Mi prometida bailó en lencería ante los mirones
Nos comprometimos un viernes por la noche, lejos de la ciudad, con el único testigo de la oscuridad y de lo que ya llevábamos construido juntos. Ese fin de semana tuvo sus propios excesos —detalles que quedaron entre nosotros y las sombras de la calle—, y cuando llegó el lunes nos encontramos de vuelta en las oficinas donde hacíamos nuestras prácticas: somnolientos, con las marcas del viaje todavía en la piel y la complicidad silenciosa de quienes comparten secretos que no caben en palabras normales.
Valeria se me acercó mientras ordenábamos documentos. En voz baja, me dijo que esa tarde pasaría a buscar algo de lencería. Que quería empezar a practicar.
—Practica conmigo —le dije, en broma.
Ella sonrió de lado.
—Este baile es para Diego y los demás —dijo, guiñándome el ojo—. Mariana viene conmigo a elegir. Son diez años de amistad, ya sabe lo que necesito.
—Tu supervisora va a saber que andas de caliente —le dije.
—Mi supervisora cree que voy a hacerme las uñas —respondió, dándome la espalda.
***
El miércoles nos escapamos antes de que terminara el turno. Quería ver el lugar de día, antes del sábado, entender con qué contaba. Pasamos por su apartamento para que se cambiara y fuimos hasta la zona de talleres viejos: esa manzana que llevaba años abandonada entre la avenida principal y las vías del tren, donde Miguel y los suyos vivían bajo una especie de acuerdo no escrito que todos respetaban.
Miguel se sorprendió de vernos al atardecer, en lugar de de madrugada. Valeria le explicó que quería recorrer el terreno antes del baile del sábado, ver dónde podía moverse, qué había disponible en el lugar.
Empezamos a caminar por la manzana. A mitad de cuadra, Valeria señaló un espacio abierto entre dos paredes de ladrillo, pero Miguel la frenó, tomándola del brazo con suavidad.
—Ese espacio es de Tomás —dijo—. No podemos entrar sin avisar.
Nos explicó que cada zona era territorio. Lo que habíamos creído un espacio libre tenía dueño, y el respeto entre los grupos era la única ley que funcionaba ahí. Tenía sentido: las veces que Valeria se había exhibido en ese lugar, los grupos más alejados solo habían observado desde sus sitios. Nunca se habían acercado.
Miguel fue hasta el fondo de la manzana a hablar con Tomás. Tardó diez minutos. Volvió con la respuesta: que sí, pero que Tomás quería estar presente.
Regresamos a la zona de Miguel y Diego. Él aprovechó para apoyar la mano en el pecho de Valeria —casi un saludo ya rutinario— y preguntarle qué tenía preparado.
—Algo sencillo —dijo ella—. Pero necesito que me consigan una superficie. Una especie de mesa a la altura de la cintura.
—¿Para qué? —preguntó Diego, desde atrás.
—Ya van a ver —dijo Valeria.
Miguel se comprometió a buscarlo. Caminando de regreso al auto, Valeria me contó que había decidido cambiar el final que tenía planeado originalmente: la presencia de Tomás modificaba la coreografía. El final que guardaba para Miguel y los otros seguía en reserva.
—¿Diferente cómo? —le pregunté.
—Lo ves el sábado —dijo, guiñándome el ojo.
***
El sábado llegó. Pasé a buscarla a las ocho de la noche. A sus padres les dijimos lo de siempre: que íbamos a una reunión con amigos. En el auto ella ya hacía lo habitual: sacó del bolso un vestido negro muy corto, de una talla menos, y se cambió mientras yo manejaba. Cuando llegamos al lugar, terminó de acomodarse el vestido y sacó de una bolsa oscura unos tacos de aguja color granate.
Llevaba también una bolsa de tela que no me había dejado ver.
—¿Qué hay ahí? —le pregunté.
—Lo que voy a usar —dijo, y se bajó del auto.
Miguel nos esperaba en la entrada de la manzana. Diego y Javier estaban más atrás, hablando entre ellos. Tomás se quedó en su zona pero se acercó cuando nos vio llegar.
Valeria les explicó el plan: baile corto, con interacción al final. Miguel le dijo que no importaba si era corto, que con verla de nuevo les bastaba. Tomamos el parlante bluetooth que habíamos traído y fuimos hasta el espacio de Tomás.
En el centro del lugar, Miguel había conseguido lo que ella había pedido: un carrete de madera de los que usan para enrollar cable industrial, enorme, que alguien había arrastrado desde quién sabe dónde.
—¿De dónde lo sacaron? —preguntó Valeria, con los ojos abiertos.
—Apareció —dijo Miguel, encogiéndose de hombros.
