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Relatos Ardientes

Volvió a buscarlas y esta vez ellas pusieron las reglas

Aníbal había cumplido los cincuenta y ocho hacía tiempo, y desde aquella noche en el callejón no había vuelto a dormir tranquilo. No era el miedo lo que lo mantenía despierto, sino el recuerdo. Tres mujeres lo habían arrinconado contra la pared de ladrillo, lo habían usado a su antojo y lo habían dejado tirado como un trapo viejo. Cualquier hombre con sentido común habría agradecido seguir entero. Él, en cambio, no podía pensar en otra cosa.

Por eso, cuando Renata reapareció en el bar de la esquina unos días después, Aníbal supo que iría a donde ella lo llevara. La reconoció de inmediato: el pelo oscuro recogido a medias, el vestido corto, esa manera de mirarlo de arriba abajo como quien evalúa una herramienta antes de comprarla.

—Así que volviste —dijo ella, sentándose a su lado sin pedir permiso.

—No volví por ti. Pasaba por aquí —mintió.

Renata sonrió de medio lado. Apoyó dos dedos sobre el dorso de su mano, sin presión, apenas un roce, y aun así Aníbal sintió que el aire se le escapaba del pecho.

—Mentís fatal —murmuró—. Lo tenés escrito en la cara. Querés más. Querés que te vuelva a agarrar la polla como aquella noche, ¿no? Querés que te la chupe hasta hacerte llorar.

Sí. Quería más. Y eso lo asustaba más que cualquier amenaza.

—Esta noche venís a casa —siguió ella, ya sin tono de pregunta—. Las chicas y yo vamos a pasarla bien. Pero esta vez se juega con nuestras reglas. Si entrás por esa puerta, entrás aceptándolas. ¿Estamos?

Al fondo del local, las otras dos lo observaban desde una mesa. Carla, la rubia, levantó su cerveza en un brindis burlón. Pilar, la más baja de las tres, se rió tapándose la boca con la mano. Aníbal tragó saliva, asintió, y supo que acababa de firmar algo cuyo precio todavía no entendía.

***

La dirección lo llevó a una casa apartada, al final de una calle sin alumbrado. Las paredes estaban desconchadas y un olor a humedad lo recibió en cuanto cruzó el umbral. Las tres lo esperaban en la sala, repartidas como si hubieran ensayado la escena: Renata de pie en el centro, Carla recostada en el sofá, Pilar sentada en el brazo de una silla con las piernas colgando.

—Pasá, no te quedes en la puerta —dijo Carla, dándole una palmada en el hombro que lo empujó hacia dentro—. Esto recién empieza.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de pie con la pantalla torcida. Había un colchón ancho en el suelo, cubierto con una sábana limpia, y junto a él una caja de madera cerrada. Aníbal la miró de reojo. No quiso preguntar.

—Quitate la ropa —ordenó Renata—. Despacio. Quiero verte la verga desde que te bajes el pantalón.

Obedeció con torpeza, los dedos tropezando en los botones de la camisa. Cuando se bajó el pantalón y después el calzoncillo, la polla ya se le estaba hinchando sola, media dura, colgando pesada entre los muslos a la vista de las tres. Se sintió ridículo, expuesto, con el cuerpo pesado bajo aquella luz mezquina. Pero las tres no se rieron como él esperaba. Lo miraron en silencio, evaluándolo, y ese silencio le resultó mucho más perturbador que cualquier insulto.

—Mirala cómo se le para solita —murmuró Pilar, relamiéndose—. Ni la tocamos y ya se le empina.

—Bien —dijo Renata al fin—. Ahora escuchá, porque esto lo digo una sola vez. Acá nadie te va a lastimar de verdad. Pero todo lo demás está sobre la mesa. Te vamos a atar, te vamos a usar la boca, el culo, la polla, lo que se nos cante. Si en algún momento querés parar, decís «rojo» y se termina. ¿Entendiste la palabra?

—Rojo —repitió él, con la voz ronca.

—Perfecto. Espero no oírla.

Aníbal asintió. Y por primera vez en su vida sintió que entregar el control podía ser un alivio en lugar de una derrota.

