Mi novia se la chupó a un desconocido en la playa nudista
Todo el que conoce a Vanesa sabe que tiene un lado salvaje, y a mí me pone como pocas cosas verla rendirse a su naturaleza, dejarse mirar y, si la situación se da, mucho más que eso. Este relato es breve, porque también lo fue el encuentro, pero no por ello menos intenso.
Vinimos unos días a Formentera con una idea muy concreta en la cabeza: exhibirla a base de bien, que se la comieran con los ojos, que alguien se atreviera incluso a algo más. No se lo dije con esas palabras, pero ella me conocía lo suficiente para leerlo entre líneas.
El segundo día acabamos en una playa nudista que Vanesa había encontrado en internet la noche anterior, tumbada en la cama del apartamento con el móvil en la cara y una sonrisa que ya prometía problemas.
Era finales de junio y la cala estaba casi vacía. Mi gozo en un pozo, pensé al principio. Cuatro toallas dispersas, una pareja mayor dormitando y poco más.
Estaba yo embobado con el cuerpo de Vanesa, repasándolo de arriba abajo como si no lo conociera de memoria, cuando vi a lo lejos que se acercaba un tipo con pinta de noruego o sueco.
Se notaba que era de mi misma cuerda, exhibicionista hasta la médula, porque venía ya desnudo, con la mochila de playa bajo el brazo, las gafas de sol y una cara de autosuficiencia que se veía a treinta metros.
—Vanesa, mira ese —le dije por lo bajo.
Ella se incorporó sobre los codos, se bajó las gafas un par de dedos y lo observó sin disimulo.
—Joder —murmuró—. Está casi tan bueno como tú.
La verdad es que el personaje parecía una escultura griega. Músculos bien marcados, alto, sin un gramo de grasa, espalda ancha, brazos enormes. La única diferencia con esas estatuas de museo era lo que le colgaba entre las piernas, bastante más generoso que cualquier cincel se hubiera atrevido a tallar.
—Vaya con el rubio —siguió Vanesa, ya sin apartar la vista.
Se había girado boca abajo, con los pechos asomando por encima de los brazos cruzados, los ojos clavados en aquel cuerpo. No disimulaba ni un poco, y al extranjero, evidentemente, le encantaba.
No se debe de haber sentido así de deseado en mucho tiempo, pensé.
Pasó cerca de nosotros, despacio, paladeando cada mirada. Vanesa asentía levemente, como aprobando lo que veía, y se mordía el labio inferior. Lo bauticé mentalmente como Erik, porque su cara pedía a gritos un nombre del norte.
Se tomó su tiempo para extender la toalla a pocos metros de nosotros, y desde donde estaba pude ver cómo aquello se le iba inflamando solo con sentir los ojos de mi novia encima.
—Mira que eres mala —le dije a Vanesa, y le di una palmada en una nalga—. Se la has puesto medio dura sin tocarlo.
—¿Qué culpa tengo yo? —contestó con una risita—. Está buenísimo y va paseando eso por delante de nosotras como si nada.
Tenía razón. Las otras chicas de la cala también habían echado algún vistazo, pero Vanesa había sido la más descarada, y de lejos la que mejor estaba. El bikini diminuto que llevaba, transparente por los costados y de un rojo encendido en lo justo, era una provocación andante.
Mirar ese cuerpo fijamente me provocaba siempre el mismo cosquilleo en la entrepierna. La idea de verla de rodillas frente a Erik empezó a crecer dentro de mí, y no fui capaz de frenarla.
—No seas maleducada —le susurré al oído—. Llevas un buen rato comiéndotelo con los ojos. Ve a ver si necesita ayuda con la crema.
Me miró por encima del hombro y me dedicó esa sonrisa suya que no anuncia nada bueno.
—No sé… Soy una señorita —dijo, fingiendo inocencia—. Igual se aprovecha de mí.
—Y tú lo ibas a pasar fatal, claro —le respondí, dándole otro cachete que ella contestó con un gemido bajito.
—Vale, Bru —cedió—. Pero si pasa algo es culpa tuya.
***
Se puso de pie sin pensárselo más y caminó hacia él. Sus caderas se movían de un modo hipnótico, las nalgas empujándose una contra otra a cada paso, como compitiendo por ver cuál era más redonda. Me acaricié por encima del bañador con esa imagen delante.
El rubio no le quitó la vista de encima ni un segundo mientras se acercaba, y la recibió con una sonrisa enorme. Aquella media erección no daba muestras de bajar.
Intercambiaron cuatro frases en un inglés torpe por ambas partes, Erik se sentó y Vanesa empezó a rebuscar la crema en su bolsa.
No era precisamente la reina de la sutileza. Con las piernas estiradas le plantó el trasero casi en la cara mientras hurgaba sin prisa. Al extranjero, lejos de molestarle, se le iba la mano hacia su propio sexo, apretándoselo y mordiéndose los labios. Vanesa se tomó su tiempo, disfrutando del efecto que provocaba.
Cuando por fin «encontró» el bote, empezó a echarle crema por la espalda, masajeándolo con las dos manos. Le pidió que se tumbara y siguió bajando hasta el culo y la cara posterior de los muslos.
Qué descarada. Le separó un poco las piernas con la excusa de extenderle la crema por la cara interna del muslo, y ahí aprovechó para rozarle, como sin querer, lo que ya no podía disimular en absoluto.
El truco funcionó. Cuando le pidió que se diera la vuelta, aquella media erección se había convertido en una de las pollas más grandes que yo había visto en mi vida. Nivel actor de cine para adultos.
Vanesa se quedó mirándola, sorprendida de verdad, y Erik parecía encantado con su reacción.
