La pareja desconocida que me pidió mirarlos en el metro
Cuando Adrián abrió el correo electrónico aquel jueves por la mañana, ya casi había olvidado que tres días antes había publicado un relato en una conocida página de literatura erótica. Lo había subido como un desahogo, sin esperar nada más que la satisfacción de verlo en pantalla. El asunto del mensaje no decía gran cosa: «Para VALENCIANO». Bastó para que el corazón le diera un vuelco antes de abrirlo.
«Hola VALENCIANO, somos una pareja de Burjassot a la que le gusta mucho el morbo del exhibicionismo. Solemos disfrutar de nuestra afición en zonas de monte o en pequeñas calas, ante desconocidos a los que permitimos observarnos. Tu relato sobre el vagón nos ha gustado mucho y queríamos proponerte algo parecido. No buscamos interactuar contigo, solo tu presencia como voyeur. Si te interesa, escríbenos.»
Adrián leyó el mensaje tres veces seguidas antes de empezar a teclear la respuesta. Le sudaban las manos. Aceptó cada una de las condiciones sin discutir ni una coma: nada de contacto físico, nada de palabras subidas de tono, nada de fotografías. Solo mirar. Eso era lo único que tenía permitido. Pulsó «enviar» y se quedó un buen rato observando la pantalla, como si la respuesta fuera a llegar de inmediato.
Tardó dos días. Cuando el correo apareció en la bandeja, el plan estaba dispuesto al detalle. Quedarían un domingo a las nueve de la mañana en el andén de la estación de Colón, sentido Massamagrell. Era una hora muerta en fin de semana, y eso era justo lo que la pareja buscaba. Nada de fotos previas; nada de descripciones físicas. Una cita a ciegas en el metro de Valencia. Si la cosa funcionaba, ya improvisarían el resto.
***
El sábado por la noche apenas durmió. Eligió una ropa cualquiera —un vaquero oscuro, una camisa azul lavada cien veces— para no llamar la atención de nadie. Salió de casa antes de tiempo y caminó por el centro con las manos en los bolsillos. La ciudad despertaba a ritmo de domingo, con las terrazas vacías y los camareros recogiendo sillas de la noche anterior. Bajó las escaleras de la estación a las nueve menos diez. Le temblaban un poco las rodillas.
El andén estaba prácticamente desierto. Solo una mujer de unos cincuenta años paseaba con un bolso bajo el brazo, mirando el reloj cada pocos segundos. Adrián la observó de reojo, intentando reconocer en ella algún gesto cómplice. Nada. Pasó a su lado y siguió caminando hasta el extremo opuesto. Buscaba al acompañante masculino que faltaba, una segunda silueta, una pareja completa que diera sentido a la cita. No había nadie más.
Faltaban cuatro minutos para el siguiente metro. Adrián se cruzó las manos a la espalda y empezó a pasear de un extremo al otro del andén, fingiendo interés por los carteles de publicidad. La mujer del bolso seguía sin mirarlo. Empezó a pensar que quizá la pareja había cambiado de idea. Que quizá estaban arriba, en la calle, observándolo desde lejos para asegurarse de que no era un loco antes de bajar. Que quizá no aparecerían nunca.
El altavoz anunció el metro con su voz metálica. Las luces del túnel se aproximaron primero, después el ruido, después la corriente de aire empujando hacia atrás los anuncios sueltos del andén. Cuando el convoy se detuvo, las puertas se abrieron casi a la vez en todos los vagones. El último —el más alejado, donde él se había situado por instinto— pareció vacío durante un instante.
Entonces lo vio. Un hombre de unos sesenta años, con el pelo entrecano peinado hacia atrás, asomado al umbral de la puerta. No dijo nada. Levantó la mano apenas dos dedos, un gesto pequeño, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera esperando exactamente eso. Adrián notó el zumbido bajo las costillas y caminó hacia la puerta con paso firme, como si llevara toda la vida ensayando ese momento. Entró al vagón antes de que sonase el aviso de cierre.
El compartimento del fondo estaba ocupado por una sola persona. Una mujer, también cercana a los sesenta, sentada junto a la ventanilla, lo observaba con calma desde el otro extremo del pasillo. Llevaba una falda recta hasta media pierna y una blusa de algodón fino, abotonada hasta el cuello. El cabello, rubio ceniza, le llegaba al hombro. No sonreía, pero tampoco era una mirada hostil. Era la mirada de quien evalúa al recién llegado y decide, en cuestión de segundos, si va a aprobarlo o no.
El metro arrancó. El hombre se sentó junto a ella y dejó que Adrián se acomodara en el banco de enfrente. Los cuatro asientos formaban un cuadrado pequeño, con las rodillas casi rozándose. La distancia, para lo que iba a ocurrir, era ridícula.
—Vicente —dijo el hombre, ofreciéndole la mano—. Mi mujer, Mercedes.
—Adrián.
Fue todo lo que les dio. Su nombre. Ninguno preguntó más. El acuerdo era ese: no hacían falta apellidos ni profesiones ni explicaciones.
Antes de que el metro alcanzara la siguiente estación, Mercedes deslizó las dos manos bajo la falda y, con dos pequeños movimientos de cadera, empujó las bragas hacia abajo. Eran negras, de algodón, sin demasiado adorno. Las bajó por los muslos sin prisa, las dejó caer hasta las pantorrillas, sacó primero un pie y después el otro. Se agachó un poco para recogerlas y las guardó en el bolso, doblando la tela con la calma de quien guarda un pañuelo cualquiera. Después cruzó las piernas y le sostuvo la mirada a Adrián.
Él no apartó los ojos. Tampoco era el momento de hacerse el discreto. Sabía que la había mirado y ella sabía que la había mirado, y ese era exactamente el contrato.
