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Relatos Ardientes

Alguien nos miraba desde las rocas esa noche

Había llegado a Caleta Brava tres días antes, escapando de un trabajo que me estaba secando por dentro y de una ciudad que ya no soportaba. No buscaba nada. O eso me decía a mí misma mientras me ponía el vestido más corto que había metido en la maleta y bajaba a la fiesta que alguien había montado en la arena, junto a una hoguera y dos parlantes desafinados.

El sol acababa de hundirse en el mar y la playa empezaba a vaciarse de familias y sombrillas. Lo que quedaba era otra cosa: gente joven, copas de plástico, el humo dulce de algo que se quemaba lejos. Y él.

Lo vi antes de que él me viera a mí. Estaba apoyado contra un poste de madera, con una camisa abierta hasta la mitad del pecho y el pelo todavía húmedo. Moreno, de ojos claros que la luz del fuego volvía casi dorados. No era guapo de revista; era algo peor, algo más peligroso: tenía la calma de quien sabe esperar.

—No te había visto por aquí —dijo, acercándose con dos vasos. Me tendió uno sin preguntar—. Piña colada. Es lo único decente que hacen.

—Llegué el martes —respondí, y bebí solo para tener algo que hacer con las manos—. Soy Mariana.

—Tobías.

Tobías. Lo repetí en mi cabeza como si masticara una fruta.

Hablamos de cosas que no recuerdo. De la ciudad, del agua, de por qué la gente cree que el mar cura algo. Él escuchaba de verdad, con esa atención que escasea y que, cuando aparece, desarma. Cada vez que yo me reía, él se acercaba un poco más, hasta que la distancia entre nuestros cuerpos dejó de ser educada.

—Bailas o tienes miedo de bailar —me retó.

—No le tengo miedo a nada —mentí.

Bailamos. Mal, los dos, pero eso daba igual. Sus manos encontraron mi cintura como si ya hubieran estado ahí otras veces. Yo apoyé la frente en su cuello y respiré el salitre de su piel. La hoguera nos pintaba de naranja y la música tapaba el latido absurdo de mi corazón.

Fue entonces cuando lo sentí por primera vez. Esa sensación en la nuca, antigua y animal, de que alguien te observa. Levanté la vista hacia las rocas que cerraban la cala por el lado oscuro, donde la hoguera no llegaba. No vi nada. Solo sombras y el brillo intermitente de la espuma. Me dije que era el vino.

—¿Pasa algo? —preguntó Tobías, siguiendo mi mirada.

—Nada. Me pareció ver a alguien.

Él se rio, bajito.

—Siempre hay alguien. La gente viene a estas rocas a mirar el mar de noche.

O a mirar otra cosa, pensé, y un escalofrío que no era de frío me bajó por la espalda.

***

Cuando la fiesta empezó a apagarse y los parlantes pasaron a una balada que nadie pidió, Tobías me tomó de la mano.

—Ven. Te enseño el mejor sitio de toda la caleta.

Me dejé llevar. Bordeamos la orilla hasta donde la arena se estrechaba y empezaban las rocas, esas mismas que yo había mirado con desconfianza. Detrás había una lengua de arena pequeña, escondida del resto de la playa, con una pared de piedra a la espalda y el mar lamiendo los pies. La luna estaba alta y lo bañaba todo de plata.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Es perfecto —dije, y lo era, aunque no por las razones que él creía.

Porque al subir entre las piedras lo vi. Solo un instante. Una silueta, más arriba, recortada contra el cielo violeta. Inmóvil. Sentada en lo alto de las rocas, con las rodillas recogidas, mirando exactamente hacia donde nosotros íbamos a quedarnos.

Debí decir algo. Debí señalarlo, reírme, romper el momento. Pero no lo hice. Algo en mí, algo que no conocía o que no quería conocer, decidió quedarse callada. Saber que esos ojos seguían ahí, en la oscuridad, me apretó el estómago de una manera que no era miedo. Era lo contrario del miedo.

Tobías me miró a los ojos y luego bajó la vista a mi boca.

—¿Puedo? —preguntó.

Asentí. Y cuando sus labios encontraron los míos, lo hice sabiendo que no estábamos solos.

El beso empezó lento, casi tímido, una pregunta más que una respuesta. Después dejó de serlo. Mi lengua buscó la suya, mis dedos se enredaron en su pelo húmedo, y sentí su mano abrirse entera contra mi espalda baja para pegarme a él. Bajo la tela del vestido, mi piel ya ardía.

—Llevo toda la noche queriendo hacer esto —murmuró contra mi cuello.

—Hazlo otra vez —pedí.

Nos dejamos caer sobre la arena, todavía tibia del día. Él se puso sobre mí apoyado en los codos, sin aplastarme, dándome tiempo. Su boca recorrió mi mandíbula, el hueco detrás de la oreja, la línea del cuello, y cada beso me arrancaba un temblor que yo trataba de disimular y no podía.

Arriba, en las rocas, la silueta no se había movido.

Y yo, en lugar de cerrar los ojos, los mantuve entreabiertos hacia esa sombra. Que mire, pensé. Que vea cómo me deshago. La idea me recorrió como una corriente, encendiéndome zonas que la mano de Tobías todavía no había tocado.

—Estás temblando —dijo él.

—No pares por eso.

***

Me desabrochó el vestido por delante, botón a botón, con una paciencia que me volvía loca. Cuando la tela se abrió y el aire de la noche me golpeó los pechos desnudos, contuve el aliento. Tobías se detuvo solo para mirarme, y juro que sentí también el peso de la otra mirada, la de arriba, cayendo sobre mi piel como una segunda caricia.

