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Relatos Ardientes

La noche que paseé a mi mujer desnuda por la avenida

Cuando conocí a Camila trabajaba como promotora en ferias de autos, así que estar bajo las miradas no le era ajeno. Aun así, su ropa de calle era más sobria de lo que uno hubiera imaginado: jeans ajustados, blusas con escote moderado, sandalias bajas. A mí nunca me terminó de gustar verla en pantalón. Le quedaban bien, pero hay algo en una falda corta que un jean nunca va a lograr.

Empezó a vestirse distinto cuando llevábamos seis meses saliendo. Faldas que apenas le cubrían las nalgas, vestidos de tirantes finos, blusas que se le abrían cuando se inclinaba. Lo que más me prendía no era la prenda en sí, sino la cara que ponía cuando le silbaban en la calle. Una mezcla rara de incomodidad y orgullo, como si una parte de ella odiara la atención y otra parte la buscara.

—¿Sabes lo que me molesta? —le dije una noche, mientras volvíamos en taxi por la Carrera Séptima.

—¿Qué?

—Que uses tanga debajo de los vestidos cortos. Estorba.

Se rió como si fuera una broma, pero a la semana siguiente, antes de salir, me preguntó si lo había dicho en serio. Le dije que sí. Le hice un oral largo encima de la mesa de la cocina, hasta que aceptó dejar la ropa interior en el cajón. Salimos a cenar con el vestido más corto que tenía y una sonrisa nerviosa que no se le quitó hasta el postre.

En el bus, al volver, me apoyé contra ella y deslicé la mano por debajo del dobladillo. Estaba mojada desde la puerta del restaurante. El conductor la miraba por el espejo retrovisor cada vez que el bus pegaba un frenazo y ella cruzaba las piernas con cuidado para que la tela no se le subiera del todo. No se le subió. Pero faltó muy poco.

Después de esa noche se volvió una regla. Si el vestido era corto, no llevaba nada debajo. Y a Camila, que decía no ser tan atrevida, le empezó a gustar el morbo de saberse expuesta delante de extraños.

***

El sábado en que todo se descontroló empezó como cualquier otro. Le pedí que se pusiera un vestido negro que apenas le tapaba el culo. Se lo puso sin discutir, pero cuando subimos al taxi para cruzar el centro y le pasé la mano entre las piernas, descubrí que llevaba una tanguita de encaje muy fina.

—Es que me dio cosa salir así, sin nada —susurró pegada a mi oreja.

—Está bien —le contesté—. Pero hay consecuencias.

Me miró sin entender. Yo todavía no sabía qué consecuencias. Las fui inventando a lo largo del día.

Almorzamos en un sitio del barrio La Macarena. Cuando el camarero se acercó a tomar el pedido, le bajé la copa del vestido y le saqué un pecho por encima del escote. Camila se mordió el labio y no se lo volvió a meter hasta que el chico se fue. Después caminamos por la zona de tiendas. Cada cuatro o cinco pasos el vestido se le subía y ella intentaba bajarlo. Yo, varias veces, le sujeté la muñeca para que no pudiera. La gente miraba. Algunos disimulaban. Otros no.

Cuando volvimos a casa, los dos estábamos al borde. Camila me agarró del cinturón antes de que cerrara la puerta. Se agachó en el rellano con el vestido arrugado en la cintura y me la sacó ahí mismo. Dejé la puerta entreabierta a propósito. Pensé en los vecinos del frente, que tienen la cocina con vista al pasillo. No vi a nadie. Pero igual la dejé abierta.

Después la levanté del brazo y la llevé al dormitorio. Le saqué la tanguita, que ya estaba empapada, y se la guardé en el bolsillo del pantalón. Ella se abrió de piernas y me apoyó los tacones en el pecho. Me arrodillé entre sus muslos y le comí el sexo hasta que empezó a temblar. Justo cuando estaba por venirse, me levanté.

—Te dije que habría consecuencias —le repetí.

Camila tenía esa cara de calentura mezclada con rabia que me ponía durísimo. Se mordió los labios y me preguntó qué tenía que hacer para que se la metiera. Me reí en voz baja.

—Vas a cumplir varias tareas —le dije.

La primera fue ponerse un conjunto de lencería negra que le había regalado meses atrás: un porta ligas con tirillas finas, unas medias hasta medio muslo y nada más arriba. El sostén lo dejé sobre la cama. La tanga, que era del mismo juego, ya la tenía yo en el bolsillo.