Cuando ella volvió en sí, siguió repartiendo crema por el pecho y los brazos del rubio, balanceándole los pechos delante de la cara. El muy desgraciado estaba en la gloria.
Su mano se deslizó despacio hasta el trasero de Vanesa y ahí se quedó aparcada, intentando abarcar una nalga que ni con la palma entera lograba cubrir. Yo empecé a tocarme por encima del bañador, viendo a mi novia en plena faena.
Cuando terminó con el torso, pasó a las piernas, colocándose de manera que le ofrecía el culo en bandeja. Vanesa se dejaba sobar y aquello no paraba de crecer.
Conociéndola, sabía que era cuestión de segundos que se lo metiera en la boca.
***
Terminó el paripé de la crema en las piernas y su mano subió despacio hasta agarrar aquel armatoste que ni con las dos manos podía abarcar. Le dijo algo al oído mientras lo masturbaba con suavidad, relamiéndose. No podía ser más provocadora.
Le sonrió y empezó a lamerlo desde la base.
Increíble, pensé mientras me la trabajaba por encima de la tela. Estaba excitadísimo viendo a mi novia entregada al sexo de un completo desconocido.
Sus pechos se balanceaban despacio mientras lo chupaba. Erik le agarró el pelo con una mano para sujetárselo y que no le molestara, y con la otra no soltaba aquella nalga. Vanesa estaba colocada casi perpendicular a él, así que llegaba sin esfuerzo.
Lamía y mamaba, recorría toda la longitud desde la base hasta la punta por cada lado sin dejar de mirarlo a los ojos. El rubio, que seguramente esa mañana no se había imaginado un día así, no sabía dónde meterse de gusto.
En un momento dado, Erik la apartó con delicadeza, se puso de pie, la tomó de la mano y la guio hacia una zona más resguardada, detrás de unas rocas. Los seguí. Había estado a punto de terminar solo de mirar.
Cuando llegué, el tipo seguía recostado contra una roca y mi novia seguía mamando sin descanso.
Escupía sobre aquel sexo gigantesco mientras lo chupaba y jadeaba. Intentaba domarlo con las dos manos, pero era imposible.
Erik tenía cara de estar conteniéndose, los dientes apretados, peleando por no acabar demasiado pronto, queriendo estirar el momento todo lo posible.
Vanesa se lo sacó de la boca y se golpeó la lengua con él. Se oía el ruido seco contra su lengua y sus jadeos. Yo la tenía durísima y no sabía cuánto iba a aguantar.
Como si supiera que estaba detrás de ella, giró la cabeza, me buscó con la mirada y me pidió en un susurro que me la follara mientras seguía con lo suyo.
Obediente, me acerqué con el sexo en la mano. Erik me miró sorprendido, pero no dijo nada.
Le aparté el tanga a un lado y empecé a entrar en ella. Estaba empapada.
La agarré de las caderas y empecé a embestir con ganas, mientras su cabeza subía y bajaba y sus gemidos se entrecortaban con cada intento de tragar más profundo.
Quería descontrolar su ritmo con mis embestidas. Me encantaba ver esas carnes vibrando y volviendo a su sitio después de cada golpe.
Empujaba con saña, intentando deshacer aquel culo que me traía por la calle de la amargura desde el día que la conocí.
El extranjero la seguía sujetando del pelo, los dientes apretados, mascullando cosas en su idioma. Yo le daba alguna palmada, castigándola en broma por ser tan descarada y por tener un cuerpo tan provocador.
—Dios, qué fiera estás hecha —jadeé—. No puedo contigo.
Vanesa gemía con cada azote, pero no se lo sacaba de la boca ni un instante.
Ahora lo trabajaba con las dos manos, acelerando, y se oía el sonido de succión sobre aquel sexo completamente empapado de saliva. Estaba decidida a sacarle todo lo que tenía dentro.
El choque de carne contra carne era cada vez más violento. La situación me tenía fuera de mí hasta que ya no pude más y, por un instante, no escuché ni vi nada. Una descarga me recorrió toda la espalda y me llevó a otra dimensión.
—Joder… —fue lo único que conseguí articular.
Me vacié dentro de ella, pero seguí embistiendo con los ojos cerrados, oyéndola mamar sin parar. No notaba que se me bajara.
Vanesa tuvo un orgasmo sin dejar de masturbarlo, temblando entera contra mí, y el rubio le dijo en inglés, entre dientes, que no parara, que estaba a punto.
Cuando ella terminó de correrse, Erik le agarró la cabeza con las dos manos, se hundió en su boca y empezó a sacudirse mientras acababa.
Le llenó la boca, pero Vanesa no tragó. Dejó que todo resbalara sobre el sexo del extranjero mientras seguía chupándolo y él jadeaba sin aliento.
Me retiré, todavía duro, y mi novia terminó de limpiarlo con la lengua mientras dejaba caer lo que le quedaba en la boca, sin sacárselo del todo, y el rubio intentaba recuperar la respiración.
—Ha sido increíble —dijo él en inglés—. Eres una diosa.
—Gracias —contestó Vanesa con una sonrisita—. Me lo dicen mucho.
Con mi sexo aún goteante y ella chorreando por las piernas, nos metimos en el agua para lavarnos un poco, dejando a Erik tirado contra la roca, marcado por su propia entrega y recuperándose de la mejor mamada de su vida.
***
Nada más volver al apartamento, la puse a cuatro patas y me la follé de nuevo, agarrándola del pelo y llamándola de todo mientras ella se reía y gemía a la vez. Otro orgasmo brutal para mí, y varios seguidos para ella.
Después nos quedamos tumbados, sudados y sin aliento, riéndonos como dos críos.
—¿Repetimos mañana? —me preguntó, con la cabeza apoyada en mi pecho.
No hizo falta que respondiera. Los dos sabíamos que sí.