Mi mujer me recogió casi desnuda y mi primo iba atrás
Aquel viernes había sido uno de esos días en los que uno se arrepiente de no haber sacado el auto. Me había bajado en el centro porque el cliente al que tenía que ver tenía cochera privada y, entre el calor pegajoso y la lluvia del día anterior, el aire se sentía como una toalla mojada sobre la cara.
Llamé a Soledad desde la esquina de la plaza. Tardó tres timbres en contestar y, cuando lo hizo, escuché de fondo el siseo de la regadera cerrándose.
—¿Te paso a buscar? —preguntó.
—Si no es mucha molestia.
—Acabo de salir del baño. Estoy desnuda.
—Te creo —dije, y casi me reí.
En casa éramos así desde hacía años. Nudistas, dijeron alguna vez en un programa de radio que escuchamos por casualidad: «gente que prefiere no usar ropa cuando no hace falta». A nosotros nos calzaba la definición. Soledad andaba por el departamento como vino al mundo y yo había aprendido a no hacer drama del asunto.
—Me pongo algo y voy —agregó, y colgó.
Mientras esperaba, recordé que también había quedado con mi primo Damián, que pasaba por la zona para entregarme unos papeles del notario. Cuando lo vi llegar caminando con la carpeta bajo el brazo, le pregunté si tenía cómo volver.
—Carolina pasa por mí en una hora —contestó—. ¿Te molesta si la espero en tu casa? Aquí no hay ni una sombra.
Le dije que no había problema. En el momento no caí en la cuenta.
Veinte minutos después, vi el auto de Soledad bajar por la avenida y estacionarse junto al cordón. Bajó el vidrio, sonrió, y entonces me percaté de que llevaba una tanga morada, transparente, y una camiseta de tirantes blanca pegada al cuerpo. Sin sostén. Los pezones se le marcaban como si llevara la frase «mírenme» tatuada en el pecho.
Se puso colorada apenas vio a Damián parado a mi lado.
—No sabía que veníamos los tres —murmuró cuando me acerqué a la ventanilla.
—Carolina lo pasa a buscar a casa. No te quedaba mucha tela donde elegir, por lo que veo.
—Pensé que íbamos a estar solos —dijo, y se mordió el labio.
Damián venía detrás de mí. Le hice una seña para que se subiera atrás y yo me senté de copiloto. El interior del auto olía a champú recién usado y a algo más, algo de ella cuando se acaba de duchar, que no tiene nombre pero se reconoce al instante.
Arrancó sin decir mucho. Al principio mantuvimos la conversación neutra: el cliente, los papeles, el tránsito. Damián habla siempre con las manos y se le notaba el esfuerzo por mirar al frente. Por el espejo retrovisor noté cómo desviaba los ojos cada vez que Soledad cambiaba de marcha y la camiseta se le subía un dedo más.
—Qué calor de locos —dijo él de pronto, como si necesitara aire.
Soledad me miró de reojo y sonrió de esa manera que conozco demasiado bien.
—Por eso vine así —contestó, mirando al espejo—. En tanga y una camiseta, nada más.
Damián soltó una risa nerviosa.
—Ya me había dado cuenta.
No era la primera vez que se nos cruzaban las cosas de manera rara. Hacía dos veranos, en una casa de campo, habíamos jugado un tablero erótico con él y Carolina. Terminamos los cuatro desnudos en el living, riéndonos y sin pasar de algunas caricias inocentes. Quedó como una anécdota que nadie repetía, pero tampoco olvidaba.
—Me quito la camisa, ¿no? —dije, fingiendo naturalidad—. Por solidaridad.
—Quítate el pantalón también —dijo Soledad, sin apartar la vista del semáforo.
Lo dijo con la naturalidad con la que se pide pan. Me bajé el cierre, me los saqué con un poco de maniobra y los doblé sobre las piernas. Damián seguía mirando por la ventanilla, pero el espejo me lo delataba: no perdía un detalle. Sentí la sangre bajándome más rápido de la cuenta y, cuando miré hacia abajo, el bulto en el calzoncillo ya no se podía disimular.
—Ah, qué bien se está así —dijo Damián, y se sacó él también la remera. Una concesión a medias, pero suficiente para no quedarse afuera del juego.
Soledad manejaba con una mano sobre la palanca y la otra en el volante. El viaje se hizo corto y largo al mismo tiempo.
***
Llegamos al portón de casa pasadas las cinco. Damián se puso la remera antes de bajarse; yo no. Soledad menos. Cruzamos el jardín como si fuera lo más normal del mundo, ella adelante, contoneando esas caderas que parecen hechas para volver loco a cualquiera, y nosotros detrás como dos perros bien entrenados.
Damián se sentó en el sillón grande del living. Le ofrecí algo fresco y Soledad lo interrumpió.
—Yo le sirvo. Siéntate tú también.
Fue a la cocina, abrió la heladera y trajo una jarra de gaseosa con hielo. Cuando se inclinó frente a la mesa baja para servirle el vaso a Damián, la camiseta le bajó lo suficiente como para que los pechos quedaran un segundo, dos, tres, completamente expuestos. Damián tragó saliva con un ruido que se escuchó en todo el ambiente.
—Gracias —dijo, sin saber dónde poner la mirada.
—De nada —contestó ella, y se sentó frente a él, en el sofá de enfrente.
Cruzó las piernas en flor de loto, despacio, sabiendo lo que hacía. La tanga morada quedó a contraluz de la ventana. El triángulo de tela transparente dejaba ver perfectamente la línea fina de vello que ella había decidido conservar después de la última depilación. Yo, que la conozco, sé que cuando se sienta así es porque quiere que la miren.