—Obvio no me la vas a devolver —me dijo, mirándome al espejo.

—Obvio no.

Le expliqué que esa era toda la ropa que iba a usar el resto del día. Camila se quedó un segundo en silencio, evaluando si protestaba o no. Después se acomodó las medias, se calzó unos tacones altos y bajó conmigo a la cocina.

***

Estuvimos preparando la cena durante un par de horas. Yo, cada tanto, le pasaba la mano por las nalgas desnudas o le mordía un pezón mientras ella cortaba cebolla. Le tomé fotos con el celular: contra el mesón, agachada para sacar una sartén del horno, riéndose con los labios mojados. Tenía las tetas casi explotando hacia arriba por el porta ligas, y entre las medias y los tacones parecía sacada de una película que nadie debería ver.

Faltaban condimentos. Le dije que fuera a la tienda de la esquina.

—Estás loco —me contestó, sin reír.

Le di permiso de ponerse encima el vestido negro de la mañana. Cuando se miró al espejo se le escapó una risa nerviosa: con el porta ligas debajo, las tetas le saltaban todavía más por el escote y el vestido le quedaba aún más corto, porque el porta ligas se lo levantaba unos centímetros. Las medias terminaban a mitad de muslo, y entre el borde de las medias y el borde del vestido quedaba una franja de piel desnuda imposible de ignorar.

—Si alguien se propasa, va a ser tu culpa —me dijo, agarrando las llaves.

La grabé desde la ventana del comedor cuando cruzó el patio interior del edificio. El vestido se le subió en el segundo paso. No se lo bajó. Me vio grabando y me sacó la lengua antes de salir a la calle.

Tardó diez minutos largos. Cuando volvió, traía dos bolsas en cada mano y el vestido más arriba todavía. Cerró la puerta con la espalda y me contó, en voz baja como si todavía la pudieran escuchar, lo que había pasado.

La tienda era chica, había cola. Para entrar hay que subir un escalón. Cuando lo hizo, un grupo de tipos sentados en una banca del andén la siguieron con la vista. Uno sacó el celular. Adentro, la fila era estrecha. Cada persona que pasaba por su lado se rozaba más de lo necesario. En algún punto sintió una mano abierta tantearla por debajo del vestido y no dijo nada. El tendero, que la mira siempre con los ojos demasiado abiertos, esta vez parecía a punto de tropezar con el mostrador. Cuando Camila se vio reflejada en el vidrio de la nevera, se dio cuenta de que uno de los pezones se le había salido sin que se enterara. Se lo metió como pudo. Para entonces, las bolsas estaban llenas. Cuando salió, los del andén le aplaudieron. Los albañiles del edificio de enfrente le gritaron una sucesión de cosas que prefirió no repetir.

—Esos son los chicos de la obra —le dije, asomado a la ventana—. Llevan dos meses esperando este momento.

—Eres un hijo de puta —me contestó, besándome.

Le saqué el vestido en el comedor. Tenía las piernas húmedas hasta el inicio de las medias.

***

A medianoche, ya con la cena hecha y la mitad de una botella encima, Camila me preguntó cuánto más pensaba torturarla. Le dije que faltaba lo importante.

Subimos a la azotea. Tenemos un edificio de cuatro pisos, y desde la terraza se ven las ventanas de los vecinos del frente. La del señor de la esquina estaba apagada. La del piso de los estudiantes, también. Le tomé fotos a Camila con la ciudad de fondo, las luces lejanas y el porta ligas brillando bajo la luna. En algún punto dejé el celular y ella se arrodilló frente a mí y me la chupó como si fuera la última vez. Sentí el frío del cemento en las rodillas. Ella sentía otra cosa.

—Hazme aquí —me dijo—. Seguro alguien nos ve.

Me metí entre sus tetas en lugar de penetrarla. Estaban tan apretadas por el porta ligas que no aguanté ni dos minutos. Me corrí sobre el escote y ella se llevó la leche a la boca con dos dedos. Después bajamos.

A las tres de la madrugada, con la calle ya muerta, le devolví el vestido negro y le dije que se lo pusiera. Le advertí que esa noche se había portado como una puta desobediente y que tenía que pagar el castigo si quería que se la volviera a meter. Que las putas no tienen vergüenza de nada y que iba a tener que comprobarlo.

