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Relatos Ardientes

Mi mujer y la pareja que nos miraba en la playa

Aquel fin de semana en Málaga nos cayó del cielo. Un proveedor de la empresa donde trabajaba en aquella época nos regalaba dos noches en un hotel a elegir, y mi mujer y yo escogimos la costa porque llevábamos meses sin escapar de Sevilla. El edificio era antiguo, de balcones altos y madera oscura, pero la habitación tenía vistas al mar. Lo primero que hice fue asomarme a la ventana.

Calculé distancias, miré los edificios de enfrente, busqué luces encendidas. Nada. Estábamos demasiado altos y el bloque más cercano quedaba a una calle de distancia. No íbamos a poder hacer el morbo del balcón.

—Esta vez nos toca ser aburridos —le dije, fingiendo decepción.

—Ya veremos —contestó ella, riendo desde la cama.

Cenamos en el restaurante del hotel, comimos rápido porque el viaje nos había vaciado, y subimos arrastrando los pies. Pero en cuanto cerré la puerta de la habitación, ella se giró y me besó como si llevara toda la noche conteniéndolo. Follamos despacio primero, después con prisa. Caímos dormidos sin separarnos.

Por la mañana se despertó cariñosa. Me buscó debajo de las sábanas, se enredó conmigo y no me dejó escapar hasta que vimos que íbamos a perder el desayuno. Bajamos al buffet con las piernas temblorosas y los ojos chispeantes. Después volvimos a la habitación a ducharnos, jugamos un poco bajo el agua, nos vestimos y cogimos el coche para ir a la playa.

Apenas habíamos aparcado cuando me agarró del muslo.

—Iván, vámonos al hotel —dijo—. Estoy ardiendo. Necesito follar.

No discutí. Volví a meter la llave en el contacto y conduje los diez minutos de regreso más rápido de la cuenta. Nos desnudamos al cruzar la puerta, casi rompiéndonos la ropa, y caímos en la cama. Su sexo estaba empapado como pocas veces lo recordaba. Follamos, nos lamimos, nos miramos a los ojos, y volvimos a follar hasta que el reloj nos avisó de que el comedor cerraba en media hora.

Mientras se vestía para bajar a comer, me miró desde el espejo.

—No me pongo bragas. Ni sujetador. Quiero ir suelta.

Sentí cómo el morbo me subía por la espalda. Bajo la falda corta, su sexo iba al aire. Bajo la blusa, sus pechos pequeños se marcaban en cada movimiento.

—Te vas a meter en un lío —le dije, ya con la voz ronca.

—Tú también —contestó.

Nos sentaron en una mesa de la esquina, junto a una ventana. Pedimos el menú y, en cuanto el camarero —un hombre de unos cuarenta y largos, alto, de manos finas y modales muy tranquilos— se alejó hacia la cocina, ella me agarró la mano y se la llevó al regazo.

—Mira.

Levantó la falda. Su sexo estaba ahí, sin protección de tela alguna, brillando bajo la luz blanca del comedor. Me llevó la mano hasta él. Lo tenía mojado. La acaricié sin perder el control, mirando hacia la cocina por encima de su hombro.

—No sé qué me pasa hoy, Iván. Estoy fuera de mí.

El camarero apareció con los entrantes. Saqué la mano. Ella se colocó la falda en un segundo y mantuvo la cara más inocente que pude verle en mi vida. Él dejó los platos, deseó buen provecho y se marchó. Ni un parpadeo.

Ella estaba decepcionada.

—No me ha visto.

—Está concentrado en el servicio. Desabróchate la blusa un par de botones. Cuando se incline a recoger los platos, se lo verá todo desde arriba.

Lo hizo sin pensarlo. Yo, mirándola de frente, no veía nada raro. Pero cuando me levanté y me situé donde él iba a estar segundos después, el hueco entre la tela dejaba al descubierto la curva entera de sus pechos, los pezones erguidos por el aire de la sala. Volví a mi silla con el corazón a tope.

Le acaricié el sexo cada vez que él se daba la vuelta. Cuando volvió a por los platos vacíos, ella ya no se bajó la falda. Se quedó con el sexo al aire bajo la mesa, las piernas ligeramente separadas. Él pasó el cepillito para retirar las migas. Mi lado quedó casi sin tocar. El de ella lo dejó como un escaparate. Se agachó. Se demoró. Sus ojos no podían no haber visto el vello suave entre las piernas de mi mujer y la silueta de los pezones bajo la blusa entreabierta. Pero no dijo nada. No movió un músculo de la cara. Profesional.

