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Relatos Ardientes

El verano en que dejé que el vecino me mirara

A Camila la describían como un cuerpazo y eso era lo primero que se decía de ella, antes incluso de mencionar que se había recibido de auditora con honores y que a los veintisiete años ya manejaba la cartera de tres clientes corporativos en Buenos Aires. Era morocha, alta, con unas tetas que se anunciaban un metro antes que el resto del cuerpo y una cola que las amigas de su madre todavía comentaban en voz baja. Las malas lenguas decían que había llegado al puesto por las curvas. Cualquiera que la hubiera visto cerrar un balance a las tres de la mañana sabía que era por testaruda.

Hasta hacía unos meses también tenía un novio que parecía la pieza final del rompecabezas. Hasta que una tarde, revisando el celular del muchacho sin ninguna intención particular, encontró las pruebas: chats, audios, fotos. Mateo —así se llamaba— intentó armar el discurso clásico: que ella vivía para el trabajo, que él se sentía abandonado, que nada le alcanzaba. No llegó a terminar la frase. Camila lo echó del departamento esa misma noche, sin un grito, sin una lágrima. Lo hizo con la misma frialdad con que firmaba un papel.

Lo que vino después fue peor que la rabia: el silencio. Oficinas vacías hasta tarde, un departamento en penumbra, las llamadas de su madre preguntando cuándo iba a salir un poco, los compañeros con la sonrisa demasiado preparada. Cada tanto alguno se animaba a invitarla a tomar algo, queriendo aprovechar la soltería fresca. Ella respondía con un «no, gracias» tan educado y tan filoso que la dejaban en paz por meses.

El mail de Recursos Humanos llegó un martes a la mañana. Le recordaba que tenía vacaciones acumuladas y que la primera semana de febrero figuraba como bloqueada en su agenda. Camila se quedó mirando la pantalla un rato largo. No tenía planes, no tenía ganas y, sobre todo, no tenía con quién. Esa misma noche se lo mencionó a su madre por teléfono, y Mariana, casi sin pensarlo, le tiró la idea: la casa de la familia en Pinamar estaba cerrada desde el verano anterior, podía agarrar el auto y desaparecer una semana. No estaba pegada a la playa, pero con el coche eran veinte minutos. Era eso o quedarse en la ciudad aguantando el aire acondicionado del edificio. Antes de cortar ya había decidido.

El viernes salió de la oficina con la valija ya cargada en el baúl. Había pedido escaparse a las cinco, pero las cosas se complicaron y arrancó recién a las seis y media. Llegó pasadas las nueve y media de la noche. La casa era la misma de siempre: el frente con el ligustro descuidado, las persianas verdes desteñidas, el olor a humedad guardada. En vez de tirarse a dormir se puso a abrir ventanas, sacudir alfombras y limpiar mesadas. Cuando se acostó eran casi las tres y todavía olía a lavandina.

Se despertó cerca del mediodía, con la luz blanca de la siesta colándose por las cortinas. Antes incluso de abrir los ojos ya empezaba a armarse la lista de tareas: supermercado, panadería, una vuelta a la playa, vuelta, ducha, cena en el centro. Recién ahí empiezan las vacaciones, pensó. Y se sonrió de costado al darse cuenta de que Mateo no se había equivocado tanto: era una neurótica del orden. Quizá por eso, casi sin advertirlo, dejó la mano caer entre las piernas. No extrañaba a Mateo, eso ni de cerca, pero sí extrañaba ese calor de otro cuerpo, esa idea de no estar tan sola adentro de la propia piel. Las yemas le encontraron los labios y notó la humedad enseguida. Se levantó de un salto.

Lo que vino después era una costumbre vieja, una de esas pequeñas perversiones que cargaba sin contarle a nadie. Abrió de par en par las tres ventanas del cuarto. Quedaron tapadas apenas por unas cortinas finas de gasa blanca que dejaban pasar la luz y la silueta. Dos daban a la calle, la tercera a la casa del lado. Era un mediodía caluroso, plena temporada, y supuso que los vecinos estarían tirados en la arena. Se sacó el camisón y abrió el cajón de la mesita. Adentro la esperaba un vibrador grande, el que se había traído de la ciudad y dejado listo la noche anterior, ya con pilas nuevas.

