Me paseé desnudo por la casa de mi suegra
El cumpleaños de mi suegra terminó tarde, con demasiado vino y con Pilar metiéndome mano en la cocina mientras los demás recogían los platos. No fue un roce inocente: me palpó por encima del pantalón, despacio, comprobando lo que había debajo como quien tantea una fruta antes de comprarla. Después de aquello, supe que pasearme desnudo por esa casa no podía salir mal.
Conviene explicar una cosa antes de seguir. En la familia de Carla había una costumbre tan vieja como turbia: las madres tenían derecho de cata sobre las parejas de sus hijas, y las hijas sobre los novios de sus madres. Una mano se lavaba con la otra. Carla me lo había contado al principio, medio en broma, hasta que entendí que iba completamente en serio.
—No te escandalices —me dijo aquella vez—. Es lo que hay. Si te quedas conmigo, antes o después le toca el turno a mi madre.
Esa noche nos quedábamos a dormir varios: la tía Verónica, la prima Lucía, Carla y yo. Pilar repartió las habitaciones con la lengua suelta por el alcohol, mandando a la tía y a la prima abajo, y a nosotros tres arriba.
Antes de subir hice mis cálculos. Por lo que Carla me había insinuado, esa noche el turno podía caerle a su madre, así que me tomé una de esas pastillas azules para llegar entero. Si tenía que rendir, prefería ir sobrado.
***
Verónica tenía un escote del que me había costado horrores despegar la vista durante toda la cena, y ella se había dado cuenta perfectamente. La prima Lucía, que un par de meses atrás me la había chupado en la caseta de las herramientas durante una barbacoa, andaba por la casa como si nada. Y Carla, que conocía mis vicios mejor que yo mismo, observaba todo con una sonrisa torcida.
Aprovechando que las cuatro iban algo perjudicadas, saqué el tema con cara de inocente y le pedí un pijama a mi suegra, diciéndole que su hija se había «olvidado» de meterlo en la maleta.
—Siempre duermes desnudo, Marcos, ¿para qué te lo iba a meter? —contestó Pilar sin levantar la vista del móvil.
—Hombre, para no andar enseñándolo todo delante de tu madre, tu tía y tu prima.
Las tres dijeron casi a la vez que no les importaba lo más mínimo, que mejor así. De hecho, añadieron, la tía y la prima andaban por casa en tanga y en tetas sin ningún problema.
Va a ser una buena noche.
Solo de escucharlo se me subió un calor por dentro y la cosa empezó a despertarse, medio dormida todavía, anunciando lo que venía.
—Carla, ¿qué baño uso? —pregunté ya con el plan en marcha.
—El que quieras. Arriba lo usa mi madre, pero si bajas al de abajo igual te ve desnudo alguna de esas dos.
—Me encanta que me exhibas.
—Y a mí me encanta hacerlo. Me excita y me cabrea al mismo tiempo, pero luego pago el cabreo dándote un buen repaso, así que todos contentos.
Agarré el cepillo de dientes, me calcé las chanclas y bajé con la cosa medio espabilada hacia el baño de abajo. La casa estaba bien aislada y la calefacción rugía, de manera que el frío no era excusa para taparse. Perfecto para ir al aire.
***
Entré al baño, abrí el grifo y empecé a lavarme los dientes rezando por que apareciera alguien. Como no venía nadie, hice algo de ruido a propósito y fui hacia la cocina a por agua.
Funcionó. Verónica apareció en el pasillo y, efectivamente, iba en tetas y en tanga.
Tenía un pecho operado, grande y desproporcionado para un cuerpo tan delgado que en nada se parecía al de su hermana ni al de su sobrina. Me quedé mirándolos un par de segundos de más, calculando, casi sin querer, si serían capaces de tragarse entero lo que colgaba entre mis piernas.
Cuando salí del trance le pedí disculpas.
—No seas tonto —dijo ella, divertida—. Ese es justo el efecto que busco en los hombres. Para algo me los he puesto.
—Pues lo has conseguido.
Sus ojos bajaron sin disimulo hasta mi entrepierna. Y al sentir su mirada clavada ahí, con esos dos pechos enormes delante, noté cómo aquello se iba llenando de sangre poco a poco.
—Me voy a lavar los dientes —dije, por decir algo y romper la quietud.
—Yo también. Vamos los dos.
Perfecto.
Nos metimos en el baño, hombro con hombro frente al espejo, y empezamos con la rutina. Yo admiraba su figura esbelta y aquellos dos pechos imposibles que, pese a lo artificial, estaban muy logrados. Ninguno de los dos se miraba del todo a los ojos.
Yo le miraba el escote, cómo se balanceaba cada vez que movía el brazo para cepillarse, dos curvas redondas desafiando la gravedad, yendo y volviendo a su sitio. Hipnótico. Ella me miraba a mí de una manera mucho más descarada, y cada repaso de sus ojos me ponía un poco más duro.
