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Relatos Ardientes

La noche que llevé a mi mujer al metro sin ropa interior

Somos un matrimonio normal. De esos que sonríen en los cumpleaños, llegan puntuales a las reuniones de padres y a los que nadie sospecharía nada. Y, sin embargo, llevamos años jugando a un juego que solo nosotros entendemos.

Lo llamamos el «veo veo», aunque no se parece en nada al de la infancia. La regla es sencilla: dejar entrever un poco más de Carolina de lo que la decencia permite. Lo justo para que un desconocido se quede mirando, calcule mal, sufra. Lo justo para encender la noche.

Nunca jugamos cerca de casa. Nunca delante de nadie que pueda reconocernos. Subimos al coche, conducimos cuarenta minutos hasta otra ciudad y, recién entonces, empezamos a respirar distinto.

Antes de salir, ella se prepara. No se pone sujetador. Se enfunda en medias con liguero. Elige una falda que parece prudente y una blusa con un botón menos del recomendable. A veces, ni siquiera se pone bragas. Lo decide ella, según cómo se sienta esa noche. Yo me limito a esperarla en el recibidor y aguantar la respiración cuando baja la escalera.

La adrenalina de salir así de casa nos hacía hacer cosas que cualquier otra noche hubieran sido impensables. Comer en restaurantes donde Carolina se inclinaba un poco más sobre la carta. Tomar copas en bares oscuros donde su rodilla rozaba la pierna del camarero. Bailar en discotecas donde un extraño se acercaba demasiado y ella tardaba un segundo de más en apartarse.

Hasta ese invierno, nada había pasado de ahí.

***

Era una noche fría de diciembre. Llevábamos meses sin jugar, no recuerdo bien por qué; quizá por trabajo, quizá porque el deseo necesita pausas para volver con fuerza. Decidimos cenar en un restaurante japonés del centro de la ciudad vecina, uno que habíamos descubierto el año anterior.

El tráfico era una pesadilla. Aparcamos en un descampado a las afueras y cogimos el metro. Carolina llevaba un abrigo largo de paño, una falda gris por encima de la rodilla, una blusa negra de seda y, debajo, nada. Esa noche habíamos decidido jugar en serio.

El vagón iba abarrotado. Nos colocamos junto a una de las barras centrales, uno frente al otro, con una marea de cuerpos apretándose alrededor. Olía a perfume caro, a sudor de oficinista cansado, a abrigos mojados. Yo le sostenía la cintura. Ella se aferraba a la barra con la mano enguantada.

—Ábrete un par de botones —le susurré al oído.

—Estás loco. Hay demasiada gente.

Le acaricié la espalda baja, muy despacio, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina debajo de la tela. Pasé los dedos por el costado y rocé el contorno del pecho. Carolina cerró los ojos un instante.

—Solo uno —insistí.

Y, con esa media sonrisa que pone cuando se rinde, se soltó un botón. Después otro. Después un tercero. El escote dejó de ser un escote: era un precipicio. Cada vez que el vagón frenaba o algún pasajero se metía a empujones, la blusa se abría un poco más y se asomaba el final de la curva de un pecho, casi el borde mismo de la aureola.

Tardé poco en fijarme en el chico.

Veintipocos años, mochila al hombro, auriculares colgando del cuello sin música. Estaba de pie a la izquierda de Carolina, fingiendo mirar el plano de líneas pegado a la pared del vagón. Pero la mirada se le escapaba siempre hacia el mismo punto. No parpadeaba.

A nosotros ese tipo de mirada nos enciende. Lo sabe ella, lo sé yo. Carolina lo notó antes que yo: lo supe por la forma en la que se irguió un poco más, soltó la barra y se pegó a mí, dándole al chico una panorámica todavía mejor.

—Me está rozando la pierna —murmuró pegada a mi oreja.

Sentí cómo se me erizaba la nuca. Imaginé la mano de ese desconocido subiendo por su muslo, descubriendo la línea del liguero, el final de la media, la piel desnuda. Imaginé el momento en el que sus dedos entendieran que debajo de la falda no había nada.

—¿Te gustaría dejarle subir? —le pregunté.

—Estás loco —repitió.

Pero no se apartó.

—Nadie nos ve. Estamos los dos para taparte.

El vagón dio una sacudida. La gente se apretó. Sentí el cuerpo del chico desplazarse y, un segundo más tarde, Carolina apretó la mano contra mi cadera. Un apretón pequeño, casi imperceptible. Una señal.

—Me está tocando por dentro de la falda —dijo con la voz quebrada—. Está subiendo.

Mi cabeza era un descontrol. Sin pensarlo, le susurré:

—Tú decides, amor. O salimos en la próxima estación, o le dejas llegar hasta arriba.

Como respuesta, se pegó más a mí, pero girando el costado derecho contra mi pecho y ofreciendo el izquierdo, el del chico, descubierto. Una invitación silenciosa.

***

El chico no era tonto. Entendió el gesto a la primera. Se acercó un paso más, hasta que las tres cabezas quedaron formando un pequeño triángulo cerrado. Para el resto del vagón éramos tres pasajeros amontonados, nada más. Yo sostenía a mi mujer por los hombros; él aparentaba mirar el túnel por la ventana.

Vi su mano desaparecer bajo el abrigo.

