Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vi bailar desnuda para dos desconocidos

Nos instalamos en el nuevo departamento a principios de diciembre, después de semanas cargando cajas desde tres pisos sin ascensor. El día en que desempacamos lo último fue el mismo en que nos permitimos descansar: sin música, sin planes, solo los dos mirando nuestro pequeño caos convertido en hogar. Mi prometida Valeria había encontrado en internet una rutina de baile que practicaba cada noche en el dormitorio, y yo ya sabía que eso iba a terminar siendo algo más que ejercicio.

Fue el treinta de diciembre cuando Bruno pasó a vernos. Mi mejor amigo desde la secundaria, alguien que conocía el departamento desde que era una cáscara vacía y quería verlo ya habitado. Le avisé a Valeria que vendría en veinte minutos.

—Me voy a cambiar —dijo ella.

—No hace falta —le respondí.

—Es que no llevo nada debajo de esto —me explicó, señalando la camiseta de tirantes que le llegaba a la mitad del muslo y la tanga color celeste que asomaba apenas.

—Bruno es como yo. No va a hacer nada raro.

Valeria frunció el ceño pero se quedó como estaba. Cuando sonó el timbre, fue ella quien abrió. La escuché desde la cocina: Bruno la vio, se quitó los lentes con un gesto teatral y le dijo algo sobre que ni la miopía le impedía ver lo bien que estaba. Le tiré una mandarina desde el pasillo. Él se rio. Ella sacudió la cabeza, pero también sonrió.

La tarde pasó entre películas y los chistes malos de Bruno. Era imposible estar tenso con él en la misma habitación: tenía esa habilidad para hacer que todo pareciera una escena de comedia. En un momento Valeria se levantó a buscar algo a la cocina y al agacharse, la camiseta de tirantes —por lo holgada que era— se abrió hacia adelante. Dos segundos de más. Los dos lo vimos sin querer.

—Botones rosados —dijo Bruno con toda la calma del mundo.

Valeria se incorporó de golpe, se puso roja y le respondió con una sonrisa torcida:

—Al menos aprovechaste bien la visita, baboso.

Bruno era así: pervertido pero inofensivo, capaz de decir lo más inadecuado sin que nadie terminara ofendido. Cuando se fue, ya entrada la noche, Valeria subió al dormitorio a seguir practicando su baile. Antes de llegar a la escalera, se giró:

—¿Puedes conseguir tres sillas plegables para el martes?

—¿Para qué?

—Ya verás. ¿O no quieres ver cómo les bailo desnuda a esos del callejón?

No dije nada. No hacía falta.

***

La noche de año nuevo llegó sin prisa. Valeria se vistió con un vestido negro muy ajustado, de esos que parecen pintura sobre la piel. Nos tomamos nuestro tiempo arreglándonos, casi como si fuéramos a una cita formal, aunque los dos sabíamos muy bien adónde íbamos y por qué.

Paramos primero en una gasolinera de las afueras, la única abierta a esa hora en ese lado de la ciudad, y desde allí pusimos rumbo al callejón junto al Almacén —el edificio abandonado que había servido de punto de encuentro desde hacía meses—. Yo bajé del coche con las cervezas, los snacks y la bocina portátil. Ella bajó con las tres sillas plegables dobladas bajo el brazo.

Miguel y Ramón ya estaban allí, sentados en unas cubetas viejas, y cuando nos vieron llegar se levantaron con más energía de la habitual. Sabían a lo que venían. Nos saludamos, nos pusimos al día sobre las fiestas, hablamos de lo de siempre. Pregunté por Santiago, que no estaba.

—Lleva tres días sin aparecer —dijo Ramón.

—Qué raro, justo esta noche —comenté.

—Se habrá quedado dormido en algún lado —dijo Miguel—. O no consiguió para tomar.

—Ya aparecerá —dije—. Aunque se va a perder algo.

Ramón miró a Valeria y asintió despacio.

Abrimos las cervezas. La noche olía a frío y a pólvora de los petardos que alguien seguía lanzando a unas manzanas de distancia. Valeria escuchaba, reía cuando tocaba, y de vez en cuando me miraba con esa expresión que yo ya conocía bien: la de quien tiene un plan y espera el momento justo. La segunda ronda de cervezas se terminó antes de lo previsto.

Fue ella quien dio el primer paso. Se levantó de su sitio, caminó hacia donde estaba Miguel y se sentó despacio sobre su regazo, presionando hacia abajo con las caderas.

—Quería probar si estas sillas aguantan —dijo con toda la naturalidad del mundo.

—Umm, sí resiste —dijo levantándose y yendo hacia Ramón—. Ahora contigo.

