Mi marido quería que alguien nos mirara esa noche
La idea llevaba meses rondándonos. Bruno y yo veíamos vídeos por la noche, leíamos relatos en foros, hablábamos en voz baja después de hacer el amor, como si nombrar la fantasía pudiera asustarla. Pero ninguno de los dos terminaba de dar el paso.
Hasta aquella tarde de agosto.
—Vístete bien guapa —me dijo por teléfono—. Algo corto. Tacones. Esta noche salimos.
—¿Adónde? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—A los pinares de Cabo Marqués. A cenar primero. Después veremos.
Colgué y me quedé mirando el armario un rato largo, con el corazón un poco acelerado. Sabía perfectamente lo que «después veremos» significaba en boca de Bruno. Llevábamos semanas dándole vueltas a la misma idea y él, por fin, había decidido por los dos.
Saqué un vestido negro de tirantes, ajustado, que se me terminaba a media pierna. Conjunto de lencería negro, sostén y tanga, transparentes en las zonas adecuadas. Sandalias de tacón fino. Me pinté la raya negra y los labios de un rojo profundo. Cuando me miré al espejo, no me reconocí del todo. Esa noche no quería reconocerme.
Bruno tocó el claxon a las nueve.
—Estás increíble —me dijo cuando me senté en el asiento del copiloto.
Me besó en el cuello, justo donde sabía que tenía debilidad. Sentí el primer escalofrío de la noche.
***
El restaurante estaba cerca del paseo marítimo. Bruno había reservado en una terraza apartada, pero al entrar tuvimos que cruzar todo el local. Sentí las miradas en cuanto puse el primer pie dentro. Hombres jóvenes en una barra, una pareja de mediana edad con su hijo, dos camareros que dejaron de hablar a media frase.
—Ya están todos atentos —me susurró Bruno al sentarnos.
—Cállate.
—Te lo digo en serio. Mira al camarero de la izquierda.
Lo miré sin querer. El chico apartó la vista demasiado rápido. Sentí calor en las mejillas y, también, en otro sitio.
Durante la cena, los camareros se turnaron para acercarse a la mesa. Cada vez que uno me servía agua o retiraba un plato, los ojos se le iban directos al escote. Bruno se reía bajito y me apretaba la mano por debajo del mantel.
—Te lo estás pasando bien.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
Pedimos postre solo por alargar la cena. Yo me bebí dos copas de vino tinto que no necesitaba. Cuando salimos, el camarero más joven nos abrió la puerta y a mí se me escapó una sonrisa que no era inocente.
—Vamos a tomar una copa —dijo Bruno—. A un sitio que conozco.
***
El pub estaba a tres calles del puerto. Música baja, luz ámbar, gente justa para que se viera todo. Nos sentamos en una mesa alta junto a la barra. Bruno pidió un gin-tonic para él y un combinado para mí, y se puso a hablarme de cosas sin importancia, mientras yo notaba que un par de chicos en la barra no apartaban los ojos de mí.
Eran dos, de unos treinta. Uno alto, con barba corta. El otro más bajo, fornido, con una camiseta blanca ajustada. Hablaban entre ellos, pero no dejaban de mirar en mi dirección. En un momento, el más alto se cambió a un taburete que le daba un ángulo mejor. El bajito se llevó una mano al bolsillo del pantalón, disimulando, y se acomodó algo por dentro.
Bruno me observaba con una sonrisa pequeña.
—¿Te das cuenta?
—Sí.
—¿Te gusta?
—No sé.
—Sí lo sabes.
Apuré la copa y me apoyé en el respaldo del taburete, dejando que el vestido se me subiera dos centímetros más. Bruno se inclinó hacia mí, me apartó el pelo del cuello y me habló al oído.
—Ve al baño. Quítate el sostén. Cuando vuelvas, pásate la mano por encima del vestido. Quiero que se te marquen los pezones.
No dije nada. Me levanté, crucé el pub sintiendo todas las miradas en la espalda, y me encerré en el baño. Me desabroché el sostén, lo doblé y lo guardé en el bolso. Antes de salir, me pellizqué los pezones con saña, hasta que se pusieron duros como piedras. Siempre los he tenido fáciles. Esa noche más que nunca.
Cuando volví, Bruno estaba charlando con los dos chicos.
