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Relatos Ardientes

La madre de Andrea y la puerta que no debí abrir

Tenía dieciocho años y el problema social de quien no sabe cómo empezar una conversación sin ponerse colorado. Cursaba el último año de bachillerato y, aunque me llevaba bien con casi todos mis compañeros, con las chicas la cosa era diferente. Me paralizaba algo en el pecho cada vez que intentaba acercarme a alguna, y eso se notaba más de lo que me gustaba reconocer.

Por eso, cuando llegó Andrea al instituto en octubre, lo primero que hice fue mirarla desde lejos y no decir nada.

Era nueva. El director la trajo un martes por la mañana, la presentó con esa incomodidad que tienen los adultos cuando hacen esas cosas, y ella cruzó el aula con el pelo negro hasta los hombros y una expresión que no era exactamente timidez, sino más bien indiferencia estudiada. El profesor le señaló un asiento en la fila de al lado y ella pasó por delante de mí sin mirarme, dejando un rastro de perfume que no supe identificar pero que no olvidé en varios días.

Las semanas siguientes mantuve esa distancia que me resultaba cómoda y cobarde a partes iguales. La observaba en clase, en el pasillo, en el comedor. A veces nuestras miradas se cruzaban y yo apartaba los ojos demasiado rápido, como un idiota que sabe perfectamente que lo es.

Hasta que un viernes, antes de sonar el timbre, Andrea se acercó a mi mesa y dejó un papel con una dirección escrita a mano.

—Lucas, el sábado celebro mi cumpleaños en casa —dijo—. Invité a toda la clase. Espero que vengas, así nos conocemos mejor fuera del instituto.

No supe responder más allá de un «claro, ahí estaré» que sonó menos torpe de lo que se sentía. El resto del día lo pasé intentando no pensar demasiado en lo que acababa de pasar.

***

El sábado llegué a las ocho de la noche con una botella de vino tinto comprada en el supermercado de la esquina y la esperanza de no hacer el ridículo. La dirección era un chalet en una zona tranquila del extrarradio. Toqué el timbre y abrió la propia Andrea.

Llevaba un vestido rojo que le quedaba ajustado en los lugares que importaban, el pelo suelto y una sonrisa que hacía difícil recordar por qué me ponía nervioso estar cerca de ella.

—¡Lucas! —me dio dos besos—. Pasa, ya hay gente dentro.

—Feliz cumpleaños —conseguí decir.

Dentro había seis o siete compañeros repartidos por el salón. Saludé, me puse una cerveza en la mano y me dejé llevar por la corriente de las conversaciones. Fue más fácil de lo que esperaba. Lejos del ambiente de clase, sin la presión de las miradas del profesor o el silencio que se forma cuando alguien habla en voz demasiado alta, yo también era capaz de ser una persona medianamente normal.

Cuando llegaron los últimos invitados, Andrea nos llevó al jardín.

Al cruzar la puerta trasera vi a una mujer de espaldas colocando bandejas sobre una mesa larga. Llevaba unas mallas negras que le marcaban perfectamente las piernas y una blusa blanca con un escote que no pasaba desapercibido. Cuando se giró, tuve que hacer un esfuerzo consciente para no quedarme mirando más de un segundo.

Era alta, rubia, con los pómulos marcados y el tipo de figura que da el ejercicio constante y los años vividos sin descuido. Tendría cuarenta y pocos, pero se movía con una seguridad que hacía irrelevante cualquier número.

—Hola a todos, soy Elena, la madre de Andrea —dijo con una sonrisa amplia—. Termino esto en un momento y ya os dejo tranquilos para que lo paséis bien.

Al darse la vuelta para buscar algo al otro extremo de la mesa, me permití un segundo más de la cuenta. La espalda recta, los hombros hacia atrás, esa manera de moverse que tiene la gente que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en una habitación.

Una mujer madura de verdad, pensé, y luego me sentí idiota por pensarlo mientras estaba en el cumpleaños de su hija.