Se sentó en el regazo de Ramón de la misma manera. Él la agarró de la cintura antes de que pudiera moverse.

—Esta también aguanta. Pero quédate aquí un momento.

Valeria sonrió y hundió un poco más las caderas contra él. Ramón le olió el cuello. Miguel hizo un comentario sobre que ya era el mejor año nuevo que habían tenido en mucho tiempo. Luego les propusimos ir más adentro del callejón, alejarnos de la calle principal donde las farolas todavía llegaban.

Conecté el móvil de Valeria a la bocina mientras ella colocaba a Miguel frente a ella y a Ramón detrás, a la distancia justa. Me hizo una señal con la cabeza.

Puse la canción.

***

El baile empezó lento. Todavía llevaba el vestido puesto.

Se movió entre los dos hombres con una fluidez que no parecía ensayada, aunque yo sabía cuántas noches había practicado en el dormitorio. Onduló hacia abajo frente a Miguel, con el rostro rozando su cadera, luego subió girando y quedó de espaldas a Ramón, pegando su cuerpo al de él, arqueando la espalda. Las manos de Ramón fueron a su cintura de forma instintiva, sin que nadie se lo pidiera.

Se arrodilló, subió levantando las caderas, dio otro giro. Quedó frente a Ramón, le agarró las manos y las puso sobre sus hombros. Se pegó a él con la espalda, se levantó despacio. Luego fue hacia Miguel, le tomó la mano, tiró de él para que se acercara. Cuando los tenía a los dos cerca, empezó a mover las caderas en círculos suaves, primero hacia un lado, luego hacia el otro.

Miguel la tomó por los pechos desde atrás. Ramón deslizó las manos desde las caderas hasta los muslos. En un momento los dos estaban pegados a ella, uno por delante y otro por detrás, y Valeria seguía bailando entre los dos como si ese fuera el único lugar del mundo donde tenía sentido estar. Yo miraba desde tres pasos atrás, sin moverme.

Levantó los brazos. Ellos entendieron: le quitaron el vestido.

Siguió bailando sin ropa, en el callejón, con el frío de la madrugada y el sonido de la música saliendo de una bocina pequeña apoyada en el suelo. Ramón se agachó a mordisquearle los pezones. La temperatura real del ambiente no tenía nada que ver con lo que se sentía ahí adentro.

Cuando la música terminó, Valeria se separó de ellos y me buscó con la mirada. Me lanzó un beso. Luego les pidió que se sentaran en las sillas.

***

Esto era diferente a todo lo anterior.

Antes de que empezara la segunda canción, Valeria se sentó encima de Ramón, de espaldas a él, con las nalgas asentadas sobre su erección. Se estiró hacia adelante para ver bien a Miguel, le tomó con la mano y desplazó el prepucio con calma.

—Es verdad que hoy sí se bañaron —dijo.

Me miró. Asentí con la cabeza. Puse la música.

Esta vez el ritmo era más lento, con un bajo profundo que marcaba cada tiempo. Valeria empezó rodeando la silla de Ramón en círculo, moviéndose al compás de la introducción. Cuando el ritmo entró de lleno, se colocó en el centro de los dos, bajó el torso sin doblar las rodillas, dio un giro completo muy despacio, volvió a bajar hasta casi arrodillarse y subió levantando las caderas con ese movimiento que yo había visto practicar decenas de veces pero que nunca dejaba de sorprenderme.

Dio otro giro y quedó de espaldas a Miguel. Retrocedió hacia él, bajó su erección con la mano para poder sentarse encima sin que entrara, y se quedó apoyada sobre la base, los labios vaginales apenas en contacto. Abrió las piernas hacia Ramón, que la miraba desde adelante con la mandíbula tensa.

Se levantó. Repitió la secuencia con Ramón: bajó su erección, se asentó sobre el tronco, rozando pero sin que penetrara. Solo el contacto. Solo el calor.

Un hombre que no conocíamos se acercó desde el fondo del callejón y se sentó en el suelo a cierta distancia, sin decir nada, mirando. Valeria lo vio. No le importó. Siguió bailando.

Hacia el final, volvió a sentarse sobre Ramón, esta vez deslizando los labios a lo largo de toda su longitud, una pasada lenta, luego otra. Miraba hacia abajo, observando cómo la cabeza rozaba sin entrar. Luego sus ojos encontraron los míos durante un segundo exacto.

Se levantó. El baile había terminado.

Yo seguía inmóvil, con el calor en el pecho y una frustración que no era exactamente desagradable. Ellos dos tenían la misma cara: la de alguien que ha llegado al borde y se ha quedado mirando el vacío.

***

Volvimos a sentarnos todos. Abrimos las últimas cervezas. El hombre del fondo del callejón se había marchado sin decir nada.

