Me convertí en su mujer para no perderlo
—¿Diga?
—Buenos días, mi vida. ¿Has dormido bien?
—Marcos, cariño. Sí, sí. Estaba a punto de prepararme el café. ¿Pasa algo?
—Nada malo. Solo quiero que, cuando llegue a casa al mediodía, estés guapísima para mí.
—Me encanta que me lo pidas —contesté, y sentí cómo se me dibujaba la sonrisa sola.
—Te he pedido cita a las diez en la peluquería de Carla. Ya le he explicado lo que quiero que te haga. Vas a estar preciosa, ya lo verás.
—Pues tendré que darme prisa. Son casi las nueve y media.
—Corre, entonces. Carla te está esperando. Sabes que no me gusta esperar.
Colgó sin despedirse, como hacía siempre. Marcos era hombre de pocas palabras. Lo pienso y lo hago, le gustaba repetir, y así funcionaba su mundo entero: directo, sin rodeos, sin un solo minuto que perder.
No desayuné. Me bebí el café de pie, frente a la ventana, y salí casi corriendo a la calle. Sabía que aquel aviso de última hora habría desbaratado la agenda de Carla, y no quería complicárselo todavía más.
La encontré en la puerta del local, buscando las llaves en el fondo del bolso.
—¡Hola, Carla! —le dije cuando aún me faltaban unos pasos para llegar.
—Ay, hola, cielo. Cuánto me alegro de verte —respondió girándose—. Pasa, anda, y siéntate en el sillón del fondo, que enciendo las luces.
—Siento el asalto de Marcos. Ya sabes cómo es.
—Estamos acostumbradas. Y, además, nos encanta verte tan sonriente cuando sales de aquí para volver con él.
Dejé el bolso y la chaqueta en el perchero y me senté frente al espejo. No me había dado tiempo ni a maquillarme. Me miré la cara, las ojeras de una noche entera abrazada a su espalda, y todavía me pareció oler su piel pegada a la mía. Carla iba encendiendo luces y saludando a las chicas que llegaban: a Eva, que me haría las uñas, y a Rocío, que me prepararía una mascarilla. Entonces, sin saber muy bien por qué, me vino a la memoria el primer día que lo vi.
***
Era apenas una adolescente cuando lo descubrí jugando al fútbol en la plaza, frente a la iglesia del pueblo de mi abuela. Era pleno verano y los chicos se habían repartido en dos equipos; varios se habían quitado la camiseta para distinguirse. Por suerte para mí, Marcos era de los que jugaban con el torso desnudo.
Me quedé en un banco, al fondo de la plaza, ignorando al resto del mundo. Lo miraba forcejear por el balón y abrazarse a sus compañeros cada vez que metían un gol. Deseé, aunque solo fuera por un segundo, ser uno de ellos y sentir su piel sudada contra la mía.
—¡Adrián! ¡A comer! —me gritó mi abuela desde el balcón.
Recogí la bolsa del pan y crucé la plaza a toda prisa, sin mirar a nadie, para que nadie notara lo que para mí ya era evidente: me acababa de enamorar. Años después, sus amigos me confesarían entre risas que, mientras yo cruzaba la plaza, Marcos se quedó tan embobado mirándome que encajaron un gol que les costó la final del campeonato.
Al acabar el verano regresamos a la ciudad. En el coche, mi padre me miró por el retrovisor.
—¿Por qué lloras? Los niños no lloran. Que nadie te vea así.
No le contesté. Seguí pegada a la ventanilla, buscando la cara de Marcos en cada coche que nos adelantaba. Mi madre, desde el asiento de delante, se giró y me puso una mano en la rodilla.
—Sé que ahora todo esto te parece muy duro, cariño. Pero algún día lo recordarás con ternura.
Ella sabía leer en mí lo que mi padre era incapaz de ver. Le bastaba con escucharme respirar. Y, como casi siempre, tenía razón.
***
El verano siguiente cambió mi vida. La noche en que llegamos, mi madre me llamó al cuarto con un tono extrañamente tranquilo.
—Adrián, hijo, se me ha olvidado en casa toda tu ropa interior. Y la tienda de don Tomás ha cerrado, así que en el pueblo no hay dónde comprar. Tu abuela dice que, mientras tanto, puedes usar la ropa de tu prima Beatriz. Te he dejado unas braguitas en el baño que creo que te quedarán bien.
Me quedé sin saber qué decir. No fue un descuido; lo entendí mucho después. Mi madre y mi abuela lo habían planeado todo, a espaldas de mi padre, para regalarme en silencio el permiso que yo no me atrevía ni a pedir. Aquella primera noche me puse la ropa de Beatriz y, por fin, me sentí dentro de mi propia piel.