***

La cena fue más que buena. Pizza, cerveza fría, conversaciones que saltaban de un tema a otro sin esfuerzo. En algún momento me di cuenta de que llevaba más de una hora hablando sin haber calculado una sola frase de antemano, y eso para mí era casi un milagro.

En un momento de la noche, Andrea se sentó en el banco de al lado del mío.

—No te esperaba así —dijo.

—¿Cómo me esperabas?

—Más callado. En clase eres tan serio que pensé que no ibas a hablar con nadie.

—En clase estoy pensando en otras cosas.

Ella sonrió.

—Pues deberías pensar en esto más seguido. —Levantó su copa—. Me alegra mucho que hayas venido. De verdad.

Estaba a punto de responder algo que no era del todo estúpido cuando la cerveza me avisó de que llevaba demasiado tiempo sin buscar el baño. Me levanté, crucé el jardín y entré en la casa.

El interior estaba en silencio. El salón, el comedor, todo en calma y a media luz. Busqué una puerta que tuviera pinta de ser el baño y me equivoqué en la primera.

Abrí sin llamar.

Me quedé paralizado.

Elena estaba tumbada en la cama, desnuda, con la cabeza colgando fuera del colchón y el cuello echado hacia atrás. Un hombre —el marido, supuse— estaba de pie frente a ella, moviéndose con una cadencia lenta y completamente deliberada mientras le follaba la boca. Elena tenía las manos apoyadas en sus propias caderas y los dedos hundidos en la piel.

Pasaron tres o cuatro segundos antes de que ella abriera los ojos.

Me miró directamente.

No se movió. No hizo ningún gesto de sorpresa ni de vergüenza. Solo me sostuvo la mirada durante lo que debieron de ser cinco segundos pero que se sintieron como bastante más. Luego, sin apartar los ojos de mí, levantó una mano despacio y le dio una palmada al muslo del hombre.

Él paró.

Yo cerré la puerta.

Me quedé al otro lado, con la espalda contra la madera, sin saber muy bien si respirar o salir corriendo. Del interior llegó la voz de Elena, tranquila y ronca:

—Ahora quiero que me pongas a cuatro patas. Y no pares hasta que te lo pida yo.

Salí de la casa sin despedirme de nadie. Le hice un gesto con la mano a un compañero que me vio cruzar el jardín y no esperé a que respondiera.

***

En casa intenté ducharme con el agua fría. No sirvió de nada en absoluto.

Terminé en la cama pensando en la escena con una claridad que no me ayudaba a dormir. El cuerpo de Elena bajo esa luz tenue. Su mirada sostenida sin ningún rastro de incomodidad, como si pillarte follando con tu marido mientras el amigo de tu hija te mira desde la puerta fuera algo que pasaba todos los días. La calma con la que había seguido después de que yo cerrara.

Me toqué durante un buen rato pensando en ella y tardé en dormirme.

A la mañana siguiente, Andrea me escribió:

—¿Te pasó algo? Desapareciste y no te vi más en toda la noche.

Le respondí que me había encontrado mal del estómago y que había preferido irme a casa. Ella contestó un «¡pobre! Espero que te mejores» que no merecía para nada.

No podía contarle la verdad.

***

El lunes decidí no ir al instituto. No me sentía con ánimo de sentarme a dos metros de Andrea sabiendo lo que sabía de su madre. Fui al gimnasio en su lugar, pensando que sudar un rato largo me aclararía la cabeza.

Llevaba veinte minutos en la bicicleta estática, con los auriculares puestos y la vista clavada en la pared de enfrente, cuando las escuché entrar.

Las reconocí antes de verlas. Hay voces que no se olvidan.

—Valeria, hay bicis libres por aquí —dijo Elena.

Me quedé quieto. Me quité uno de los auriculares despacio, sin hacer ruido, y fingí mirar el panel de control de la bicicleta mientras ellas se instalaban justo detrás de mí.

La amiga habló primero.

—¿Y qué? Cuéntame lo del jueves, que me dejaste con el hilo cortado ayer.

