, casi mareo, como cuando uno ve algo que no creía que iba a tener el coraje de ver. Tenía la boca seca y las manos frías a pesar del calor que me subía desde adentro.
En algún momento ella se puso de pie. Uno de los muchachos intentó llevarla a la carpa. Carolina sacudió la cabeza, fue ella misma a buscar una frazada, la extendió sobre el piso de tierra junto al fuego y se desnudó. Sin prisa, prenda por prenda, dejando que la miraran. La luz del fuego le pasaba por encima del cuerpo y le marcaba las sombras de los pechos y de la cadera.
Yo sabía por qué lo hacía afuera. Lo sabía perfectamente.
Lo hacía por mí.
Aunque no me viera, aunque no supiera con certeza dónde estaba yo, sabía que estaba mirando. Y la frazada al aire libre, junto al fuego, en la franja exacta de visión desde el camino del río, era su mensaje. Estaba decidida a darme el espectáculo completo.
***
Se acostó boca arriba sobre la frazada. Uno de los muchachos se arrodilló al lado de su cabeza y le acercó el miembro. Ella lo recibió en la boca y cerró los ojos. El otro le abrió las piernas, se acomodó entre ellas y entró de un empujón. Carolina soltó al primero un segundo para gemir; el sonido viajó por el aire seco de la noche y me llegó nítido entre los arbustos.
Estuvieron así un rato largo, alternándose. La cambiaron de posición varias veces. La pusieron en cuatro patas y el que la penetraba por detrás le marcaba el ritmo con las dos manos en la cadera. El otro le tomaba el pelo, le hacía una colita con la mano y le acercaba el miembro a la boca cada vez que ella intentaba levantar la cabeza para respirar. Ella no protestaba. Empujaba el culo hacia atrás contra el primero y abría la boca contra el segundo.
Era la mujer con la que había compartido casi veinte años, la que conocía mi nombre completo y mis manías al comer y los nombres de mis abuelos muertos. Y al mismo tiempo no era esa mujer. Era una mujer que yo no había visto nunca: la versión de Carolina que existía solamente cuando estaba con otros. La versión que yo había imaginado tantas veces y que, mirándola desde detrás de los arbustos, se reveló más intensa, más libre, más extranjera que en cualquiera de mis fantasías.
En un momento ella misma cambió la coreografía. Hizo que uno de los muchachos se acostara boca arriba sobre la frazada. Se trepó encima y, muy despacio, se dejó caer sobre él. No por adelante. Por atrás.
Yo conocía ese gesto. Conocía exactamente lo que Carolina pedía con ese gesto.
Llamó al otro con la mano. Él entendió enseguida. Se acomodó entre las piernas de ella, frente a frente con su compañero, y entró también. Los dos a la vez. Carolina dejó caer la cabeza hacia atrás y dejó salir un grito que era de placer pero también de otra cosa, algo más viejo, más profundo, como si llevara años esperando ese momento exacto.
Yo, agachado entre los sauces, con las rodillas adormecidas y la espalda dolorida contra el tronco, no podía hacer otra cosa que mirarla.
***
Cuando los muchachos terminaron, lo hicieron sobre su cara, uno de cada lado, parados sobre ella. Carolina recibió todo con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Después tomó cada miembro con una mano y se los frotó despacio contra las mejillas, untándose el semen como una crema. Les chupó las puntas un rato más, casi con ternura, y se dejó caer hacia atrás sobre la frazada, satisfecha.
Me alejé caminando hacia atrás, sin darles la espalda, hasta que los arbustos me ocultaron del todo. Después salí al camino y volví a la camioneta. Manejé hasta el pueblo de verdad. Compré hielo, cervezas, dos paquetes de galletitas y un repelente para mosquitos. Volví media hora más tarde de lo que hubiera correspondido si todo hubiera sido cierto.
Cuando llegué al campamento, Carolina estaba sola junto al fuego, recién duchada en el río, envuelta en una toalla. Los muchachos no estaban a la vista. Me vio bajar de la camioneta y se levantó para recibirme. Me abrazó con fuerza, hundió la cara en mi cuello y me dijo, en un susurro que no tenía nada de inocente:
—Gracias.
Yo me hice el desentendido. Le pregunté si todo había estado tranquilo durante mi ausencia. Ella se separó un poco, me miró a los ojos con una sonrisa lateral y respondió:
—Tranquilísimo.
Y los dos sabíamos perfectamente lo que había pasado.