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Relatos Ardientes

Su hermana nos miraba desde la otra cama esa noche

Adriana y yo nos conocíamos desde la universidad. Habían pasado cuatro o cinco años desde la última clase y todavía nos juntábamos casi todos los viernes a tomar algo en su departamento. No era romance, no era flirteo: era una amistad tranquila, de esas que sobreviven a las parejas, a los trabajos y a las mudanzas. Su hermana Renata aparecía a veces. Esa noche apareció.

El departamento era chico pero tenía una recámara grande y alargada, con dos camas matrimoniales colocadas en los extremos opuestos, casi como dos islas separadas por una alfombra de pelo corto. Adriana lo había dispuesto así para cuando se quedaban primos, amigos o ella misma con alguna visita. Yo conocía esa cama. Había dormido en ella otras veces, siempre del lado izquierdo, siempre con la misma bermuda y la misma playera.

Esa noche tomé menos que de costumbre, dos o tres cervezas, pero igual no me sentí seguro de manejar. Adriana lo notó antes de que yo dijera nada.

—Te quedas —ordenó, sin pregunta de por medio.

—Si no te molesta…

—Si me molestara no te lo ofrecía.

Renata se rió desde el sillón. Andaba especialmente eufórica esa noche. Había cortado con su novio una semana antes y, después de unos días de llanto y mensajes borrados, había decidido que el remedio era reírse de todo y tomar el doble. Llevaba la mitad de la noche brindando por su libertad recién estrenada.

Las dos hermanas se parecían poco. Adriana era bajita, morena, intensa, con el pelo siempre recogido y los músculos firmes de quien entrena tres veces por semana sin negociarlo. Renata, en cambio, era alta, de piel apiñonada y pelo castaño claro lleno de rizos sueltos. Tenía los ojos verdes y la costumbre de mirarte un segundo más de lo que correspondía. Mientras Adriana era extrovertida y mandona, Renata se movía con una cautela que parecía contradicción: alegre por fuera, a la defensiva por dentro. Como si siempre estuviera midiendo cuánto de sí misma se podía exponer.

Empezaba a hacer frío de madrugada y las dos se habían puesto pijama de franela. Yo no tenía nada para cambiarme, así que me quedé con la misma bermuda y la playera de la cena. A la una y media apagamos la última cerveza y nos retiramos a la recámara. Yo a una cama, ellas a la otra: ese era el plan inicial. Me metí debajo del cobertor y seguí bromeando con ellas mientras Renata desaparecía un rato en el baño.

Volvió descalza y trajo consigo la primera sorpresa. En vez de la parte de arriba del pijama, llevaba puesta solo una playera de tirantes, blanca, ajustada, sin nada debajo. La miré apenas medio segundo, lo justo para no quedar como obvio, pero alcancé a confirmar que los pezones le marcaban la tela. Renata cruzó la habitación con paso suelto, como si nada extraño estuviera pasando, y entonces Adriana apagó la luz del techo.

En la oscuridad escuché, más que vi, lo que pasaba. Renata no fue hacia la cama de su hermana. Caminó hacia la mía. Sentí el roce de la sábana al levantarse, el peso de su cuerpo bajándose al colchón y el movimiento rápido con que se quitó el pantalón del pijama antes de meterse adentro. No dijo nada. Adriana tampoco. Si hubiera sido un acuerdo previo entre las dos, no habría podido distinguirlo.

Quieto. No te muevas. Es alcohol, es cansancio, es nada.

Eso pensé. Con Renata jamás había habido coqueteo, ni un mensaje fuera de tono, ni un brindis dudoso. Con Adriana, menos todavía. Estaba seguro de que el más mínimo gesto mío iba a sonar a aprovechamiento, así que decidí simular dormir y esperar a ver si aquello era solo una broma o un descuido. Lo último que recuerdo de esa etapa es la respiración de Renata acomodándose al ritmo de la mía, y la mía acelerando contra mi voluntad.

Me dormí. No sé cuánto.