—Termina rápido —me susurró ella mientras nos servían el postre—. Súbeme.

Pasamos al lado del camarero y le dejé una propina que él no se esperaba. Subimos al ascensor casi sin tocarnos, conteniéndonos, y en cuanto se cerró la puerta de la habitación, ella se arrodilló y me bajó el pantalón.

—Esto está mal, Iván. Estoy más caliente que en toda mi vida.

Le quité la ropa, la subí a la cama, y le hice el amor con la calma de quien sabe que la tarde es larga. Mientras la follaba despacio, le hablé al oído.

—El camarero ahora estará pensando en ti. Te ha visto. Te ha mirado el sexo desde encima.

—Sí…

—Estará en algún cuarto, tocándose, recordando lo que ha visto.

—Sí, sí…

—Eres una calientapollas. Lo has dejado loco y no le has dicho ni una palabra.

—Tendrías que haberle dicho que subiera —murmuró, los ojos cerrados, las uñas en mi espalda.

—¿Quieres que llame? ¿Quieres una mamada con él aquí?

—Sí…

—¿Y si te quiere follar?

—Sí. Que me folle. Quiero…

Se separó de mí, se incorporó sobre los codos y me miró con los ojos vidriosos.

—Llama.

Cogí el teléfono de la mesilla. Marqué recepción. En el último momento, en lugar de pedir al camarero, pedí una botella de cava con dos copas. Colgué. Volví entre sus piernas y se la metí lento, susurrándole al oído que íbamos a tener compañía. Ella se cerró sobre mí en un espasmo, gimiendo que sí, que sí, que sí.

No habían pasado ni cinco minutos cuando llamaron a la puerta. Me puse el bóxer, le dije que se quedara como estaba —desnuda, abierta, con los pechos al aire— y abrí. Pero no era él. Era un chico jovencísimo, de no más de veintiún años, uniforme del hotel, bandeja en una mano. Se quedó congelado al ver lo que había detrás de mí. Casi se le cae todo.

—Pase —le dije, lo más natural que pude—. Déjelo en la mesa.

Apoyó la bandeja. Yo le cogí las copas. Mi mujer se incorporó sin esconderse, las piernas ligeramente cruzadas, los pezones erguidos, y le tendió la suya. Él, temblando, sirvió. Cerró la botella en la hielera. Murmuró «que disfruten» y salió disparado, con la cara del color del tomate.

Ella se rio.

—No era él.

—No. Suerte para el chico, mala suerte para ti.

—Pues a este también me lo habría follado.

—¿Y el otro?

—Iván, hoy me da igual. Quiero otra polla. Cualquiera.

Se puso de pie en la cama, me tiró del bóxer y derramó cava sobre mi sexo. Después se inclinó y empezó a bebérselo desde la fuente. La lengua, los dientes suaves, el frío contra el calor. Cuando ya no podía más, se tumbó y me ofreció lo mismo. Le vertí cava sobre el sexo y bajé. Le acaricié el clítoris con la lengua mientras le sorbía la copa hasta dejarla seca. Se vino retorciéndose, agarrándome la cabeza con las dos manos.

—Sigue, sigue.

Subí lamiéndole el vientre, el ombligo, los pechos pequeños y duros, el cuello. La penetré. Después me pidió que la dejara estar arriba, y se subió. Mientras cabalgaba, me miró desde lo alto.

—Iván, ¿te acuerdas de la mamada al mirón aquella tarde?

—Cómo voy a olvidarlo.

—Hoy quería mamársela al camarero del comedor. Y que me follara. Lo deseaba.

—Mamársela bien, pero follar sin condón no, ya lo sabes.

Se inclinó hacia el bolso y volvió con un cuadrado plateado entre los dedos.

—Esta vez sí he traído. Para que no nos pase lo del verano pasado.

Eso fue un golpe directo. La cogí por la cintura y la subí y la bajé sobre mí con más fuerza, mientras le hablaba.

—¿Entonces al chico del cava te lo habrías follado?

—Estuve a punto de tocarle el paquete cuando servía. Pero me dio miedo de que se asustara.

—Seguro que no habría dicho que no.

Se vino otra vez, con un gemido largo. Se dejó caer a mi lado, me cogió con la mano y empezó a masturbarme.

—Hoy estoy diferente, Iván. Me da hasta miedo.