—Esta es mi mujer —dijo cuando llegué a su lado.
Ellos me miraron descaradamente, sin disimular ya. El de la barba se llamaba Adrián. El otro, Iván. Adrián me tendió la mano y, al estrechármela, me retuvo un segundo de más.
—Encantado.
—Igualmente.
Bruno fue directo.
—Nos vamos al pinar. ¿Os apetece venir?
Adrián e Iván se miraron. Iván sonrió.
—Vamos detrás de vosotros.
***
El camino hasta los pinares de Cabo Marqués son veinte minutos por carretera secundaria. Bruno conducía con una mano en el volante y la otra subiéndome el vestido por el muslo. Yo no me movía. Por el retrovisor veía los faros del coche de los chicos, siempre a la misma distancia.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy nerviosa.
—Si en algún momento no quieres, paramos. Una sola palabra y los echo.
—Lo sé.
Lo besé. Sabía que iba a querer.
Aparcamos en un claro, casi al final del camino de tierra. Bruno apagó las luces. El coche de los chicos se quedó a unos metros, también con las luces apagadas. Por un momento, en el silencio, solo se oía el viento entre los pinos y mi propia respiración.
—Empezamos solos —dijo Bruno—. Después ya veremos.
Me besó como si llevásemos meses sin vernos. Me bajó los tirantes del vestido y me liberó los pechos, los lamió, los mordió suave, me pellizcó los pezones hasta que se me escapó un gemido. Yo le metí la mano dentro del pantalón y se la encontré ya dura.
—Recógete el pelo.
—No tengo coletero.
—Algo tendrás.
Sonreí. Levanté las caderas un poco, me bajé el tanga por las piernas y lo usé para hacerme una coleta. El olor me ardía bajo la nariz. Bruno se rió bajito.
—Eres una sucia.
—Solo contigo.
—No solo conmigo. No esta noche.
Me agaché sobre su regazo y me la metí en la boca. Bruno me había bajado el respaldo del asiento y yo, sin pensar, apoyé las rodillas en mi asiento y dejé el culo apuntando hacia la ventanilla del lado contrario. Sentía el cristal frío contra una nalga. Sabía que desde fuera todo era visible.
***
No oí el coche de los chicos. Lo único que oí fue el clic de una puerta abriéndose en alguna parte. Bruno me puso la mano en la nuca con suavidad para que siguiera.
Después llegó el frescor. Una corriente de aire en las nalgas, en la espalda baja, en la cara interior de los muslos. Y enseguida las manos. Dos manos, después cuatro. No supe distinguir quién era quién y dejé de querer saberlo.
Sentí dedos abriéndome, recorriéndome despacio, comprobando que estaba mojada. Lo estaba. Mucho. Otros dedos me apretaron las nalgas, me dieron un azote ligero, me agarraron las caderas. Una boca cálida me besó la espalda, justo encima de la cintura.
Yo seguí chupando a Bruno como si nada. Pero los gemidos ya no podía contenerlos. Levanté la vista un segundo y él me guiñó un ojo, despacio.
—¿Quieres más? —me preguntó.
—Sí.
Solté su polla con un sonido húmedo y me incorporé. Adrián e Iván estaban afuera, con el pantalón abierto, mirándome. Iván tenía una mano en su propio sexo, moviéndola lento.
—Ven —dijo Adrián.
Me deslicé hasta sentarme en el borde del asiento, con las piernas abiertas. Bruno abrió la puerta de su lado y se quedó a mi izquierda, observándolo todo. Iván se acercó primero. Me puso una mano en el pecho, me pellizcó el pezón hasta hacerme arquearme. Mientras tanto, Adrián, agachado, me hundió dos dedos.
—Estás empapada —murmuró.
Yo no contesté. No podía. Iván me metió dos dedos en la boca, los que tenía libres, y yo los chupé como si fueran otra cosa. Adrián seguía con la mano entre mis piernas, moviéndola con un ritmo que me llevaba al borde y me retiraba justo antes. El muy cabrón sabía lo que hacía.
Después agarré la polla del que estaba más cerca. Era Iván. Dura, gruesa, caliente. Empecé a masturbarle, miré a Bruno y Bruno asintió.
—Con condón —dijo Bruno.
