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Relatos Ardientes

El piso piloto donde dejé que la miraran

El sábado pasado mi novia Mariana y yo fuimos a visitar la obra del apartamento que estábamos a punto de comprar. Teníamos dudas sobre cómo quedaría la distribución de las habitaciones y, sobre todo, nos hacía ilusión ver con nuestros propios ojos cómo se levantaba lo que sería nuestro primer hogar. Pensamos que lo mejor era ir hasta allí y comprobar in situ cómo empezaban a alzarse los tabiques.

Mariana es una chica preciosa. Tiene unas curvas que no pasan desapercibidas: pechos grandes y redondos, cintura estrecha y un culo respingón que parece dibujado a propósito. No lo digo solo porque sea mi novia; lo confirman todas las miradas de los hombres con los que se cruza. Para complacerme se viste de forma muy provocadora, con ropa ceñida y faldas cortas que dejan flotar la tela sobre la curva de sus nalgas. Y todo ese descaro contrasta con su cara de niña buena, lo que para mí la convierte en un ángel tremendamente sexy.

A veces dudo qué me pone más, si su figura espectacular o la admiración que despierta en los demás. Cuando veo que otros hombres la desnudan con los ojos, que sus caras reflejan deseo y murmuran entre dientes lo que le harían, se me llena el pecho de orgullo y un cosquilleo me recorre entero. Me da igual que sean jóvenes, casados o viejos babosos. Sé que todos darían lo que fuera por estar en mi lugar.

Es más, sentirme envidiado, saber que otros desean lo que yo tengo en exclusiva, me excita muchísimo. Cuando salimos a tomar algo, a comprar ropa o simplemente a pasear, voy buscando el momento adecuado para sobarla y besarla delante de la gente. Me gusta provocar esa envidia, y yo me encargo de darles motivos: le subo «sin querer» la falda para que asome el culito, o hago que sus tetas se bamboleen mientras bailamos pegados.

Mariana es tan inocente que no se da cuenta de mis artimañas. Cree que soy así de cariñoso y apasionado, sin más, y le encanta. Aunque por pudorosa, cuando nota que la gente nos mira, se incomoda y me aparta la mano. Yo insisto, claro. Y como ella no quiere seguir sabiéndose observada, llegamos a un trato: al llegar a casa me tiene que compensar. Con ese juego me aseguro un buen calentón en plena calle, a la vista de todos, y luego una recompensa de las buenas en la intimidad.

***

Aquel sábado en la obra solo quedaban un par de cuadrillas haciendo horas extra para redondear el sueldo. Un cartelón enorme con la recreación del edificio terminado y la frase «Visite nuestro piso piloto» señalaba la caseta donde nos había citado el comercial de la constructora. Hacia allí fuimos, sorteando montones de material por el suelo. Mariana llevaba unos zapatos de medio tacón poco prácticos para el terreno, así que avanzaba a saltitos, y cada salto hacía volar su vestido corto y lucir sus piernas.

Nos recibió un hombre de unos cuarenta años, traje formal y trato educado. Nada más saludarnos vi cómo sus ojos se iban directos hacia el pecho de Mariana. Antes de enseñarnos la obra, hizo gala de conocer cada detalle del edificio, las calidades de los materiales, los acabados. Y mientras tanto, no perdía ocasión de comérsela con la mirada. Ella llevaba un vestido escotado, ceñido a la cintura, un palmo por encima de la rodilla. Sin sujetador. La tela se apoyaba sobre la curva rotunda de sus pechos y, al moverse, se adivinaba que se balanceaban con total libertad.

El comercial se esforzaba por ser profesional, por crear buen rollo con nosotros, insistiendo en lo emocional de comprar un piso y en la calidad de vida que tendríamos cuando todo estuviera listo. Yo notaba que se enrollaba más de la cuenta, y sabía perfectamente por qué: no quería dejar de mirar a mi novia. Seguro que se preguntaba cómo serían esas tetas, de qué color tendría los pezones. Que sufra un poco más, pensé.

Mariana, ingenua como siempre, ni se enteraba de que el tipo alargaba la explicación como excusa para devorarla con los ojos. No es consciente de la seducción brutal que ejerce. Y yo disfruto viendo cómo pierden la compostura ante ella, imaginando lo bien que lo pasaré después, follándola sin freno.

