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Relatos Ardientes

Lo que dejé ver en el probador no fue un accidente

Ha vuelto a pasar. Y no, no fue casualidad.

Los que me conocen ya saben que soy bastante morboso y que tengo una vena exhibicionista que me cuesta esconder. No es algo de lo que me avergüence, simplemente es así: la idea de que alguien me mire la polla sin que yo deba mirar a cambio me pone durísimo de una manera difícil de explicar. Esa mañana estaba aburrido en casa, dando vueltas sin nada que hacer, hasta que me acordé de que tenía pendiente cambiar unos pantalones que me habían regalado.

Motivo y ocasión. Me vestí despacio, eligiendo lo justo, y por supuesto lo hice sin ropa interior. Es un detalle pequeño, casi tonto, pero saber que debajo de la tela no llevo nada, que la verga me cuelga suelta rozando la costura con cada paso, me acompaña todo el día como una corriente baja de electricidad que me mantiene el rabo en una semierección constante. Me subí al coche y conduje hasta el centro outlet de las afueras, uno de esos sitios enormes con pasillos infinitos y demasiada gente buscando ofertas que no necesita.

El vale de regalo era de una tienda que se llamaba Vértigo, una de esas cadenas de ropa joven con música alta y luces frías. Entré, busqué a alguien del personal y pregunté cómo hacer el cambio. Me atendió una dependienta bajita, de formas redondeadas, nada delgada, pero con un maquillaje tan bien puesto que la volvía endiabladamente resultona. Tenía unas tetas apretadas contra el uniforme, una sonrisa fácil y una manera de mirar a los ojos que no era del todo profesional.

—Claro, sin problema —me dijo—. Coge lo que quieras y te lo pruebas con calma.

Agarré un par de pantalones al azar y me metí en los probadores. Pero fue un fracaso absoluto. Ninguno me quedaba como esperaba, y lo peor: no había nadie cerca, nadie a quien mostrarme, nadie que pudiera echarle un ojo a la polla que tenía suelta ahí dentro. Salí, dejé las prendas en el perchero de la entrada y volví hacia las estanterías a buscar otra cosa, un poco frustrado, la verdad.

Fue entonces cuando la misma dependienta me vio dando vueltas y se acercó a ofrecerme ayuda.

—¿No encontraste nada? —preguntó—. Ven, que estos modelos nuevos están mejor cortados.

Estuvimos un rato rebuscando entre las perchas. Ella sacaba un pantalón, lo sostenía a contraluz, lo descartaba, sacaba otro. Al final me puso dos en las manos y, con una sonrisa que se quedó colgada un segundo de más, me soltó:

—Estos te tienen que quedar bien. Y te van a hacer buen culo.

Me quedé de piedra. No me lo esperaba. Una chica que tendría veinte años menos que yo, por lo menos, diciéndome algo así, a media tarde, entre los percheros de una tienda. Sentí el calor subirme por el cuello y la sangre bajarme de golpe a la verga, que dio un tirón contra la tela del pantalón. Le di las gracias con una sonrisa torpe y me fui directo a los probadores con un objetivo muy distinto al de cambiar un pantalón: iba con la polla ya medio hinchada, empujando por salir.

***

Me metí en el tercer cubículo empezando por la pared del fondo, el de siempre cuando puedo elegir. Es el que mejor me sirve: queda en el ángulo justo para que, si dejo la cortina mal puesta, alguien que pase por el pasillo pueda ver más de lo que debería. Y eso hice. Colgué los pantalones, empecé a quitarme el abrigo, los zapatos, sin prisa, calculando cada movimiento, dejando un dedo de hueco entre la cortina y la pared.

En eso entraron dos mujeres con un carro de bebé. Las escuché antes de verlas. Por la conversación deduje que eran hermanas: una de ellas, la que empujaba el carro, era madre reciente y buscaba ropa para volver a sentirse ella misma después del embarazo. Hablaban de tallas, de lo que ya no le entraba, de lo cansada que estaba.

Una se metió en el probador contiguo a probarse cosas. La otra se quedó fuera, de pie en el pasillo, esperando, con esa cara de aburrimiento de quien acompaña a comprar sin comprar nada. Yo seguía a lo mío, terminando de descalzarme, y cuando levanté la vista la pillé mirando hacia dentro de mi cubículo por el hueco de la cortina.