A partir de entonces no tuve que volver a pedirlo. Cada verano aparecían, como por arte de magia, braguitas y camisones nuevos. Mi madre fingía no darse cuenta de que las tallas iban cambiando con mi cuerpo y de que, a veces, a mi prima «se le olvidaba» quitarles la etiqueta.
Marcos y yo nos hicimos inseparables. Dejó la plaza y el balón para pasar las tardes conmigo, escuchando discos tirados en mi cama. Yo seguía perdidamente enamorada, pero me moría de miedo de decírselo y perderlo.
***
Una de aquellas tardes nos refugiamos del sol bajo una higuera, al borde del sendero. Me apoyé en el tronco y él se acercó, me cogió de la cintura y me besó. Se apartó un instante para mirarme, como pidiendo permiso, y volvió a besarme, esta vez despacio. Empecé a temblar contra su boca. Era exactamente lo que tantas noches en vela había imaginado.
El beso se rompió cuando un cachorro me trepó por la pierna, empeñado en jugar. Detrás llegaron, gritando «¡Trufa, Trufa!», dos niños y su madre. Marcos devolvió al perro y se quedó mirándome con una media sonrisa.
—Creo que mi beso te ha gustado demasiado —dijo, señalándome el pantalón.
La emoción me había desbordado de un modo que no supe esconder. Volví a casa colorada, con su camiseta atada a la cintura, y corrí a encerrarme en el baño. Esa noche, sin que yo lo supiera, mi madre y mi abuela cruzaron una mirada cómplice, como quien confirma un secreto largamente sospechado.
***
Cuando mi abuela murió, mis padres vendieron la casa y dejamos de ir al pueblo. Para ellos fue un trámite; para mí, perder al amor de mi vida. Durante años, el único hilo que me quedó fueron las cartas. Le escribía cada semana, le confesaba cuánto lo echaba de menos y que algún día quería ser mujer. No cualquier mujer: la suya. Sellaba cada carta con un beso de carmín y unas gotas del perfume de mi madre.
Nunca me respondió. Pensé que tenía novia, que había sido un cobarde, y dejé de escribirle. Solo mucho después supe la verdad: mi padre interceptaba sus cartas y las destruía antes de que llegaran a mis manos. Él pensó de mí exactamente lo mismo que yo de él.
Nos reencontramos por casualidad en la universidad. Marcos estudiaba arquitectura y compartía piso con dos chicas. Retomamos lo nuestro como si no hubieran pasado los años, y acabé viviendo allí más que en mi propia casa. Una de sus compañeras, Nadia, se convirtió en mi cómplice: me prestaba su ropa y me maquillaba para dejarme «perfecta para él», decía.
Una tarde, mientras me delineaba los ojos, me preguntó algo con la voz demasiado cuidada.
—Y con Marcos… ¿os va bien en la cama?
—¿De verdad me lo preguntas? Si nos oyes casi cada noche —reí.
—Es que a veces lo noto raro contigo.
—Tiene dos caras —admití—. Hay días en que me hace el amor con una dulzura que me hace llorar, y otros en que es frío, dominante, como si yo no estuviera. Pero lo quiero igual.
—No sé qué decirte —murmuró Nadia, y apartó la mirada mordiéndose el labio.
No quise entender entonces lo que aquel silencio escondía. Hay verdades que una prefiere no mirar de frente.
***
—¿En qué piensas, que estás en las nubes? —la voz de Carla me devolvió al sillón. Había colocado un biombo para separarnos del resto del local.
—¿Y esto?
—Me gusta tratar a mis mejores clientas con intimidad. Y que las demás no se mosqueen porque te cuelo antes —me guiñó un ojo en el espejo.
Carla era la hermana que nunca tuve. Nos conocimos en la sala de espera del endocrino, las dos a punto de empezar la hormonación, y desde entonces recorrimos juntas el camino de convertirnos en quienes éramos. Ella ya se había operado.
—Oye —solté mientras me aplicaba el tinte—, sigo dándole vueltas a lo de la operación. Tengo el dinero ahorrado, pero me da pánico que duela o quedarme sin sensibilidad.
—A ver, tonta. Lo que tienes ahí colgando ahora, ¿te da algún placer?
—Ninguno.
—Pues, en el peor de los casos, te quedarás igual. Todo lo que ganes será ganancia —me sostuvo la mirada en el cristal—. Y te diré algo más. ¿Sabes lo que es sentir su pecho contra el tuyo mientras te penetra? ¿Abrazarlo con las piernas y notar cómo tiembla? ¿Arquear la espalda y empujar las caderas buscándolo, intentando sentirlo más dentro, aunque solo sea un centímetro más?
Tragué saliva. Aquel «un centímetro más» se me clavó como una promesa.
—Las mujeres como nosotras tenemos que estar siempre ahí para ellos —siguió, más bajo—. Tú eres como la botella de agua fresca en la nevera: cuando él tiene sed, abre la puerta y bebe. Tu trabajo es no faltar nunca, y adivinar su sed antes de que él la note.
