Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Perdimos el bus y él acabó viéndonos todo

Habíamos pasado el día entero en el embalse, Marcos y yo. Habíamos salido a primera hora con la mochila llena de bocadillos, dos termos de agua fría y la intención de no hacer absolutamente nada útil hasta que el sol bajara. El agua estaba a veintiocho grados, había una cala de tierra roja al fondo donde casi nunca llegaba nadie, y durante unas horas el mundo se redujo a eso: agua, roca caliente, el sonido de las chicharras y la sensación de que el tiempo no existía fuera de aquella orilla.

El problema fue el autobús de las siete. Lo vimos alejarse desde la parada mientras nos terminábamos de atar las zapatillas. Nos quedamos mirándolo hasta que desapareció en la primera curva.

—El próximo es a las diez y media —dijo Marcos con toda la calma del mundo.

—Entonces hacemos autostop —respondí.

No era la primera vez. Miré la carretera comarcal, levanté el brazo con el pulgar en alto y en menos de diez minutos frenó un coche gris con las ventanillas bajadas y la radio a medio volumen. El conductor era joven, veintipocos a lo sumo, con el pelo oscuro pegado a la frente por el calor y la camiseta arremangada hasta los hombros. Tenía esa cara abierta de buena persona que siempre me resulta más interesante de lo que parece a primera vista.

Le pregunté si iba hacia el pueblo y dijo que sí, casi hasta la misma plaza.

Subimos.

Me senté detrás, en el centro del asiento. Marcos se puso delante. Yo iba con un short vaquero muy corto y una camisola de tirantes sin nada debajo, porque el bikini todavía estaba mojado dentro de la mochila. Hacía calor y la tela se me pegaba al cuerpo. La tela del short se me había subido un poco al sentarme y no hice ningún esfuerzo por bajármela. Cuando el conductor arrancó y se incorporó al tráfico, tardó más de lo necesario en dejar de mirarme por el retrovisor.

Interesante.

Me puse un poco más cómoda. Abrí las piernas. Saqué el bote de crema solar de la mochila y empecé a dármela en los muslos con calma, extendiendo cada pasada más arriba de lo estrictamente necesario. El retrovisor no mentía: los ojos del conductor bajaban cada pocos segundos y el coche había reducido la velocidad sin ningún motivo aparente. La carretera estaba recta y vacía.

Marcos me conoce desde hace años. Cuando ve esa expresión que pongo, la que él llama «modo cazadora», sabe que lo mejor es apartarse del camino. Esta vez esperó exactamente cinco segundos antes de hablar.

—Oye, ¿te importa si me cambio al asiento de atrás? Que aquí me marea la carretera.

Nos cambiamos. Yo me quedé en el centro del asiento trasero, donde el retrovisor me capturaba perfectamente desde cualquier ángulo. Marcos se acomodó junto a la ventana, apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos con una expresión muy convincente de persona dormida. Era un actor pésimo, pero el esfuerzo se agradecía.

Seguí con la crema. Llegué a la parte interior de los muslos y le dediqué más tiempo del necesario. Luego desabroché el botón del short para llegar al vientre y me vertí un chorrito lento sobre el ombligo.

—Es que estuvimos en una cala —le dije al conductor, como si alguien hubiera preguntado—. La piel se me reseca mucho cuando tomo el sol.

—No te preocupes —respondió. Tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos en el volante.

Miré por el retrovisor. El bulto en su pantalón era bastante evidente.

—¿Llevas mucha prisa?

—No.

—Es que me quedó la espalda sin poner y se me va a quemar. Si pudieras parar un momento...

El intermitente sonó antes de que terminara la frase.

Paró en un ensanchamiento de tierra junto a la cuneta, entre dos campos de olivos. No había ningún coche en la carretera en ninguna dirección. Me bajé despacio, me coloqué de espaldas a la ventanilla del conductor y le tendí el bote sin girarme.

—¿Me la pones tú?

Hubo una pausa. Luego escuché la puerta del conductor abrirse.

Se llamaba Diego. Me lo dijo mientras cruzaba hacia donde yo estaba, como si presentarse en ese momento fuera lo más natural del mundo.

—Lucía —respondí, sin girarme.

Vertió crema sobre mis hombros y empezó a extenderla. Tenía las manos grandes y las movía sin prisa, siguiendo los omóplatos, bajando hacia los lados, volviendo al centro. Hacía mucho calor afuera y sus manos estaban frescas del aire acondicionado del coche. Había algo casi hipnótico en ese contraste.

—Te voy a manchar el bikini —avisó cuando llegó a mitad de la espalda.

—Entonces desabróchalo.

No dudó un segundo. El cierre cedió y los tirantes cayeron solos por mis brazos. Los sujeté contra el pecho con las manos, incliné el torso hacia delante y le permití seguir bajando por la columna vertebral. Llegó a la cintura, se detuvo, y yo fui soltando la presión poco a poco, dejando que el bikini cayera sobre el short. Podía ver mi propio reflejo en el cristal de la ventanilla: él detrás de mí, con los ojos muy abiertos, siguiendo cada movimiento sin perderse ninguno.

—¿Ya está? —pregunté.

—Ya está —dijo. Pero no retiró las manos.

Me giré despacio con los brazos caídos a los lados del cuerpo.

Él me miró sin ningún disimulo. Tenía los ojos fijos en mis pechos y una expresión de concentración absoluta, como si estuviera intentando memorizar algo para no olvidarlo después. La naturaleza me había dado bastante con qué trabajar y, desde ese ángulo, con el sol de agosto todavía alto, no había mucho que pudiera quedarle a la imaginación.

