La señora del anuncio me citó en el tren
Habían pasado apenas dos días desde que colgué el anuncio en aquella web de contactos —«hombre busca mujer exhibicionista, sin compromisos, solo jugar»— cuando me llegó la respuesta. No esperaba ninguna. Cuando vi el remitente en la bandeja de entrada, se me encogió el estómago.
El mensaje era breve y directo, sin saludos ni preámbulos:
«54 años, morena, buen pecho y me encanta calentar a desconocidos delante de mí. Si te apetece jugar, quedamos en el tren y te dejo sin aliento. ¿Te animas?»
Leí el correo tres veces antes de contestar. Tecleé un «sí» que sonó más firme de lo que en realidad sentía. En menos de una hora ya teníamos el plan: la cita era al día siguiente, a las cuatro en punto, en la estación central. Cogeríamos el cercanías hasta el final de la línea, una hora y pico de viaje, y volveríamos. Ella había escogido la franja horaria con conocimiento de causa: a esa hora los vagones iban casi vacíos.
Llegué al andén con diez minutos de adelanto. Las manos me sudaban dentro de los bolsillos. Miraba a todas las mujeres que pasaban, intentando adivinar cuál de ellas sería. La descripción del correo me iba creando una imagen distinta cada vez que cerraba los ojos.
Fue ella la que me reconoció a mí. Me hizo un gesto leve con la barbilla desde el otro extremo del andén, una sonrisa cómplice, y se acercó sin prisa. Llevaba una falda de tubo color carbón que le marcaba las caderas, una blusa fina y un abrigo largo abierto. Bajo la blusa se le adivinaba el contorno de un sujetador de encaje. Las piernas, robustas y bien formadas, terminaban en unos botines bajos. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño suelto y unos labios pintados de un rojo casi marrón.
—Marisa —dijo, tendiéndome la mano como si quedáramos para un café.
—Andrés —contesté, y le aguanté la mirada como pude.
Se rio bajito.
—Estás más nervioso que yo. Tranquilo, solo vamos a divertirnos un rato.
El convoy entró en la estación con un chillido metálico. Subimos al último vagón. Como ella había predicho, apenas había seis o siete pasajeros, todos repartidos hacia la cabeza del tren. Los asientos del fondo estaban vacíos. Marisa eligió el último, el que daba la espalda a la cabina, y me indicó con un gesto que me sentara enfrente, mirándola.
—Tú vigilas —me dijo, ya colocando el bolso a un lado—. Si viene alguien por el pasillo, me avisas con la rodilla. Si no, te dejo mirar y, si me apetece, te dejo tocar. Pero el juego lo llevo yo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
El tren arrancó con una sacudida. En cuanto la luz del andén se quedó atrás y entramos en el túnel, Marisa hizo lo que llevaba pensando todo el día. Levantó las piernas y las apoyó en mi asiento, una a cada lado de mis muslos, y se subió la falda hasta media cintura.
Se me cortó la respiración.
Llevaba un tanga blanco, minúsculo, que dejaba escapar por los bordes el vello oscuro del pubis. Los muslos eran espesos, suaves, con esa firmeza tibia de la mujer que ya ha vivido cosas. Sin dejar de mirarme, se acarició la cara interna del muslo con la yema de los dedos, despacio, dibujando una línea que terminaba justo en el borde de la tela. Después apartó el tanga con un dedo y me enseñó la vulva entera, abierta, brillante.
—Mira bien —murmuró—. Mira lo que provoca un mensaje de tres líneas.
Tenía la polla tan dura que me dolía el roce del pantalón. Ella se dio cuenta enseguida.
Esta mujer sabe exactamente lo que hace.
El tren empezó a frenar para la primera parada. Sin perder la calma, Marisa bajó las piernas, se acomodó la falda y se cerró el abrigo. Cuando las puertas se abrieron, parecía una pasajera más, una señora bien vestida volviendo de algún recado. Subieron dos hombres con bolsas de deporte y se sentaron al principio del vagón. Ninguno miró hacia atrás.
***
El tren volvió a arrancar. Las luces del techo parpadearon una vez y los muslos de Marisa volvieron a abrirse delante de mí.
—Ahora tú —dijo.
Adelanté la mano con cuidado, todavía vigilando el pasillo. Le acaricié el muslo desde la rodilla hacia arriba, sintiendo cómo se le tensaba la piel bajo mis dedos. Cuando llegué al tanga, deslicé un dedo por debajo de la tela. Estaba empapada. Marisa cerró los ojos un instante y dejó escapar el aire por la nariz.
Coloqué el pulgar sobre su clítoris y empecé a moverlo despacio, en círculos pequeños. Ella me agarró la muñeca un segundo, no para apartarme, sino para marcarme el ritmo. Me la tuvo cogida medio minuto y después me soltó, confiando en que ya había entendido.
Segunda parada. Marisa bajó las piernas en el último instante. Una señora mayor entró en nuestro vagón cargada de bolsas y se sentó justo en el asiento de delante de Marisa, dándonos la espalda.
—No nos puede ver —me susurró Marisa, mientras el tren se ponía otra vez en marcha—. Y a mí me pone mucho que haya alguien cerca.
Levantó las piernas otra vez, las abrió sobre los costados de mi asiento y, esta vez, fue ella la que se metió la mano. Apartó el tanga, se separó los labios con dos dedos y se introdujo el del medio. Sin dejar de mirarme. Sacó y metió el dedo despacio, hasta que la falange interior brilló.
