Lo que vi tras la cortina del probador
Como dice mi apodo en los foros, lo mío es mirar y que me miren. O todavía mejor, que miren a mi mujer mientras me la cojo a mí. Esa atracción la llevo dentro desde siempre, pero hubo una tarde concreta en la que entendí que era algo más que una curiosidad cualquiera.
Tenía veintidós años y trabajaba vendiendo seguros a puerta fría por las tiendas pequeñas de los barrios. Era una tarde de julio, calurosa hasta la asfixia, y mi compañero Damián y yo entramos en una boutique de ropa de playa para hacer la presentación de turno.
Nos atendió el dueño detrás del mostrador, un hombre mayor con cara de aburrimiento. A su espalda estaban los dos probadores, separados de la tienda por unas cortinas rojas que no llegaban al suelo. Yo estaba de pie justo enfrente, con la libreta apoyada en el mostrador, sacando los folletos del maletín mientras Damián cebaba al señor con cifras y porcentajes.
Entonces se abrió la puerta.
Entró una parejita de unos veinte años. Él, alto y desgarbado, con una gorra calada hasta las cejas. Ella, menuda, morena, con el pelo recogido en una coleta alta y un vestido de tirantes muy fino. Empezaron a moverse entre los percheros sin prestar atención a nadie. Él se decidió pronto: tres camisetas y un par de bañadores. Ella tardó más. Cogió siete bikinis, los contó dos veces, y caminó hacia los probadores con el montón doblado en el brazo.
Él entró en el probador de la izquierda, el que quedaba frente a Damián. Ella entró en el de la derecha, el que quedaba justo frente a mí.
Y ahí empezó todo.
La cortina no terminaba de cerrar. Quedó una rendija de dos dedos por la que se veía el interior del probador. Yo, sin querer y sin poder evitarlo, bajé la mirada un instante. Y ahí estaba ella, de espaldas, con la coleta cayéndole sobre el omóplato. Más interesante todavía: el espejo del fondo me devolvía su reflejo entero. La veía dos veces, de espaldas y de frente, como si alguien hubiera diseñado el cuadro a propósito para volverme loco.
Se quitó el vestido por la cabeza con un movimiento limpio. Debajo no había mucho que esconder. Llevaba un sujetador deportivo, de algodón blanco, sin nada de erotismo a propósito. Se lo sacó por arriba y me regaló la primera imagen: unos pechos pequeños, separados, con los pezones rosados ya endurecidos por el aire acondicionado del local. La aureola era delicada, casi del mismo tono que la piel.
Yo seguí escuchando a Damián como si nada. Asentía. Anotaba. Decía «claro, claro». Pero por dentro me ardía la nuca y empezaba a notar la presión en el pantalón.
Y todavía no había llegado a lo bueno.
Se probó el primer bikini, marrón con rayas amarillas. Se miró de perfil, frunció la boca y se lo quitó. Para el segundo se bajó las bragas. Y ahí casi se me cayó el bolígrafo. Tenía un sexo con una cresta de vello oscuro en el centro, los labios afeitados a los lados, todo cuidado como si lo hubiera preparado para alguien. No para mí, evidentemente. Pero ahí estaba, frente a mis ojos, y no podía dejar de mirar.
Probó el segundo, el tercero, el cuarto. Pero algo cambió en el tercero. Antes de quitárselo, levantó la vista hacia el espejo, y por la inclinación de la luna, supo que yo la veía. Lo supo con la certeza con la que una mujer sabe cuándo un hombre la está mirando.
No corrió la cortina. No la cerró. Hizo lo contrario.
Se sentó un instante en el banco del probador, abrió las piernas hacia el espejo y se acarició con dos dedos. Despacio. Mostrándomelo. Después se levantó, se puso el bikini siguiente, y volvió a repetir el gesto entre prueba y prueba. Yo estaba sudando bajo la camisa y Damián, en su mundo, seguía con sus tablas de comisiones.
Salió del probador con todos los bikinis colgados de un brazo y la cara de quien acaba de salir de misa. Su novio la esperaba apoyado en una columna. Pasó por delante de mí camino del mostrador, dejó dos bikinis sobre la caja, pagó, y al darme la mano para despedirse me apretó algo entre los dedos. Un papelito con un teléfono fijo escrito a bolígrafo.
Nunca lo llamé. Tenía veintidós años y un miedo cerval a meterme en un lío con el novio. Pero aquella tarde entendí que mirar me ponía como pocas cosas en el mundo, y que iba a buscar esa sensación cada vez que pudiera.
***
He acumulado varios episodios de probadores desde entonces, pero hay uno que vuelve siempre cuando me masturbo. Fue hace unos años, en una tienda del centro de Sevilla que ya no existe. Una cadena de moda barata que tenía los probadores en la planta baja, mientras la planta alta era para los complementos. La particularidad estaba en el diseño: los probadores eran tabiques bajos, abiertos por arriba. Desde la planta alta, asomado a la baranda, podías ver el interior entero de cada uno como si fueran palcos de un teatro.
Yo había acompañado a Marina, una amiga del trabajo, que era fanática de esa tienda. Marina y yo siempre habíamos coqueteado un poco, sin pasar de ahí. Era una de esas amistades en las que sabes que tarde o temprano íbamos a acabar en la cama, pero ninguno movía ficha.