Se sentó al borde de la cama, desnuda, frente a la ventana de la calle. Encendió el aparato. La sola idea de estar expuesta —aunque fuera teórico, aunque nadie viniera— le aceleró la respiración. Empezó despacio, pasándose la punta por encima del clítoris, antes de hundirlo. Después dejó de tener paciencia. Lo metió de un solo movimiento y soltó un gemido largo, sin esforzarse en taparlo. Con la mano libre se amasaba un pecho, se tiraba del pezón, se mordía el labio. Quería ojos invisibles. Quería gente atrás de las cortinas, hombres anónimos masturbándose pensando en ella, mujeres curiosas mirando de reojo. Cerró los ojos y se lo imaginó.

No sabía —no podía saberlo desde donde estaba— que del otro lado de la cortina que daba a la casa contigua había, efectivamente, un hombre. La cara apenas asomada por la ventana del baño. La mano en la bragueta abierta. Se mordía la lengua para no hacer ruido.

Camila terminó con el cuerpo arqueado hacia atrás y un grito corto y seco. Tardó cinco minutos en respirar normal. Después se metió bajo la ducha como si nada hubiera pasado, se vistió con un short y una remera y agarró las llaves para ir al supermercado. Estaba abriendo el auto cuando una voz por encima del cerco le congeló la mano en la cerradura.

—¡Buenas! —saludó el hombre, de unos sesenta, barba de tres días y una sonrisa que no terminaba de ser del todo limpia.

—Buen día —respondió Camila, tratando de armar la cara más profesional posible—. Soy Camila, me quedo unos días acá.

—¿Estás alquilando?

—No, es la casa de la familia.

—¡Ah! ¿Vos sos la hija de la Mariana?

—Esa misma.

—Ay, mirá, salió tan linda como la madre —dijo el hombre, con una risita que sonó a más cosas que un cumplido—. Soy Aníbal. Cualquier cosa que necesites, me chiflás, eh.

Camila agradeció con una sonrisa apretada y se metió al auto. Recién a tres cuadras del barrio, mientras manejaba hacia el centro comercial, le cayó la duda como una piedra fría en el estómago. ¿Habrá visto algo?

***

Cuando construyeron la casa, alguien tuvo la idea brillante de instalar una ducha en el patio trasero para no meter media playa adentro al volver. Camila siempre la había amado. Eran las ocho y media de la noche del segundo día y volvía recién bajada del auto, todavía con la bikini de tiritas y la toalla colgando del hombro. Giró la perilla y el agua fría le bajó por la espalda, llevándose la arena. Iba a ser un enjuague rápido, nada más, antes de la ducha en serio. Hasta que sintió la mirada.

Aníbal estaba asomado por encima de la medianera. No disimulaba. Tenía los codos apoyados sobre la pared, la pera entre las manos, como quien mira la tele. La madre se lo había advertido alguna vez por teléfono: «cuidado con Don Aníbal, que es un mirón». Pero algo —tal vez las semanas de cama vacía, tal vez la idea fija desde la mañana de los ojos invisibles— se le prendió por dentro. Si quiere ver, le voy a dar para ver, pensó.

Echó la cabeza hacia atrás para mojarse el pelo, y al hacerlo el pecho se le proyectó hacia adelante, las tetas casi escapándose de los triangulitos. Después se dio vuelta y, de espaldas a él, se agachó muy despacio fingiendo sacarse la arena de las pantorrillas. La bombacha de la bikini se le tensó sobre la cola y la dejó tres segundos así, en pose, antes de subir. Volvió a girar, no del todo, lo justo para que la viera de perfil, y se desató el nudo del corpiño con dos dedos. La tela cayó. Las tetas saltaron al aire frío como dos cosas vivas. No miró a la medianera ni una vez. Se masajeó los pechos, despacio, con la dedicación de quien se aplica una crema. Cuando se cansó del juego, cerró la canilla, se envolvió en la toalla y caminó hasta la puerta de la cocina sin un solo gesto hacia el lado de Aníbal. Adentro de la casa se rio sola, apoyada contra la pared.

Después de la ducha en serio se vistió para salir. Un vestido negro corto, sin corpiño debajo, una tanga finita, sandalias bajas. Maquillaje suave. El espejo le devolvió una mujer que hacía mucho no veía. Manejó hasta el centro y entró al restaurante con esa cosa rara de saberse mirada por todos los que cruzaban la puerta del fondo. Le tocó una mesa contra la ventana. Pidió una copa de malbec. Después otra, que el dueño insistió en regalarle. Y una tercera, que un señor sentado tres mesas más allá le mandó con el mozo y un guiño desde lejos. Le devolvió la sonrisa, no más que eso, pero el calor le subió a las mejillas.

