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Relatos Ardientes

Lo que vi por la ventana aquella madrugada

Me llamo Damián, tengo treinta y tres años y trabajo de vigilante nocturno en un parking subterráneo de Carabanchel. Mido casi uno noventa, tengo el pelo rapado a los lados y los brazos cubiertos de tatuajes que me hice en una época en la que pensaba dedicarme a otra cosa. Vivo con mi pareja, Lorena, en un primero de una corrala antigua en la parte alta del barrio. El piso es minúsculo y huele a humedad casi todo el año, pero es lo único que podemos permitirnos con dos sueldos justos.

La historia que voy a contar pasó hace unos veranos. Está basada en hechos reales y no he cambiado más que algún detalle para no reconocer a nadie.

El edificio es lo que uno imagina cuando piensa en una corrala madrileña venida a menos: rejas oxidadas en las ventanas, un patio interior con dos macetas mustias y un buzón que nadie revisa. Mis vecinos forman un mosaico que daría para una novela. En el primero de al lado vive un viejo que alquila estudios por la zona y que no saluda nunca. Debajo, una familia paraguaya numerosa hace ruido día y noche. Arriba hay dos chicas que trabajan en un club de la M-40 y un matrimonio jubilado que se asoma al balcón en albornoz a fumar Ducados. Desde mi ventana del salón se ve, a través del patio interior, el bajo del edificio de enfrente: dos ventanas pegadas, una del salón y otra de un dormitorio juvenil.

Era agosto. Lorena tenía un turno largo en la residencia y yo libraba aquel viernes y el sábado, así que la noche entera era mía. Hacía un calor seco, de los que no dejan dormir aunque uno se meta en la ducha cada hora. Sobre las doce abrí la ventana del salón con la esperanza de que entrara algo de corriente. Fue entonces cuando me fijé en que la ventana del dormitorio del bajo de enfrente, que solía estar a oscuras, tenía la luz encendida y la persiana levantada hasta arriba.

Nunca he sido un mirón. Lo digo en serio, aunque suene a frase hecha. Pero la curiosidad de saber quién dormía ahí pudo conmigo, así que apagué la lámpara del salón y me quedé en penumbra, fingiendo que veía la película que tenía puesta.

La habitación era pequeña, con una cama de noventa pegada a la pared, un armario blanco y un escritorio cubierto de pósters que no llegaba a distinguir. Al rato apareció ella. Cruzó el cuadro de la ventana descalza, con una camiseta de tirantes y un pantalón corto, y se tumbó boca arriba sobre la colcha. Tenía el pelo larguísimo recogido en una coleta alta. Era menuda, delgada, con unas tetas pequeñas que marcaban los pezones a través de la tela fina de la camiseta. Cuando giró la cabeza hacia la pantalla del móvil, la luz le tiñó la mejilla de azul.

Me aparté un poco al darme cuenta de que ella, en teoría, también podía verme a mí. Bajé la lámpara del salón al mínimo, me senté en el sofá y me convencí de que estaba siendo absurdo. Estuve media hora oyendo el rumor del barrio y de vez en cuando me asomaba. Ella seguía con el móvil, inmóvil, como una figura colgada en una habitación de catálogo.

Pensé en irme a la cama. Antes de levantarme miré una última vez y la vi cambiar de postura: se había metido dentro de la sábana, había apagado la luz del techo y el dormitorio quedaba iluminado solo por el resplandor del teléfono. ¿Quién se mete bajo la sábana con esta sauna?, me dije. Lo entendí dos segundos después, cuando la sábana empezó a moverse a la altura de su cadera con un ritmo que no tenía nada de inocente.

Se me secó la boca y se me puso la polla dura al instante, presionando contra la tela del pantalón corto. Me quedé pegado al marco de la ventana como un crío al cristal de una pecera. Ella se mordía el labio inferior, tenía la mano metida hasta el fondo debajo de la tela y se la veía frotarse el coño en círculos rápidos, sin pausas, como quien lleva ya un rato dándose placer y no piensa parar hasta correrse. La sábana subía y bajaba con cada movimiento de su muñeca y de vez en cuando levantaba una rodilla para abrirse más. El corazón se me disparó. Nunca había visto a nadie masturbarse a escondidas, sin saber que la veían. No fue una decisión: me bajé el bóxer de un tirón, agarré mi verga con la mano derecha y empecé a machacármela yo también, parado junto al cristal, sin separar la vista de su ventana.