—Qué buen año nuevo nos has dado —dijo Ramón.

—De nada —respondió Valeria.

—Hoy viniste con más ganas que otras veces —dijo Miguel—. ¿Te gusta parar vergas o simplemente eres así con todo?

Valeria se rio y respondió:

—Es que ustedes se portan muy bien.

Les guiñó el ojo. Conversamos un rato más, las cervezas se fueron terminando solas. Antes de irnos, Miguel me preguntó directamente:

—¿Y a ti te ha tocado alguna vez con visita?

La pregunta llegó sin aviso. Entendí bien lo que quería decir: era una prueba, directa e indirecta a la vez. Querían saber hasta dónde yo estaba dispuesto a dejar llegar la situación. Pensé antes de responder.

—Eso es secreto —dije, dejando la puerta abierta sin decir que sí.

Les dejamos las tres sillas. Recogimos la bocina, las botellas vacías, y nos fuimos.

***

Eran casi las dos de la mañana cuando aparcamos frente al edificio. Valeria todavía no se había vuelto a poner el vestido; lo llevaba doblado sobre las piernas.

—Te reto a entrar sin ropa desde el coche hasta la puerta —le dije.

—¿Y si nos ven los vecinos?

—Son las dos de la mañana. Deben de estar bien dormidos.

Valeria miró hacia la calle en ambas direcciones y dijo:

—Tú ganas.

Abrió la puerta del coche y caminó rápido sobre los tacones, que sonaban contra el asfalto. Llegó a la entrada, abrió, entró y me tiró un beso desde adentro con la puerta entreabierta. La seguí. Aseguré la puerta. Subí al dormitorio.

Estaba apoyada de frente a la ventana que daba a la calle, con los brazos cruzados sobre el alféizar y la ciudad silenciosa detrás del vidrio.

Me acerqué por detrás sin encender la luz.

—Quiero verte con ellos —dije en voz baja.

Valeria no respondió de inmediato.

—¿Con quiénes?

—Con Miguel. Con Ramón. O con Santiago cuando aparezca.

Silencio. Se giró y me miró a los ojos.

—¿Por qué quieres eso?

—Porque siempre termino con la misma sensación después de estas noches —dije—. Y me cansé de no decirte nada. Se acerca la boda y no quería seguir cargando con este secreto.

Pensó unos segundos. Luego:

—Tengo que confesarte algo de ellos.

El corazón me dio un vuelco. Mi mente corrió sola hacia las preguntas que no quería hacerme. ¿Ya había pasado algo que yo no sabía? ¿Había dejado que entraran en algún momento en que yo estaba distraído?

—La verga de Ramón me atrae mucho —dijo—. Me la he imaginado adentro más de una vez. Pero no me atreví nunca porque no habíamos hablado de eso, y yo no iba a hacer nada sin tu visto bueno.

Me quedé callado.

—¿Entonces? —preguntó ella.

—Quiero que lo hagas —le dije, mirándola a los ojos—. Con los tres si quieres.

Asintió despacio. Luego habló con la calma de alguien que ya lo ha pensado:

—Usaré condón. Una cosa es que rocen y otra es que entren. Y no les voy a llegar directo: les voy a llegar con otro baile, como esta noche, y en algún momento les pongo el condón sin que se lo esperen. Así no se lo van a pensar.

—Tienes que ser rápida cuando lo hagas.

—Sé serlo —dijo—. Y luego no quiero quejas de que me quedo abierta.

—No me voy a quejar.

—La de Ramón es un centímetro más larga que la tuya —añadió, con ese tono que sabía perfectamente lo que provocaba—. Un centímetro más adentro. Por si no lo habías calculado.

Sus palabras llegaron como agua caliente: no incómodas, solo calientes.

—Entonces compra los condones —dijo.

—Los compro mañana —respondí, sin dudar.

Se rio ante mi forma de ceder. Esa noche dormimos hasta casi el mediodía: ella agotada por el baile, yo vaciado de una tensión que había cargado durante semanas sin saber muy bien cómo nombrarla.

Meses después todavía me hace burla cuando recuerda que los dos queríamos lo mismo pero ninguno lo decía. Tiene razón. Fui un cobarde con suerte.

Valora este relato

Comentarios (4)

Rolando_BsAs

que calor!! sigan publicando asi!!

NocheDeViernes_

El excerpt ya me enganchó y el relato cumplió de sobra. Tremendo.

VoyeurNocturno

Me recordó a una situación que viví hace años, esa sensación de mirar sin poder intervenir es adictiva jaja. Muy bien escrito.

ClaraM_85

Increible relato, se me hizo cortísimo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.