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Relatos Ardientes

El entrenamiento de la nueva pony de la finca

Mariela había aceptado convertirse en el juguete de Tobías, un muchacho joven y fornido cuya mente nunca había terminado de crecer, y de su padre Damián, el dueño de la finca. A cambio, ella y su hijo pequeño tenían techo, comida y una protección que afuera, a la intemperie, no habría durado ni una noche.

Aquella tarde caminaba hacia la casa de su nuevo amo después de pasar por las manos de Úrsula, a quien todos llamaban «la sargento». La mujer la había sometido a un manguerazo de agua helada y a una depilación tan rápida como descuidada, que le dejó pequeños cortes ardiendo entre los muslos.

Pero Mariela pensaba en su hijo, a quien le habían asegurado que estaba bien cuidado, y ese pensamiento le daba fuerzas para enfrentar lo que viniera. Mientras él esté a salvo, yo aguanto cualquier cosa.

La puerta estaba abierta. Entró con un diminuto vestido blanco que apenas cubría su desnudez, con una abertura frontal que, al moverse, dejaba sus pechos al aire. Se presentó ante Tobías con una sonrisa forzada.

—Enséñame las tetas —dijo él apenas la vio.

Obediente, Mariela se bajó la parte superior del vestido y quedó desnuda de cintura para arriba.

—Ven, siéntate aquí, a mi lado.

Caminó hacia él y sus pechos firmes se balancearon con cada paso. Se sentó, consciente de que la falda no tapaba nada. Tobías se la levantó un poco más, exponiendo su sexo todavía marcado por los cortes de la depilación. A pesar de la brusquedad del muchacho, había algo en la forma embelesada en que la miraba que la hacía sentir, por un instante, casi venerada.

En ese momento entró Úrsula. Observó la escena con desaprobación y, con esa voz alta y estridente que le helaba la sangre, soltó:

—Así no, Tobías. Tienes que enseñarle quién manda.

La sargento agarró a Mariela del pelo y la arrastró hasta el centro de la sala. Tomó una vara larga y la azotó con violencia. Mariela saltó y gritó.

—No te muevas, zorra —ladró Úrsula.

Aterrorizada, se quedó quieta, esperando el siguiente golpe. Llegó con fuerza, una y otra vez, un dolor agudo que le recorría la espalda hasta la nuca. Cuando terminó, la mujer abrió un bote y tomó con los dedos una porción de crema clara.

—Abre el coño, zorra.

Mariela se abrió con los dedos y Úrsula extendió la crema, hundiendo los dedos más de lo necesario. Luego le ordenó darse la vuelta y separar las nalgas, y le aplicó otra capa atrás, penetrándola sin cuidado con dos dedos.

—Listo, Tobías. Ven y fóllatela.

***

El muchacho se desnudó, excitado, y con ayuda de Úrsula se hundió dentro de ella. El dolor y la humillación hacían que Mariela deseara que aquello terminara cuanto antes. Pero Tobías empujaba con fuerza, la crema resbalosa lo facilitaba todo, y muy a su pesar una descarga de placer la recorrió. Intentó disimularla, apretando los dientes.

—Dale fuerte, Tobías, que esta zorra está caliente.

Él la cabalgó sin tregua. Mariela contuvo un gemido que se le escapó igual, mientras aquel cuerpo joven aceleraba las embestidas hasta vaciarse dentro de ella. La dejaron así, de pie, dolorida, apoyando la mano en la mesa para no caer, conteniendo las lágrimas para que nadie viera su angustia.

Esa misma tarde lo visitaron sus dos amigos, Bruno y Gerardo. Mariela, embutida en el vestido minúsculo y sin nada debajo, les sirvió la bebida. En sus ojos reconoció la misma maldad que en Úrsula. Bruno deslizó la mano entre sus piernas y ella se apartó.

—Quite la mano, usted no tiene permiso.

Bruno soltó una carcajada y, a partir de ahí, Mariela se convirtió en el único tema de conversación.

Comprendió que quienes rodeaban a su dueño hacían con ella lo que se les antojaba. Tobías protestó un poco, pero al final, como siempre, terminó cediendo.

—Mariela, las órdenes de mis amigos valen igual que las mías —recitó, como le habían hecho memorizar.

—¿Cualquier tipo de orden? —preguntó ella, aunque ya conocía la respuesta.

—Por supuesto —intervino Gerardo—. Díselo, Tobías. Dile todas las órdenes.

—Todas las órdenes —repitió el muchacho, sin parecer contento.

Bruno volvió a meter la mano, esta vez con más confianza.

—Abre más las piernas —dijo con una sonrisa sucia.

Mariela obedeció y los dedos de Bruno la abrieron sin miramientos. Después Gerardo ordenó:

—Desnúdate.

Se quitó el vestido y quedó desnuda frente a los tres hombres. Ahora era el juguete de los tres.