***

Pilar abrió la caja. Sacó cuerdas de algodón grueso, suaves al tacto, y empezó a rodearle las muñecas con una destreza que delataba práctica. No apretó hasta cortar; apretó hasta dejar claro que no había salida. Lo hizo arrodillarse sobre el colchón y le cruzó los brazos a la espalda, atándolos con una serie de vueltas que le tensaban los hombros sin hacerle daño.

—Mirá cómo se deja —comentó Carla, acercándose—. Tan grandote y tan manso. Y con esa vergita colgando dura como un chico de veinte.

—Es lo que quería —dijo Renata—. Lo trae escrito en los ojos desde que entró.

Le ataron también los tobillos, separándole las piernas, y lo dejaron de rodillas en el centro del colchón, con el torso inclinado hacia delante y la polla completamente al aire, apuntando al techo. Aníbal sentía cada latido en las sienes. El corazón le golpeaba el pecho, y entre el miedo y la anticipación notó que su cuerpo respondía sin permiso, traicionándolo igual que aquella primera noche. Un hilo espeso de líquido preseminal ya le brillaba en la punta del glande.

Renata se agachó frente a él y le tomó la barbilla con dos dedos, obligándolo a levantar la mirada.

—Esta noche no sos un hombre —le dijo, despacio, casi con dulzura—. Sos un agujero con tres bocas para nosotras. Y por la cara que ponés, y por cómo te chorrea la polla, eso te gusta. ¿Me equivoco?

Él no contestó. No hacía falta. Ella lo leyó en el temblor de su respiración y sonrió como quien gana una apuesta. Le pasó el pulgar por el glande, recogiendo la gota transparente, y se lo llevó a la boca chupándoselo con lentitud, mirándolo fijo. Aníbal soltó un gemido ahogado y las cuerdas le crujieron en las muñecas.

***

Carla fue la primera. Se colocó detrás de él, se sacó la remera de un tirón y se pegó a su espalda sin sostén, apretándole las tetas contra los omóplatos. Le pasó las uñas por el pecho, bajando hasta el vientre, dejando un rastro de escalofríos, y se tomó su tiempo. No había prisa en sus gestos; esa lentitud calculada era, en sí misma, una forma de tortura. Le rodeó la polla con una mano y empezó a masturbársela muy despacio, apenas cerrando los dedos, sin darle nunca la presión que él necesitaba. Le habló al oído, las palabras tibias contra su nuca.

—¿Sentís mi mano, viejo? ¿Sentís cómo te tengo agarrada la verga? Podría hacerte acabar en dos minutos si quisiera. Pero no quiero. Vas a estar así toda la noche, con la polla dura y las bolas cargadas, hasta que Renata diga.

Aníbal cerró los ojos. Cada frase le tensaba un poco más el cuerpo. Cuando la mano de Carla bajó a acariciarle los testículos, apretándoselos apenas, sopesándoselos, se le escapó un jadeo largo.

—Mirá cómo tiembla —se rió Pilar, que se había sentado en una silla frente a él para no perderse nada, con la falda subida y una mano metida entre los muslos—. Ni siquiera empezamos.

Renata se arrodilló de nuevo ante él y le tiró suavemente del pelo gris hacia atrás, estirándole el cuello.

—Abrí la boca —dijo.

Lo besó. No fue un beso tierno: fue una manera de marcar territorio, de recordarle quién decidía. Le metió la lengua hasta el fondo, se la enroscó con la de él, le mordió el labio inferior hasta arrancarle un gemido y luego se apartó, dejándolo jadeando, buscando más como un animal hambriento. Sin dejar de mirarlo, se levantó, se subió el vestido hasta la cintura y se bajó la bombacha, dejándola caer al suelo. Su coño quedó a la altura de la cara de Aníbal, depilado, brillante de humedad, y el olor le llegó de golpe.

—Sacá la lengua —ordenó, agarrándole la nuca con las dos manos.

Le estampó el coño contra la boca y se lo restregó despacio, obligándolo a lamerla de arriba abajo. Aníbal empezó a chuparla como pudo, atado, sin poder usar las manos, con la nariz apretada contra el pubis y la barbilla empapada. Encontró el clítoris con la punta de la lengua y se prendió ahí, dando vueltas, chupando, mientras Renata gemía por encima suyo y le tiraba del pelo cada vez más fuerte.

—Así, viejo cochino, así. Metémela adentro. Metéme toda la lengua en el coño.