—Acepto —me dijo. Tenía los ojos brillantes.

Salimos a la calle. La esquina de mi cuadra desemboca en una de las avenidas más transitadas del barrio, pero a esa hora pasaban autos cada dos o tres minutos. Le pedí que se parara en la esquina como si esperara un taxi y que, en cuanto pasara el primer auto, se quitara el vestido.

Me ubiqué a media cuadra, grabando. Camila esperó, miró a ambos lados y, cuando vio acercarse un taxi, se sacó el vestido por la cabeza de un solo tirón. El taxista pegó un volantazo, casi se sube al cordón y no se atrevió a frenar. Camila se quedó parada en la esquina con el porta ligas, las medias, los tacones y nada más, riéndose como una loca. Después corrió hasta donde yo estaba, sin el vestido, descalzándose un tacón en el trayecto.

—Estás enferma —le dije, recibiendo el vestido en la mano—. Falta una más.

La hice cruzar la avenida hasta el otro lado y volver caminando sola. Yo me quedé del lado nuevo, grabando. La calle estaba oscura, los árboles tapaban algo, pero no todo. Vio venir a una pareja desde la acera opuesta y se lanzó a cruzar. La mujer la insultó en voz alta cuando pasó cerca. Un bus de pasajeros le pegó dos bocinazos cuando ella ya estaba en mitad de la calle, los tacones repiqueteando sobre el asfalto.

Cuando llegó a mi lado, todavía le temblaban las manos. Me agarró por encima del pantalón y empezó a apretar.

—Falta una sola cosa más —le dije.

La paré contra la pared de un edificio y me puse detrás de ella. Le susurré que esperara. Cuando se acercó la primera camioneta —una pickup vieja con dos tipos en la caja abierta de atrás—, le bajé el porta ligas hasta los tobillos de un tirón. Camila intentó cubrirse con las manos, pero ya era tarde. Los dos tipos de la caja la vieron entera. Silbaron, golpearon el techo de la cabina. Le gritaron cosas que no se distinguían bien. La pickup siguió de largo.

Camila se quedó desnuda, con el porta ligas en los tobillos, solo las medias y los tacones puestos. Le pasé el brazo por la cintura.

—Caminamos así hasta casa —le dije.

***

No alcanzamos a llegar. A media cuadra de la puerta no me aguanté. La empujé contra un camión estacionado, le levanté una pierna sobre el guardabarros y se la metí ahí mismo. Camila empezó a gemir alto, demasiado alto. Una luz nos pegó en la cara. Era la misma pickup, que había dado vuelta a la manzana y volvía a pasar. Me quedé quieto, pegado a ella, sin sacar nada.

La camioneta avanzó despacio. Pensé que iba a parar. No paró. Pero antes de doblar, uno de los tipos de atrás se asomó y gritó algo que sonó parecido a «qué envidia». Se estacionaron a la vuelta de la esquina.

Esperé. Camila me clavó las uñas en el cuello.

—Termina ya, antes de que vengan ellos —me dijo al oído.

Ahí dejé de pensar. La embestí hasta vaciarme dentro, sin importar el ruido que hacíamos contra la chapa del camión. Cuando terminamos, la pickup seguía estacionada a media cuadra, pero nadie había salido. No supimos nunca si nos habían visto otra vez o si simplemente se quedaron esperando que empezáramos de nuevo.

Caminamos las últimas casas pegados, ella con el vestido en la mano y yo con el porta ligas hecho un nudo en el puño. En la puerta del edificio, antes de entrar, Camila se dio vuelta y miró la pickup una última vez.

—La próxima vez —me dijo— les bajamos la ventanilla.

Desde esa madrugada no volvió a usar ropa interior bajo los vestidos cortos. De vez en cuando me rompe la regla a propósito, solo para ver qué castigo nuevo se me ocurre.

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Comentarios (4)

Gustavo_mdq

Tremendo!!! me dejo con ganas de mas, por favor que haya continuacion

CuriosaNoche

Las tres de la madrugada en plena calle... que locura. Me encanto como lo contaste, se siente el corazon acelerado solo de leerlo

NaiaraBs

Segunda parte ya!!!

lector_nocturno99

Increible relato, me recordo a una salida nocturna con mi pareja hace años jaja. Esos momentos quedan grabados para siempre. Muy bien narrado

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