***

Cuando por fin se acostó, dolorida y agotada, recordó cómo la habían usado entre los tres: las pollas que había tenido que chupar, los azotes, las manos recorriéndole cada centímetro del cuerpo. Aun así, el cansancio fue más fuerte y la dejó dormir.

También hay cosas buenas, se dijo antes de cerrar los ojos. Su hijo estaba bien y había hecho amigos en la finca. Lo veía poco, pero sabía que Damián, el padre de Tobías, se ocupaba de él.

Dos veces por semana, Damián la llamaba a su casa para que lo complaciera. Y Mariela había empezado a notar algo que no entendía: su cuerpo y su mente deseaban intensamente esas citas. Frente a un pequeño espejo se miraba desnuda. El cuerpo alto y joven, los pechos firmes, las piernas largas, le recordaban a su difunto marido. Le costaba creer que un hombre maduro como Damián, que la trataba con dureza, la pusiera tan caliente.

Era el único que, después del dolor, la trataba con algo parecido al cariño. El único que se preocupaba de que viera a su hijo. Pero sabía que no era solo eso. Sabía que su sexo se humedecía con los azotes, que vibraba anticipando el dolor. No lo comprendía, pero se preparaba con esmero para gustarle.

Se cubrió la piel desnuda con una capa, como sabía que a él le gustaba, y llamó a su puerta.

Cuando entró, Damián se colocó a su espalda y le retiró la tela. La luz hizo brillar su cuerpo, dibujando un juego de sombras sobre sus curvas. Mariela se giró para quedar frente a él y observó, con una sonrisa, cómo se deleitaba mirándola. Se acercó para que la tocara.

—Eres muy bella.

Damián ya estaba excitado. Le agarró los pechos, le estiró los pezones, le acarició las nalgas y hundió los dedos entre sus muslos para comprobar que estaba lista. Mariela se alejó contoneándose y volvió la cabeza con la mirada divertida, disfrutando de verlo disfrutar. Apoyó las manos en la mesa y esperó.

Él se quitó el cinturón y lo paseó despacio por su espalda y su culo. Le encantaba la forma en que ella aguardaba el primer golpe, un poco asustada. Los demás los soportaría en silencio, pero el primero siempre la hacía saltar. El cinturón silbó en el aire e impactó en su nalga derecha. Mariela dio un pequeño respingo y dejó escapar un quejido. Se volvió, sonrió y le pidió perdón por no haber podido contenerse.

Damián la azotó hasta que la piel se le marcó de rojo, un rojo que empezaba a tornarse morado. Entonces soltó el cinturón, se bajó el pantalón y la penetró. Estaba húmeda. La folló despacio, saboreando el momento, contemplando a la hembra espléndida que tenía a su merced. Escuchó sus gemidos contenidos, sintió cómo el placer la atravesaba, y cuando ella estuvo al borde del orgasmo, aceleró y se dejó ir dentro de ella.

Después se tumbó, y Mariela apoyó la cabeza en su pecho. Desnudos los dos, hablaron del niño y de Tobías.

—Tengo mucho miedo, Damián —confesó ella.

—Haces bien en tenerlo. Son muy peligrosos.

***

Las tardes se habían vuelto un calvario. Convertida en juguete de Tobías y sus amigos, con la sádica Úrsula siempre cerca, Mariela se paseaba desnuda sirviendo a los hombres, entre toqueteos y latigazos.

—Ponte ahí —le dijo Gerardo una tarde—. Eso es. Abre los brazos y las piernas.

De pie ante ellos, asustada, obedeció.

—Creo que sería una pony excelente para la competición del sábado —dijo Gerardo.

—¡Sí, sí, sí! —gritó Tobías, dando palmadas como un crío.

—Tienes razón —añadió Bruno, levantándose y haciéndola girar con la mano en el culo—. ¿Tú qué opinas, Úrsula?

La sargento se acercó y la examinó con los ojos brillantes.

—Servirá, sí. Con un entrenamiento intenso —dijo—. Voy a buscar el arnés.

Volvió poco después con un extraño artefacto, mezcla de metal y cuerda. Los tres hombres y la mujer se colocaron alrededor de Mariela, que seguía desnuda, con los brazos y las piernas abiertos y la cabeza baja.

Primero le ajustaron una pieza sobre los hombros que le sostenía la cabeza, forrada para no rasgarle la piel. Una bola en la boca, sujeta con correas a las argollas del armazón, hacía de freno y la obligaba a mantener el cuello erguido. Otro armazón le ceñía la cintura y descendía por los costados hasta cerrarse en los muslos y, después, en los tobillos. Las dos estructuras se unían con cuerdas; las delanteras tiraban más, forzándola a caminar ligeramente encorvada.

Entonces sintió en el ano la crema resbalosa que ya conocía. Aterrada, miró el largo mango que iban a introducirle, rematado en una cola de caballo. Sintió la presión y, después, un dolor lacerante cuando se lo metieron sin contemplaciones, dejando la cola colgando casi hasta las rodillas.