Para los que no tienen tiempo de subir, el comercial tenía una maqueta algo destartalada con la que completaba sus explicaciones. Quiso usarla con nosotros, pero le pedí que mejor nos enseñara en persona el que sería nuestro piso. Según los planos encajaba con lo que buscábamos, pero queríamos verlo de verdad: la luz, las vistas, el ambiente.

—Sin problema —dijo, y nos encaminamos hacia el bloque, justo detrás de la caseta.

Al llegar a la escalera vimos que aún no había peldaños definitivos y nos advirtió que tuviéramos cuidado. Él iba delante, yo en medio y Mariana cerraba la fila. Al llegar al primer rellano empezaron las voces:

—¡Tía buenaaa en la obraaa! ¡Carne fresca! ¡Menuda nalgona!

—¡Voy para allá, que hoy tengo ganas de un conejito tierno!

—¡Cállate ya y vete a hacerte una paja, que tu mujer te tiene a régimen!

Y unas cuantas barbaridades más por el estilo. El comercial puso cara de fastidio, como queriendo dejar claro que aquello le parecía intolerable.

—Perdonad. No les hagáis caso, son unos sinvergüenzas —se disculpó, y seguimos subiendo.

Como por arte de magia, en el hueco de la escalera fueron apareciendo todos los albañiles. Sin disimulo, se comían a Mariana con la mirada. Los más atrevidos se agachaban para verle las piernas, el nacimiento de las nalgas y, con suerte, las bragas. Seguro que después apostaban por el color y por si eran tanga o no. A mí toda aquella situación, en apariencia incómoda, lejos de molestarme me hacía sentir dichoso. Cada episodio así confirmaba que tenía una novia capaz de levantar pasiones con solo aparecer.

Tras subir por aquella escalera de barandilla improvisada y escalones provisionales, llegamos al tercer piso. El comercial nos enseñó lo que podría ser nuestro hogar, que de momento era una superficie con tabiques a medio levantar y huecos sin ventanas.

—Esto será el salón, y aquí... el dormitorio —dijo, extendiendo los brazos.

Justo entonces le sonó el móvil. Se disculpó, se apartó unos metros y se le oía hablar. Mariana y yo nos abrazamos, contentos de imaginar que aquello sería nuestra casa. Estábamos tan ilusionados que empezamos a besarnos con ganas. Y, como era de esperar, toda la lista de piropos y guarradas que le habían dedicado terminó por notarse bajo mis pantalones.

Sabiendo que era muy probable que algún trabajador no quisiera perderse el espectáculo, la atraje hacia mí, le agarré una nalga por debajo de la falda y le di un buen beso. Mariana notó el bulto y me susurró al oído:

—¡Quieto! ¡Ahora no!... Daniel, ahora no, que pueden vernos.

—Tranquila... cuando cuelgue paro y disimulamos —insistí mientras le sobaba los pechos.

Como confía en que cumpliré, y como estaba emocionada imaginando el futuro en aquel sitio, me dejó hacer. Bajé la mano hacia su entrepierna, le levanté un poco la falda y la acaricié por encima de las bragas. Mariana se estremeció. Conozco bien lo que le gusta y siempre que puedo la llevo al límite. Disfruta cuando le meto mano en público, le encanta esa sensación de hacer algo prohibido, algo que la gente no aprobaría... pero dentro de unos límites, o eso cree ella. Sin saberlo, su placer servía de espectáculo a los mirones que nos rodeaban, y eso a mí me ponía burro.

Sin pensarlo, le metí un dedo bajo el elástico y tiré de las bragas para quitárselas, o al menos para poder acariciarle la raja directamente.

—No seas animal —me reprochó—. ¿Y si viene alguien y nos pilla?

No le hice caso y seguí hasta dejarla sin ellas. Me miró un tanto contrariada, pero me perdonó al ver que me las llevaba a la nariz para olerlas, demostrándole cuánto me gustaba su aroma. Lo que no podía confesarle era que, en el fondo, lo que más deseaba era que alguien nos estuviera espiando desde un rincón. Que hubiera un mirón observando cómo le metía la mano bajo la falda habría sido el broche perfecto. Volvimos a besarnos, y pensando que quizá hubiera alguien a su espalda, le sostuve la falda completamente levantada para dejar su culo expuesto a cualquiera que quisiera mirar.