Damián miró. Miró abiertamente. No hubo manera de fingir lo contrario.
Soledad se dio cuenta y, en lugar de cerrarse, se acomodó un poco más adelante, como si necesitara que la mirada le llegara mejor. La tanga ya no era solo transparente: estaba húmeda, brillante en el centro. Una mancha más oscura del tamaño de una moneda.
—¿Otra cosa, Dami? —preguntó con la voz ronca.
—No, así está bien —contestó él, y la voz se le quebró un poco.
Me levanté del sillón con la excusa de ir a buscar mi celular y, cuando pasé junto a Soledad, le pasé la mano por la entrepierna, por encima de la tela. Estaba empapada. Ella cerró los ojos un instante y respiró fuerte. Damián lo vio todo.
El timbre nos salvó. O más bien, nos cortó.
Era Carolina. Damián se puso de pie como un resorte, se acomodó la remera y caminó hasta la puerta. Soledad lo siguió descalza, sin cambiarse, sin cubrirse. Yo me quedé atrás, en calzoncillos, con un bulto que no iba a bajar en un buen rato.
Carolina entró dos pasos y los ojos se le abrieron como platos.
—Pero qué calientes los encuentro —dijo, riéndose—. ¿Interrumpo?
—Para nada —contestó Soledad—. ¿Te quedas a tomar algo?
—Tengo que pasar a buscar unas cosas al trabajo. Pero a la noche venimos los dos, ¿les parece? Es viernes, hay que aprovecharlo.
Damián la miró con una cara de pánico controlado y de promesa al mismo tiempo. Asintió en silencio. Carolina se acercó a Soledad y le dio dos besos en la mejilla, sin dejar de mirarme a mí, en calzoncillos, en el medio del living de mi propia casa.
—No se enfríen —dijo con una sonrisa antes de cerrar la puerta.
***
El cerrojo no había terminado de chasquear cuando Soledad se dio vuelta y me besó. Fuerte, con la lengua, sin preámbulos. Me metió la mano dentro del calzoncillo y me agarró el pene con esa firmeza de quien sabe exactamente cuánto puede apretar.
—No me digas que no te calentó ver a tu primo así —murmuró contra mi boca.
—No te lo digo.
—Estabas duro desde que arranqué el auto.
—Tú también estabas mojada.
—Estoy mojada —corrigió.
Le bajé la tanga hasta los tobillos de un solo movimiento. La tela estaba pesada de tan empapada. Le pasé un dedo entre los labios y se lo llevé a la boca. Lo chupó despacio, mirándome a los ojos, con esa mirada que no admite vuelta atrás.
La empujé suavemente hasta el sillón donde había estado sentado Damián diez minutos antes. La acosté boca arriba, le abrí las piernas y me arrodillé en el piso. Tenía la vulva hinchada, brillante, y el clítoris asomando como una promesa cumplida. La besé ahí, sin apuro. Le pasé la lengua plana de abajo hacia arriba una, dos, tres veces, hasta que empezó a empujar la cadera contra mi cara.
—No me hagas esperar —dijo con la voz quebrada.
Le metí dos dedos mientras seguía con la boca en el clítoris. Sentí cómo se cerraba alrededor, cómo se contraía en oleadas cortas. El primer orgasmo le llegó rápido, casi sin avisar. Se rió, jadeando, y me agarró del pelo.
—Ahora tú —ordenó.
Me subí al sillón, ella se sentó sobre mí, de frente. Buscó mi pene con la mano, lo guió y se dejó caer despacio, milímetro a milímetro, hasta que la tuve entera encima. Cerró los ojos y se mordió el labio. Empezó a moverse arriba y abajo, sin apuro al principio, después con un ritmo que conozco bien, el que usa cuando está cerca otra vez.
—Piensa en él —le dije al oído.
—¿En quién?
—Sabes en quién. Imagínate que está sentado ahí, mirándonos.
Se le escapó un gemido más largo, más sucio.
—Que nos mire —jadeó—. Que nos mire bien.
Le agarré las caderas con las dos manos y la ayudé a subir y bajar más rápido. Los pechos le rebotaban contra mi cara y le mordí el pezón derecho con cuidado, después con más fuerza. Se vino otra vez, esta vez con un grito que seguro se escuchó hasta la cocina del vecino.
Sin despegarse, sin dejar de respirar contra mi cuello, se bajó del sillón y se arrodilló sobre los almohadones, dándome la espalda. Levantó las caderas, miró por encima del hombro y me dijo simplemente:
—Aquí.
Me puse detrás. Entré de una sola embestida. Estaba tan mojada que el ruido húmedo se escuchaba en cada movimiento. Le agarré una nalga con la mano izquierda y le pasé el pulgar por la cintura, marcándole el ritmo. Aguanté lo más que pude, pero la imagen de Damián mirándola en el auto, la mancha en la tanga, la cara de Carolina al entrar, todo eso se me amontonó adentro. Cuando avisé, ella respondió con un «adentro, adentro», y obedecí.
Me dejé caer sobre su espalda, todavía dentro de ella, sintiéndole el corazón a través de la piel. Nos quedamos así un rato largo, sin hablar.
***
Después fuimos a la cocina, los dos desnudos, a buscar algo de tomar. Soledad sacó una botella de vino blanco de la heladera y dos copas.
—Vienen a las nueve —dijo, sin mirarme.
—Lo sé.
—¿Y?
—Ya veremos qué pasa.
Sonrió, me pasó la copa y brindamos en silencio. Afuera empezaba a oscurecer y el calor del día, por fin, comenzaba a aflojar.