—Fue increíble —respondió la otra voz, que no era la de Elena—. Me llevó a cenar y luego a su apartamento. No llegamos ni al sofá. Me empujó contra la pared del recibidor y me arrancó la blusa antes de que cerrara la puerta.

—Para, que me estás poniendo.

—Luego a la cama. Y ahí estuvo un buen rato solo con la boca. Completamente centrado, sin prisa, sin ese nerviosismo de los que quieren que lo acabes de glorificar. Cuando me corrí le tiré del pelo sin querer y él siguió igual, sin inmutarse.

—Madre mía. —Era la voz de Elena—. Eso es exactamente lo que hace falta.

—Tú también deberías animarte con alguien así. Un hombre joven con ganas y sin el ego por encima de todo.

—Estoy casada.

—Y yo tengo novio. Eso no tiene nada que ver con lo que te estoy diciendo.

Hubo una pausa larga.

—Mi fin de semana no estuvo mal tampoco, la verdad —dijo Elena—. Fue el cumpleaños de Andrea. Trajo a sus compañeros de clase a casa, estuvieron en el jardín toda la noche.

—¿Y vosotros qué hicisteis?

—Roberto y yo aprovechamos un momento mientras ellos estaban fuera. —Otra pausa—. Pero uno de los amigos de Andrea abrió la puerta de la habitación sin llamar y nos pilló en plena faena.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

—Me vio. Y yo lo vi a él. Se quedó ahí plantado unos segundos mirándome y luego cerró la puerta y se fue. —Una pausa más larga—. Lo curioso es que me dio un morbo brutal. El chico tiene dieciocho años, y la cara que puso no era de espanto. Era todo lo contrario. Se le notaba que le estaba gustando lo que veía.

—¿Qué hiciste?

—Seguir, obviamente. Pero con la cabeza en él. Fue uno de los mejores ratos que he tenido en meses. Me imaginé que era él el que estaba ahí, que era él quien seguía, y se me fue completamente la cabeza.

—¿Y tú dices que eres la seria de las dos?

Las dos se rieron.

Seguí pedaleando, o fingí hacerlo, otros quince minutos. Tenía el corazón completamente disparado y la conversación reproduciéndose en bucle. Cuando decidí que ya era suficiente, bajé de la bicicleta, cogí la toalla del gancho y me dirigí hacia la salida.

—Un momento.

Me giré.

Elena estaba de pie a dos metros de mí. Llevaba una camiseta de tirantes y mallas de colores. Tenía el pelo recogido en un moño descuidado y una expresión completamente tranquila, como si estuviéramos hablando del tiempo en la cola del supermercado.

—Escuchaste —dijo. No era una pregunta.

—Algo escuché, sí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

Asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya sabía.

—¿Y el sábado? ¿Cuánto tiempo estuviste mirando antes de cerrar la puerta?

Noté el calor subiéndome al cuello.

—Más del que debería.

Sonrió. No era una sonrisa de disculpa ni de incomodidad. Era exactamente la misma expresión que me había sostenido en esa habitación, directa y sin ningún esfuerzo visible.

—¿Y qué hiciste cuando llegaste a casa?

No respondí. Ella esperó un par de segundos y luego ladeó la cabeza ligeramente.

—Eso me imaginaba —dijo—. No voy a complicar las cosas más de lo necesario. Pero si algún día quieres hablar, o lo que sea, ya sabes dónde vivo. La dirección la tienes.

Se dio la vuelta y volvió junto a su amiga sin mirar atrás.

Yo salí del gimnasio con las piernas que no eran del todo mías y la imagen de Elena grabada con una nitidez que no me iba a dejar dormir tranquilo.

Continuará.

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Comentarios (4)

PatricioMdz

que relato!!! me encantó de principio a fin, gracias

Beto_noches

Por favor seguí con esto, me quedé con muuuchas ganas de mas

DiegoNorte

jaja me recuerda a algo que me pasó hace como 10 años en una situacion parecida. esas cosas te marcan

RodriBAires

increible, de verdad

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