Gerardo había pasado los últimos minutos con una erección imposible de disimular. Qué buena está, pensaba mientras ajustaba las correas. El rostro de profunda humillación de Mariela, mientras ocho manos colocaban cada pieza, lo excitaba más que cualquier otra cosa.

Cuando terminaron, ella quedó encorvada, con la cabeza mirando al suelo. Tobías sostenía las riendas para guiarla y Úrsula empuñaba un cinturón ancho, diseñado para causar un dolor intenso sin abrir la piel. La sargento azotó con fuerza, indicándole que avanzara. Mariela se movió con dificultad, porque Tobías no sabía manejar las riendas: al tirar de una cuerda conectada a su tobillo, la hizo caer al suelo.

Úrsula la golpeó para que se levantara deprisa, pero cuando lo hizo y se dispuso a caminar, Tobías tiró de la bola de la boca, provocándole un dolor que la obligó a detenerse. La sargento volvió a azotar. Entre el dolor, la humillación y el cansancio, Mariela estuvo a punto de perder la cabeza. Marcada y exhausta, le retiraron por fin el arnés. Pero Gerardo seguía caliente y la quería.

—Túmbate ahí —ordenó.

Le levantó las piernas, se las apoyó en el hombro y la folló con dureza. Mariela ya no tenía fuerzas ni para quejarse.

***

El entrenamiento la llevó al límite. Cada día se sentía más humillada mientras le colocaban el armazón. Tobías no lograba controlar las riendas y ella terminaba casi siempre en el suelo. El látigo le golpeaba la piel con saña. No había avances. Iban a hacer el ridículo en la competición, y eso hacía que el castigo creciera jornada tras jornada.

Las cinco ponys dormían en la cuadra, sobre el suelo, en pequeños rectángulos marcados. Mariela veía el miedo reflejado en los ojos de las demás. El fracaso se pagaría caro, y todas lo sabían. Eran bonitas, pero ninguna tenía su cuerpo, que lucía espectacular cuando salía a la arena: los pechos firmes destacando, los muslos brillantes por el aceite.

El día de la competición, Tobías llevaba las riendas y Úrsula el látigo. Cuando salieron y el público rugió, la sargento lanzó un sonoro latigazo sobre sus nalgas. Mariela intentó moverse con elegancia: levantó las manos, se puso de puntillas como una yegua orgullosa, con todo el cuerpo expuesto. Al público le gustó.

Gerardo, en primera fila, disimulaba como podía su erección. Úrsula volvió a azotarla para deleite de la multitud. Tobías también le hacía daño porque no sabía guiarla, pero ella ignoraba el dolor y se movía con gracia: alzaba una pierna, la sostenía un segundo en el aire y la bajaba despacio, imitando los pasos de una pony de exhibición. Al final estalló una fuerte ovación y consiguieron un meritorio segundo puesto.

Tobías estaba feliz. En casa, después de quitarle el armazón, la ayudó a meterse en la cama, porque Mariela apenas podía moverse.

***

Al día siguiente, Damián la llamó. Se presentó llorosa, humillada y dolorida. Él la cuidó: le extendió una pomada por todo el cuerpo, y aquellas manos suaves la fueron relajando hasta que recuperó algo de fuerzas.

—Tienes que salir de aquí antes de que te maten —le dijo—. Lo voy a preparar todo para que puedas vivir en otra parte.

Mariela se acurrucó contra él y sonrió.

—Fóllame, por favor. Lo necesito.

Damián se desnudó y se tumbó sobre ella. Follaron despacio, disfrutando del roce de sus cuerpos. Ella le clavó las manos en la espalda para atraerlo más adentro. Necesitaba olvidar, y se concentró en el placer que crecía en su interior. Él le apretó los pechos con fuerza y Mariela estalló en un orgasmo intenso.

—Gracias, amo —le dijo, besándolo en la boca.

***

Esa noche, Mariela y su hijo esperaban junto a la puerta de la finca, acompañados por Damián. Un hombre a caballo se acercó, guiando con la mano otras dos monturas. Damián ayudó a subir al niño, luego besó a Mariela y la ayudó a montar también.

Con la complicidad del guardián, salieron a la noche cerrada. Madre e hijo miraban de reojo al jinete desconocido que los conducía hacia un destino del que nada sabían y poco esperaban. Era alto, montaba muy erguido, y un sombrero de ala ancha le ocultaba el rostro. No había dicho una palabra. No parecía nervioso, pero sus ojos fríos lo observaban todo.

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Comentarios (5)

ElCurioso_Uy

tremendo relato!!! de los mejores que lei en esta categoria, sin dudas

PatricioG85

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto

SofiRelatos

Me identifiqué con el personaje en ese momento inicial. La forma en que describe la decisión de cruzar esa puerta... muy bien logrado.

DominioFeliz

Cuantas partes pensas escribir? la historia tiene potencial para dar mucho mas

NightReaderX

El comienzo me atrapó de entrada. Se nota que saben crear tension desde el primer parrafo

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