—¿Qué te parecen? —pregunté.

—Mejor que bien —respondió. Se pasó una mano por la nuca—. Mucho mejor.

Me apoyé en el capó. El metal estaba caliente a través del short. Lo miré de arriba abajo sin ningún disimulo y vi exactamente lo que esperaba ver.

—Si quieres hacer algo con todo eso, adelante —le dije—. No me importa.

Tardó un momento en procesar lo que le estaba diciendo. Luego se desabrochó el vaquero y se sacó la polla. Ya estaba dura, más de lo que habría esperado mirándole esa cara de chico tranquilo. Empezó a masturbarse de pie frente a mí, sin apartar los ojos de mis pechos.

Me acaricié los pezones mientras lo miraba hacer. Se le escapó un sonido a medio camino entre un gemido y una exhalación muy contenida.

—¿Quieres tocarlos? —pregunté.

Dio un paso hacia mí y puso las dos manos encima. Sus dedos eran directos y seguros, sin la torpeza que a veces tiene la gente cuando no sabe bien qué hacer con las manos. Los pezones se me pusieron duros en menos de un minuto y noté cómo el calor se concentraba entre las piernas.

—Quiero correrme sobre ellos —me dijo, con la voz algo ronca.

—Puedes. Pero luego me lo extiendes tú.

Puse los pechos juntos con las manos y él se colocó entre ellos. Aguantó menos de lo que habría imaginado. Se corrió con un gemido largo que se perdió en la carretera vacía y extendió el semen despacio con los dedos, sin apresurarse, como si extender crema solar fuera exactamente lo que había venido a hacer desde el principio.

***

Cuando terminó, su polla quedó a la altura de mi cara y no vi ningún motivo para ignorarla. La tomé con la mano, pasé la lengua desde la base hasta la punta y se la metí entera en la boca. Todavía estaba sensible y dio un respingo, pero no se apartó. Me tomé mi tiempo con ella, notando cómo volvía a ponerse dura poco a poco bajo la lengua.

Levanté los ojos. Diego tenía las dos manos enterradas en mi pelo. Aproveché para mirar de reojo hacia la ventanilla trasera del coche.

Marcos no dormía. Ni siquiera lo fingía ya. Estaba con la mano moviéndose bajo el nivel de la ventana y los ojos fijos en nosotros, muy abiertos, sin hacer ningún esfuerzo por parecer dormido.

Bien. Que disfrute también.

Diego me cogió el pelo con más firmeza.

—¿Puedo follarte? —preguntó. Sin rodeos.

—Sí —respondí. También sin rodeos.

Me levanté, me giré y me apoyé en el capó con las manos abiertas sobre la chapa caliente. Él me bajó el short hasta los muslos, apartó la tela del bikini con la mano y me penetró de un golpe. Estaba completamente mojada y entró sin ninguna resistencia.

Empezó con un ritmo pausado que duró exactamente lo que tardó en perder la paciencia, que no fue mucho. Las embestidas se fueron haciendo más fuertes y yo me aferré al portaequipajes para no desplazarme hacia delante con cada golpe. La chapa caliente bajo las palmas, el olor a tierra y a olivos a los dos lados, el sol bajando ya hacia los montes en el horizonte. Había algo en ese escenario —estar así de expuesta, en mitad de ningún sitio, con el campo abierto a los dos lados— que hacía todo más intenso de lo habitual.

Me corrí antes de que él terminara. Noté el orgasmo crecer desde los muslos y estallar en el centro. Tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido.

Diego siguió. Aumentó la cadencia todavía más, agarrándome de las caderas con las dos manos.

—Voy a correrme —avisó.

Giré la cabeza hacia el coche. Marcos tenía los ojos abiertos de par en par, la polla en la mano visible por encima de la ventana y la cara de quien está a punto de llegar al final. Lo conozco desde hace demasiado tiempo como para no reconocer esa expresión.

Diego se corrió dentro de mí con un gemido que apretó contra mi espalda. Se quedó un momento apoyado ahí, recuperando el aliento. El campo estaba completamente en silencio.

***

Nos arreglamos despacio y sin decir mucho. Él se subió el vaquero. Yo me subí el short, me até los tirantes del bikini como pude y recogí del suelo el bote de crema que había caído. Volvimos al coche.

Marcos me miró cuando me senté a su lado.

—Gracias —dijo en voz muy baja.

—De nada —respondí—. Ahora cierra los ojos de verdad esta vez.

Le puse la mano encima y lo tuve en unos pocos minutos, despacio y en silencio, mientras Diego conducía con la vista fija en la carretera y la radio sonando de fondo como si no hubiera pasado absolutamente nada en la última media hora.

Llegamos al pueblo con el sol ya casi escondido detrás de los montes. Diego paró junto a la plaza, como había prometido. Bajamos, cerramos las puertas, y el coche gris se marchó carretera adelante sin que él dijera ni una sola palabra de despedida.

—Poca madurez para estas cosas —dije, mirándolo alejarse.

Marcos se echó a reír.

—A ti nunca te ha importado que hablen.

Tenía razón, como casi siempre. Levantamos las mochilas y fuimos a buscar algo de cenar.

Valora este relato

Comentarios (4)

viajero_curioso

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo. Muy buen estilo

LecturaNocturna88

Necesito que continues esto, no puede quedarse ahi!! Hay segunda parte?

RecuerdosBsAs

me recordo a un viaje de noche por ruta que hice hace años... esa sensacion de no saber quien te observa tiene algo muy particular. Muy bien logrado.

Gaspar_Mdq

jajaja el espejo retrovisor nunca miente, tremendo final

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.