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Relatos Ardientes

Un día de tortura y sus pies esperándome en casa

Marcos salió de su apartamento cuando el sol de julio ya aplastaba la ciudad con una violencia que hacía brillar el asfalto como si respirara. La camisa se le pegó a la espalda antes de llegar a la esquina. Resopló. Va a ser un día infernal.

No hablaba solo del calor.

El verano era para él una temporada de tortura particular. No porque odiara el calor, sino porque el calor desnudaba pies. Y los pies de las mujeres eran su obsesión desde que tenía memoria: un deseo que no conseguía nombrar en voz alta y que cargaba como una deuda silenciosa, una polla dura contra la bragueta cada vez que veía un talón bronceado sobre una sandalia.

***

En el metro, el vagón olía a cuerpos y a plástico caliente. Marcos se aferró a la barra central con los ojos fijos en la pared. Duró treinta segundos.

La mujer que tenía enfrente llevaba sandalias de piel y medias finas, casi transparentes, que el sudor había pegado a sus pies como una segunda piel. Dejaba balancear una sandalia en la punta del dedo gordo, sin esfuerzo, como si no supiera que lo estaba haciendo. El arco del pie brillaba bajo la tela húmeda.

Marcos sintió que el pecho le daba un golpe seco y la verga le empujó contra el pantalón.

No mires.

Miró. Imaginó levantar esa sandalia con cuidado, dejar que cayera al suelo, presionar los labios contra la tela caliente y chuparle la media hasta que se le pegara a la lengua. El olor, pensó, sería intenso. Salado y áspero. Meterse el dedo gordo entero en la boca a través de la tela y mamarlo hasta empaparlo de saliva, notar cómo el sabor a sudor de mujer le bajaba por la garganta. Inhaló despacio como si ya lo estuviera sintiendo, y tuvo que apoyar el maletín contra el muslo para disimular la polla que le latía en carne viva contra la cremallera.

Cuando la mujer se bajó en la siguiente parada, Marcos exhaló con los dientes apretados. Eres un enfermo. Se lo dijo sin demasiada convicción.

***

En la calle, pasó por delante de una zapatería. Debería haber cruzado de acera. No lo hizo.

Una mujer de unos cuarenta y cinco años estaba sentada en el banco de la tienda probándose sandalias de tacón. Los pies, sin medias, mostraban las uñas pintadas de rojo oscuro y los talones con las grietas finas del verano, esa sequedad que deja la ciudad en la piel. La dependienta le calzaba el pie con esa práctica profesional que no mira. La mujer sí miraba. Al techo.

Marcos fingió revisar el teléfono.

Imaginó arrodillarse en el suelo de la tienda. Tomar ese pie con las dos manos. Pasar el pulgar por las grietas del talón, notar la dureza de la piel, la aspereza. Inhalar despacio antes de acercar los labios. Meterse los cinco dedos de golpe en la boca, mamarlos como si fueran una polla, sacar la lengua y lamer el arco de punta a talón mientras la mujer seguía mirando al techo y la dependienta fingía no ver. Correrse en los pantalones sin tocarse, solo del sabor.

La culpa le llegó como una náusea. Siguió andando con la polla dura latiéndole a cada paso. La imagen tardó tres manzanas en desaparecer.

***

En una plaza con una fuente seca, una mujer joven estaba sentada sobre una manta de tela gruesa con el respaldo contra la pared. Las piernas estiradas, los pies descalzos, las plantas negras de asfalto y polvo. Dormitaba con la cabeza caída hacia un lado.

Marcos se detuvo.

No debería haberse detenido, pero los pies de esa mujer tenían algo que lo clavó al suelo. Los dedos eran finos, casi delicados. Las uñas, descuidadas pero de forma natural, sin la deformidad del abandono extremo. Solo la suciedad acumulada de días en la calle, honesta y directa.

Quiero limpiarlos con la lengua.

El pensamiento llegó antes de que pudiera interceptarlo. Imaginó arrodillarse. Verter agua de la botella que llevaba en el maletín sobre esos pies, despacio, ver cómo el polvo se disolvía y le bajaba por la lengua en un hilo turbio. Usar los pulgares para frotar la planta, sentir la piel suave debajo. Acercar la cara para ver mejor. Lamer entre los dedos hasta hacerla despertar, seguir chupando aunque abriera los ojos, meterse la planta entera en la boca mientras ella lo miraba sin decir una palabra.

Dejó un billete de cinco euros en la manta sin decir nada. Sin mirar a los ojos. Se alejó con la polla goteando dentro del calzoncillo.

***

Una boutique de ropa tenía la puerta abierta. Una dependienta joven, descalza sobre una banqueta de madera, colocaba ropa en perchas del escaparate interior. Los pies, pequeños y pálidos, enrojecidos por el calor del suelo, se aferraban al borde de la banqueta para no resbalar.