Ella lo probó: se recostó sobre la parte plana con la cadera en el borde y las piernas colgando. Se incorporó.
—Sirve —dijo—. Tiene buena altura.
Los cuatro hombres hablaban entre ellos. Valeria me besó, me dijo que me amaba y que iba a empezar. Desapareció detrás de una pared de ladrillos.
Esperé casi diez minutos.
Me mandó un mensaje pidiendo que pusiera «Hawái» de Maluma, versión completa, que ya la tenía descargada. La busqué, la puse.
Salió.
El primer segundo en que la vi no lo puedo describir bien. El liguero era de un rojo granate casi bordó, con un detalle de flores pequeñas bordadas en la tela. El bralette tenía las copas completamente abiertas: sus pechos descansaban sobre el aro inferior, levantados, los pezones al aire. La parte de abajo era una tanga del mismo color, pero la zona del pubis era de tela tan fina que se traslucía. En el monte de Venus, una pequeña flor bordada.
Los cuatro hombres dejaron de hablar al mismo tiempo.
Subió al carrete y empezó a moverse.
No bailaba para excitar de golpe. Bailaba para mantener la atención suspendida, para que nadie pudiera apartar los ojos. Llevaba las manos al cabello, bajaba las palmas por el cuello y los costados, se giraba lentamente para mostrar la espalda. Movía las caderas en círculos suaves, sin apuro. Se arrodilló, apoyó el pecho contra la madera y levantó las caderas hacia arriba. Se puso de pie. Con un dedo levantó el borde de la tanga que cubría uno de los glúteos y lo soltó.
Nunca la había visto tan concentrada en nada.
Cuando la música terminó, nadie habló durante unos segundos. Fue como salir de algo.
Pero no había terminado.
Antes de que yo reaccionara, me pidió que pusiera «Bombón» de El Alfa, la versión larga. El cambio fue inmediato. Si la primera parte había sido para contemplar, esta era para sentir. Empezó a moverse entre los hombres, los incluyó, se dejó rodear. Reconocí algunos pasos que había practicado antes, combinados ahora de otra manera, con más contacto, más intención.
Me corrí hacia atrás para darles espacio. Era lo justo: yo la tenía todos los días. Ellos, de vez en cuando.
Casi al final de la canción, Valeria fue bajando el cuerpo lentamente hasta quedar en cuclillas. Miró hacia arriba. Los cuatro hombres se bajaron los pantalones. Sus penes estaban erectos. Miguel era el más largo —le había calculado unos dieciséis centímetros—, y al estar de pie frente a ella la altura le quedaba exactamente a la cara.
Pensé que esta vez sí. Que finalmente.
Empezó a sonar «Temperatura» de Sebastián Yatra, también larga, también descargada de antemano.
Valeria se fue levantando despacio. Al hacerlo, la cabeza del pene de Miguel rozó su mejilla. Ella lo miró y le salió una sonrisa pequeña, casi involuntaria.
Siguió bailando rodeada de los cuatro: rozaba sus caderas contra los penes de ellos, contra sus vientres. Le subió la pierna a Diego y él se la sostuvo. Ella se apoyó en él, parada sobre un solo taco, y empezó a moverse encima de su pene sin que hubiera penetración. Cambió a Tomás, que se acomodó como pudo pero no encontró el ritmo, así que ella pasó rápido. Con Javier hizo lo mismo que con Diego, esta vez más tiempo.
Luego les dio instrucciones: que la levantaran entre Diego y Javier, de una pierna cada uno, y la sentaran sobre el carrete con las piernas abiertas.
Lo hicieron.
La tela fina de la tanga se tensó. Se podían ver los contornos de sus labios a través del tejido. La humedad fue apareciendo como una mancha oscura sobre la tela bordó.
—Miren a esta —dijo Miguel a los otros—. Ya está empapada.
Valeria cerró los ojos un momento.
Se acomodó en el borde del carrete, inclinó el torso hacia atrás y apoyó una mano detrás para no caerse. En esa posición, con la cadera a esa altura, los penes de los cuatro quedaban exactamente a la altura de su entrepierna. Entendí entonces para qué había pedido una superficie a la altura de la cintura.
Metió la mano por debajo de la tanga, se abrió con los dedos, la sacó, tomó el pene de Diego y puso la cabeza contra la entrada, encima de la tela. Empezó a moverse arriba y abajo, presionando. La tela no cedió. Paró. Corrió la tanga hacia un lado, dejando a la vista sus labios húmedos.
Yo tenía el cierre del pantalón bajado sin haberme dado cuenta.
Pero en lugar de lo que esperaba, Valeria acomodó el pene de Diego sobre su pubis, lo cubrió de nuevo con la tela de la tanga, y usó esa presión y el movimiento de cadera para frotarlo contra ella. Cinco veces. Paró.