La veía apretar los muslos contra su propia mano, arquear la espalda un poco, volver a caer sobre el colchón. En un momento se levantó la camiseta con la mano libre hasta la garganta y me quedó a la vista un pecho entero, chiquito, con el pezón erguido, que se pellizcaba entre dos dedos mientras se seguía tocando abajo. Yo me la pelaba cada vez más rápido, con la respiración descontrolada, sintiendo que se me acumulaba todo en la base de los huevos. Duró poco. A los pocos minutos ella tensó la espalda, levantó las caderas del colchón y se quedó tres o cuatro segundos arqueada, con la boca abierta en una O muda, antes de relajarse de golpe. Se estaba corriendo. La muy hija de puta se corría a menos de veinte metros de mí sin saberlo. Yo aguanté unos segundos más y me corrí entre las cortinas, con dos, tres, cuatro chorros gordos de leche caliente que me manchó la mano, el bóxer, una esquina del visillo y hasta la moqueta. No me lo podía creer. Había tardado dos minutos, quizá tres.

La vi incorporarse, asomarse con un camisón puesto por encima y echar un vistazo a un lado y a otro del patio. Después bajó la persiana de un golpe seco. Me eché hacia atrás como un ladrón pillado in fraganti y me quedé sentado en el suelo, en calzoncillos, con las manos pegajosas de mi propio semen y la respiración descontrolada. Aquella noche no dormí.

***

Al día siguiente me eché una siesta de tres horas y me desperté de noche. Lorena llegó a cenar antes de irse otra vez al turno. Me preguntó por qué tenía esa cara. Le dije que había dormido fatal, que el calor y la ansiedad. No mentía del todo. Cenamos algo rápido y se fue.

El sábado tenía planes con dos compañeros del parking: caña en una terraza y, si la cosa daba, una sesión de billares. Los anulé sin remordimiento, pedí pizza y preparé el salón como quien prepara una guardia. Pañuelos en la mesita, una banqueta baja para no tener que estar de pie, una botella de Aquarius por si acaso, y hasta lubricante que saqué del cajón de la mesita de noche por si aguantaba varias rondas. Si la escena se repetía, no quería que ningún detalle me sacara del momento.

Estuve asomado desde las once hasta la una y media. La ventana de enfrente, oscura. La persiana, bajada. Pensé que había sido una excepción y me fui a la cama. Me tumbé con el móvil, pasé un rato por Instagram y se me cerraron los ojos. Cuando los abrí eran casi las tres. Tenía sed.

Me levanté a beber agua y, de pasada, eché un vistazo por costumbre. La luz del dormitorio del bajo estaba encendida otra vez. Ella estaba de pie, vestida con vaqueros y una camiseta, sacando algo de una cómoda. Sentí el mismo subidón de pulso que la noche anterior. Fui al baño, me lavé los dientes y volví al salón en tiempo récord. Apagué la lámpara, me quité el bóxer y me senté en la banqueta con la polla ya medio dura entre las piernas.

Esta vez tardó más. Se cambió de ropa fuera de mi ángulo, apagó la luz del techo y el cuarto se sumergió en el resplandor azul del móvil. Pasaron quizá diez minutos. Yo ya estaba con la verga tiesa solo de esperar, dándome tirones lentos con un poco de lubricante en la palma. Y entonces volvió el ritmo bajo la sábana, los mismos golpes secos y rápidos de la muñeca, la misma manera de morderse el labio. Esta vez, además, se le escapó la mano libre por encima de la sábana y la vi pellizcarse un pezón por encima de la tela del camisón. Se pasaba dos dedos por la boca, se los chupaba y volvía a bajarlos hasta el coño. Se los estaba metiendo. Se estaba follando con los dedos delante de mí sin saberlo, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, y yo me la meneaba con las dos manos, una en la polla y otra masajeándome los huevos. Me corrí antes que ella, con la leche saltándome por encima de la banqueta hasta el sofá. Cuando levanté la vista, ella se había levantado de la cama y miraba hacia mi ventana sin disimular. Me eché hacia atrás con el corazón en la garganta. Joder. Me había visto.

Las noches siguientes su persiana estuvo bajada. Yo, además, encadené varios turnos de tarde y de madrugada que me dejaban el salón inservible para según qué, y cuando libraba Lorena estaba en casa. Aquel agosto entré en una espera neurótica. La buscaba al subir las escaleras, al cruzar el patio, al recoger el correo. Nunca coincidía con ella.

***

Fue a mediados de mes cuando por fin nos cruzamos. Bajaba al supermercado a comprar algo para la cena. Crucé el patio y la vi asomada al alféizar de su salón, con los codos apoyados en el hierro forjado. Llevaba un top blanco y el pelo suelto. Me miró, sonrió y me dijo, en un español con acento muy marcado: «Hi, vecino». Le devolví el saludo más torpe de mi vida, algo así como «hola, qué calor más raro hace este agosto», con la voz medio quebrada. Ella asintió y se metió hacia adentro. Pensé que igual no me había entendido y me sentí ridículo durante todo el trayecto al Mercadona.