Carolina contuvo el aire. Después lo dejó salir en un suspiro tan corto que solo yo pude oírlo.

—Ya está, me está tocando —dijo—. Se habrá dado cuenta de lo mojada que estoy.

Con la mano libre, retiré con cuidado la solapa del abrigo y le abrí la blusa un dedo más. El pecho derecho de Carolina quedó casi del todo expuesto bajo la luz blanca del vagón. El chico levantó la vista un segundo y, al ver lo que veía, tragó saliva sin disimulo.

—Aprovecha y abre las piernas —le susurré—. Déjale jugar.

Carolina ladeó el pie izquierdo, plantando el tacón un poco más afuera. Vi cómo su expresión cambiaba. Los párpados se le pusieron pesados, los labios se entreabrieron, el cuello se le tensó. Era la cara que conocía de memoria, la cara que ponía cuando se rendía. Solo que esta vez la cara era para otro.

De repente abrió mucho los ojos. No de miedo, sino de sorpresa.

—¿Pasa algo? —le pregunté con cautela—. ¿Nos vamos?

Me guiñó un ojo. Sentí alivio y vértigo al mismo tiempo.

—No pasa nada —susurró—. Ponte detrás de mí.

—¿Por qué?

Carolina apoyó la mejilla en mi hombro y bajó todavía más la voz.

—Se la ha sacado. Me la está restregando por la ingle. Quiero ponerme de frente para sentirla mejor. ¿Te importa? Igual hasta intenta metérmela.

Sus palabras se me quedaron pegadas a las costillas. Igual hasta intenta metérmela. Llevaba años fantaseando con esa frase. Años pensando en ella montada por un desconocido cualquiera mientras yo miraba. Y ahora era ella, mi mujer, la que me lo pedía como quien pide permiso para servirse otra copa.

—Si lo intenta… ¿le vas a dejar? —pregunté.

Tardó medio segundo en contestar.

—¿Te importa?

No la respondí. Me giré despacio y me coloqué detrás de ella, abrazándola por la cintura, fingiendo cariño, cubriéndole la espalda con todo mi torso. Carolina quedó frente al chico, oculta del resto del vagón por nuestros dos cuerpos.

—Desde aquí no veo nada —le dije al oído—. Tienes que ir contándomelo.

Asintió con un gesto mínimo. Levantó un poco la barbilla, miró al chico a los ojos durante un instante demasiado largo, y echó la cabeza hacia atrás contra mi hombro.

—La tengo en la boca de la vagina —murmuró—. Es grande. Lo está intentando.

Un escalofrío me bajó por la espalda.

—Ya entra —dijo—. Despacio. Centímetro a centímetro.

No supe qué decir. Como un imbécil, le pregunté lo único que se me ocurrió.

—¿Te gusta?

—Mucho. Lo está haciendo muy despacio, pero la noto entera. Me voy a correr, no puedo, me voy a correr…

El vagón eligió ese momento para frenar con un chirrido. La gente se desplazó, alguien tosió, un altavoz anunció una estación que yo no escuché. Carolina apretó los dientes contra mi cuello. Su gemido se confundió con el ruido del freno. Un alarido pequeño, apagado, que solo nosotros tres oímos.

***

Cuando terminó, todo cambió en un segundo.

Le vi la cara reflejada en el cristal oscuro del vagón. Estaba pálida. Los ojos se le abrieron como si acabara de despertarse de un sueño y descubriera que el sueño había sido cierto. Apartó la cara, se cerró el abrigo de un tirón seco, abrochó dos botones con dedos torpes y me empujó hacia atrás con el codo.

—Vámonos.

El chico se ajustó el pantalón sin mirarnos. Se bajó la sudadera por delante. No dijo una palabra. Yo tampoco. Carolina avanzó hacia la puerta del vagón abriéndose paso entre la gente como si le faltara el aire.

El metro frenó. Las puertas se abrieron. Salimos a un andén que no era el nuestro. Subimos las escaleras casi corriendo. Cuando alcanzamos la calle, el frío de diciembre nos golpeó la cara.

Carolina caminaba dos pasos por delante. No quería que la alcanzara. Yo intentaba seguirle el ritmo y, a la vez, hacerme el discreto.

—Tranquila —le decía—. No pasa nada. Tranquila.

Me miró por encima del hombro con una mezcla de rabia y vergüenza, como si toda la culpa fuera mía y, a la vez, supiera en el fondo que no lo era del todo.

Llegamos al japonés. Habíamos reservado mesa hacía semanas. El camarero nos recibió con la sonrisa que reciben todos los clientes habituales. Nos sentó en una esquina, nos dio las cartas, nos sirvió agua. Carolina sonrió. Pidió. Comió. Bebió. Pero, por debajo de la mesa, apretaba la servilleta hecha un nudo, como si quisiera estrangularla.

Esa noche no me dijo una palabra de lo que había pasado en el metro.

Ni esa, ni la siguiente, ni durante los meses que vinieron después.

Pero eso, supongo, ya es otra historia.

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Comentarios (3)

TatoMdp

Increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, me enganche desde el principio

Confidente22

Por favor hace la segunda parte, me dejaste con mas ganas jajaja

Pablo_cba

Me recuerda a algo parecido que vivimos con mi pareja, esa adrenalina del lugar publico no tiene precio. Muy bien contado.

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