Marcos redujo el paso.

La dependienta no lo vio. Estiraba el brazo, se ponía de puntillas, el peso cayendo sobre la punta de los dedos. Pensó en el calor que habría acumulado esa piel contra la madera. En el olor. Jabón de la mañana y sudor de mediodía mezclados en algo que le habría gustado respirar de cerca, con la nariz enterrada entre esos dedos, mientras se la meneaba hasta correrse en el suelo de la tienda como un perro.

Para. Te van a ver.

Siguió de largo. Su corazón tardó una manzana en calmarse. Su polla, más.

***

Una pareja caminaba por la acera contraria. Él llevaba una mochila. Ella cargaba las sandalias en la mano e iba descalza, directamente sobre el asfalto de la ciudad, como si fuera la cosa más natural del mundo. Los pies, bronceados, con las uñas pintadas de verde agua, acumulaban el polvo de cada paso. Las plantas, oscurecidas.

Marcos los siguió con la mirada hasta que doblaron la esquina.

Eres un animal. Apretó el maletín. Contrólate.

No se controló. El control no era exactamente lo que necesitaba. Lo que necesitaba era llegar a casa y correrse en los pies de alguien.

***

En el parque que quedaba a dos bloques de la oficina, un grupo de mujeres hacía yoga al aire libre sobre esterillas de colores. Algunas llevaban calcetines de deporte finos. La mayoría, descalzas. Sus pies presionaban las esterillas en posturas que los exponían desde ángulos distintos.

Marcos se sentó en un banco.

Sabía que no debía. Pero se sentó. Fingió revisar el teléfono. Observó. Las plantas blancas, rosadas, bronceadas. Pies de distintos tamaños, con uñas pintadas y sin pintar, con callosidades del deporte o con la piel suave de quien no camina descalzo nunca. El gentío del parque lo hacía invisible, y esa invisibilidad era su peor aliada. La polla se le hinchaba dentro del pantalón cada vez que una de ellas subía las caderas y los dedos de los pies se le abrían como una flor.

Cinco minutos. Se permitió cinco minutos. Luego se levantó, caminó recto hacia la oficina y no miró atrás.

***

La reunión de la tarde duró dos horas.

Su compañera Bea, sentada a su derecha, se quitó una bailarina en algún momento del segundo punto del orden del día. Marcos lo notó por el movimiento del pie bajo la mesa, ese deslizamiento del zapato cayendo al suelo. No lo vio. Lo sintió.

Siguió tomando notas en el portátil con una concentración que era pura ficción.

El pie descalzo de Bea se movía inquieto sobre el suelo, los dedos doblándose hacia arriba y hacia abajo. Marcos fijó la vista en la pantalla. No mires. Pensó en el calor de ese suelo. En la piel caliente después de horas dentro del zapato, en el olor que desprendería si se lo acercara a la nariz. Se imaginó bajo la mesa, arrodillado entre las piernas de Bea, chupándole el empeine mientras ella seguía la reunión con voz firme, metiéndole los dedos en la boca uno por uno hasta hacerla apretar los muslos.

Cuando Bea se calzó para salir, Marcos esperó unos minutos antes de levantarse. Tenía la polla tan dura que no podía ponerse de pie sin que se notara. No quería cruzar la puerta a su lado. Tampoco quería hablar.

***

La caminata de vuelta a casa fue un resumen del día entero comprimido en veinte minutos. Una mujer en la parada del autobús que se quitó la sandalia para sacudir una piedra, con las medias rotas y el pie brillante de sudor. Una corredora que se detuvo junto a un banco y se arrancó las zapatillas para estirar los pies directamente sobre la hierba.

Cada escena era un cuchillo. Su cuerpo seguía traicionándolo.

Cuando entró al portal de su edificio, estaba agotado de una manera que no tenía nada que ver con el trabajo. Era el agotamiento de contener. De no actuar. De caminar durante horas entre tentaciones sin tocar nada, con los cojones apretados y la polla dura en un ciclo que no había parado desde la mañana.

***

El apartamento olía a vainilla y a algo más, algo que Marcos reconoció antes de encender la luz del salón: el olor específico de Laura cuando llevaba un día entero fuera.

Ella estaba en el sofá con las piernas extendidas sobre el reposapiés. Descalza.

Marcos se quedó en la entrada.

Los pies de Laura estaban sucios. Más de lo habitual, más de lo que justificaba un día normal. Las plantas, oscurecidas. Los talones, ásperos. Las uñas sin pintar. Los dedos se movían despacio, uno tras otro, como si supiera que él estaba mirando. Como si llevara horas esperando ese momento.

—Día largo, ¿verdad? —dijo ella sin girarse.

—Sí.