Volví a casa con la sensación de haber visto una versión más nítida de la chica de la ventana. Tenía pecas en el puente de la nariz, los ojos muy claros y una manera de sonreír de medio lado que parecía un anzuelo. Es preciosa, pensé, y no soy quién para acercarme a ella ni medio metro.

***

La noche del primer viernes de septiembre repetí el ritual. Lorena, turno de noche; yo, en casa, con cervezas y la última de la saga de espías que estaba viendo en streaming. A las dos de la mañana, cuando me dirigía a la cama, vi la luz encendida y la persiana subida. Esta vez no hubo preliminares mentales. Corrí a por los pañuelos, coloqué la banqueta y lo apagué todo.

Ella entró por la puerta de la habitación con un camisón corto, se tumbó en la cama y se quedó mirando el móvil. Yo ya estaba tocándome la polla como un animal cuando, sin previo aviso, ella se metió la mano dentro del pantalón del pijama. Esta vez no apagó la luz. Lo hacía a cara descubierta, con las mejillas cada vez más rojas y los ojos entrecerrados, moviendo la mano en un vaivén largo y descarado.

En un momento dado, sin dejar de moverse, levantó la cara y miró directamente hacia mi ventana. Me eché hacia atrás de golpe. Oí, a través del patio, el chasquido de la persiana bajando del todo. Joder. Otra vez. Me quedé sentado en el suelo respirando como si hubiera subido los seis pisos a la carrera, con la polla dolorida y a punto de reventar en la mano. Pensé que la había perdido para siempre.

Pasó un minuto largo. Después oí el ruido de la persiana volviendo a subir.

Esperé un par de minutos más antes de asomarme. La luz seguía encendida. Ella me miraba directamente, con media sonrisa, y se estaba quitando el camisón por la cabeza. Lo dejó caer al suelo. Estaba completamente desnuda, con esas tetas pequeñas y firmes de pezones rosados, un vientre plano, y un coñito rasurado que se le veía perfectamente bajo la luz cenital. Se tumbó boca arriba en la cama, abrió las piernas hacia la ventana y se llevó dos dedos a la boca para chuparlos antes de bajarlos hasta el clítoris. Empezó a tocarse despacio, en círculos, sin apartar los ojos de mí. No me lo creía. Me acerqué todo lo que pude al cristal, dejé de fingir y dejé que me viera con la polla en la mano, gorda, roja, chorreando ya el líquido preseminal que me caía por los nudillos. Ella se mordía el labio y se movía con la soltura de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Tenía el cuerpo brillante de sudor.

Fui a por una silla del comedor sin pensarlo dos veces y la coloqué pegada al cristal. Me subí encima y me asomé entero, en pelotas, con la verga apuntando a su ventana, a la vista de cualquiera que pasara por la calle a esas horas. Ella sonrió al verme y abrió las piernas un poco más, hasta que las plantas de los pies le tocaban las nalgas y el coño se le quedó completamente abierto de par en par, brillando de humedad. Sacó un consolador negro y grueso del cajón de la mesilla, se lo pasó por las tetas, por el vientre, se lo chupó despacio como si estuviera mamándomela a mí, con los ojos clavados en los míos, y empezó a clavárselo despacio en el coño mientras me miraba. Yo veía cómo entraba la punta, cómo se le abría por completo, cómo lo iba tragando centímetro a centímetro hasta que le desapareció entero dentro y solo se le veía la mano moviéndose. Se lo metía y se lo sacaba con un ritmo cada vez más brutal, con la otra mano frotándose el clítoris como si estuviera intentando romperlo, la boca abierta, los pechos brincando con cada embestida. En un momento se giró de lado, se puso a cuatro patas de espaldas a mí, con el culo hacia la ventana, y se lo empezó a meter desde detrás para que yo viera cómo se le hundía entre las nalgas separadas. Yo me tuve que agarrar al marco de la ventana con la mano libre porque las piernas me temblaban. Le veía el culo respingón, el coño hinchado tragando el juguete, el gesto de la cara girada por encima del hombro mirándome, y me la pelaba con una violencia que me hacía daño en el prepucio.