Iván sacó uno del bolsillo de la camisa. Se lo puse yo misma, con la boca, dejándome tiempo. Cuando estuvo listo, me lo metí entero y se lo chupé hasta el fondo. Iván me agarró del pelo y soltó un gemido ronco.
—Date la vuelta —dijo Adrián desde detrás.
***
Me giré en el asiento, de espaldas a la puerta abierta. Saqué medio cuerpo del coche, las manos apoyadas en el asiento, el culo en pompa. Notaba el aire de la noche en la piel mojada. Iván me agarró las caderas, frotó la punta contra mí dos veces, y de un solo empujón me entró entero.
Solté un grito que se debió oír en el aparcamiento del pub.
Iván empezó a embestir con fuerza, sin descansos, sin medir. Bruno se inclinó por el otro lado, me sujetó la cara entre las manos y me besó para tragarse mis gemidos. Adrián, mientras tanto, me agarraba los pechos con una mano y se masturbaba con la otra. Cada vez que yo intentaba alargar el brazo para tocársela a él, se retiraba un poco. No quería correrse fuera de mí. Quería esperar su turno.
Iván duró poco. Lo noté tensarse, gruñir, y vaciarse con el preservativo entre los dos. Me dio una palmada en la nalga al salir y se hizo a un lado.
Adrián ocupó el sitio en el mismo segundo. También con condón. También con una urgencia que casi le ahogaba. Me penetró con más rabia que su amigo. Tres, cuatro embestidas seguidas, profundas, y de pronto él también se vino, con un grito apagado contra mi nuca.
Salió de mí, se separó y los dos se subieron los pantalones. Adrián tiró el condón en el suelo del coche, sin pensarlo. Iván nos felicitó con dos golpecitos en el cristal.
—Suerte tienes —le dijo a Bruno.
Y antes de irse, el de la barba me dio un buen azote en la nalga derecha. Una marca que tardó dos días en irse.
***
Cerré la puerta cuando se fueron. Estaba temblando. No me había corrido todavía y la frustración me ardía entre las piernas.
—Ven —dijo Bruno.
Pasé al asiento del conductor por encima de la palanca, me senté encima de él a horcajadas y me la clavé yo misma, despacio. Cerré los ojos. Bruno me agarró los pechos, me los apretó como si quisiera reventármelos.
Empecé a moverme, a buscarme el clítoris con mi propia mano, a buscar también su boca. Por fin para mí, pensé. Me corrí en menos de un minuto. Cuando abrí los ojos otra vez, vi una sombra en la ventanilla del lado de Bruno.
Un hombre mayor. Sesenta, tal vez más. Pelo gris, gafas. La bragueta abierta. Una polla gruesa y muy oscura entre los dedos, dura, llena de venas. Llevaba un rato mirando, y se acababa de delatar al apoyar la mano en el cristal.
Bajé la ventanilla sin pensar.
—Sigue —le dije.
El hombre tragó saliva. Yo saqué la mano por la ventanilla y se la rodeé. Empecé a masturbarle al ritmo con el que yo me movía sobre Bruno. El viejo no me soltaba el pezón con la otra mano. Lo estiraba como si quisiera arrancármelo. Yo solo le decía que sí, que más, que se corriera.
Cuando lo hizo, manchó la puerta del coche entera. Se subió la cremallera y se fue caminando despacio entre los pinos, sin decir una palabra.
Bruno y yo nos corrimos a la vez, dos minutos después, casi sin hablar.
***
De vuelta a casa, le pregunté.
—¿Cuánto llevabas hablando con esos dos?
—Toda la noche. Desde que entramos.
—¿Sabían que veníamos al pinar?
—Lo confirmaron cuando bajaste al baño. Antes solo lo sospechaban. Cuando volviste con los pezones marcados, ya no les quedó ninguna duda.
—¿Y el señor mayor?
Bruno se rió.
—El señor mayor fue improvisación.
Apoyé la cabeza en su hombro. Llevaba las marcas de los dedos de Iván en las caderas. Llevaba semen seco de un desconocido en la puerta del coche, a un palmo de mi cara. Llevaba el tanga todavía en la coleta. Y, dentro de unas horas, tendría que ir al supermercado como si nada hubiera pasado.
Sonreí. No me arrepentía de nada.
—La próxima, ¿cuándo? —le pregunté.
Bruno me besó la sien.
—Cuando tú digas.