Lo que vi en el velero la tarde de mi cumpleaños
Salimos de la sala de masajes en silencio, sin atrevernos a mirarnos. Daniela caminaba un paso adelante, con la toalla apretada contra el pecho y la cara encendida. Yo apretaba mi bolso como si dentro llevara algo que pudiera quemarme.
La zona húmeda se dividía en tres ambientes detrás de unas mamparas de bambú. Entramos al sector de mujeres, donde tres jacuzzis enormes ocupaban el centro y dos saunas de madera clara esperaban en los costados. Las pocas mujeres que andaban por ahí estaban desnudas sin pudor. Dejamos las cosas en los lockers, nos duchamos para quitarnos el aceite y elegimos uno de los saunas que estaba vacío.
—Camila —dijo mi hermana apenas cerré la puerta—, tengo que contarte algo.
Me senté frente a ella. El calor del cedro empezaba a soltarme los hombros.
—Cuando entré al cubículo, el masajista me pidió que me quitara toda la ropa. Se giró para darme privacidad y yo me acosté boca abajo con la toalla sobre la cola. Empezó por la espalda, normal, con sus manos enormes. Me relajé. Después siguió por las piernas, y en un momento me corrió la toalla sin preguntar. Yo no dije nada. Pensé que era parte del masaje.
Daniela hizo una pausa larga, mirando un punto fijo del techo.
—Empezó a apretarme las nalgas. Las abría con las dos manos, las soltaba, volvía a apretarlas. Hacía mucho que un hombre no me tocaba así. Después me pidió que me girara. Lo dudé un segundo, pero me giré. Quedé boca arriba, completamente expuesta, y él volvió a empezar por el abdomen. Subió a los pechos. Me apretó los pezones con los dedos y se me escapó un gemido.
Yo ya sabía hacia dónde iba esto, pero quería escucharlo de su boca.
—Me dijo que estaba muy tensa, que necesitaba soltarme. Y entonces sus dedos se abrieron paso entre mis piernas. Camila, yo estaba empapada. No me dio tiempo ni de pensar. En menos de cinco minutos me hizo terminar.
—¿Y después?
—Después se sacó la verga del pantalón y me la puso en la mano. Yo cerré los ojos. No quería verle la cara. Pero la apreté. Lo masturbé sin mirar, gimiendo como una loca. ¿Me escuchaste desde tu cubículo?
Yo la había escuchado. Y había escuchado mucho más de lo que ella me estaba contando. Sabía que se la había chupado, que él se había venido sobre sus pechos, que ella misma le había lamido lo que quedaba. La había visto por una rendija al ir al baño antes de volver a mi camilla. Pero no le dije nada. La dejé contar la versión que ella podía sostener delante de mí.
Cuando terminó, el sauna se había llenado de un calor distinto al que entraba por las paredes. Aparecieron tres mujeres rubias hablando en inglés y nos callamos. Salimos a ducharnos otra vez y nos pasamos al baño turco, que estaba vacío. El vapor era tan denso que apenas se veían las siluetas.
Yo no aguanté. Metí una mano entre mis muslos sin pensarlo, escondida por la niebla. A los pocos segundos, escuché que Daniela también se movía. La complicidad del vapor lo permitía todo. Terminamos casi al mismo tiempo, mordiéndonos los labios para no hacer ruido.
Y entonces escuchamos el banco crujir al otro lado del turco. Dos mujeres salieron por la puerta sin mirar atrás. Nos quedamos congeladas un segundo y después nos dio un ataque de risa silenciosa que nos dejó sin aire.
***
Esa noche dormí mal. No llamé a Mateo. Me repetía en voz baja que no había sido infiel, que no había sido yo la del masaje, que solo había sido una mujer en la niebla. Pero recordaba a mi hermana masturbándose a tres metros de mí y entendía que algo se había roto en la pared entre las dos.
A la mañana siguiente nos arreglamos para el paseo en velero. Daniela bajó primero al comedor. Yo me quedé en la suite porque mi teléfono no paraba de vibrar.
—¿Hola, amor? ¿Cómo amaneciste?
—Bien —mentí, mirándome en el espejo y notando que tenía ojeras de culpable.
—Ayer no te llamé porque imaginé que se habían ido de rumba. ¿Salieron?
—No, amor. Fuimos al masaje y después a la zona húmeda. Nada más.
Mateo se rio del otro lado.
—Qué aburridas. ¿Y qué te pusiste para el paseo? Mostrame.
Le acerqué la cámara. Llevaba el bikini rojo, el que él me había comprado para nuestro aniversario.