***

Desperté sin saber qué hora era. La habitación estaba en la oscuridad densa de las tres o cuatro de la madrugada. Lo primero que registré fue la rodilla de Renata apoyada contra mi cadera. Estaba doblada, en flor, presionando con un movimiento mínimo, rítmico, casi imperceptible. Lo segundo que registré fue mi propia mano: estaba sobre la cara interna de su muslo, justo donde la piel deja de ser fría y empieza a ser tibia. No recuerdo haberla puesto ahí. Tal vez se acomodó sola durante el sueño. Tal vez ella la guió.

Tuve la mano quieta un instante, tratando de calibrar la situación. Si la retiraba, todo quedaba en un malentendido nocturno. Si la dejaba donde estaba, ya estaba aceptando algo. Si presionaba un poco más, era yo el que empezaba. La presioné un poco más. La piel se hundió bajo mis dedos y sentí una contracción suave del muslo, no de rechazo: de invitación.

Estuve a punto de levantarla igual, por un escrúpulo tardío. Si Renata estaba dormida, no quería abusar de la confianza de Adriana en su propia casa. Pero antes de que terminara de decidir, los dedos de Renata se cerraron sobre los míos en la oscuridad y, con una calma que no tenía cuando hablaba, los guiaron hacia arriba.

Giré sobre mi costado hacia ella. Renata me esperaba con la boca entreabierta. La besé y descubrí que llevaba rato despierta, porque no fue un beso de duda: fue un beso pensado, lento, hambriento. Sus labios sabían a la última cerveza y a algo más, dulzón, que no logré identificar. Le respondí sin hablar.

Llevé la mano más arriba todavía. Debajo del cobertor no quedaba mucho que descubrir: solo una panty diminuta, de tela finísima, completamente empapada. Cuando deslicé un dedo por encima, sentí cómo la tela se desplazaba sola hacia un lado, como si la propia humedad le hubiera ganado terreno. Renata movió la cadera apenas, una vez, para hacerme saber que iba bien.

Pasé el brazo libre por debajo de su cuello y la abracé para tenerla más cerca. En la penumbra, casi como un ciego, fui descubriendo el resto: el vientre plano subiendo y bajando rápido, los pechos pequeños y firmes apretados contra la playera, los pezones tan duros que dolían al rozarlos. Tenía hambre de chupárselos, pero su boca no me soltaba y, además, estábamos en la misma habitación que Adriana. Cada sonido tenía que ser un susurro, cada movimiento un control. La obligación de no hacer ruido le agregaba una capa de tensión que no me esperaba.

Mis dedos siguieron jugando ahí abajo, entre los labios mojados, hasta que Renata coló la mano por debajo de mi bermuda. Me encontró duro hacía rato. Cerró el puño con firmeza, sin dudas, y se acercó a mi oreja.

—Por favor, entra —susurró—. Ya.

No habíamos cruzado dos frases en toda la noche y la primera era esa.

Como pudimos, entre los dos, fuimos bajándome la bermuda hasta las rodillas. Me trepé encima de ella sin sacarle la panty. La tela seguía corrida hacia un lado y entré así, en la primera tentativa, con una facilidad que no fue mérito mío sino de lo mojada que estaba ella. Renata contuvo el aire un instante, después soltó un suspiro larguísimo contra mi cuello y empezó a moverse muy despacio debajo de mí. Yo la acompañé con la misma cadencia. Era un sexo de oscuridad y silencio, casi en cámara lenta, pensado para no perturbar nada.

Entonces vi el movimiento.

Fue de reojo, en el límite del campo visual, pero estaba ahí. La otra cama. Algo se movía. Detuve un segundo el ritmo, fingiendo besarle el cuello a Renata para mirar mejor sin levantar la cabeza. Adriana estaba acostada de costado, mirando hacia nosotros. No estaba dormida. Tenía un brazo metido debajo del cobertor y el ángulo del codo no dejaba muchas dudas. Se estaba tocando. Lento, contenido, al mismo ritmo nuestro.

Quise creer que era un efecto de la penumbra. No lo era. Era exactamente lo que parecía.

Me incliné sobre el oído de Renata, con la cara hundida en su pelo rizado.

—Nos está mirando —le susurré, apenas un hilo de voz.