Aguanté lo que pude. Cuando me corrí, hice fuerza para que llegara lo más lejos posible. Cayó al patio, en dos chorros largos que atravesaron el aire cálido de la noche y salpicaron abajo, en las macetas mustias. Ella se rio en silencio, se sacó el consolador, lo levantó, se lo volvió a meter en la boca hasta la garganta chupándose sus propios flujos, me lanzó un beso con la mano y bajó la persiana.

Aquella noche tampoco dormí.

***

Las semanas siguientes no volvimos a coincidir. El agosto se acabó y a mí me cambiaron a turno de mañana. La vecina, según contó alguien en el ascensor, se había ido con sus padres unas semanas a Estados Unidos. Pensé en ella todos los días.

La encontré por la calle a principios de octubre, una tarde de las primeras frías. Yo iba al gimnasio y ella venía de frente con una bolsa de Primark colgada del hombro. Pasó por mi lado, me miró a los ojos con la naturalidad de quien me conoce más de lo que parece y siguió caminando. Tardé cinco segundos en reaccionar. La alcancé en la esquina.

—Espera, espera —dije, casi sin aliento—. ¿Cómo te llamas? Soy tu vecino de enfrente.

—Me llamo Skyler —dijo, y sonrió—. Ya sé quién eres, Damián. Vecino favorito.

—Hablas castellano muy bien.

—Mi madre es colombiana —respondió—. Y oigo a tu novia gritarte el nombre desde mi ventana todo el rato.

Me reí, pero por dentro me moría. Le pregunté la edad. Diecinueve. Le pedí el WhatsApp. Me dijo que no, que veía a Lorena salir del portal todas las mañanas y que no quería líos. Después, con la misma sonrisa torcida, añadió:

—Mis padres no vuelven hasta la hora de la cena. ¿Te apetece subir un rato?

No me lo pensé. Subimos por la escalera de su edificio, ella delante, contoneándose lo justo, y entramos en un piso de salón pequeño y cocina americana. En cuanto cerró la puerta del dormitorio se me lanzó y me besó como si llevara meses queriéndolo. Metió la lengua hasta el fondo y me mordió el labio inferior mientras me buscaba la polla por encima del pantalón del chándal. Cuando la encontró dura, soltó una risita contra mi boca.

—Ya sé cómo la tienes —susurró—. Te vi bien esa noche.

Me quitó la camiseta de un tirón y se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme. Me bajó los pantalones y el bóxer de golpe y la polla me saltó a la cara, dura y palpitante. La agarró con las dos manos, se la acercó a la boca y me la lamió de arriba abajo, despacio, como si fuera un helado, mientras se pellizcaba un pezón por encima del vestido. Después se metió la punta entre los labios y bajó de golpe hasta la base, tragándose entera hasta que noté su nariz contra mi vientre. Se me nubló la vista. Skyler mamaba como si llevara años haciéndolo, con la mano ahuecando los huevos, la lengua enroscándose alrededor del glande cada vez que subía, las mejillas hundidas de tanto chupar. Se sacaba la verga entera de la boca con un chasquido húmedo, me escupía saliva encima y volvía a metérsela hasta la garganta, con los ojos llorosos y una sonrisa perversa.

—Me la vas a poner morada —jadeé, tirándole del pelo.

—Esa es la idea, vecino —dijo, sacándomela un momento para volver a lamerle la cabeza.

La levanté del suelo, le arranqué el vestido por la cabeza y la tiré de espaldas a la cama, la misma cama que yo había visto cien veces desde el otro lado del patio. No llevaba sujetador. Los pezones rosados se le ponían duros solo con mirarlos. Le arranqué las bragas de un tirón y le abrí las piernas de par en par. El coñito rasurado estaba ya chorreando. Me tiré encima y le enterré la cara entre los muslos, chupándole el clítoris con ganas, metiéndole la lengua bien adentro, saboreándola. Sabía a sal y a caramelo. Ella arqueaba la espalda y me agarraba del pelo, apretándome contra su sexo, moviendo las caderas contra mi boca.

—Sigue, sigue así —gemía—. No pares, joder, me voy a correr en tu boca.

Le metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris y a los pocos segundos se corrió con un grito seco, apretando los muslos contra mis orejas y empapándome la barbilla. Cuando levanté la cara, ella se relamía los labios y me miraba con esa sonrisa torcida.

—Ahora fóllame —ordenó—. Fuerte. Como sé que puedes.

Me subí encima, me agarré la polla y se la fui metiendo despacio, mirándola a los ojos. Le costó tragar el primer envión. Notaba cómo se iba abriendo alrededor de mi verga, apretando cada centímetro. Cuando estuve entero dentro, me quedé quieto un segundo, saboreando lo caliente y estrecho que estaba aquel coño de diecinueve años. Después empecé a follármela en serio, con embestidas largas y hondas, sujetándola por las caderas para que no se corriera hacia arriba en la cama. La mesilla golpeaba contra la pared con cada empujón. Skyler me clavaba las uñas en la espalda y me pedía más, más fuerte, más adentro, mordiéndome el cuello.