—Te ves divina. Vas a levantar más que miradas. —Hizo una pausa que me puso en guardia—. Camila, hace tiempo que tengo una fantasía. Quiero que coquetees con otro hombre en el viaje. Que me cuentes todo. Hablo en serio.
Me senté en la cama. El bikini de pronto me apretaba.
—Mateo, no.
—Es mi regalo de cumpleaños. Quiero que sepas que sos hermosa, que cualquiera te querría. Solo te pido que, si pasa algo más que un beso, me llames antes. Para que yo te dé el permiso.
—¿Y vos no te vas a sentir mal después?
—Te prometo que no. Es lo que más quiero ahora mismo.
Asentí sin saber qué decir. Cuando colgué, me senté en el borde de la cama y lloré sin hacer ruido. No de tristeza. De confusión. Sentía culpa por no haberle contado lo del masaje. Sentía rabia de que me pidiera lo que me pedía. Y sentía, debajo de todo, una corriente que me reconocía a mí misma como alguien capaz de hacerlo.
***
Llegamos las últimas al muelle. El velero era de proa ancha, blanco impecable, con un capitán joven y dos ayudantes apenas mayores que veinteañeros. Nos esperaban dos parejas. Sofía y Andrés tenían menos de treinta y cinco, todavía estaban en luna de miel. Renata y Sebastián rondaban los cuarenta y cinco y era su tercera vez en el hotel.
—Venimos porque nos gusta la vida liberal —dijo Renata mientras le pasaba a Daniela un protector solar. Sofía se puso colorada y miró a Andrés, que fingió estar muy concentrado en el horizonte.
Yo me quedé pegada a Renata el resto de la mañana. Ella me contó de los bares de intercambio, de las reglas, de cómo siempre salían juntos, nunca por separado. Me contó que para ella la regla más importante era esa: que ella elegía con quién, y que nunca había una decisión a espaldas del otro. Le confesé lo que Mateo me había pedido en la mañana.
—No te asustes —me dijo, bajando la voz y acercándose tanto que sentí su aliento en la oreja—. Hay hombres a los que les calienta saber que su mujer puede gustarle a otro. Si Mateo es de esos, no lo combatas. Aprendé a manejarlo. Mandale fotos. Contale lo que ves. Lo vas a tener comiendo de tu mano.
—¿Y si los celos lo destruyen?
—Entonces se va a curar de raíz —contestó, y sonrió como una mujer que ya había visto demasiadas curas.
***
Después del almuerzo en una isla pequeña, regresamos al velero. Nos ofrecieron bucear con snorkel y tenían tres tanques de oxígeno para compartir entre los seis. Los hombres jugaron piedra, papel y tijera y los tres perdieron, entre risas. Bajamos las mujeres con los ayudantes. El agua era cristalina, llena de peces amarillos y negros.
Pero noté algo apenas estuvimos unos metros abajo. Los ayudantes, con el pretexto de acomodar las correas o ajustar los reguladores, manoseaban a las mujeres. A Renata abiertamente. A Sofía con disimulo. A Daniela una mano le rozó la cadera y ella la apartó, pero a los dos minutos necesitó la ayuda del chico para el tanque y la mano volvió.
Cuando subimos, los maridos seguían tomando cerveza en la cubierta sin enterarse. Entendí que el sistema estaba diseñado así: tres tanques, tres mujeres manoseadas, propina garantizada. Renata me guiñó un ojo. Yo no sabía si tenía envidia o alivio de no haber tenido tanque.
***
El capitán llevó el velero hasta un cayo donde el agua nos llegaba apenas a las rodillas. Nos propusieron quedarnos dos horas mientras ellos se iban en una moto acuática a buscar combustible. Dejaron a uno de los chicos para cuidarnos. Apenas se fueron los demás, el muchacho se metió a dormir a la cabina.
Nos quedamos los seis en el agua tibia. Daniela y yo nos alejamos un poco para dejarles espacio a las parejas. Después de un rato, la curiosidad pudo más. Nos acercamos rodeando el casco del velero.
Lo que vimos del otro lado me cortó la respiración.
Renata estaba arrodillada en el agua, chupándole la verga a su marido Sebastián, delante de Sofía y Andrés. Andrés ya le había soltado el corpiño del bikini a Sofía y le metía los dedos sin ningún cuidado. Sofía intentaba mantener la compostura pero echaba la cabeza hacia atrás cada vez que él le tocaba el clítoris.
Daniela me apretó la muñeca debajo del agua.
