Lo que veo en tu cámara cuando crees que duermo
Me gusta mirarte. Esa es la verdad que nunca te dije en voz alta, aunque los dos sabemos que es la columna sobre la que se sostiene todo lo nuestro. No me gusta tocarte tanto como me gusta verte, y a ti te gusta más ser vista que ser tocada. Por eso funcionamos. Por eso, cada noche a la misma hora, enciendo la pantalla y espero a que aparezcas.
Te conocí así, a través de una cámara. Una habitación que no era la tuya, una luz mala, un nombre que no era el tuyo. Mariela, decías que te llamabas, y yo fingía creerte. Tardé semanas en saber tu nombre real, y para entonces ya me daba igual. Lo que me importaba era ese ritual: la hora exacta, el clic, tu cara apareciendo de golpe sobre el fondo oscuro de tu cuarto.
Esta noche llegas tarde. Lo noto porque ya he mirado el reloj tres veces y la pantalla sigue negra, devolviéndome mi propio reflejo. Entonces, sin aviso, te enciendes.
—Perdón —dices, como si pudieras oírme, aunque sabes que no hace falta—. Se me hizo tarde.
No respondo. Nunca respondo al principio. Me gusta dejarte hablar sola, verte acomodar la cámara, buscar el ángulo, morderte el labio mientras decides cuánto vas a mostrar y cuánto vas a guardarte. Esa es la parte que más disfruto: el momento antes, cuando todavía no ha pasado nada y todo está por pasar.
Te quitas la bata y la dejas caer al suelo. Debajo no llevas nada. Tu cuerpo tiene el encanto de lo prohibido, y yo cargo dentro a todos los demonios que quieren condenarse contigo.
***
Empiezas despacio. Pasas la lengua por tus labios, lentamente, sabiendo que ese gesto me desarma. Después subes las manos hasta tus pechos, los agarras, los estrujas con una avidez que no es del todo actuada, y los aprietas hasta que el relieve de tus pezones se marca duro contra tus dedos.
Me inclino hacia la pantalla. La respiración se me espesa. Tú lo notas, o haces como que lo notas, porque sonríes hacia el objetivo con esa sonrisa que no tiene nada de inocente.
—¿Te gusta? —preguntas en voz baja.
Me gusta. Me gusta más de lo que debería.
Te tumbas sobre la cama, boca arriba, y la imagen se vuelve casi insoportable. Tus pechos rebotan apenas cuando te acomodas. Una de tus manos empieza a escurrirse por el centro de tu vientre, bajando despacio, dibujando el camino que mis ojos siguen como si yo mismo lo estuviera recorriendo con la lengua.
Llegas abajo y te detienes un segundo, solo para hacerme esperar. Sabes exactamente lo que estás haciendo. Me has educado bien, o quizá yo te eduqué a ti, ya no recuerdo quién enseñó a quién en este juego.
Después empiezas a moverte. Al principio son caricias suaves, casi distraídas, pero pronto el ritmo se acelera y de tu boca se escapan los primeros gemidos, leves, apenas un suspiro que se rompe a la mitad. Yo ya tengo la mano sobre mí, dura, esperando.
—Más alto —digo por fin, mi primera palabra de la noche—. Quiero oírte.
Y obedeces. Subes la voz, te desatas, te dejas ir sobre la cama con una entrega que no sé si es para mí o para ti misma. Tus pezones cada vez más duros. Tu sexo cada vez más húmedo bajo tus propios dedos. Te observo, te miro masturbarte, y siento cómo el deseo me hincha entre las manos mientras tú te retuerces sobre las sábanas.
***
Y entonces ocurre algo distinto.
Detrás de ti, en el borde oscuro de la habitación, donde la luz de la lámpara no llega, hay un movimiento. Una sombra que se separa de la pared. Me quedo inmóvil. No habíamos acordado esto. Nunca había habido nadie más en tu cuarto.
—No estás sola —digo, y mi voz suena rara, ronca, partida entre el morbo y un punto de celos que no esperaba sentir.
Tú diriges los ojos a la cámara y sonríes.
—No —respondes—. Esta noche no.
La sombra avanza. Es un hombre, o una mujer, no llego a distinguirlo y eso lo vuelve todavía más excitante: una figura sin nombre, sin rostro definido, que se acerca a la cama mientras tú sigues acariciándote sin parar, como una gata en celo dispuesta a liberar todo el ardor que lleva dentro.
Una mano que no es la tuya aparece sobre tu cadera. Otra te cubre un pecho y lo aprieta con firmeza, posesiva, marcando un territorio que yo creía mío y que de pronto comparto con un desconocido. La sombra se inclina y desliza la lengua por tu cintura, por tus costillas, por tu cuello, recorriendo cada centímetro del cuerpo que yo solo puedo mirar.