La puse a cuatro patas en el borde de la cama, agarré una nalga con cada mano y se la volví a meter de golpe. Desde ahí veía la ventana por la que la había espiado, la persiana, mi propia ventana al otro lado del patio. Me daba morbo pensar en las noches que la había mirado desde ahí sin poder tocarla. Le solté una palmada en el culo que la hizo gemir, después otra, y la fui embistiendo cada vez más rápido, viendo cómo el culito respingón le rebotaba contra mi vientre. Le agarré la coleta y tiré un poco hacia atrás. Ella se arqueó de placer y empezó a echarme el culo encima, cabalgándomela desde debajo, follándome ella a mí.

Hubo un momento, mientras estaba a horcajadas sobre mí, con las piernas abiertas y las manos plantadas en mi pecho, en que se inclinó hacia adelante, me miró desde arriba con las tetas balanceándose a un palmo de mi cara y dijo:

—Llevaba todo el verano esperando esto.

Me pareció la frase más sincera que me había dicho una mujer en mucho tiempo. Le agarré las nalgas con las dos manos y la empujé arriba y abajo sobre mi polla, mientras ella me chupaba y me mordía la boca. Le pellizqué los pezones y ella soltó un gemido largo que se le rompió en la garganta. Se corrió por segunda vez encima de mí, temblando entera, con el coño apretándome tan fuerte que casi me arranca la corrida. Aguanté como pude, la tiré de espaldas otra vez, le puse las piernas sobre mis hombros y la penetré casi doblada por la mitad, hasta el fondo, cada envión más brutal que el anterior. Cuando noté que no aguantaba más, saqué la polla de golpe y me corrí sobre su vientre, sobre sus tetas, sobre la barbilla, con cuatro o cinco chorros que la dejaron cubierta. Ella se rio, se pasó dos dedos por el vientre, se los llevó a la boca y se los chupó despacio, mirándome.

Perdí la noción del reloj. Cuando oímos la llave en la cerradura, los dos pegamos un bote. Recogí la ropa hecha un ovillo, salí por la ventana del dormitorio al patio interior y crucé en calzoncillos hasta mi escalera, con el semen todavía secándose en la piel. Me dejé la mochila del gimnasio en su habitación. La encontré al día siguiente colgada del pomo de mi puerta, con una nota dentro: Hasta otra, vecino.

***

No hubo otra. Pasé una semana entera buscándola, asomándome a la ventana a horas absurdas. Después tuve que ir al pueblo a visitar a mi padre, que andaba mal del corazón, y estuve fuera el fin de semana entero. Cuando volví y entré al patio, lo primero que vi fue un cartel de «SE VENDE» colgado en la ventana del bajo. Una vecina me contó después que había habido discusiones muy fuertes en aquella casa los últimos días y que de la noche a la mañana habían cargado un camión y se habían ido.

No volví a saber nada de Skyler. Pasaron los años, cambié de casa, dejé el trabajo del parking, me casé con Lorena, nos divorciamos. A veces, cuando hace ese calor de agosto que no deja dormir y me asomo a la ventana, me acuerdo de aquella primera madrugada y de la sábana moviéndose en una habitación que no era la mía. Y me digo que probablemente fue lo mejor que pudo pasar: que se mudara, que no se repitiera, que todo quedara reducido a una tarde de octubre. Pero no me lo creo del todo.

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Comentarios(8)

ElObservador77

Que relato! me tuvo enganchado de principio a fin. Brillante.

ViajeroNocturno

Por favor seguí con esto, así no podés dejarlo cortado!! Esperando la segunda parte ansioso.

Claudia_P85

Me encanto la forma en que lo contaste, se siente real sin ser burdo para nada. Seguí escribiendo asi!

MarceloSur

Me recordo a algo que me pasó hace unos años, esas madrugadas que te quedan grabadas para siempre. Muy buen relato, bien narrado de verdad.

Dani_Lectura

Hay continuacion? Porque quede con ganas de saber que pasó despues...

NocheBCN

La tension que transmitis en toda la escena es increible, se te va la imaginacion sola leyendo. Felicitaciones.

CarlitosG

buenísimo!!! mas relatos así por favor

RominaK_

Que bien escrito, nada forzado, todo fluye natural. Uno de los mejores que lei ultimamente. Saludos!

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