—No te muevas —me susurró.
No podía moverme. Tenía las piernas como de cera. Mi otra mano ya había bajado por mi cuenta a la cintura del bikini.
Sebastián era alto, delgado, con la verga larga pero no gruesa. Andrés, en cambio, era pequeño y curvo. Lo descubrí cuando Renata se levantó, se acomodó al lado de la otra pareja y le hizo señas a Sofía para que se la chupara a su marido. Sofía obedeció, mirándolos de reojo con vergüenza. Cada tanto giraba la cabeza para confirmar que la seguíamos mirando, y yo creo que esa parte la calentaba más que la verga en la boca.
Sebastián se acomodó detrás de Renata y la penetró ahí mismo, parados en el agua. Sofía paró su felación un segundo, y Andrés le empujó la cabeza para que siguiera. Lo más asombroso era el silencio. Nadie hablaba. Solo gemidos, agua chapoteando, el sol pegando en los hombros.
Yo tuve mi primer orgasmo de pie, con dos dedos dentro de mí, mordiéndome el labio para no avisar nuestra presencia. Daniela vino al mismo tiempo, y me dijo al oído algo que no esperaba.
—Quiero intentar algo con Bryan.
Bryan era el masajista. Lo único que pude hacer fue asentir.
***
Y entonces pasó lo que terminó de descolocarme. Renata, sin que su marido la frenara, se acercó a Sofía y empezó a acariciarle los pechos. Sofía intentó apartarle las manos pero Renata bajó hasta su clítoris con descaro, justo cuando Andrés todavía estaba dentro de ella. Sofía gimió fuerte y dejó caer la cabeza.
En un parpadeo, Renata corrió a Sofía hacia atrás, le sacó la verga a Andrés y se la metió ella misma. Sebastián miraba al costado, tranquilo, como si todo hubiera sido coreografiado. Sofía abrió los ojos en pleno asombro y vio a otra mujer cabalgando a su marido. Antes de que pudiera reaccionar, Sebastián ya estaba a su lado, masturbándola con los dedos. Después la giró y la penetró de espaldas.
Sofía gritó con un sonido que no había hecho en toda la tarde. Andrés miró a su esposa siendo tomada por otro hombre y no se movió. Renata cabalgaba a Andrés sin perder de vista a Sofía, y cuando él avisó que se iba a venir, ella se lo sacó, lo agarró con la mano y le hizo terminar en su boca a tres pasos de Sofía, que veía a su marido vaciarse en otra mujer.
Sebastián avisó después. Sacó la verga, le tomó la cara a Sofía y se vino sobre sus labios. Andrés se quedó mirando, incrédulo, mientras Sebastián le acercaba la verga a la boca de Sofía y ella, casi sin fuerzas, la lamía.
Daniela y yo nos vinimos por tercera vez. No me preguntes cómo. Fue automático.
***
Cuando los hombres del velero volvieron con el combustible, todos estábamos secos y sentados en la cubierta como si nada. Sofía iba abrazada a Andrés. Renata me guiñó un ojo desde su silla. Sebastián le había dado a Andrés una palmada en el hombro que sonó a felicitación. En el viaje de regreso, la única que se reía descaradamente era Renata.
En el muelle, Andrés le pasó su número a Renata delante de Sofía, que vio cómo su marido escribía el celular real en el celular de otra mujer. A mí, Renata ya me había pasado el suyo en el velero, antes de todo, así que no tuvimos que pasar por esa escena delante de mi hermana.
En la habitación, Daniela estaba pegada al teléfono escribiéndole a Bryan. Yo llamé a Mateo.
—¿Cómo te fue, amor?
—Bien. Hicimos snorkel. Compartimos con dos parejas. Nada más.
—¿No te llamó la atención ningún tipo?
Lo dije sin pensarlo, con la garganta seca.
—Esta noche pienso ir a la discoteca con mi hermana. A ver qué levantamos.
Esperaba reproche. Esperaba que reaccionara como antes, con celos. Pero a Mateo se le iluminó la cara en la pantalla.
—Súper, amor. Me alegra que aceptaras mi propuesta. Si encontrás uno que te guste, llamame.
Colgué con un grito ahogado. Daniela me miró desde la otra cama, con el celular en la mano.
—Cuadré con Bryan para esta noche. Va con un amigo. No te preocupes por pareja, ya te conseguí uno.
No supe si reír o llorar. Me senté en el borde de la cama y miré el bikini rojo doblado sobre la silla. Mi cumpleaños recién empezaba.