Esa tarde ella había elegido seis o siete prendas. Me dijo que esperara, que iba a probárselas. Yo le dije que prefería subir a la planta de arriba a echar un vistazo a las gafas de sol, que el aire en la baja estaba cargado. Subí.
Y entonces lo descubrí.
Desde la baranda de la planta alta se veían todos los probadores. Todos. Cinco mujeres a la vez, en diferentes estados de desnudez, ajenas por completo a que un tipo apoyado en la baranda las observaba como si fuera un acuario.
Lo primero que vi fue a una chica rubia, alta, en ropa interior negra, probándose un mono ceñido. Tenía una espalda muy bonita, esos hoyitos sobre el sacro que vuelven loco a cualquiera. Se subió la cremallera y se quedó admirándose. Yo ya empezaba a notar la respiración corta.
Después busqué a Marina con la mirada.
Estaba en el probador del fondo. Acababa de quitarse el vestido y estaba descalzándose. Llevaba un conjunto de ropa interior color burdeos que jamás me hubiera imaginado. Cogió la primera prenda, un vestido cruzado verde, y se lo probó con la ropa interior puesta. Salió a mirarse en el espejo de fuera, se giró, frunció la boca. Volvió a entrar y se lo quitó.
Cogió un mono blanco, ajustado al cuerpo. Se probó a metérselo con el sujetador puesto, vio el tirante marcando bajo la tela y chasqueó la lengua. Y entonces hizo lo que yo no esperaba: se quitó el sujetador y las bragas. Las dos prendas al suelo, y empezó a meter las piernas en el mono completamente desnuda.
Marina tenía un cuerpo que yo había imaginado muchas veces, pero nunca con la certeza de lo que estaba viendo. Pechos grandes, redondos, mucho más grandes de lo que daba a entender la ropa que llevaba a la oficina. Las puntas estaban duras y se proyectaban hacia delante. El vientre, plano. Y, lo que terminó de matarme, un sexo absolutamente depilado, suave, con los labios casi infantiles en lo lisos que estaban.
Me quedé quince minutos apoyado en la baranda. La vi probarse cuatro prendas más, dos de ellas con el truco de quitarse la ropa interior. Cada vez que se inclinaba para subirse algo, los pechos colgaban un instante con esa gravedad que tienen los pechos de verdad. Cada vez que se ponía recta, volvían a su sitio.
Yo no podía tocarme. Estaba en medio de la tienda, junto a otros clientes, junto al expositor de las gafas de sol. Pero tampoco podía dejar de mirar. Iba apoyando la cadera contra la baranda metálica, buscando un ángulo en el que la erección no se notara por encima del cinturón. Me dolían las piernas. Me dolía la mandíbula de apretarla.
Cuando entendí que ya estaba terminando, bajé las escaleras despacio. Llegué a la planta baja justo cuando ella salía del probador con dos prendas en la mano y las demás colgadas del brazo.
—Al final me llevo el mono blanco y la falda azul —me dijo, como si nada—. ¿Te parecen bien?
—Te quedaba mejor el mono —contesté con la voz ronca.
Pagó. Salimos. Caminamos hasta la esquina sin hablar. En el semáforo me miró de lado.
—¿Te ha gustado más lo que te he enseñado fuera del probador o lo que te he enseñado dentro?
Se me cerró el aire. La pregunta no tenía vuelta.
—Las dos cosas —dije. Y, después de un silencio, añadí—: Pero me ha sabido a poco.
Ella sonrió como una persona que acaba de ganar una mano de póker.
—Acompáñame al piso. Vivo a tres calles.
Subí. No sé cómo subí, pero subí. El piso era de estudiante compartido, y su compañera estaba fuera el fin de semana. En su habitación, sin perder tiempo, abrió la bolsa, sacó el mono blanco y la falda azul, y empezó a probarse otra vez todo, como en la tienda, pero esta vez sin cortinas y sin baranda en medio.
Cuando llegó al mono, se lo puso desnuda otra vez. Después se lo bajó hasta la cintura y se sentó a horcajadas sobre mí, en la silla del escritorio. Vio claramente el bulto que se me marcaba.
—Has estado mirando todo el rato, ¿verdad?
—Todo el rato.
—Pues ahora me toca a mí.
Me bajó el pantalón, se puso de rodillas entre mis piernas y se colocó esos dos pechos enormes alrededor de mí. Empezó a moverse arriba y abajo, despacio al principio, sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando lo necesitaba, escupía un poco y volvía a apretarme con los pechos. Era la primera vez en mi vida que alguien me hacía algo así, y la sensación de la piel cálida envolviéndome, mezclada con la imagen de aquel cuerpo que llevaba veinte minutos viendo a escondidas, terminó conmigo antes de lo que me hubiera gustado.
Me corrí entre sus pechos sin poder avisar.
Ella se rio, se levantó, y caminó al baño moviendo las caderas como si me lo siguiera enseñando.
Tengo más historias de probadores, de balcones, de ventanas abiertas con la persiana mal bajada. Pero esa tarde en el piso de Marina entendí algo definitivo: que para mí mirar nunca iba a ser un capricho ni un vicio menor, sino la puerta de entrada a todo lo demás.