—A mí también. Se me rompió la sandalia a mediodía. —Hizo una pausa. —Volví caminando. Sin nada.

Marcos tragó saliva.

—¿Todo el camino?

—Todo el camino. —Ahora sí se giró. Lo miró con esa calma que a él siempre le deshacía algo por dentro. —Necesito un masaje.

No era una petición. Era una afirmación. Una orden disfrazada de necesidad, como siempre con Laura, como a él siempre le había gustado que fuera.

Se arrodilló frente al reposapiés.

Los pies de Laura estaban calientes. Cuando los tomó entre las manos, sintió el calor acumulado del día, la dureza del talón, la suavidad relativa de los dedos. Inhaló. El olor era exactamente lo que había imaginado durante ocho horas: polvo, calor, piel viva, ella. Y algo más ácido debajo, más íntimo, el sudor de una mujer que había caminado kilómetros descalza sabiendo que iba a hacer que él le comiera los pies al llegar.

—¿Con las manos… o con la boca? —murmuró, aunque ya sabía la respuesta.

Laura se inclinó hacia él con la sonrisa afilada que lo desarmaba siempre.

—Con la boca, claro —ordenó, y su mano se deslizó hacia el borde del vestido sin prisa, con esa deliberación que a Marcos le apretaba el pecho cada vez—. Sacá la lengua. Empezá por el talón. Quiero verte limpiarlos enteros, uno por uno. Y no te vas a tocar la polla hasta que yo te diga.

Marcos apoyó los labios en la planta del pie derecho. Sintió la aspereza contra la boca, el calor en los labios, el sabor salado y terroso. Su lengua recorrió el arco despacio, sin apresurarse, desde el talón sucio hasta la base de los dedos, chupando el polvo, tragando la sal, notando cómo cada centímetro de piel le llenaba la boca de un sabor que llevaba ocho horas fantaseando. Laura exhaló. Su mano ya estaba dentro del vestido, y por el movimiento de la tela Marcos supo que se estaba tocando el coño con dos dedos, despacio.

—Bien —dijo ella en voz baja—. Ahora los dedos. Chupámelos como si fuera una polla, Marcos. Uno por uno. Metételos hasta la garganta.

Marcos se metió el dedo gordo en la boca y lo mamó. Cerró los labios alrededor y chupó despacio, sacando la lengua entre los otros dedos, lamiendo entre uno y otro, arrastrando el polvo y el sudor con la saliva. Laura gimió por primera vez en toda la noche, un gemido corto, ronco, y Marcos sintió cómo el coño se le apretaba a ella con solo escucharlo. Siguió. Segundo dedo. Tercero. Los mamaba con la disciplina de quien había esperado esto todo el día, con la lengua haciendo círculos en las yemas, chupando fuerte, tragando cada gota salada.

—Los cinco —dijo Laura, y le agarró la nuca con la mano libre—. Metételos los cinco de una vez.

Abrió la boca todo lo que pudo y le metió el pie entero hasta el empeine. Los cinco dedos calientes y sucios rozándole el paladar, la lengua debajo empujando contra la planta, la saliva desbordándose por la barbilla. Laura empujó con el talón contra su barbilla y Marcos empujó de vuelta, apretando los labios alrededor del pie, mamando ese pie como si fuera la única forma de respirar. Notó el sabor concentrarse contra la lengua, denso, sucio de un día entero, y la polla le latió con tanta violencia dentro del pantalón que pensó que iba a correrse sin tocarse.

—Mírame —dijo Laura, y él levantó los ojos con el pie todavía en la boca. Ella tenía la mano hundida entre las piernas, el vestido levantado hasta la cintura, los dedos moviéndose en círculos sobre el clítoris. El coño le brillaba, todo abierto, mojado hasta los muslos—. Ahora el otro.

Marcos soltó el pie derecho con un ruido húmedo de saliva y agarró el izquierdo. Este estaba aún más sucio, con una línea oscura entre los dedos que él lamió sin pensar, empujando la lengua entre uno y otro, chupando hasta hacerla desaparecer. Laura se abría el coño con dos dedos y se lo enseñaba mientras él mamaba. El olor a mujer excitada le llegaba desde arriba y se mezclaba con el sabor a pies calientes en la boca, y Marcos sintió que iba a explotar dentro del pantalón sin haberse desabrochado siquiera.

—Sacátela —ordenó ella, con la voz ya rota de placer—. La polla. Sacátela y hacete una paja, pero sin correrte. No te corrás hasta que yo lo diga.

Marcos se abrió el pantalón con una mano mientras seguía chupando. La polla saltó hacia fuera, dura, hinchada, con la punta violeta y ya goteando sobre la alfombra. Se la agarró y empezó a menearla despacio, apretando la base para no correrse, mientras metía la lengua debajo del arco del pie izquierdo de Laura y lamía toda la planta de una pasada larga.

