Cumplí mi fantasía más atrevida por videollamada
Me creé una cuenta en esa red social sin tener del todo claro por qué lo hacía. Me dije que era para conectar con gente interesante, pero si soy honesta conmigo misma, lo que buscaba era algo mucho más concreto: una mujer, de mi ciudad, soltera, con quien pudiera quedar y ver qué pasaba.
No tenía que ser lesbiana necesariamente. Podía ser bisexual, como yo en el fondo siempre he sido, aunque durante años me empeñé en definirme de otra forma. Estuve casada. Tengo una hija. He sido feliz con un hombre durante años. Y, sin embargo, lo que más me atrae hoy, sin duda alguna, es una mujer. Lo sé y ya no me discuto conmigo misma al respecto.
También había un segundo motivo, más difuso y más viejo: soy escritora. O lo era, antes de que las personas de mi entorno me convencieran de que no valía para eso. Me anularon tan bien, tan despacio, que dejé de escribir sin casi darme cuenta. Relatos eróticos, sobre todo: historias donde el sexo era el centro, no un detalle lateral. Esa parte mía también quería encontrar espacio.
El ochenta por ciento de quienes me escribían eran hombres. Era previsible y tampoco me molestaba. La mayoría llegaban con el mismo patrón: un saludo, un comentario genérico y, a las tres frases, una propuesta que nadie había pedido. Pero hubo uno que desde el primer mensaje se comportó de forma distinta.
No diré su nombre. Lo que sí diré es que leyó mis relatos, todos los que había publicado, y me los comentó uno por uno con una atención que no esperaba de nadie. Señalaba qué párrafos le habían parecido los más cargados de tensión, en qué momentos creía que yo había resuelto demasiado rápido una escena, qué descripciones lo habían mantenido leyendo sin moverse. Eso no lo hace casi nadie. La mayoría dice «me gustó» y espera algo a cambio. Él no.
Lo que más me atrajo fue su imaginación. Tenía una forma de hablar del deseo que nunca era predecible. Cada cierto tiempo dejaba caer que tenía una propuesta para hacerme, algo que quería plantearme si yo le daba la oportunidad. Siempre con el mismo tono: juguetón, sin presión, consciente de que el siguiente movimiento era mío. Hasta que un día se lanzó de verdad.
—Mi propuesta es simple —escribió—. Una videollamada. Sin caras. Solo el cuerpo. Yo desnudo, tú como te sientas cómoda. Si aceptas mis condiciones, tendrás que proponer las tuyas y yo deberé cumplirlas.
La verdad es que no me apetecía verle masturbarse mientras yo hacía lo mismo mirándolo. Prefería imaginarme a una mujer. Así que, como no tenía intención real de aceptar, decidí ponérselo francamente difícil.
—Trato hecho —respondí—, pero solo si hay un mínimo de siete mujeres en la llamada. Tú, yo y siete chicas como mínimo. Si no las consigues, no hay trato.
Esperé una protesta. Esperé que dijera que era imposible, que fuera razonable. Lo que recibí fue un «OK» y silencio.
***
Pasaron casi dos semanas sin que escribiera. Cuando volvió, fue directo: me preguntó qué día y a qué hora me venía bien. Le dije que cualquier sábado por la noche. Volví a no saber nada de él hasta que un lunes apareció en el chat con esto:
—Laura, este sábado, si quieres, hacemos la videollamada. Tengo a siete chicas dispuestas a participar.
—¿Cómo? ¿Siete? ¿Lo dices en serio? —respondí—. ¿Qué les has dicho exactamente? ¿Cuál es el plan?
—Haremos una videollamada conjunta —explicó—. Sin nombres, sin apellidos, sin datos personales. Nadie mostrará la cara. Si alguien tiene tatuajes o marcas reconocibles, puede cubrirlos. La sesión dura una hora máxima. Nada más cuando acabe.
Releí el mensaje dos veces. Me di cuenta de que había usado «reconocidos» en masculino, no «reconocidas», que había dicho «cada uno» en lugar de «cada una». Pero era juguetón, le gustaban esos detalles, y en ese momento no le di más importancia.