Bingo. Una de las mías.

Se parecía a una actriz cuyo nombre nunca recuerdo, una morena de rasgos marcados, aunque ella tenía algo más de peso, los pómulos menos afilados y unas tetazas bastante más generosas que empujaban el jersey por dentro del abrigo. Treinta y pocos, calculé. Llevaba un abrigo grueso que pronto le iba a sobrar.

Al lío, pensé. Me desabroché el pantalón, dejé caer la bragueta y me lo bajé de golpe hasta los tobillos. Quedé completamente desnudo de cintura para abajo, la polla ya bien despierta colgando pesada entre los muslos, gruesa, la vena marcada, el glande empezando a asomar del prepucio. Un par de movimientos de cadera para que todo se recolocara en su sitio, como sin querer, y la verga se balanceó de un muslo al otro con un peso que noté yo también. Me giré despacio hacia la cortina con la excusa de descolgar uno de los pantalones nuevos. Me puse de medio lado, lo justo para que se me viera todo: la polla dura ya casi horizontal, los huevos colgando debajo, el pubis. Nuestras miradas se cruzaron un instante, y entonces bajé la mía hacia abajo, guiándola, marcándole sin palabras exactamente dónde quería que mirara.

Y miró.

No fue por el tamaño, eso lo tengo claro. Fue por lo inesperado de la situación, por encontrar una polla dura apuntándole al ombligo un martes cualquiera entre carros de bebé y pantalones de rebajas. Casi se le salen los ojos. Se le clavaron en el rabo, bajaron a los huevos, subieron otra vez hasta la punta y ahí se quedaron un buen rato. Abrió un poco la boca, como si fuera a decir algo, y no dijo nada. Se le escapó un suspiro corto que la delató. Tampoco apartó la cara.

Sin ningún disimulo por parte de ninguno de los dos, me agarré la verga con la mano, la sujeté por la base y con la otra mano me puse uno de los pantalones nuevos con una lentitud deliberada, obligándome a meter el rabo tieso dentro de la tela, abotonándolo a cámara lenta sobre el bulto obsceno que se dibujaba a la altura de la bragueta. Abrí la cortina del todo y salí al pasillo a verme en el espejo grande, el de cuerpo entero que había unos metros más allá. Pasé a su lado tan cerca que el bulto duro le rozó el dorso de la mano. Sentí su perfume, el roce del aire entre los dos y cómo se le cortó la respiración.

No me gustó cómo me quedaban. Y por el ligero movimiento de su cabeza, a ella tampoco. Compartimos esa pequeña complicidad absurda, la de opinar juntos sobre una prenda que a ninguno le importaba lo más mínimo. Lo único que le importaba a ella se le veía en la cara: quería volver a ver lo que había debajo.

***

Volví a entrar al probador y cerré la cortina todavía peor que antes, dejando una abertura descarada, casi un palmo. Me quité el pantalón otra vez de un tirón y, de frente a ella, completamente expuesto, me agarré la polla con la mano derecha y empecé a hacérmela. Despacio, muy despacio, el puño bajando hasta la base, subiendo hasta la punta, dejando que el prepucio se me retirara del todo y el glande brillara hinchado, ya humedecido por la primera gota de líquido que me subía por dentro. Sin teatro, sin exagerar. Solo lo necesario para que entendiera que aquello ya no era un accidente, que me la estaba machacando para ella y por ella, en medio de una tienda, un martes a las cinco de la tarde, mientras su hermana se probaba jerseys al otro lado del panel.

A la mujer le empezaron a subir los colores. Primero las mejillas, después el cuello. Se llevó una mano al pecho, sobre el abrigo, apretándose una teta como para contener algo. Se mordió el labio inferior y aguantó ahí, clavada, con los ojos fijos en la puñeta lenta que le hacía justo delante. En ese momento su hermana le habló desde el cubículo de al lado, preguntándole qué tal le quedaba lo que se estaba probando. Ella se asomó por encima del panel que separaba ambos probadores para responderle, y yo, sin soltarme el rabo, con la otra mano libre le pedí que esperara. Que no se fuera. Que aquello no había terminado.