—No te cortes. Hoy hacemos lo que quieras.

Se inclinó y se la metió en la boca. No tardé nada. Saqué justo a tiempo y la primera descarga le dio en la cara, cerca del labio. Normalmente había que pedírselo. Esa vez, lo quiso así.

—Iván, quiero probar otra polla. Solo he tenido la tuya.

—Yo también quiero verte con otro hombre.

—Solo le he hecho dos mamadas en mi vida.

—Tres. La del cine también cuenta.

—Esa fue medio segundo.

Nos reímos. Le pregunté si íbamos a la playa o nos quedábamos. Quería bañarse. Nos duchamos, nos vestimos otra vez —ella con bikini bajo el pareo, sin nada de ropa interior debajo— y cogimos el coche.

—Iván, mira.

—Joder. ¿Tú piensas en algo más hoy?

—Hoy no.

***

La playa estaba medio vacía. Era tarde y el sol bajaba lento. Extendimos las toallas a unos metros del agua. A nuestra izquierda, una familia con niños y dos matrimonios. A la derecha, a tres o cuatro metros, una pareja joven. Veintipocos, los dos. Ella en bikini blanco, él en bañador negro. Nos miraban desde el principio.

Mi mujer se puso boca abajo y le desabroché el sujetador del bikini para que tomara el poco sol que quedaba. La pareja seguía mirando. Vi cómo él, con una sonrisa de gato, le desabrochaba el sujetador a su novia y le asomaba un pezón al aire. Ella se lo tapaba riendo, sin mucho convencimiento, sin dejar de mirarnos.

Los matrimonios con niños empezaron a recoger. En diez minutos no quedaba nadie cerca, salvo la otra pareja y nosotros. Mi mujer se incorporó, se abrochó el sujetador y se dio la vuelta para tomar el sol por delante. Le pedí que se quitara la parte de arriba y me dijo que no, que no había visto a nadie en topless.

—Ahora no hay nadie.

—Da igual.

Yo seguía mirando a la pareja. Él volvió a tirar de la cinta del sujetador de ella, y esta vez no se lo tapó del todo. Después fue a por las bragas del bikini. La chica protestó entre risas, sujetándose una cosa con una mano y otra con la otra, ofreciéndome destellos de su sexo y de sus pezones mientras forcejeaba. Pero no se movió. No se tapó. Me miraba directamente a los ojos.

Acabó desnuda. Sentada en posición de indio sobre la toalla. Pechos pequeños, clavículas marcadas, vello recortado. Él se sacó la polla por un lado del bañador, dura y recta, y se tumbó al lado de ella. Ella se la cogió y se la empezó a menear lento, sin perderme de vista.

Yo no podía dejar de mirarlos. No miraba a mi mujer. Hasta que de pronto sentí su cara pegada a la mía.

—¿Te gusta lo que ves?

—Sí.

—A mí también.

Me besó. Su mano se metió por mi bañador, me sacó la polla por encima, y bajó la cabeza para metérsela en la boca. Vi cómo la pareja se daba cuenta y reaccionaba. La chica se llevó la polla del novio a la boca sin dejar de mirarnos. Era una competición silenciosa.

Mi mujer se sacó la polla un segundo.

—Quítame las bragas del bikini.

Tiré del lazo de un lado y del otro. Las bragas cayeron. Volvió a mi polla, mamándome, mientras le acariciaba el clítoris con dos dedos. Los otros dos se fueron arrastrando por la arena hacia nosotros, hasta quedar a menos de un metro. Él tumbado a mi lado, ella sobre él, mamándole.

La chica sacó la polla del novio y la ofreció hacia mi mujer, sujetándola por la base. Mi mujer negó con la cabeza, sin soltar la mía. Le dije al oído que se la mamara, que era solo eso, pero volvió a negar. La chica se rio y se la volvió a meter en la boca.

Entonces mi mujer me sorprendió. Se incorporó, se colocó de espaldas a mí, levantó una pierna y me pidió que la penetrara. Quedó casi pegada al novio. Él, sin pedir permiso, le acarició un pecho con la yema de los dedos. Mi mujer no se apartó. La chica, encima de él, nos miraba follar sin dejar de moverse sobre la polla del suyo. Su mano cruzó hacia el pecho libre de mi mujer. Tampoco la rechazó.

—¿Intercambiamos? —dijo ella.

—No —contestó mi mujer rápido.

