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Relatos Ardientes

Mi primo me pidió que me vistiera de mujer para él

Hay tardes que uno cree enterradas hasta que alguien las desentierra con una sola frase. La mía tardó quince años en volver, y lo hizo en la mesa de un restaurante, dicha por la última persona que yo hubiera imaginado.

Pero para que entiendan lo que pasó esa noche con mi primo, tengo que contarles primero cómo empezó todo. Cómo me convertí en la que soy cuando me dejo ser.

Tenía diecinueve años, casi veinte, cuando descubrí lo que me gustaba. Llevaba meses hablando por chat con Marlene, una mujer trans bastante mayor que yo que conocí de la manera más tonta, en un foro, y que se convirtió en una especie de maestra. Ella fue la que me enseñó a maquillarme sin parecer un payaso, a caminar con tacones sin torcerme los tobillos, a elegir la ropa interior que me hacía sentir otra persona. Pelucas, lencería, una falda guardada en el fondo del clóset. Una vida secreta que cabía en una caja de zapatos.

Esa primavera, mi padre me pidió un favor. Mi abuelo había contratado a dos albañiles para levantar de nuevo un muro del patio trasero que se le había venido abajo con las lluvias, y necesitaba a alguien en la casa mientras durara la obra. Mi abuelo no podía quedarse todo el día, y yo era el nieto desocupado, el que estudiaba a medias y no tenía horarios. Me tocó a mí.

La mañana de la obra, mi abuelo me dejó dinero para pagarles a los dos, me dijo que había comida en el refrigerador y se fue a sus asuntos. Quince minutos después llegaron los albañiles. Los llevé al patio de atrás, les mostré dónde estaba el material y los dejé trabajar. Volví a la cocina sin saber qué hacer con tantas horas por delante.

El aburrimiento me empujó a la computadora del abuelo. Abrí el chat y ahí estaba Marlene, conectada, como casi siempre. Nos saludamos y, de a poco, la conversación derivó hacia donde solía derivar. Ella subiendo la temperatura con cada mensaje, yo respondiéndole con el corazón golpeándome el pecho. En algún momento me lanzó un reto: que me vistiera de mujer todo el tiempo que estuvieran los obreros en la casa. Total, dijo, eran dos desconocidos a los que jamás volvería a ver.

No me costó decidirme. Saqué mi caja secreta, me encerré en el baño y me transformé. Falda corta, una blusa entallada, la peluca castaña que más me gustaba, los labios pintados. Me miré al espejo y por un rato me olvidé de todo lo demás.

Seguía escribiéndole a Marlene, ya vestida, cuando escuché la puerta principal abrirse y cerrarse. En casa de mi abuelo entraba gente todo el tiempo: otros nietos, algún tío que pasaba a saludar. Me asomé a la sala y no vi a nadie. Pensé que había oído mal, o que era uno de los albañiles que salía por material. Volví a la computadora. Me dije que, si me descubrían, hasta sería divertido. Esa era la calentura que Marlene me había metido en la cabeza.

Pasaron un par de horas. El maestro albañil, el mayor de los dos, entró a la sala para avisarme que ya estaban terminando. Se quedó duro al verme. Abrió la boca y no dijo nada, solo me hizo un gesto para que lo siguiera al patio y revisara el muro. Yo, metida en el papel, caminé detrás de él como si fuera lo más natural del mundo, con la falda rozándome los muslos a cada paso.

Me mostraron el trabajo terminado, me dieron las indicaciones de cuidado de rutina. «Todo bien», dije, y los guié de vuelta a la sala para pagarles. En el camino, en el reflejo de las vitrinas del comedor, los vi mirarme el trasero sin disimulo, codeándose y riéndose por lo bajo.

Les entregué su dinero. Algo en mí no quería que se fueran todavía.

—¿Algo más en lo que los pueda ayudar? —pregunté, coqueta.

—No, eso sería todo —dijo el mayor, y enseguida agregó—: Disculpe… ¿le digo joven o señorita? Es que hace un rato no se veía así.

—Señorita está bien —respondí—. No me lo dicen mucho y se siente lindo.

—¿Y por qué no se lo dicen? De señorita se ve usted hermosa.

—Gracias, corazones, son muy caballeros. Lo que pasa es que casi siempre me ven con ropa de hombre. Así como ahora no salgo seguido.

Siguieron con los piropos, cada vez menos inocentes, hasta que el más joven se animó y me preguntó, con una sonrisa torcida, si seguía siendo «toda una señorita». La insinuación era clara, y en lugar de ofenderme me prendió como un cerillo.

—La verdad —dije, sosteniéndole la mirada—, los que me conocen así dicen que de señorita tengo poco.