Él obedeció, hundiéndosela hasta la base, follándola con la boca. Renata le montó la cara con un vaivén corto y firme, restregándose el clítoris contra su nariz, hasta que se le cortó la respiración y le apretó la cabeza entre los muslos con un espasmo. Se corrió sobre su boca con un gemido gutural, y Aníbal se tragó todo lo que le chorreó, lamiendo hasta la última gota.

—Por favor —murmuró él después, con los labios brillantes, sin saber siquiera qué estaba pidiendo.

—«Por favor» —repitió Renata, saboreando la palabra—. Aprendé a decirla bien, porque la vas a usar mucho esta noche.

***

Lo hicieron esperar. Esa fue la peor parte y la mejor a la vez. Las tres se movían a su alrededor, se tocaban entre ellas, reían, lo ignoraban a propósito mientras él permanecía atado, expuesto, ardiendo, con la polla dura apuntando al techo y los cojones tensos hasta doler. Carla se sacó la pollera y quedó en bragas; Pilar se desnudó del todo y se subió al sofá, abriéndose de piernas. Carla se le tiró encima y le empezó a comer el coño con hambre, chupándoselo con ruido, mientras Pilar le apretaba la cabeza contra su entrepierna y le pedía que le metiera dos dedos. Aníbal solo podía mirar, incapaz de intervenir, con las cuerdas recordándole en cada tirón que no mandaba nada, y con la polla goteando preseminal sobre el colchón.

—¿Querés que te toquen? —preguntó Renata, paseándose frente a él, ya desnuda del todo, jugando con sus propios pezones.

—Sí —admitió, con la voz quebrada.

—Pedilo.

—Por favor… tóquenme la polla. Por favor.

—Más alto. Que te oigan las tres.

Lo repitió, más fuerte, sin un gramo de orgullo, y descubrió que cuanto menos le quedaba, más libre se sentía. Renata lo premió agachándose frente a él, abriéndole la boca con dos dedos y escupiéndole adentro. Después le agarró la polla, se la envolvió con los labios y se la metió hasta la garganta de una sola vez. Aníbal soltó un grito ahogado. Ella se la chupó despacio, hundiéndosela hasta que la nariz le rozó el pubis, sacándola con un ruido húmedo, volviéndosela a tragar. Le pasaba la lengua por debajo del glande, le chupaba los testículos uno por uno metiéndoselos enteros en la boca, y cada vez que lo sentía tensarse se detenía en seco, apretándole la base de la polla con el pulgar y el índice para cortarle la corrida.

—Todavía no —murmuraba—. Ni se te ocurra.

***

La sesión fue larga y minuciosa. Lo llevaron al borde una y otra vez, y cada vez que lo sentían demasiado cerca se detenían en seco, dejándolo suspendido en una tensión insoportable. Pilar se acercó, se le montó en la falda de espaldas y se sentó despacio, empalándose en su polla centímetro a centímetro. Aníbal sintió cómo el coño de la chica se le abría alrededor, caliente, apretado, mojado, y tuvo que morderse el labio hasta hacerse sangre para no venirse ahí mismo.

—Ay, qué rica verga, viejo —jadeó Pilar, empezando a moverse arriba y abajo—. Qué rica la tenés. Mirá cómo me entra.

Se lo montó dando saltos cortos, agarrada de sus muslos, mientras Carla se le paraba delante y le metía las tetas en la boca para que se las mamara. Renata dirigía el ritmo de todo con la frialdad de una directora de orquesta.

—Aguantá —le ordenaba Renata cada vez que lo veía a punto de perder el control—. No te corrés hasta que yo lo diga. Esa es la regla.

Cuando Pilar terminó de correrse encima suyo con un chillido, apretándole la polla adentro con espasmos, se levantó y la reemplazó Carla. Ésta se puso en cuatro sobre el colchón, delante de él, y las otras dos le desataron los tobillos apenas lo necesario para que pudiera posicionarse detrás. Renata le agarró la polla y se la fue metiendo ella misma en el coño de Carla, guiándolo.

—Ahora cogela. Duro. Como te enseñamos.

Aníbal empezó a embestir con las manos todavía atadas a la espalda, apoyando el peso en las caderas, follándosela a la rubia con envestidas profundas que le sacudían el culo cada vez. Carla gemía contra el colchón, echándose hacia atrás para recibirlo, pidiendo más fuerte.

