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Relatos Ardientes

Se entregó como esclava al jinete que la rescató

Mariela consiguió escapar de la finca. Durante meses había sido usada, vejada y castigada a diario por Nicolás, el hijo de Maximiliano, por Úrsula, la asistenta de manos crueles, y por la cuadrilla de amigos que Nicolás traía cuando se aburría. Maximiliano, el dueño de todo aquello, fue quien al final decidió su suerte: la dejó, junto con su hijo Iván, en manos de un desconocido para que huyeran antes del amanecer.

Lo extraño no fue el miedo, sino el dolor de la separación. A pesar de la dureza con la que Maximiliano la trataba, ella gozaba a su lado de una forma que todavía no entendía. Alejarse de él le apretaba el pecho como si le arrancaran algo vivo.

El desconocido no hablaba. Era un jinete experto, de movimientos secos y eficientes, y Mariela e Iván seguían su ritmo pausado sobre el segundo caballo. Lo observaba de reojo durante horas. Era alto, de porte sereno, con unos ojos fríos que jamás descansaban: oteaban el horizonte buscando un peligro que solo él parecía adivinar.

La jornada fue interminable, con una única parada para comer un trozo de carne fría y beber un trago largo de agua tibia. Al caer la noche Mariela se acurrucó junto a Iván. Los dos estaban agotados. El hombre se tumbó aparte, se cubrió la cara con el sombrero y pareció dormirse al instante.

Cuando la oscuridad empezó a aclararse, antes de que saliera el sol, se levantó de golpe.

—Arriba —ordenó.

Ella dio un salto y se incorporó. A Iván le costó despertarlo, porque el descanso había sido demasiado breve. Sentados los tres en círculo, el desconocido repartió pedazos de la misma carne del día anterior, fría y difícil de tragar.

—¿Podemos hacer fuego y calentarla un poco? —preguntó Mariela.

Era más una súplica que una pregunta.

—No —contestó él.

—Es que así, tan fría y dura, casi no se puede comer —insistió ella.

—No estamos suficientemente lejos. Todavía pueden seguirnos. Yo tomo las decisiones, vosotros solo tenéis que obedecer —dijo, visiblemente molesto por haberse visto obligado a hablar tanto.

Mariela lo miró con cuidado. Aquel hombre era peligroso, y empezaba a comprender una cosa: había escapado de la finca, sí, pero no estaba a salvo. Solo había cambiado de dueño sin saberlo todavía.

***

El paisaje rocoso y desértico fue transformándose poco a poco. Vadearon un río de corriente lenta y el verde comenzó a teñir el suelo. Algunos árboles aislados anunciaban tierras más fértiles. Esa noche, cuando pararon, el desconocido encendió por fin un fuego pequeño, y pudieron comer caliente los trozos de carne, que seguían siendo la única comida disponible.

El tercer día el riachuelo desembocó en un río ancho y caudaloso. Por la tarde se adentraron en un bosque cerrado, y antes de que anocheciera llegaron a una casa de madera grande, maciza y solitaria, rodeada de troncos altos.

—Descansad. Mañana hablaremos —dijo, y no añadió nada más.

Mariela apenas durmió. Sabía que con la luz conocería su destino y el de su hijo, y no tenía buenas sensaciones. Pasó la noche escuchando el crujir de la madera y la respiración tranquila de Iván.

***

Desayunaron en silencio. El hombre había abierto una lata y calentado un mejunje de peor aspecto que sabor. Quizá fuera el hambre, pero ni Iván ni ella dejaron nada en el plato.

—Sal a jugar fuera —le dijo a Iván—. Tengo que hablar con tu madre.

El niño se levantó y salió. El desconocido le clavó la mirada a Mariela, y ella sintió cómo el miedo le subía por la espalda.

—Le prometí a Maximiliano que os dejaría marchar —dijo—. Andando, en dos horas llegaréis a una ciudad pequeña. Os enseñaré el camino.

—¿Y qué haremos allí? —preguntó ella.

El hombre la miró con frialdad.

—No lo sé. Tendrás que apañártelas sola.

Mariela perdió los nervios. Se levantó de la silla y gritó.

—No tengo nada, no conozco a nadie. ¿Qué voy a hacer en una ciudad desconocida con un niño pequeño?

Él se puso de pie, se acercó en dos zancadas y le cruzó la cara con una bofetada que la tiró al suelo. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca.

—Yo os salvé arriesgando mi vida, y tú te quejas en lugar de darme las gracias —dijo, con una ira contenida que daba más miedo que los gritos.

Desde el suelo lo contempló. Pensó con frialdad en su situación: no tenía nada, no conocía a nadie, cargaba con un hijo pequeño. Solo había un trabajo que sabía hacer, y solo si tenía suerte. Y allí, frente a ella, había un hombre que no quería el dinero que no tenía.

—Gracias por todo. Le pido perdón —dijo despacio, todavía en el suelo—. Estoy segura de que puedo serle útil. Seré completamente suya, en cuerpo y alma. No seré un estorbo. Solo le pido un futuro para mi hijo. A mí puede usarme como desee.

El hombre la miró desafiante, como midiendo si hablaba en serio. Luego algo en su gesto se aflojó. Se llevó dos dedos a la boca y soltó un silbido agudo.

Un perro enorme entró en la casa como una exhalación. Buscó a su amo con los ojos, y el hombre le hizo un gesto seco, dirigiendo la mirada hacia Mariela. El animal se acercó. Era inmenso, y el terror se le dibujó en la cara antes de que pudiera disimularlo.

—Desnúdate —dijo el hombre—. Quiere lamerte.

Ella obedeció asustada, con los dedos torpes en los botones. El perro le lamió el cuello, después los pechos, con una lengua áspera y caliente.