Yo me bajé un poco la cremallera y me acaricié el bulto por encima del calzoncillo, sin atreverme a más. La señora del asiento de delante hablaba sola con sus bolsas, ajena a todo.
—Lámete el dedo —me dijo Marisa de pronto.
Acerqué la mano a su sexo y volví a meter el dedo donde había estado el suyo. Lo saqué brillante y me lo llevé a la boca. Sabía a sal, a piel cansada, a algo profundo. Marisa sonrió con la boca cerrada y se mordió el labio.
***
En la siguiente estación subieron cuatro pasajeros y, con la mala fortuna del juego, uno de ellos se sentó justo al lado mío. Un chico joven con cascos, mirando el móvil. Marisa y yo cruzamos una mirada de aviso.
Ella estiró las piernas y dejó que las puntas de sus botines rozaran apenas mis tobillos. Yo me incliné hacia delante como quien se ata un cordón y le pasé la mano por la pantorrilla, subiendo hasta la rodilla por debajo del abrigo. Marisa se desabrochó dos botones más de la blusa con disimulo, dejando ver el surco entre sus pechos, generosos y todavía firmes. El sujetador de encaje apenas los contenía. Con la mano derecha, escondida bajo el abrigo, se acariciaba un pezón a través de la tela.
El chico de al lado no levantó la vista del móvil ni una sola vez.
Yo me palpaba el miembro por encima del pantalón con la mano que me quedaba libre, fingiendo apoyarla en el muslo. Era un equilibrio extraño: parecer normales y estar perdiendo los dos la cabeza al mismo tiempo.
***
El chico bajó dos estaciones después. En cuanto se levantó y desapareció por las puertas, Marisa se irguió en el asiento.
—Acércate —me dijo.
—¿Aquí?
—Aquí. La señora de delante sigue dándonos la espalda. Y no hay nadie más en este lado.
Eché un vistazo al pasillo. Despejado. Me deslicé del asiento al suelo, me arrodillé un poco de costado para que solo se viera mi espalda desde el pasillo, y aproximé la cara a sus muslos. Marisa se sentó en el borde del asiento, abrió las piernas todo lo que dio de sí la falda y apartó el tanga con dos dedos.
La olí antes de tocarla. Olía a calor humano, a saliva, a hierba mojada después de la lluvia. Pasé la lengua plana por toda la vulva, de abajo arriba, y noté cómo se le tensaban los muslos a ambos lados de mi cabeza. Cerré los labios alrededor del clítoris y empecé a chupar despacio. Marisa me agarró la cabeza con una mano, no apretando, solo guiándome.
—Sigue —me susurró—. Hasta la siguiente parada. Aguanta hasta la siguiente parada.
Aguanté. Le lamí, le succioné, le metí la lengua tan dentro como pude. Sentí cómo le subía un temblor por las piernas, cómo se le aceleraba la respiración. Cuando el tren empezó a frenar, ella me apretó la nuca un instante, conteniendo lo que tenía a punto de salir, y me apartó con suavidad.
Me levanté justo a tiempo. Volví a mi asiento de un salto. Las puertas se abrieron y subieron dos mujeres maduras que se sentaron a nuestro lado. Marisa, con la cara congestionada y el pelo un poco descolocado, se cerró el abrigo y cruzó las piernas. Le brillaban los ojos. El escote se le había puesto rojo.
—Buenas tardes —le dijo a una de las mujeres con una sonrisa perfectamente educada.
Estuve a punto de soltar una carcajada.
***
Las dos señoras viajaron con nosotros varias paradas, charlando de la nieta de una y del marido de la otra. Marisa y yo no podíamos hacer mucho más que rozarnos las piernas debajo del abrigo y mirarnos. Cada vez que cruzábamos la mirada, ella se mordía el interior del labio, conteniendo la risa. Yo seguía durísimo, sin saber dónde meter las manos.
Cuando las dos señoras se bajaron, el final del trayecto estaba ya cerca y Marisa decidió que era hora de cerrar la primera parte del juego. Se recolocó la falda, se abrochó la blusa, se peinó con los dedos y sacó del bolso una barra de labios para reponer el rojo casi marrón que se le había corrido.
—Todavía nos queda la vuelta —me dijo, sin mirarme, mientras se delineaba la boca con calma—. Y la vuelta es más larga.
—¿Más larga?
—Más larga de lo que tú crees.
El tren empezó a frenar para la estación final. Marisa cerró el bolso, se levantó y me esperó en el pasillo con la mano tendida, como una señora cualquiera ayudando a un acompañante a bajar. Cuando le cogí la mano, me clavó la uña del pulgar en la muñeca, tan suave que solo lo notamos los dos.
—Andrés —dijo al oído, mientras las puertas se abrían—. Pórtate bien hasta que vuelvas a sentarte enfrente.
Bajamos al andén de la estación final juntos, sin tocarnos, como dos desconocidos que coincidieron en el mismo vagón. Faltaban veintidós minutos para el tren de vuelta. Marisa señaló el reloj con un gesto y se alejó hacia el quiosco a comprar agua, balanceando las caderas debajo del abrigo.
Yo me quedé mirándola, todavía con el sabor de ella en la lengua y la polla pidiendo guerra dentro del pantalón.
Veintidós minutos. Después, el viaje de vuelta. Y, según ella, esta vez iba a ser mucho más largo.