Fue como dar una orden. Los dos se acercaron al mismo tiempo. Sentí sus manos ásperas subir por mis piernas, colarse bajo la falda, y dejé de pensar. Me apoyé en el respaldo del sillón, cerré los ojos y me entregué a algo que llevaba meses imaginando y que por fin estaba pasando de verdad. Lo que vino después lo viví como en sueños: dos cuerpos, cuatro manos, el peso de los dos sobre mí y yo gimiendo bajito para que no me oyeran ni los vecinos. Cuando se fueron, me quedé sentada en el piso de la cocina, temblando, segura de que nadie en el mundo se enteraría jamás de lo que había ocurrido entre esas paredes.

Estaba equivocada.

***

Pasó el tiempo. Crucé los treinta sin darme cuenta, con una vida más o menos ordenada y mi secreto bien guardado, sacándolo solo cuando podía hacerlo sin riesgos. Hasta que un día me llegó una solicitud de Facebook de Damián, un primo mío, hijo de la hermana menor de mi padre.

Damián tenía veintidós, recién metido en su primer trabajo de oficina, todavía en esos puestos de abajo donde uno hace de todo y cobra poco. Nos habíamos visto en una reunión familiar hacía poco; me cayó bien, pero no fue nada del otro mundo. Por mensajes, en cambio, se volvió insistente. Que cuándo comíamos juntos, que su oficina quedaba cerca, que no fuera mala onda. Le di largas varias veces, hasta que una tarde, por no quedar como un patán, acepté.

La comida fue normal. Charla de familia, de trabajo, de nada en particular. Justo cuando pensaba pedir la cuenta, Damián bajó la voz y soltó la pregunta que partió la tarde en dos.

—Oye… ¿y tú todavía te vistes de chica?

Se me heló la sangre. Tuve que pedirle que repitiera, no porque no lo hubiera oído, sino porque mi cabeza se negaba a procesarlo. Damián jugó con su vaso un momento antes de explicarse.

—Es que una vez te vi —dijo, sin levantar la mirada—. En casa del abuelo. Yo era un niño, llegué con mi mamá y nadie se dio cuenta de que entré. Te vi vestida de mujer, te veías… increíble. Nunca había visto a una travesti en mi vida. Me dio curiosidad y los seguí, a ti y a los albañiles. Vi todo. Vi lo que pasó en la sala.

El restaurante se volvió de pronto demasiado silencioso. Quince años. Durante quince años, ese recuerdo que yo creía solo mío había vivido también en la cabeza de mi primo, escondido como el mío.

—No sabía que estabas ahí ese día —alcancé a decir.

—Nadie lo supo. Y desde entonces… —tragó saliva— desde entonces tengo una fantasía. Quiero proponerte algo. Quiero que te vistas para mí. Quiero estar contigo como estuviste con ellos.

Dejé el tenedor. Sentí la cara arder.

—¿Cómo se te ocurre? Somos primos, Damián. Eso entre familia no se hace.

—Ya lo pensé mucho —respondió, más seguro de lo que esperaba—. Y no le veo nada de malo. No es como que vaya a pasar algo, no puedes quedar embarazada, ¿o sí?

—No, claro que no, pero… ¿no sería rarísimo después? En las reuniones, en Navidad, viéndonos las caras.

—Tú casi nunca vas a las reuniones —dijo, con una media sonrisa—. Pero bueno, si no quieres, lo entiendo. No quiero forzarte a nada. Es solo que me gusta mucho ese lado tuyo. Siempre me gustó.

Ahí quedó la conversación. Pagamos, nos despedimos en la banqueta con un abrazo incómodo y cada quien se fue por su lado. Pero la semilla ya estaba plantada.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Mientras más me repetía que era una locura, más crecía el morbo. Lo prohibido tiene ese efecto: te dices que no, y el «no» se vuelve lo único en lo que piensas. Y había algo más, algo que me costaba admitir. Damián era el único miembro de mi familia que me había visto de verdad, que conocía mi secreto y no solo lo aceptaba, sino que lo deseaba. Esa idea me desarmaba.

Pasaron tres semanas antes de que él volviera a escribir. Un mensaje cauteloso, casi una disculpa. «Hola, ¿cómo estás? Perdón por la bomba que te solté el otro día, no quería incomodarte.»

Lo leí varias veces. Pensé en responder algo prudente, en cerrar la puerta de una vez. En cambio, me encerré en el baño, saqué la caja, me vestí. Falda de holanes, blusa blanca de botones, la peluca de rizos castaños, los labios bien marcados. Me arreglé como para una cita y me tomé una foto frente al espejo, mordiéndome el labio, mirando a la cámara como Marlene me había enseñado a mirar.

Se la mandé sin un texto que la acompañara. Solo la imagen, y después, debajo, una sola línea:

¿Y si pudiera quedar embarazada… me lo harías de todos modos?

Vi cómo aparecían los tres puntitos. Cómo desaparecían. Cómo volvían a aparecer. Y mientras esperaba su respuesta, con el corazón en la garganta y la falda todavía puesta, supe que ya había cruzado la línea que llevaba quince años fingiendo no ver.

Lo que me contestó, y todo lo que vino después, se los voy a contar otro día.

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