—Abre las piernas y llévalo a tu coño —ordenó.

Estaba aterrorizada, pero obedeció. Guió la cabeza del animal y notó su lengua donde nadie la había tocado con esa intención. Poco a poco el terror se fue diluyendo. Oleadas de calor empezaron a recorrerla contra su voluntad. Cerró los ojos. La lengua insistía, paciente, y ella dejó de luchar.

Sintió el orgasmo avanzar imparable, sin que pudiera contenerlo. Agarró la cabeza del perro y la apretó contra sí. Se corrió entre espasmos, mordiéndose el labio para no gritar delante del hombre que la observaba sin pestañear.

—Me llamo Dorian —dijo entonces.

Mariela supo que se quedaría en aquella casa. Desnuda sobre el suelo de madera, se giró hacia el techo y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

***

Las cabezas se vuelven cuando Mariela cruza la calle principal del pueblo. Los hombres la miran embobados; las mujeres, con una envidia mal disimulada. Camina con paso firme, con un vestido ceñido que le llega casi a las rodillas. No necesita más para que adivinen la figura que hay debajo.

Se detiene ante una casa amplia y bonita de dos plantas y llama a la puerta. Es la casa de los padres de Dorian, donde ahora vive Iván. Una mujer mayor, de buen porte, sale a recibirla. Se abrazan, y del brazo salen juntas hacia la escuela donde está el niño.

Cuando los niños salen, Iván se queda jugando fuera con dos amigos. La madre de Dorian se sienta en un banco y lo vigila discretamente, mientras Mariela se dirige al despacho de su maestra.

Entra y cierra la puerta echando el cerrojo.

—Hola, Renata —saluda, sentándose en la silla frente a ella.

Renata sonríe con cariño.

—Hola, señora. Iván se ha portado muy bien hoy.

—No he venido a hablar de Iván —dice Mariela.

Se levanta la falda del vestido y abre las piernas, dejando a la vista su sexo apenas cubierto de vello. Renata no necesita más instrucciones. Baja de la silla, se desliza por debajo del escritorio y repta hasta quedar entre sus piernas. Mete la cabeza y empieza a lamerla con una entrega que las dos conocen bien.

Al poco rato su boca le arranca el primer estremecimiento. Mariela le sujeta la nuca con las dos manos. La lengua experta le nubla la vista; se agita en la silla cuando el placer empieza a recorrerla en chispazos eléctricos. Aprieta la cabeza de Renata contra sí y se corre con violencia, luchando por no gritar y delatarlas.

La agarra del pelo y la aparta. Se levanta y se coloca la falda, intentando recomponerse después del momento.

—Ven el sábado temprano —ordena.

—Sí, señora —contesta Renata, todavía arrodillada.

—A Dorian también le gustará verte.

—Me encantará servirles —dice, con los ojos brillantes.

Mariela abre la puerta y sale al patio, donde Iván sigue jugando bajo la mirada de la madre de Dorian.

—Vamos —dice, ayudándola a levantarse del banco. Le da el brazo y caminan juntas de vuelta hacia su casa.

***

Mariela regresa a su casa por la tarde. Dorian todavía no ha llegado. Se da una ducha larga y se pone un vestido ligero y cómodo. Cuando oye a lo lejos el relincho de su caballo, se quita el vestido y queda completamente desnuda.

Estira los brazos hacia arriba y mete las manos en la cuerda que cuelga de una argolla del techo. Hace correr el nudo y queda sujeta por las muñecas, ofrecida, tal como a él le gusta encontrarla.

Dorian entra y sonríe. Su esclava lo espera lista y deseosa, como siempre. Su cuerpo desnudo le provoca una erección, como siempre.

—Hola, perra —dice, apretando el nudo y tensando la cuerda hasta estirarla entera.

—Hola, amo —responde ella, feliz.

Las manos grandes y duras de Dorian la recorren. Agarran sus pechos y los pellizcan con fuerza hasta hacerla tensar el cuerpo. Le da un azote seco en una nalga y la aprieta como una garra. Pasa los dedos por su sexo y lo encuentra húmedo, resbaladizo. Ese recorrido rudo y posesivo la vuelve loca.

—Voy a azotarte duro —le susurra al oído.

—Sí, amo. Úseme como desee.

El cinturón de cuero deja marcas rojas e intensas sobre su piel. Mariela no puede evitar retorcerse y se le escapa un quejido que intenta reprimir. Cuando las marcas ya cubren buena parte de su cuerpo, Dorian suelta la cuerda, la tumba sobre la cama y se desnuda despacio. Ella disfruta de la vista de su cuerpo musculoso, del peso con que se deja caer encima.

La penetra con dureza, sin tregua, hasta que se corre. Después se da la vuelta y Mariela lo limpia con la boca antes de tumbarse sobre su pecho, escuchando cómo se le calma la respiración.

—¿Mi perra está satisfecha? —pregunta él.

—Tu perra disfruta cada segundo sirviendo a su amo —contesta ella.

Y por primera vez en su vida, lo dice en serio.

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Comentarios (6)

MarceloLect

Increible tension desde el principio. No podia parar de leer, al final quede con la boca abierta. Mas por favor!

Valentina_Rdz

excelente!!! uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

SofiNoche22

Necesito la segunda parte urgente jajaja me quede sin palabras

PatricioRV

La atmosfera con el jinete es impresionante. Se siente todo sin decir casi nada, eso es talento.

ElNocturno_K

La tension desde la primera linea te atrapa. Buen trabajo.

NachoCba93

Me recordo a algo que vivi hace años... pero esto esta mejor contado, de verdad. Muy bueno!

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