Y esperó. Volvió a su sitio, en el pasillo, apoyada en el panel, mientras yo seguía moviendo el puño arriba y abajo por toda la longitud, apretando la base, tirando del prepucio hacia atrás con la yema del pulgar para que el glande le brillara aún más rojo. Le enseñé la polla desde todos los ángulos: de frente, luego girándome un poco de perfil para que viera el largo, luego levantándomela contra el vientre para que se me viesen los huevos hinchados y pesados que se me habían pegado al cuerpo del calentón.

Cuando oí que su hermana le decía «pruébate la otra», supe que tenía unos minutos. Era la señal para retomar lo nuestro. De frente a ella, seguí haciéndomela, más rápido ahora, la mano cerrando el puño con más fuerza, la piel resbalando sobre la piel con un ritmo cada vez más marcado. Le sostenía la mirada el tiempo justo para que supiera que sabía, y bajaba luego los ojos a mi propia mano, obligándola a hacer lo mismo. La vi tragar saliva. Vi cómo se le movía la garganta al tragar. Tuvo que quitarse el abrigo, porque el calor no lo aguantaba ya. Lo dobló sobre el brazo, y por debajo del jersey se le marcaron dos pezones tiesos empujando la lana, dos puntas duras que no había manera de disimular. Se abanicó un poco con la otra mano, respirando por la boca abierta.

Yo estaba llegando al punto de no retorno. Noté el cosquilleo subir desde los huevos, el rabo hincharse una barbaridad justo antes del disparo, y paré. Solté la polla y respiré hondo, con las piernas temblándome. No quería correrme así, no todavía, no tan pronto. Iba a dejarle un charco de leche en el suelo del probador y todo iba a terminar en dos segundos. Respiré, esperé a que se me pasara, y me puse el segundo pantalón con la misma parsimonia de antes, dejándolo todo a la vista hasta el último instante posible, la verga tiesa apuntando al techo mientras me subía la tela pierna a pierna, abrochándome solo cuando ya no quedaba nada por enseñar. Repetí la maniobra: abrir la cortina, salir al pasillo, caminar hasta el espejo.

Y entonces ocurrió algo que ni yo, con todo mi morbo, había previsto.

Mientras me miraba en el espejo, fingiendo evaluar el corte del pantalón, ella se acercó por detrás. Sentí su mano deslizarse por encima de la tela, primero sobre el culo, apretándome una nalga con descaro, después hacia delante, cubriéndome el bulto entero con la palma abierta, apretando la polla dura a través del pantalón, midiéndomela de arriba abajo con los dedos, una caricia breve, firme, descaradísima. Se me escapó un jadeo bajo. Ella apretó una vez más y la mano se le fue.

—Este te queda mucho mejor —me dijo al oído, en voz baja, y volvió a su sitio como si nada.

Su hermana, desde dentro, preguntó:

—¿Qué dices?

—Nada, nada. Cosas mías. Luego te cuento.

Puse los ojos como platos. ¿Luego le cuenta? ¿Le va a contar a su hermana que me acaba de sobar la polla por encima del pantalón? La sola idea de que aquello se convirtiera en una historia susurrada entre las dos, en el coche de vuelta a casa, con la palabra «polla» pronunciada entre risas bajas, me terminó de encender. Me metí de nuevo en el probador, me bajé el pantalón por tercera vez, y repetí la operación una última vez: la cortina mal cerrada, yo de frente, la verga otra vez fuera, más dura que en toda la tarde, con la punta ya mojada de precorrida chorreando un hilo transparente que se me quedó colgando del glande. Me la volví a agarrar, esta vez sin ningún disimulo, escupí en la palma para lubricar, y me la empecé a menear a un ritmo rápido, ya sin poder aguantar la lentitud de antes.

Ella, al otro lado del hueco, se abrió el abrigo del todo, se subió un poco la falda por el muslo y juntó los muslos, frotándolos uno contra otro con un movimiento lento y obsceno que no engañaba a nadie. Se estaba masturbando el coño contra su propia ropa, apretándose ahí abajo con la mano por encima de las bragas, y me lo estaba enseñando. Se mordía el labio y no me quitaba los ojos del rabo. Vi cómo movía la muñeca, cómo se apretaba a sí misma sobre la tela, cómo empezaba a jadear en silencio con la boca abierta.