—Eres preciosa —dijo, y bajó la boca a uno de mis pezones.

Arqueé la espalda. El roce de su lengua, lento y caliente, contrastaba con la frescura de la brisa, y esa mezcla me tenía al borde de algo. Le hundí las uñas en el hombro. Con la otra mano busqué los botones de su camisa y se la abrí de un tirón, ansiosa por su piel contra la mía.

Rodamos sobre la arena hasta que quedé yo encima, a horcajadas sobre sus caderas, recortada contra la luna. Y desde esa posición tuve plena conciencia de la silueta a mi espalda, de los ojos que ahora me veían entera, sentada sobre un desconocido, con el pelo suelto y los pechos al aire.

No me cubrí. Hice exactamente lo contrario. Me erguí más, eché los hombros atrás, dejé que la noche y esa mirada me vieran sin pudor. Nunca me había sentido tan dueña de mi propio cuerpo.

—Mírame —le dije a Tobías, aunque parte de la orden iba dirigida a quien estuviera allá arriba.

Él me miraba. Tenía los ojos vidriosos, la respiración entrecortada, las manos clavadas en mis muslos. Me incliné y lo besé profundo mientras mis caderas empezaban a moverse contra él, sintiendo a través de la tela mojada lo mucho que me deseaba.

***

Lo desnudé despacio, disfrutando cada centímetro que iba apareciendo bajo la luz plateada. Cuando por fin no quedó nada entre nosotros, me tomé un segundo solo para mirarlo, igual que él me había mirado a mí, igual que esos ojos invisibles nos miraban a los dos.

—Ven aquí —dijo Tobías con la voz quebrada.

Me coloqué sobre él de nuevo y bajé las caderas con una lentitud deliberada, sintiéndolo abrirse paso en mí centímetro a centímetro. Un gemido se me escapó de la garganta antes de que pudiera frenarlo, y se perdió en el rumor de las olas.

—Despacio —jadeó él, agarrándome la cintura—. Así.

Empecé a moverme. Arriba y abajo, marcando yo el ritmo, sintiendo cómo cada descenso me llenaba por completo. Apoyé las manos en su pecho y eché la cabeza atrás, ofreciéndole la garganta a la luna y mi espalda entera a la mirada de las rocas.

—No pares —pidió Tobías—. Por favor, no pares.

No tenía la menor intención. El placer me subía en oleadas, cada una más alta que la anterior, y la certeza de ser observada lo multiplicaba todo, lo volvía más intenso, más sucio, más mío. Me dejé caer sobre él, pecho contra pecho, y él aprovechó para girarnos.

Quedé de espaldas sobre la arena, con él entre mis piernas, hundiéndose en mí con embestidas que me arrancaban el aire. Le rodeé la cintura con las piernas y lo atraje más adentro. Por encima de su hombro, las estrellas. Y la sombra, todavía allí, testigo de cada uno de mis temblores.

—Mírame a mí —dijo él, confundiendo mi distracción.

Bajé los ojos hacia los suyos y entonces sí, lo miré, mientras un nudo de calor empezaba a apretarse en mi vientre, cada vez más fuerte, hasta volverse insoportable.

—Estoy... —no terminé la frase.

El orgasmo me partió en dos. Me aferré a su espalda, clavé los talones en la arena y dejé que un grito se me escapara hacia la noche abierta, sin importarme quién lo oyera. Sentí los espasmos recorrerme entera, una y otra vez, mientras Tobías seguía moviéndose, alargando mi placer hasta el límite.

Un par de embestidas más y él se tensó sobre mí, hundió la cara en mi cuello y se vino con un gemido ronco que me erizó la piel. Nos quedamos así, fundidos, respirando el mismo aire caliente, mientras el mar seguía rompiendo indiferente a nuestros pies.

***

Cuando recuperé el aliento, miré hacia arriba.

La silueta ya no estaba. Las rocas estaban vacías, como si nunca nadie hubiera estado allí, como si lo hubiera inventado todo el vino y la luna y mis ganas. Tal vez sí. Tal vez no había sido más que una sombra entre las piedras.

Pero yo sabía la verdad. Lo había sentido en cada centímetro de mi piel: el peso de unos ojos siguiéndome, viéndome entregarme sin reservas. Y lejos de avergonzarme, lo guardé como el secreto más caliente de aquellas vacaciones.

—¿En qué piensas? —preguntó Tobías, dibujando círculos en mi hombro desnudo.

—En que esta noche ha sido distinta —dije.

—¿Distinta buena?

Sonreí hacia la oscuridad de las rocas.

—Distinta de las que no se olvidan.

Él me besó la sien y susurró algo sobre el resto de la semana, sobre todo lo que aún podíamos hacer. Yo lo escuchaba a medias. Una parte de mí ya estaba pensando en la noche siguiente, en si volvería a la cala, en si alguien volvería a sentarse en lo alto de las piedras a mirar.

Y en si esta vez, quizás, yo querría que lo hiciera de cerca.

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Comentarios (5)

NocheEstrella

Increible!! me atrapó desde el principio

Nati_R

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber mas sobre quien estaba mirando desde las rocas

LuzMarina_ok

Me recordó a una vez en la playa de noche, esa sensacion de que te pueden estar viendo es adictiva jaja. Muy bueno!

Gonza_B

¿Y nunca supieron quien era? Me quedé con esa pregunta dando vueltas

Valentina_LT

Me encanto el final. Que algo así te excite en vez de asustarte dice mucho del personaje, muy bien logrado

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