Salió cerca de la una y media, mareada apenas. Antes de subirse al auto se le ocurrió bajar a la playa unos minutos a despejarse. La arena estaba casi vacía. Un par de grupos de pibes con cerveza sentados en ronda, alguna pareja perdida en la oscuridad. Pasó cerca de una de esas parejas casi sin querer y los vio: él con la mano metida debajo del vestido de ella, la boca pegada al cuello; ella con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Camila apuró el paso. Sintió algo viejo, algo conocido, ese mismo calor que la había levantado de la cama esa mañana. Volvió al auto pensando que ojalá fuera ella la del vestido. Que ojalá alguien la frenara en la mitad de la caminata, le bajara los breteles enfrente de todos, le dijera al oído lo que iba a hacerle.

Puso la dirección en el GPS y arrancó. Manejaba con un dedo en el volante y el otro contra la sien. Pensaba en la pareja, en Aníbal, en la cama vacía del departamento. Cuando levantó la vista del tablero, el camino había dejado de ser asfalto. Era un camino de tierra, recto, oscuro, con las luces de Pinamar como un brillo lejano contra el horizonte. El GPS la había mandado por el atajo. Tampoco era grave: si seguía derecho, según el mapa, en diez minutos volvía a la ruta provincial. Frenó al costado y apagó el motor un momento.

Quedó sola en la oscuridad. Campo abierto, ni una casa cerca, ni una luz. Tenía un poco de miedo. También tenía otra cosa. Una idea que le iba creciendo desde la cintura. Se removió en el asiento, se levantó la pollera del vestido y se sacó la tanga. La tiró arriba del asiento del acompañante. Después abrió la puerta y salió.

El aire de la noche era tibio y olía a pasto seco. Apoyó la cadera contra el capó del auto, todavía caliente del viaje, y dejó que el metal le subiera por los muslos. Se bajó los breteles del vestido y la tela cayó hasta la cintura. Las estrellas eran demasiadas, no parecían las de la ciudad. Se llevó la mano entre las piernas y empezó a jugar con el clítoris, despacio, mirando hacia el camino. Que pase alguien, pensaba. Que pase un camión, una camioneta, cualquier cosa. Que me agarren así. La fantasía se le escapaba sola, no necesitaba empujarla. Imaginaba a un tipo bajándose del auto, sin decir una palabra, dándola vuelta contra el capó. Después eran dos. Después eran muchos. Un grupo entero, como los pibes de la playa, que la rodeaban y se la pasaban entre todos sin preguntarle el nombre.

Se quitó el vestido del todo y lo dejó caer sobre el capó. Quedó desnuda contra el auto, con el viento de la madrugada erizándole la piel. Se metió dos dedos de una sola vez y se le escapó un gemido fuerte, sin nadie cerca para escucharlo, y por eso mismo más fuerte todavía. La cosa duró poco. Llegó rápido, con las piernas temblando y la cadera empujando contra su propia mano, y se le escapó un grito que rebotó en la nada.

Tardó un rato largo en recomponerse. Cuando volvió a abrir los ojos eran casi las tres de la mañana, según el reloj del tablero. Agarró el vestido. Estaba por meterse de nuevo por la cabeza cuando se quedó con la prenda colgando del brazo, mirándola. Se la imaginó puesta. Se imaginó sin ella. Pensó que, si no era ahora, no iba a ser nunca. Subió al auto desnuda, dejó el vestido y la tanga sobre el asiento del acompañante y arrancó.

Manejó despacio, sin apuro, con la ventanilla baja y el codo afuera. La luna le caía sobre las clavículas, sobre los pechos, sobre la barriga. El aire le entraba entero por la ventanilla. No se cruzó con nadie en todo el camino, y al mismo tiempo sintió como si la mirara todo: el camino, los árboles, las estrellas, alguien escondido detrás de algún alambrado. Cuando entró al barrio, las luces de la casa de Aníbal estaban prendidas. Pasó por delante despacio. Sin apurarse. Pensó que, si esa noche el hombre seguía despierto, si estaba asomado a alguna ventana, iba a verla bajarse del auto exactamente así, desnuda y con el vestido al hombro. Y por primera vez en muchos meses, le pareció que las vacaciones recién empezaban.

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Comentarios (3)

GonzaRiver

increible!! me encanto, de los mejores que lei en bastante tiempo

Sol_Nocturna

Por favor continúa, quede con muchísimas ganas de saber qué pasó despues con el vecino

Mateo_Bn

Me gustó que la protagonista tome la iniciativa, le da una vuelta diferente al tema. Muy bien narrado.

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