Renata no dejó de moverse. Si acaso, presionó un poco más. Me agarró las nalgas con las dos manos abiertas y me obligó a seguir entrando con más insistencia. Cuando pude escuchar su voz, fueron solo dos palabras pegadas a mi mejilla.

—Tú sigue.

Que siga, entonces. Que mire si quiere.

No sé si fue el alcohol que volvió a hacerse presente, la novedad o la transgresión, pero a partir de ese instante todo se intensificó. Tener a Adriana ahí, despierta, observándonos, oyendo cada roce y cada respiración, me sacaba algo distinto. Renata, debajo, parecía saberlo. Movía las caderas con más decisión, se acercaba a mi oreja para que la oyera respirar más fuerte, me clavaba los dedos en la espalda con una urgencia que antes no estaba.

Por un momento imaginé que Adriana iba a cruzar la habitación y meterse con nosotros. Me imaginé a las dos hermanas a la vez, en el mismo cobertor, en el mismo respirar. Pero no se movió de su cama. Solo siguió mirando.

Después escuché el quejido. Bajísimo, casi tragado, pero claro: Adriana se había venido. Lo confirmó un estremecimiento corto que la sacudió bajo el cobertor antes de quedarse quieta. Renata también lo escuchó, porque me apretó más fuerte el trasero, soltó un gemido en mi boca y arqueó la espalda hacia arriba. Sentí cómo su sexo se cerraba alrededor del mío, una vez, dos, tres, hasta que yo mismo no aguanté y me vacié adentro de ella, con la cara hundida en su cuello para no hacer ruido.

Seguimos moviéndonos un rato más, en sincronía, hasta que ella se quedó quieta. Quise salir para no aplastarla, pero me retuvo. Me pasó las dos manos por la espalda, despacio, y dejó que me quedara adentro hasta que la erección se fue perdiendo sola. Era una forma de prolongarlo, de no dejar que terminara del todo todavía.

Cuando finalmente quedé fuera de ella y rodé al costado, miré hacia la cama de Adriana. No se movía. Respiraba pareja. Tal vez se había dormido. Tal vez fingía dormir, como yo había fingido al principio. Era imposible saberlo.

Renata me besó otra vez, ya sin urgencia, y se acomodó contra mi pecho. Nos dormimos así, vestidos a medias, en una cama matrimonial en la que ninguno de los dos debía haber estado.

***

A la mañana siguiente, Adriana hizo café como cualquier otro sábado. Preguntó si habíamos dormido bien. Renata contestó que sí, sin levantar la vista del celular. Yo dije lo mismo. Nadie mencionó nada. Nadie mencionó nada nunca. Esa fue, tal vez, la parte más extraña: la naturalidad con que las tres personas que habíamos estado en esa habitación decidimos, sin acuerdo previo, que la cosa no había pasado.

Con Renata se repitió varias veces después de aquella noche. En su casa, en hoteles, en una escapada de fin de semana. Era buen sexo, era cómodo, era libre. Pero ninguna vez logró parecerse a la primera. No estaba Adriana del otro lado. No estaba la oscuridad cargada de una tercera persona quieta, atenta, masturbándose para nosotros sin haber pedido permiso ni haberlo necesitado.

Tardé años en volver a cruzarme con alguien que entendiera esa clase de juego: el de ser mirado y mirar sin contacto, el de saber que tu placer alimenta el de otra persona en silencio. Y aun cuando lo encontré, la noche del departamento de Adriana se quedó en otra categoría. Una sola vez. Tres cuerpos. Un secreto que las tres personas guardamos como si jamás hubiera existido.

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Comentarios (4)

PatricioLP

Buenisimo!!! Que morboso, justo como me gustan los relatos.

CuriosaNocturna

Que final tan inesperado... necesito la segunda parte ya!!! Me quedé con ganas de saber que pasó después.

Rafa_Mdq

La hermana callada desde la otra cama jajaja tremendo, no me lo esperaba para nada

NocheOscura77

Me recordó a una situación parecida de cuando eramos jovenes y nos quedabamos todos en el mismo cuarto. Esas cosas que pasan y nadie habla pero todos sienten... increible.

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