Pidió que giraran el carrete. Entre los cuatro lo movieron sin que ella tuviera que levantarse.
Hizo lo mismo con Javier.
Después con Tomás. Él era más bajo y también más pequeño —unos catorce centímetros, calculé—, así que Valeria tuvo que bajar más la cadera para alcanzarlo. La posición le puso los brazos a temblar. Terminó rápido con él, casi sin correr la tanga.
Llegó a Miguel.
Lo tomó con las dos manos. Empezó a frotarlo contra ella, esta vez más despacio. Miguel era al que más le prestaba atención, era evidente desde la primera noche. Cuando la cabeza de él presionaba contra la tela fina, la tela se deformaba pero no cedía. Valeria lo miraba de abajo hacia arriba.
Me sentía al borde de algo. De la excitación y de la frustración al mismo tiempo, sin poder distinguir cuál pesaba más.
Terminó rendida, acostada sobre el carrete, sin fuerzas.
Diego le apoyó los testículos en la cara. Ella se dejó porque ya no tenía energía para nada. Cuando Diego le preguntó si olían bien, ella respondió con los ojos cerrados que sí, que le gustaba el calor.
***
Cuando Valeria empezó a buscar su ropa, Javier intervino. Dijo que no era justo para los que quedaban más lejos en la manzana, que ellos no habían podido ver nada.
Miguel la tomó de la mano.
—Camina hasta el auto así como estás —le dijo—. Por el centro de la calle.
Valeria no dudó ni un segundo.
—Yo iría sin nada, pero llevaría tiempo —dijo, todavía sin aliento.
Salió a la calle con el liguero puesto, los pechos al aire, los tacos sobre el asfalto. Los hombres que seguían despiertos en la manzana silbaron o le gritaron cosas desde sus zonas. Ella caminó sin apurar el paso, sin mirar hacia los lados, como si estuviera sola en el mundo.
Antes de llegar al auto, Javier se acercó y le preguntó cuándo volvería.
—Siempre nos gusta que vengas —dijo.
Valeria me miró de costado y me llevó aparte. Me dijo que ese mes no podíamos. Quedaban tres semanas para terminar las prácticas, después venía la defensa del trabajo final, y en seguida las fiestas.
—Después de enero —le dije—. Además, para entonces ya vamos a estar viviendo juntos. No vamos a necesitar inventar excusas para nadie.
—Mis padres me dieron llave —dijo ella.
—Lo sé. Pero si venimos todos los fines de semana, se nos van a acabar las historias. Viviendo solos, podemos venir cuando queramos, a la hora que queramos, sin dar explicaciones a nadie.
Lo pensó. Asintió.
Les dijimos a los hombres que habría otro baile, pero después de las fiestas. Diego preguntó por qué, le explicamos lo de los plazos del trabajo final. Aceptaron sin problema. Ya estaban acostumbrados a que cumpliéramos lo que prometíamos.
Antes de irnos, Miguel me puso la mano en el hombro.
—Siempre que llegue a casa, revísale el culo —me dijo—. O vas a pasar malas noches.
Le respondí que sí y miré a Valeria, que desde el auto me tiró un beso.
***
Manejé con el aire acondicionado a tope porque ella venía transpirada. Dentro del auto se quitó el liguero y me lo pasó para que lo lavara, que en su casa no podía.
—El baile estuvo muy bien —le dije—. Ese liguero te quedaba increíble.
—Mariana y yo fuimos a cuatro negocios para encontrarlo —dijo—. Me costó bastante.
—Se notó que practicaste.
—Bastante. —Apoyó la cabeza contra el vidrio—. Ese final me lo inventé cuando vi que Tomás estaba. No lo tenía planeado así. El final original lo guardo para cuando volvamos.
Le pregunté por Tomás: si no le había gustado, dado que había pasado muy rápido con él.
—No es eso —dijo—. Cuando tuve que bajar más la cadera para llegar a él, los brazos ya me estaban fallando. Y la verga era más delgada, entonces sentí muy marcada la forma de la cabeza contra la tela. Me asusté un poco.
—¿Te asustaste? —pregunté, con cuidado.
—Fue excitante —dijo—. Pero sin querer podría haber cedido la tela, y no era el momento. Por eso terminé rápido.
Manejé el resto del camino sin decir mucho más. Ella se quedó desnuda en el asiento hasta que llegamos a su edificio, para refrescarse antes de entrar.
La dejé en la puerta. Volví solo, con el liguero bordó doblado en el asiento del acompañante y el aire acondicionado todavía en máxima potencia, pensando en lo que vendría después de enero.