No me molesta tanto como pensé. Al contrario. Saber que hay otro par de manos donde yo no llego, que hay otra boca probando lo que para mí siempre fue solo imagen, me enciende de una manera nueva y vergonzosa. No soy el único que te mira desde la oscuridad. No soy el único que te desea con la respiración cortada. Y por algún motivo, eso lo hace mejor.
***
—Mírame —pido—. No dejes de mirar la cámara.
Y aunque la sombra te abre las piernas, aunque sientes que te penetra y el vaivén de ese cuerpo caliente empieza a empujarte hacia el borde, tú no apartas los ojos del objetivo. Me miras a mí. Estás con él, pero te corres para mí, y los dos lo sabemos.
Tu boca se abre. Sacas la lengua, mojada, y la dejas ahí un instante, ofrecida a una pantalla que no puede alcanzarte. Te meneas, gritas, te dejas follar sin oponer nada, dejando que todo fluya como si fuera yo quien estuviera sobre ti, dentro de ti, mientras tus pezones, duros como el acero, delatan hasta dónde has llegado.
La mano del desconocido sube hasta tu rostro. Te sujeta la cara con suavidad y lleva los dedos al hueco de tu boca. Los introduce despacio, los pasea por tus labios, y tú los chupas con los ojos clavados en la cámara, en mí, queriendo que yo vea cada detalle de lo que te están haciendo.
—Así —murmuro—. No pares.
El empuje se vuelve más fuerte. Tus jadeos se encadenan uno tras otro, sin descanso, hasta que ya no hay pausa entre ellos, solo un sonido largo y quebrado que sube de volumen. Sé que no aguantas más. Lo conozco, conozco ese punto exacto en que tu voz se afina y tu espalda se arquea, porque lo he visto cien noches y nunca deja de derribarme.
Te corres. Te corres con un grito que llena la habitación entera, mientras el cuerpo de la sombra sigue palpitando contra el tuyo y yo, al otro lado, estoy a un segundo de acompañarte.
***
Pero no terminas ahí. Nunca terminas a la primera, esa es otra de las cosas que aprendí de ti.
Te incorporas, todavía temblando, y te giras hacia la figura que te acompaña. Te arrodillas frente a ella sobre el colchón, sin dejar de mirar de reojo la cámara, y empiezas a chuparla mientras con una mano la ayudas a llegar al final. La escena se desordena, se vuelve sombra y piel y movimiento, y yo apenas distingo dónde empieza uno y termina el otro, pero distingo perfectamente tu cara, iluminada por la lámpara, entregada.
El desconocido termina sobre ti, sobre tus pechos, y tú lo recibes con la boca entreabierta y los ojos en alto, buscándome otra vez a través del cristal.
Y mientras haces todo eso, tu otra mano sigue trabajando entre tus piernas. No te detienes. Te masturbas de nuevo, vuelves a gemir, más, mucho más, los ojos fijos en el objetivo, mirándome con el deseo exacto de saber que yo también estoy a punto de caer.
Ese pensamiento te excita. Lo veo en cómo se te tensa la mandíbula, en cómo se te entrecierran los párpados sin llegar a cerrarse del todo. Saber que me tienes así, al borde, colgando de tu imagen, te empuja al segundo orgasmo de la noche.
—Sigue —digo, con la voz ya rota—. Sigue así. Quiero oírte. Quiero saber que vas a volver a correrte para mí.
Y lo haces. Te dejas ir una vez más, gritando, con la sombra desvaneciéndose ya en el borde de la pantalla, sola otra vez frente a la cámara, sola conmigo como al principio.
***
Después viene el silencio. Ese silencio espeso, satisfecho, en el que ninguno de los dos sabe muy bien qué decir.
Te quedas tumbada, recuperando el aliento, con un brazo cruzado sobre los ojos. La habitación vuelve a su quietud de siempre, y la figura que estuvo contigo ya no está, o nunca estuvo, o estuvo solo porque los dos quisimos que estuviera. Hay noches en que ni yo mismo lo tengo claro.
—¿Te gustó? —preguntas al fin, retirando el brazo, mirando directamente al objetivo.
Tardo en responder. Me gusta hacerte esperar a ti también, devolverte aunque sea una pizca de la tensión que tú me regalas cada noche.
—Me gustó —digo—. Mañana, a la misma hora.
Sonríes. Esa sonrisa cansada y cómplice que solo aparece al final, cuando ya no hay nada que actuar. Estiras la mano hacia la cámara, hacia mí, y por un instante tus dedos llenan toda la pantalla, como si pudieras tocarme a través de la distancia y los cables y todo lo que nos separa.
Después la imagen se apaga. Vuelve el reflejo, vuelvo yo, solo, frente a una pantalla negra que todavía guarda el calor de lo que acabo de ver. Y empiezo a contar las horas que faltan para volver a mirarte.