—Así —jadeó Laura—. Así, no pares. Comeme los pies. Comémelos hasta que me corra encima de la cara.

Marcos le agarró los dos tobillos y le juntó los pies contra su cara, hundiendo la nariz entre los dos empeines, sacando la lengua para lamer los dos arcos a la vez. El olor era brutal ahora, concentrado, mezcla de asfalto y sudor de mujer y algo dulce de la piel. Chupaba, lamía, mamaba dedos, hundía la lengua entre uno y otro, con las manos apretándole los tobillos con fuerza para no soltarla, y Laura se retorcía en el sofá con las piernas abiertas, la mano moviéndose cada vez más rápido sobre el coño.

—Me voy a correr —dijo—, me voy a correr, Marcos, seguí, no pares, no pares.

Marcos le metió los cinco dedos del pie izquierdo en la boca hasta la garganta y mamó con todo lo que tenía. Se meneaba la polla al mismo ritmo, apretando duro para no correrse, la mano resbalando por el hilo de baba que le caía desde la boca. Laura empujó el pie contra su cara, arqueó la espalda, y se corrió con un grito ronco que Marcos sintió vibrarle contra el pie. Los muslos temblándole, el coño contrayéndose visible bajo los dedos, el líquido bajándole por la mano hasta la muñeca.

—Ahora vos —jadeó, todavía sin recuperar el aire, y le agarró la cabeza y le apretó la cara contra las plantas—. Corréteme encima de los pies. En las plantas. Todo. Quiero verlos empapados de tu leche.

Marcos se meneaba con fuerza, la polla apuntando entre los dos pies que Laura le había juntado a la altura de la boca. Lamió una última vez el empeine, sintió el sabor a Laura entera, y explotó. La corrida salió a chorros gruesos, uno tras otro, empapándole las plantas de los pies, chorreando entre los dedos, formando hilos blancos que colgaban del talón. Marcos gimió contra la piel mientras seguía corriéndose, la polla latiendo en la mano, el semen cayéndole a Laura sobre los pies sucios como si fuera una ofrenda.

—Limpiámelos —dijo ella entonces, con la voz otra vez tranquila, esa calma después de correrse que a Marcos le desarmaba más que cualquier orden anterior—. Con la lengua. Todo. Hasta la última gota.

Marcos obedeció. Sacó la lengua y lamió su propia corrida de las plantas de Laura, chupándose el semen de entre los dedos de ella, tragando su propio sabor mezclado con el de ella, sintiendo cómo Laura lo miraba desde arriba con esa sonrisa afilada que ya conocía. Chupó hasta dejarle los pies limpios de leche, aunque no del polvo del día, y siguió chupando después, ya sin orden, solo porque no quería parar.

Mientras lamía, el día completo desfiló por su cabeza: la mujer del metro con las medias sudadas, la señora de la zapatería con las grietas en los talones, los pies negros de polvo de la mujer en la plaza, la dependienta descalza sobre la banqueta, la chica de los pies bronceados caminando sin sandalias, el grupo de yoga en el parque, Bea con la bailarina caída al suelo.

Muchos pies. Un día entero de pies que no pudo tocar.

Y sin embargo, estos eran los únicos que importaban. Los de Laura. Porque Laura sabía. Porque Laura los usaba así, como un arma y como un regalo a la vez, porque le gustaba verlo arrodillado con esa entrega que a ella le daba algo que Marcos no sabía nombrar pero que reconocía cada vez.

—Buen chico —murmuró ella, acariciándole el pelo con el pie todavía apoyado en la mejilla húmeda—. Mañana también voy a volver descalza.

Marcos asintió contra la planta de su pie. Siguió lamiendo. La sal, el polvo, el calor crudo del asfalto de julio. El sabor de un día entero que ella había caminado descalza, para él, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Afuera, la ciudad seguía hirviendo. Aquí dentro, Marcos había llegado a casa.

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Comentarios(9)

Noctambulo_MX

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Patricio_85

Por favor que haya segunda parte. Me quede con ganas de saber como sigue esa dinamica entre ellos.

fetichista_lect

Me engancho desde el primer parrafo. La tension que se describe es increible, muy bien logrado.

SergioDF

Que nivel de detalle en cada momento. Se siente la tension acumulada en cada linea, es de esos relatos que te atrapan y no podes soltar. Muy bien escrito, de verdad.

EduMR22

jaja el titulo ya dice todo, tremendo gancho

CuriosaLectora

Esto es pura fantasia o tiene algo de real? porque se siente muy vivido, muy autentico

RocioMdQ

increible!! sigue escribiendo por favor

Fabio_Cba

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa mezcla de espera y anticipacion es unica. Saludos desde cordoba.

Torino_lect

Se hizo cortisimo quiero mas jaja, excelente

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