—¿Llevas mucho tiempo escribiendo? —preguntó Vicente, como si estuvieran en una cafetería.
—Un par de años. Por hobby. No le he enseñado nada a nadie de mi entorno.
—Mejor así —dijo Mercedes—. Lo que se cuenta a todo el mundo pierde fuerza.
La conversación se enredó en torno al deseo, a las fantasías, a los matices que separan al exhibicionista del simple provocador y al voyeur del mirón sucio. Mercedes hablaba con la naturalidad de quien lleva años contándolo. Vicente añadía pequeños detalles, lugares en la sierra, una cala que conocían cerca de Cullera, la primera vez que se atrevieron a buscar testigos. Adrián escuchaba con la espalda recta, intentando no mirarle las rodillas a Mercedes y sin conseguirlo del todo.
A la altura de Alameda, Vicente posó la mano izquierda en el muslo de su mujer. Lo hizo sin dramatismo, como quien apoya la mano en el respaldo de una silla. Mercedes no se movió. Siguió hablando, contestando una pregunta sobre la primera vez que publicó un relato, mientras los dedos de Vicente subían un par de centímetros por debajo de la falda. Adrián tragó saliva.
—Sigue —dijo Vicente, sin mirarlo.
No quedaba claro si lo decía por él, para que continuara la conversación, o por su mujer, para que siguiera abriendo las piernas. Probablemente por los dos.
El metro entraba en cada estación con su pequeño zarandeo. Subía algún viajero suelto, casi siempre en los primeros vagones. El último seguía vacío salvo por ellos tres. Mercedes había dejado de cruzar las piernas. La falda se le había subido lo justo para que Adrián pudiera ver, cuando el vagón ladeaba con los cambios de vía, una franja de piel pálida entre la tela y la mano de su marido. Vicente se tomaba su tiempo. Acariciaba despacio, con la palma abierta, sin entrar nunca del todo. Mercedes respiraba un poco más hondo, pero no se le movía la cara.
—¿Te incomoda? —le preguntó ella a Adrián, en algún punto entre Empalme y Machado.
—No.
—¿Te excita?
Adrián asintió con la cabeza, sin palabras. Llevaba un buen rato sintiendo cómo se le tensaba la ropa por debajo del cinturón y no había manera elegante de disimularlo. Mercedes sonrió por primera vez, una sonrisa breve, casi maternal, que le ocupó la comisura de la boca y se fue tan rápido como había venido.
—Está bien —dijo—. Es lo único que pedimos. Que sea de verdad.
A la altura de Almàssera, Mercedes se llevó las manos al cuello y desabrochó dos botones de la blusa. Lo hizo despacio, sin perder la conversación, como si fuera un gesto cualquiera. Adrián vio asomar el borde de un sostén color hueso y un escote más pleno de lo que la ropa, abotonada hasta arriba, había dejado sospechar.
—¿Mejor así? —preguntó ella.
—Sí.
—Lo sabía.
Vicente le pasó la mano por dentro del muslo, esta vez con más decisión. Mercedes separó las piernas un poco más, las suficientes para que la falda dejara de proteger nada. Adrián la miraba abiertamente; ya no había manera de fingir que estaba leyendo un cartel o mirando por la ventanilla. Vicente tampoco intentaba esconder lo que hacía. Era un acuerdo entre los tres, sin palabras nuevas: uno mira, otro se deja mirar, el tercero conduce.
Esto no me está pasando a mí, pensó Adrián, y a la vez supo que era lo más auténtico que le había sucedido en años.
El altavoz anunció Massamagrell, dos paradas más. Mercedes recompuso la blusa con la misma calma con la que la había abierto. Botón a botón. Vicente apartó la mano y la dejó caer con naturalidad sobre el respaldo del asiento. La falda volvió a su sitio. Cuando el metro entró en la estación, los tres se levantaron a la vez, sin necesidad de coordinarse.
***
Salieron al andén como tres pasajeros cualesquiera. Subieron las escaleras al exterior, donde el aire olía a azahar y a pan recién hecho. Caminaron unos metros y se detuvieron casi sin hablarlo delante de una cafetería abierta.
—Desayunamos algo —propuso Vicente—. Después tienes que decidir.
—¿Decidir qué?
—Tenemos un piso aquí cerca, en el casco antiguo. Si quieres seguir mirando, eres bienvenido. Las mismas reglas. Ni una sola palabra fuera de tono. Ni un solo dedo encima.
—¿Y si no quiero?
—Coges el metro de vuelta y nos olvidamos los tres de esto. Sin rencor.
Adrián pidió un café solo y un cruasán que no llegó a tocar. Mercedes desayunó una tostada con tomate, sin prisa. Vicente leyó por encima un periódico que alguien había dejado en la mesa contigua. Hablaron de fútbol, del calor que se anunciaba ese verano, del precio de los pisos en el barrio. De cualquier cosa que no fuera la mañana que llevaban entre manos. Cuando Vicente apuró la última gota de su café, miró a Adrián por encima de la taza.
—¿Y bien?
Adrián tardó dos segundos en contestar. Quizá tres. Lo justo para fingir que aún se lo estaba pensando, cuando en realidad lo había decidido antes incluso de meterse en el vagón.
—Os acompaño.
Mercedes asintió, despacio, sin sonreír esta vez. Recogió el bolso, se lo colgó del hombro y salió del bar la primera. Vicente pagó las tres consumiciones en la barra y se reunió con ellos en la calle. La casa estaba a cinco minutos andando, en una callejuela estrecha con macetas en los balcones y persianas a medio bajar. Caminaron en silencio, los tres con la misma calma, los tres sabiendo que aquella mañana acababa de empezar de verdad y que lo que quedaba todavía por dentro de aquellas paredes nadie iba a contarlo después.