Se oyeron los pasos del comercial de vuelta. Disimulamos, nos separamos un poco y fingimos que lo esperábamos distraídos.

—Bueno... ¿qué os ha parecido? ¿Os gusta? —preguntó.

—Sí, mucho —respondimos a la vez—. Esperamos disfrutarlo aún más cuando esté terminado y nos deis las llaves.

***

Empezamos a bajar y la escena se repitió igual que a la subida. Todos los albañiles encontraron de pronto algo que hacer cerca del hueco de la escalera, sin perder detalle de cómo Mariana descendía por los peldaños provisionales. Algunos se dieron cuenta de que no llevaba bragas y se les encendieron los ojos. Más de uno habrá visto fugazmente la curva de su culo y, quizá, también los labios carnosos de su coño perfectamente depilado, tal como le gusta llevarlo.

Mientras bajábamos, las voces volvieron:

—¡Estoy tan caliente que esta noche follo hasta con la parienta!

—¡Chaval, deja a la culona que suba aquí, te la devolvemos bien satisfecha!

—¡Eh, si quiere ver una verga de verdad, que suba al segundo y pregunte por mí!

—¡Menudo polvo le echaba yo a esa!

El comercial salió de la obra avergonzado por el comportamiento de sus hombres; mi novia, un poco molesta por todo lo que acababa de oír; y yo, más ancho que un pavo real, sabiendo que todos querían tirarse a Mariana y que solo yo podía.

Al llegar a la caseta de ventas nos sentamos alrededor de una mesa baja, en unos sillones que solo resultan cómodos para estar medio tumbado. Para sentarse derecho, o te apoyas en medio culo o te hundes sin remedio. El comercial siguió con su discurso hasta que descubrió que, en cualquier descuido, Mariana podía mostrarle de más entre las piernas. Le costó un mundo recuperar el hilo. Menos mal que no sabía que, además, estaba sin bragas.

Consciente del apuro en que se encontraba, decidí aprovecharlo. Le pedí una mejora en las condiciones de pago y algunos extras para el piso. Al principio se negó en redondo, alegando que no estaba autorizado a cambiar nada por escrito, y menos si suponía dinero. Pero en cuanto se percató de que Mariana tenía las piernas entreabiertas justo enfrente de él, enseñándole el coño, empezó a dudar y a «entrar en razón». Al final accedió a casi todo, con la clara intención de ganarse nuestro agradecimiento y alargar la visita.

Firmamos con las mejoras que queríamos. Mariana y yo salimos del lugar más contentos que unas pascuas, convencidos de que aquel era un día para celebrar. Habíamos aparcado el coche a un lado de la obra, y nada más llegar nos abrazamos y empezamos a besarnos con pasión. Ella, feliz por haber conseguido el piso; yo, feliz por lo mismo y excitado como un animal por lo que ya os imagináis.

—Estoy tan contento que mira cómo me he puesto —le dije, sacándome la polla dura y empinada.

Ella me miró con esa cara golosa que pone, extendió la mano y me la agarró con firmeza. Despacio, inclinó la cabeza y se la metió en la boca. Le dio un par de lametones y, antes de que yo dijera nada, se dejó caer sobre su asiento, reclinó el respaldo y susurró:

—Estoy tan feliz... por fin vamos a tener nuestro propio apartamento.

—¿Te imaginas viviendo aquí? —le pregunté.

—Tal como queríamos, y con esas condiciones tan buenas que sacamos hoy —dijo, mirándome con sus grandes ojos castaños—. ¿Sabes qué? No me importa si alguien nos ve. Estoy tan excitada que quiero follar aquí mismo, ahora. Anda, ven, hagámoslo ya.

No lo dudé un segundo. Me bajé el pantalón y me lancé sobre ella. Busqué con la punta de la polla, agarrándola con la mano, su raja prieta y apretada. Estábamos tan calientes que ni reparamos en que el coche seguía a un paso de la obra y que cualquier trabajador podía aparecer en cualquier momento y pillarnos en plena faena.