Levanté la vista hacia el espejo y la pillé con los ojos fijos abajo. Me sonrió sin el menor pudor.
—Perdona el descaro —dijo—. Es que hacía muchísimo que no veía algo así.
—El muy sinvergüenza tiene cabeza propia. Cuando ve un buen par de tetas, va por libre.
Verónica soltó una carcajada baja.
—¿Pequeño dices? No he visto una cosa parecida en mi vida.
Con esas palabras quedó definitivamente firme, dura, en vertical, apuntando al espejo como un reproche.
Sin decir nada, se acercó al lavabo. Supuse que iba a escupir la espuma. Pero se colocó justo delante de mí, se recogió la melena castaña con una mano, abrió el grifo y se inclinó hacia delante. Sus nalgas se apoyaron contra mí, firmes, y empezó a enjuagarse la boca con una calma que no tenía nada de inocente.
Se tomó su tiempo. Mucho tiempo.
Yo no me moví ni un milímetro. Si quería notarme ahí, pegado, era cosa suya. Seguí cepillándome los dientes mientras sentía el calor de su cuerpo cerca, su trasero delgado abrazando lo que tenía entre las piernas, con una sola tira de tela separándolo todo.
Pensé que era el momento de echarle morro.
Como vi que alargaba el aclarado más de la cuenta, me separé un instante y volví a pegarme, esta vez de manera que el roce fuera directo, insistente, empujando despacio contra ella. Dejé el cepillo en el borde del lavabo y le rodeé el pecho con las dos manos, ese pecho que mi palma no llegaba a abarcar.
—Yo te los sujeto, así te enjuagas a gusto —murmuré.
Moví la cadera muy lento, frotándome contra ella mientras le amasaba el pecho, firme y suave a la vez. Verónica se dejaba hacer, y yo notaba la humedad que iba traspasando la tela.
Por fin se irguió y me buscó a través del espejo. Yo seguía sobándola, sin prisa.
—Uf, cariño… —suspiró—. Te mentiría si te dijera que no he fantaseado con esto. Contigo, tocándome así.
—Pues puede mejorar.
Le mordí el lóbulo de la oreja con suavidad y, cuando bajé la mano para apartar la tira del tanga, me frenó en seco agarrándome la muñeca.
—No puedo. Me encantaría, pero no puedo.
Con la otra mano me retiró la palma que aún le rodeaba el pecho. Se giró de frente y, ahora sí, me agarró sin rodeos.
—Estoy casada. Andrés es un imbécil, y me muero de ganas de hacer cien cosas contigo… —apretó un poco, midiéndome—. Pero no puedo. Hay líneas que prefiero no cruzar.
Mierda. Me habría encantado tumbarla sobre el lavabo y mirarla en el espejo mientras la sujetaba por las caderas.
Se puso de puntillas, me dio un beso breve con sus labios finos, me soltó y se fue por el pasillo, dejándome más caliente que el motor de un camión a mediodía.
***
Subí a la habitación con la cosa más dura que en mucho tiempo, una buena parte por culpa de la pastilla. Carla, sentada en la cama, levantó la vista y vio el estado en que llegaba.
—¿Y eso? ¿Qué has estado haciendo? —preguntó arqueando una ceja.
—Nada. Lavarme los dientes. Que tu tía no me quitó el ojo de encima y, entre el exhibicionismo y la pastilla, se ha puesto así de salvaje.
Me creyó. Sabía perfectamente lo mucho que me gustaba mostrarme, pero preferí guardarme la parte del lavabo, las manos y el roce. Que fuera un secreto solo mío me ponía aún más.
—Bueno, vete con mi madre, anda —dijo, echándome con un gesto de la mano—. Que como sigas paseando eso por aquí me voy a poner cachonda, y esta noche no me toca. Buf. Vete antes de que cambie de idea.
Crucé el pasillo hasta la puerta de Pilar. Toqué con los nudillos y entré. Cuando cerré y me di la vuelta, ahí estaba ella, recostada en la cama, con las gafas puestas y el móvil en la mano, aunque sus ojos ya no miraban la pantalla, sino mucho más abajo.
—Madre del amor hermoso… —murmuró sin pestañear—. Es enorme.
—Antes, en la cocina, me has dejado claro lo que querías de postre, ¿no?
—Sí, sí. Pero una cosa es saberlo y otra tenerlo delante.
Me acerqué a su lado de la cama y se lo dejé cerca, a la altura de su cara. Lo miraba como un crío al que le ponen delante el regalo que llevaba un año pidiendo. Alargó la mano, lo recorrió despacio, me acarició por debajo y lo agarró con cuidado, como si necesitara comprobar que era de verdad.
—Será cabrona la Carla… —dijo entre risas, sin soltar—. La suerte que tiene la niña.
—Bueno. Esta noche te toca a ti.
La noche que vino después merece un relato aparte, porque hasta yo creo que me pasé de la raya, y aquello acabó trayendo más de un problema entre madre e hija. Pero esa es otra historia, y ya la contaré.