—Así, papi, rompeme el coño. Metémela hasta el fondo.

Pilar se acuclilló al lado y le lamía las bolas mientras él la envestía; Renata le tiraba del pelo por detrás, marcándole el ritmo. Aníbal apretaba los dientes. El sudor le caía por la frente, las cuerdas le ardían en las muñecas, y sin embargo nunca en su vida se había sentido tan vivo. El cuerpo le pedía rendirse, pero algo más profundo le pedía obedecer, esperar, merecer el permiso.

—Por favor —jadeó por fin, temblando de la cabeza a los pies, con la polla hundida hasta la base en el coño de Carla—. No puedo más. Por favor. Déjeme correrme.

Renata lo hizo salir de un tirón. Le agarró la polla empapada de flujos y lo giró sobre el colchón, sentándolo con la espalda contra la pared. Las tres se arrodillaron delante de él, apretujadas, con las bocas abiertas y las lenguas afuera.

—Ahora —le dijo en voz baja—. Ahora sí. Corréte en nuestras caras.

Renata le agarró la polla con el puño y empezó a masturbársela rápido, con la muñeca dura. Bastaron cuatro golpes. El orgasmo lo sacudió como una descarga. El cuerpo entero se le tensó contra las cuerdas, un grito ronco se le escapó de la garganta y por un instante el mundo se volvió blanco. Los chorros de semen le salieron gruesos, uno tras otro, salpicándole la mejilla a Renata, cayéndole en la lengua a Carla, colándose entre las tetas de Pilar. Las tres se rieron, se pasaron el semen entre ellas con los dedos, se lamieron la cara la una a la otra sin dejar de mirarlo, mientras él se desplomaba hacia delante, agotado, vacío, con la respiración entrecortada y la polla todavía palpitando, escurriendo las últimas gotas.

***

Durante un rato nadie dijo nada. Pilar le acercó un vaso de agua y se lo sostuvo para que bebiera. Carla le aflojó un poco las cuerdas de las muñecas, comprobando que la circulación estuviera bien. Esa atención inesperada, después de tanta dureza, lo descolocó casi más que todo lo anterior.

—¿Estás entero? —preguntó Renata, sentándose a su lado en el colchón.

—Sí —respondió él, con una sonrisa cansada—. Mejor que entero.

—Bien. Porque esto no fue más que la primera parte. Todavía te falta que te cojamos el culo. Y eso lo dejamos para mañana a la mañana, cuando estés fresco.

Aníbal alzó la vista, sin saber si hablaba en serio. Renata le devolvió una mirada tranquila y le acomodó un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja.

—Es fin de semana —dijo Carla desde el sofá, estirándose como un gato, todavía desnuda y con los muslos brillantes—. Tenemos hasta el domingo. Y todavía no abrimos ni la mitad de la caja.

No lo desataron del todo. Le dejaron las muñecas sujetas con holgura, le echaron una manta por encima y apagaron la lámpara torcida. La habitación quedó a oscuras, en silencio, con el rumor lejano de las tres riéndose en la cocina.

Aníbal cerró los ojos. El cuerpo le dolía de un modo que, contra toda lógica, le resultaba dulce. Sabía que volverían. Y aunque una parte de él se preguntaba en qué demonios se había metido, la otra —la más sincera, la que llevaba años callando— esperaba el regreso de esas tres mujeres con una mezcla de miedo y deseo que no pensaba confesarle a nadie.

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Comentarios(7)

NocheroBA

tremendo!!! me encanto el giro del final, no me lo esperaba para nada

vikingo_sur

Pensó que iba a mandar y mira como le fue jajaja. Muy bueno, me hizo reir y al mismo tiempo engancharme

Pato_1987

por favor escribi la segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio la noche

SandroNoche

Lo leí de un tirón. Tiene mucha tension y el ritmo es perfecto, no decae en ningun momento. De lo mejor que leí en esta categoría

Cande_Ro

Que buena vuelta le diste a la historia. Me encanto que fueran ellas las que pusieran las condiciones esta vez, era justo

MatiasR

Increible como lo narraste, se siente real!! Sigue escribiendo asi

Sofi_lect

Hacia tiempo que no leia bdsm bien escrito, sin ser burdo ni forzado. Muy bueno esto, gracias

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