—¡Vamos, vamos, que puede venir alguien! —me apremió entre suspiros.

Encontré el sitio, empujé con decisión y la metí hasta la mitad.

—¡Ahhh! ¡Qué bestia, cómo me la clavas! —gritó por el empujón.

El grito me hizo parar un instante. La postura dentro del coche era incómoda para los dos. Además, debía asegurarme de que nadie nos había oído y venía a interrumpir. Miré a la izquierda, a la derecha... nadie... podíamos seguir. Saqué un poco la cadera, lo justo para coger impulso, y de otra embestida la clavé hasta el fondo.

—Ahhh, ohhh, ahhh... —gimió Mariana ante el envite.

Volví a mirar. Izquierda... derecha... y hacia atrás. ¡Vaya! Resultó que no estábamos solos. Por la ventanilla trasera vi la cara del comercial, desencajada, observándonos. Era evidente que el tipo se estaba haciendo una buena paja mientras nos miraba. Ver, lo que se dice ver, no podía ver mucho, porque yo estaba encima de Mariana y casi le tapaba el cuerpo entero. Pero con lo poco que alcanzaba, con lo que imaginaba y con lo que escuchaba, le sobraba para recordar la carita angelical de mi novia y cascársela a gusto.

—Uff, estoy sudando... voy a bajar un poco la ventanilla, que entre aire —le dije a Mariana sin dejar de bombear, ahora con un ritmo más acompasado.

—Sí, sí... pero tú no pares, ahora no pares —me suplicó entre jadeos.

—Claro que no, perrita mía. Te voy a follar con las mismas ganas que tenían los albañiles al verte. ¿Los oíste? ¡Las cosas que te decían! —le solté mientras la embestía sin contemplaciones.

—Sigue... no pares... ya me viene —dijo ella, encendida.

Había bajado la ventanilla a propósito, para que nuestro mirón viera mejor y oyera el ruido de mi cuerpo chocando contra el suyo. Qué gusto oír el chasquido de la piel con cada empujón.

—¿Te gusta, cariño? ¡Qué mojada estás! —le dije, regalándole el oído a ella y, de paso, al de fuera.

Lo oía jadear y resoplar mientras se la machacaba. Y me gustaba oírlo, porque sabía que deseaba estar en mi pellejo, follándose a una mujer tan hermosa como mi Mariana.

Me recreé en el sube y baja. Me pareció que el mirón llegaba al límite, así que me eché un poco a un lado, tapándole a mi novia la vista con mi cuerpo para que ella no lo descubriera, pero dejando que él viera cómo tenía el coño en ese momento: dilatado, jugoso, con los labios abiertos. Espero que te guste este regalito, pensé. Lo oí suspirar hondo: ya se había corrido. Volví a colocarme encima, la clavé poco a poco y me esmeré en un mete y saca de profesional, ampliando el ritmo, acompasándome con sus gemidos, exprimiéndole hasta el último jadeo antes de que se corriera. Que el comercial quedara convencido de que Mariana tenía a un hombre capaz de complacerla del todo, aunque ella tuviera esa debilidad de querer que los demás vieran y disfrutaran de lo nuestro.

Reconozco que no fue un polvo muy trabajado, pero lo pasamos en grande. Y mi dicha se completó al pensar que el vendedor nos había estado observando. Seguro que en la próxima visita a la obra se mostraría todavía más amable y dispuesto a complacer cualquier petición sobre nuestro apartamento, soñando con que luego obtendría otra recompensa como la de hoy.

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Comentarios (5)

NicoRdz22

Que relato mas morbosooo!! me encanto de principio a fin

PatriciaRomero

Me quede con ganas de mas. Por favor seguí con la historia, no puede quedarse ahi!

RamiroK_91

Lo lei dos veces jajaja. Tremendo. Esa sensacion de que te miran es un viaje, lo contaste muy bien.

MorbosoLect

excelente!!!

ViajeraOscura

Muy bien escrito, se siente super real sin caer en lo burdo. Ojala haya segunda parte porque quede picada jaja

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