Le prometí pensármelo. Y lo hice en serio. Nunca he visto la masturbación como algo de lo que avergonzarse: es natural, es sano, y si alguien quiere mostrarse ante otras personas con consentimiento mutuo, yo no tengo nada que juzgar. De hecho, era una fantasía que había tenido pendiente durante años, pero siempre le había dado demasiadas vueltas. Por videollamada, sin cara, la cosa cambiaba.
—¿Grabarás la sesión? —le pregunté.
—No. La aplicación avisa en tiempo real si alguien lo intenta. Además, los únicos con acceso a la función de grabación serían los administradores: tú y yo.
—¿Yo administradora?
—Sí. Te convencí de hacer esto, lo menos es darte el control. Puedes echar a quien quieras, incluido a mí. Si me expulsas, te quedas con las chicas a solas.
Eso me hizo sonreír. Y entonces hice algo que la versión de mí de hace tres años jamás habría hecho.
—Confirmo. Sábado a las diez de la noche.
***
Me pasé casi una hora instalando la aplicación en el ordenador, probando la cámara, el micrófono, buscando dónde colocar el portátil para que el fondo fuera neutro. Hice pruebas de vista: podía ver todas las pantallas a la vez, solo algunas, o poner una imagen grande con varias pequeñas al costado derecho. Esa última opción me gustó.
También dejé cargado el satisfyer por si lo necesitaba, aunque tenía bastante claro que prefería los dedos. Preparé unas mallas cortas y un top deportivo al alcance de la mano, por si en algún momento quería cubrirme rápido. Cuando llegó el sábado por la noche, llevaba todo el día con una sensación extraña en el estómago que no era exactamente nervios. Era algo más parecido a la anticipación.
Me duché, me depilé por completo, me senté frente al ordenador. Desnuda, recién duchada, y ya algo húmeda antes de que empezara nada.
Entonces llegó un mensaje.
—Ha pasado algo que debo contarte antes de que entres a la sala.
—Explícate —escribí.
—Una chica me pidió que dejara entrar a su novio con ella. Le dije que sí, porque en ningún momento tú prohibiste que hubiera más hombres. ¿Te parece bien?
Lo pensé. Él ya iba a estar en la llamada, y era un hombre. Una pareja más no cambiaba el fondo del asunto. Además, me había prometido que yo no tenía por qué ver ninguna cámara que no quisiera.
—Vale —respondí—. Pero dame ya el código, que llevo un rato esperando.
—Una última cosa —añadió—. Cuando dijiste «como mínimo», me lo tomé al pie de la letra. Me dejé llevar un poco.
Se me paró el pulso un segundo.
—¿Cuántas chicas hay?
—Sin contarte a ti, veintisiete.
Solté un grito que probablemente escucharon mis vecinos. Me quedé quieta un momento, mirando la pantalla. El susto inicial se transformó en otra cosa: una especie de calor que empezó en el pecho y bajó rápido.
—¿Cuántas personas en total? —tecleé.
—El límite de la sala era doscientas. Si hay veintisiete chicas más tú y yo...
No esperé a que terminara la frase. Tecleé el código y entré.
***
La pantalla se llenó de una cuadrícula de pequeños rectángulos. En cada uno había un cuerpo desnudo, quieto, esperando. El contador en la esquina marcaba 198 personas conectadas. Nadie se tocaba. Era como una sala de espera extraña y cargada, llena de pieles distintas y de un silencio que vibraba.
Un mensaje apareció en el centro de la pantalla:
«Nadie empieza hasta que la anfitriona configure su vista y dé la señal. Manos quietas.»
Empecé a elegir. Había muchas pantallas y quería seleccionar bien las que pondría en primer plano. Una chica delgada con un tatuaje en el muslo. Otra que esperaba con un consolador apoyado en la pierna, sin usarlo todavía. Una más con el satisfyer encendido pero quieto en la mano. Una cuya entrepierna mostraba unos labios muy abiertos, muy visibles desde la cámara. Y la última: una chica de cabello oscuro con las piernas abiertas y una expresión de calma total, como si hubiera hecho esto cien veces.
Pensé un momento y también añadí la pantalla de él. Me dije que se lo había ganado.
Ajusté mi cámara, la apunté hacia mi cuerpo, separé una pierna para que todo quedara visible. Revisé mi propia imagen un segundo antes de empezar.
***
Mojé la punta de los dedos con la lengua y empecé a acariciarme despacio. En menos de un segundo, cada pantalla de la sala comenzó a moverse.