Aguantamos así, mirándonos, los dos al borde. Yo con la polla en la mano, meneándomela con fuerza, apretando el glande cada dos pasadas, notando cómo se me tensaban los huevos y cómo se me subía la leche ya sin remedio. Ella con la mano metida entre los muslos, restregándose el coño por encima de la tela, jadeando bajito, poniendo cara de que se estaba corriendo también. La vi cerrar los ojos un segundo, apretar los labios, temblar. Se corrió ahí de pie, sin tocarse debajo, solo con el roce de su propia ropa y con mi polla delante. Y verla correrse me arrastró a mí. Apreté el puño una última vez, muy fuerte, alrededor de la base, y me solté el chorro entero: la primera corrida me subió disparada y aterrizó en la moqueta, la segunda cayó sobre mi propia mano, y la tercera y la cuarta me chorrearon por los dedos hasta la muñeca. Dejé la mano llena de semen caliente, el rabo aún palpitando, todavía escupiendo las últimas gotas.

Sin poder ni querer tocarnos más de lo que ya nos habíamos tocado con los ojos y con la ropa. Hasta que oímos a la hermana recoger sus cosas. El momento se cerró solo, como se cierran estas cosas: sin despedida, sin nombres, sin promesas.

***

Me limpié la mano y la polla con un pañuelo como pude, terminé de vestirme, recompuesto a duras penas, y salimos casi a la vez del pasillo de los probadores, ella empujando el carro del bebé, yo con los pantalones colgando del brazo y el calzoncillo que no llevaba puesto haciendo notar, todavía, cada roce de la costura contra la verga blanda y sensible. Me dirigí hacia las cajas. Allí me atendió la misma dependienta del principio, la bajita de la sonrisa fácil.

—Seguro que te quedaban bien —me dijo mientras pasaba el cambio, con un tonito que no supe si era inocente o todo lo contrario.

En ese instante pasaron las dos hermanas por detrás, camino de la salida. Y la mía, la que me había sobado la polla frente al espejo, sin frenar el paso y sin mirar atrás, soltó:

—Seguro que sí.

La dependienta levantó una ceja. Yo bajé la vista al mostrador y no dije nada, porque no había nada que decir que no me delatara. Cogí mi bolsa, di las gracias y salí al aire frío del aparcamiento con la polla todavía sensible dentro del pantalón, el corazón acelerado y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Menuda tarde más entretenida. Conduje de vuelta repasando cada detalle: la mano en el bulto frente al espejo, el «luego te cuento», los muslos frotándose y el coño corriéndose al otro lado de la cortina, mi propia leche en la moqueta del probador tres. Me pregunté si de verdad se lo contaría a su hermana, si aquella tarde se convertiría en una de esas anécdotas que se cuentan a media voz entre risas, con las palabras «polla», «gorda», «corrida» pronunciadas bajito para que no las oyera nadie más.

Ojalá ella leyera esto algún día y me reconociera. Ojalá me escriba. O cualquiera que lo lea y entienda de qué va esto, ese juego silencioso de mirar y dejarse mirar la polla, de pajearse a la vista del otro sin llegar a tocarse, ese placer de saberse observado sin tener que pedir permiso. Porque al final, lo confieso, no fui a cambiar ningún pantalón. Fui a que alguien me mirara la verga y a correrme mirándola a los ojos. Y vaya si miró. Y vaya si me corrí.

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Comentarios(9)

lectorx77

Buenisimo!!! de los mejores que lei este mes

Sofi_R

Por favor una continuacion, quede con ganas de saber que paso despues

ElRinconDeMateo

Me recordo a una situacion parecida en un local del centro, aunque yo no tuve el valor que tiene la protagonista jaja. Muy bien narrado

DiegoNqn

Y ella tambien miro de vuelta? me quede con la duda jaja

ValeriaOss

Ese morbo tan bien dosificado es dificil de lograr, enhorabuena. Sigue escribiendo!

totomdp

tremendo relato, corto pero intenso

NahuSur

Lo que mas me gusto es como esta narrado, sin apuros. Se nota que la protagonista sabe exactamente lo que quiere, tanto en el probador como al contarlo :)

TangoLoco99

jajaja el titulo ya lo dice todo, muy ingenioso

Marta_LR

Esperando el siguiente con ansias. Saludos desde aqui

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