Cerré los ojos bajo sus manos. Y, sin quererlo, me vino a la memoria la tarde en que dejé que alguien nos mirara.
***
Había sido en el piso de Marcos. El novio de Nadia llevaba meses trabajando lejos, y ella me había confesado que mataba las noches viendo, una y otra vez, un vídeo casero que se habían grabado con el móvil antes de separarse.
—Si quieres —le dije, medio en broma, medio no—, alguna vez podrías vernos a Marcos y a mí.
—¡Qué corte, tía! —se rió, roja hasta las orejas.
Esa misma noche dejé la puerta entreabierta. Estaba a cuatro patas sobre el borde de la cama, las manos hundidas en el colchón, y sentía a Marcos detrás, de pie, marcándome un ritmo brutal sin descanso. Cada embestida me obligaba a arquear la espalda en un vaivén eléctrico. En medio de un jadeo, giré la cabeza y la vi: Nadia, en el umbral, con los ojos dilatados de sorpresa y deseo. Le hice un gesto para que entrara. Negó con la cabeza, señalándose el pecho. Marcos, lejos de detenerse, también la descubrió y me clavó los dedos en las caderas con tanta fuerza que solté un grito sordo.
Nadia entró temblando y apoyó la espalda en la pared, hipnotizada por el choque de nuestros cuerpos. Cuando intenté gemir para que sintiera mi entrega, Marcos me cortó el aliento con su «sssshhh» autoritario de siempre. El único sonido de la habitación era el chasquido húmedo de su pelvis contra mí.
La vi bajar la mano, subirse la falda y acariciarse por encima de la ropa interior, hasta que el pudor cedió y apartó la tela para tocarse de verdad. Verla así, deshaciéndose mientras él me poseía, me llevó al límite. Entonces Marcos se vació dentro de mí con un gruñido, y Nadia, asustada por la violencia de aquel final, se retiró la mano y salió huyendo a su cuarto.
—Recógelo —me ordenó él, frío, señalando el rastro espeso que había caído al suelo.
Obedecí. Al pasar por la puerta de Nadia la llamé, pero no contestó. Solo la oí disfrutar, sola, al otro lado.
***
Marcos no había terminado conmigo. Vino hacia mí sin una palabra, me empujó la espalda contra la pared y empezó a besarme el cuello, a mordisquearme las orejas, a subirme la falda y acariciarme los muslos sobre las medias. Yo ya no podía más; necesitaba sentirlo otra vez.
Me llevó de la mano a la cocina y barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa. Me dobló el torso sobre la madera, me abrió las piernas y me bajó las medias hasta los muslos. Oí el tintineo de su cinturón y, antes de que pudiera tensar un músculo, entró de una sola estocada.
—Aaah —exhalé, entre el placer y el dolor.
—Ssshhh —me cortó, hundiéndome la mejilla contra la mesa.
Me embistió con una saña que pocas veces le había conocido, dictando él el ritmo de mi sumisión. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás como si fuera las riendas con las que gobernarme; la otra mano me dejaba en la cadera marcas que tardarían días en irse. Perdí la noción del tiempo. El placer que aquel hombre era capaz de darme me hacía volar.
Cuando sentí que se hinchaba, arqueé cuanto pude la espalda para recibirlo. Se vació en mí con un temblor que me dejó sin fuerzas y cayó fulminado sobre mi espalda, las caderas todavía moviéndose despacio. En aquel silencio escuchaba sus jadeos en mi nuca y el latido de su corazón contra mi piel.
No me dejó incorporarme. Y, al cabo de unos minutos, noté que su pulso volvía a acelerarse y que crecía de nuevo dentro de mí. Empezó otra vez, más fuerte, hasta que mis piernas cedieron y tuvo que recolocarme sobre la mesa con rudeza. Esta vez me metió los dedos en la boca, tirando de mí hacia atrás, queriendo hundirse más y más. Cuando por fin volvió a derramarse, sí me permitió gritar, desahogar todo el placer que me había obligado a tragarme.
Salió de mí y se abrochó el pantalón con total naturalidad.
—¿Comemos? Tengo hambre —dijo, como si nada.
***
Me recompuse, me subí las medias y me agaché a limpiar el suelo. Y, mientras lo hacía, volvió a mi mente aquel chico fornido que jugaba al fútbol sin camiseta en la plaza de mi abuela. Aquel del que me enamoré sin remedio.
Y volvió también, como siempre que recuerdo esa tarde, su hermano gemelo: el que jugaba en el otro equipo, el que sí llevaba camiseta. El que nunca supe del todo a cuál de los dos crucé la plaza huyendo aquel mediodía. Hay verdades que una prefiere no mirar de frente.