La chica no se ofendió. Siguió jugando con el pecho de mi mujer y, después, le bajó la mano hasta el sexo. Tocaba a mi mujer y, de paso, me rozaba la polla a mí cada vez que entraba y salía. Le encontró el clítoris y se quedó ahí, frotándoselo. Mi mujer se vino en cuestión de medio minuto, con un grito ahogado, agarrada a mi muslo. Después dijo basta. Los dos retiraron las manos.

Le pedí a mi mujer que les devolviera la cortesía. Sin muchas ganas, mientras yo seguía follándola, alargó la mano y le tocó un pezón a la chica. Eso fue suficiente. Se corrieron los dos casi a la vez. Yo, un minuto después.

Nos quedamos los cuatro tumbados, mirando el cielo, oyendo el mar. Cuando me incorporé, ella ya estaba poniéndose el bikini. Él me sonrió.

—A ver si nos vemos otro día y jugamos algo más.

—Eso espero.

Recogieron sus cosas y se fueron. Mi mujer se quedó desnuda sobre la toalla, los pechos al aire, la arena pegada a la espalda.

—Quedémonos un rato más.

—Si no, no cenamos.

—Pues que sea pizza.

***

Volvimos al coche con el sol ya bajo. De camino al hotel paré en una pizzería de barrio. Mi mujer se quedó en el asiento del copiloto, y cuando entré al coche con el pedido en marcha —quince minutos, había dicho el chico— ella se retiró el pareo y me enseñó que se había quitado las bragas del bikini en algún momento entre la playa y la pizzería. Su sexo brillaba contra el cuero del asiento.

Miré a la acera. Pasaba gente. Bastante. Pero la calle estaba mal iluminada y los faros del coche apagados.

Metí la mano entre sus piernas con disimulo. Estaba goteando. La masturbé despacio, mirando de reojo a cada peatón. Si alguno se asomaba, si alguno bajaba la vista en la dirección correcta, la vería entera. Algunos pasaban a un metro de la puerta.

—¿Sigues? —me preguntó, cerrando los ojos.

—Sigo.

Estuve mucho rato. Su respiración subía y bajaba, los muslos le temblaban, las caderas se le movían hacia mi mano. Estaba a punto cuando oí una voz justo en mi oído.

—Ya la tienes hecha.

Me giré de golpe. El pizzero, un tío de unos treinta y pocos, estaba inclinado sobre la ventanilla con cara de no creerse lo que acababa de ver. Saqué la mano sin prisa.

—Ya voy.

Salí del coche. Le pagué dentro de la pizzería, mientras él me miraba con media sonrisa.

—Muy guapa tu novia.

—No es mi novia.

Antes de que terminara la frase, él se rio.

—Ya me he dado cuenta. Es una putilla. ¿Cuánto cobra?

—Para mí, gratis.

Cogí la caja y salí. Cuando arranqué el coche, mi mujer miró hacia la puerta de la pizzería. El tío seguía ahí. Ella se levantó el sujetador del bikini un segundo, le enseñó los pechos, y le dijo «te lo pierdes» con los labios. Después se cerró riendo.

—Eres incorregible.

—Hoy sí.

Llegamos al hotel. Bajó del coche con el pareo medio anudado y el bikini blanco entrevisto. En el pasillo, hacia la habitación, fue subiendo el pareo. Cuando llegamos a la puerta, se lo desaté y se cayó al suelo. Lo dejé ahí.

Comimos la pizza casi sin masticar y después nos comimos nosotros. Volvimos a recordar todo, una y otra vez. La pareja de la playa. El camarero. El chico del cava. El pizzero. Cada paso. Cada mirada que no habíamos respondido y cada una que sí.

Aquella noche fue la última de esa intensidad. Por la mañana volvimos a Sevilla. Ella ya llevaba dentro a nuestro primer hijo, aunque entonces todavía no lo sabíamos.

Después vinieron los niños, la rutina, los años. Algún destello, pero nada parecido. Lo intentamos retomar más tarde, cuando los críos ya eran mayores, y duró poco. Acabamos divorciados. Pero aquella tarde en Málaga sigue ahí, intacta, cada vez que alguien me pregunta cuál fue el día más extraño de mi vida.

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Comentarios (3)

NachoPunta7

tremendo relato, no lo largue hasta el final. esas situaciones se sienten tan reales...

LunaRoja_mx

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de saber que paso despues

Roberto_BA

me recordó a unas vacaciones en Mar del Plata que tuve hace años jaja, la tension que describe es increible

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