La mayoría fueron con calma al principio, sin prisa. Él, a un costado de mi pantalla, se tocaba con movimientos lentos y calculados: bajaba la piel de su pene, dejaba ver el glande, hacía una pausa abajo para mostrar el tamaño exacto. Era difícil ignorarlo. Probablemente sabía que lo miraba.
En el centro de mi pantalla, la chica delgada del tatuaje movía el índice en círculos lentos alrededor del clítoris. Lo hacía con mucha precisión, casi con método. La imité. Me obligué a ir despacio porque cuando me acaricio así llego rápido, y no quería que todo se terminara pronto.
En otra imagen, la chica del consolador había empezado a introducírselo poco a poco. Sus labios se abrían suavemente alrededor del juguete, que salía brillante y húmedo con cada movimiento. Me pregunté a quién estaría mirando ella.
Fue entonces cuando activé el micrófono y los auriculares. Al principio fue desconcertante: gemidos superpuestos sin poder saber de dónde venía cada uno. Pero en pocos segundos empezó a organizarse en mi cabeza y se convirtió en parte de lo que estaba sintiendo. Las chicas gemían con más fuerza que los hombres. Eso me gustó más de lo que esperaba.
***
Una mujer con curvas muy definidas y piel muy clara captó toda mi atención. El rosado de su sexo contrastaba con el blanco de su piel. Con las uñas pintadas de naranja, se acariciaba de arriba abajo, separando los labios, mostrando el interior con total naturalidad. Era la más abierta de todas, la que se movía al ritmo más rápido, la que menos se guardaba para sí misma.
Me concentré en ella y olvidé el resto por un rato.
Cuando volví a pasar la mano entre mis muslos, me sorprendió lo húmeda que estaba. No me había dado cuenta de la medida en que me había excitado. Con la mano derecha distribuí el flujo sobre el clítoris, con la palma abierta, despacio. Con la izquierda me acaricié un pezón que tenía duro desde hacía rato.
El calor empezó a acumularse desde adentro. Mis muslos se tensaron sin que yo lo decidiera. Conocía esa señal. Intensifiqué el ritmo. El movimiento circular se volvió más cerrado, más rápido. Sentí cómo las terminaciones nerviosas comenzaban a encenderse en oleadas, de adentro hacia afuera. Me acomodé mejor en la silla, apoyé el pie izquierdo en el suelo buscando estabilidad.
Entonces mi cuerpo tomó el control.
Gemí sin pensar en quién me escuchaba. El ritmo de mis dedos fue subiendo solo, sin que yo lo dirigiera del todo. El orgasmo llegó en oleadas, uno detrás de otro, como si el cuerpo hubiera decidido no conformarse con poco esta vez. Cerré los ojos. Los abrí. Los cerré de nuevo.
No sé cuánto duró. Una chica me contó después que estuvo mirándome casi diez minutos seguidos, que en algún momento tuve los ojos en blanco. Yo no lo recuerdo así. Pero tampoco lo descarto.
***
Cuando volví a ser consciente de la sala, muchos hombres ya habían terminado y descansaban mirando las pantallas. Algunas chicas también. Pero varias seguíamos llegando al final. Por tener el micrófono activo, mis gemidos habían atraído miradas hacia mi pantalla en el tramo final de la sesión. Eso me lo dijeron después.
No podíamos vernos las caras. Pero había algo en el ambiente de la sala que se sentía como una sonrisa compartida, como el alivio colectivo de haber hecho algo que normalmente se hace a solas. El deseo de repetir era evidente aunque nadie lo dijera en voz alta.
Cuando la hora llegó a su límite y la aplicación cerró la llamada, él me escribió en privado. Le costó un poco empezar a escribir con coherencia.
—Te mando un correo con los contactos. Once chicas me dieron permiso para compartirte su número. Te están esperando. Dos viven en tu ciudad, por si te interesa. Y también te incluyo el mío, por si algún día tengo suerte.
Cerré el portátil. Me quedé sentada en la oscuridad un momento, con el cuerpo todavía vibrando levemente.
Había doscientas personas mirándome y yo a ellas. Sin caras, sin nombres, sin historia detrás. Solo cuerpos, deseo y la certeza de que hay fantasías que uno carga durante años sin atreverse a decirlas en voz alta.
Esta ya no era una de ellas.