Tres mujeres lo dominaron en el callejón aquella noche
Walter tenía sesenta y tres años y un cuerpo que ya no le pertenecía del todo. La barriga le colgaba por encima del cinturón, los brazos le temblaban con cada gesto y la camisa se le pegaba a la espalda en aquel calor pegajoso del puerto. Había cruzado medio continente con los pocos ahorros que le quedaban después de jubilarse, tras décadas embarcado como marino mercante. No sabía bien qué buscaba en esa ciudad ajena. Tal vez solo un último encuentro decente antes de que el corazón le pasara la factura definitiva.
El bar olía a cerveza derramada y a desinfectante barato. Walter se sentó en un taburete del fondo, pidió un whisky y dejó que el ardor le bajara por la garganta. Llevaba media copa cuando la vio entrar.
Era una morena de unos veinticuatro años, con el pelo recogido y una blusa oscura que se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel. Caminaba sin prisa, consciente de cada mirada que arrastraba consigo. Sus ojos recorrieron el local hasta detenerse en él, y en lugar de apartarse con asco, como esperaba Walter, una sonrisa lenta le curvó los labios.
Él levantó el vaso con torpeza, sintiéndose ridículo y valiente a la vez.
—¿Te invito una copa? —preguntó, la voz ronca por años de tabaco y mar.
Ella se acercó contoneando las caderas y se acomodó en el taburete contiguo.
—Claro, viejo —respondió—. Pero no te hagas ilusiones de las que no puedas pagar.
Dijo que se llamaba Renata. Walter sospechó que mentía, y no le importó. Le contó historias exageradas de tormentas y puertos lejanos mientras ella escuchaba con una atención fingida que, aun así, lo hacía sentir más vivo que en meses. Los dedos de Renata jugaban con el borde del vaso, rozándole de vez en cuando la mano. Cada roce le mandaba una corriente absurda por el brazo.
—Ven —dijo ella de pronto, inclinándose hasta que su aliento le calentó la oreja—. Vamos atrás. Quiero comprobar qué guardas debajo de tanta ropa.
Walter sintió que el cuerpo le respondía antes que la cabeza. No lo pensó. La siguió por un pasillo estrecho de azulejos rotos, con el pulso golpeándole las sienes, agradecido a un destino que por una vez parecía sonreírle.
***
Apenas cruzaron la puerta del fondo, Renata lo empujó contra la pared y lo besó. Fue un beso brusco, sin ternura, todo dientes y urgencia. Walter le buscó la cintura con manos temblorosas, perdido en el calor de una boca que le doblaba la edad por la mitad.
—Joder —murmuró contra sus labios—. Hacía años que…
—No hables —cortó ella.
La puerta se abrió de golpe. Dos mujeres más entraron riendo entre dientes. Una era rubia, de caderas anchas embutidas en unos vaqueros gastados; la otra, menuda y morena, con piernas firmes de gimnasio y una mirada que no prometía nada bueno. Walter se quedó helado, la euforia evaporándose de un tirón.
—¿Qué…? —balbuceó.
—Tranquilo —dijo Renata, y le apoyó un dedo en los labios—. Esto recién empieza. Y vas a portarte bien.
Las otras dos lo tomaron cada una de un brazo. No con violencia ciega, sino con una firmeza practicada, como quien maneja algo que ya conoce. Lo guiaron por una segunda puerta hacia un callejón trasero que olía a humedad y a basura, iluminado apenas por una bombilla amarilla que zumbaba sobre sus cabezas.
—Esperen —dijo Walter, y se odió por el temblor de su propia voz—. Yo no…
—¿No qué? —La rubia se plantó frente a él y bajó la vista hacia el bulto que, para vergüenza suya, tensaba la tela del pantalón—. Tu cuerpo dice otra cosa, abuelo.
Walter quiso negarlo. No pudo. El miedo le corría helado por la nuca, pero por debajo, traidor y caliente, latía algo que llevaba décadas sin sentir: deseo, crudo y sin disculpas.
Esto es una locura. Debería irme.
No se fue.
***
La menuda le puso una mano en el pecho y empujó. Walter cayó de rodillas sobre el concreto frío, la grava clavándosele en la piel. Renata se agachó frente a él y le tomó la cara con una mano, obligándolo a mirarla.
—A partir de ahora haces lo que digamos —dijo, despacio, saboreando cada palabra—. Si te portas bien, te vas a casa con una historia. Si no, te vas igual, pero sin dignidad. Tú eliges.
Walter tragó saliva. La humillación le quemaba la cara, y sin embargo asintió. Asintió porque una parte de él, una parte que no reconocía, quería ver hasta dónde llegaba todo aquello.
—Buen chico —ronroneó Renata.
Le abrieron la camisa sin contemplaciones; un botón saltó y se perdió en la oscuridad. Su pecho cubierto de canas y su vientre sudoroso quedaron al aire bajo la luz amarilla. La rubia chasqueó la lengua con un desprecio teatral que, lejos de apagarlo, lo encendía.
—Mírenlo —dijo—. Tan viejo y tan obediente.
La menuda le bajó el pantalón de un tirón. La verga de Walter quedó expuesta, semierecta a su pesar, latiendo entre el pánico y un placer que no sabía dónde esconder. Las tres se rieron a la vez, y esa risa lo recorrió entero como una descarga.
Renata se arrodilló, lo tomó con la mano y, sin previo aviso, se lo metió en la boca. Lo chupó con una intensidad casi cruel, marcando el ritmo, parando justo cuando él empezaba a perderse. Walter soltó un gruñido ahogado, las manos abiertas contra el suelo, sin saber si quería suplicar que parara o que no se detuviera jamás.
—Mira cómo se pone el viejo —dijo la menuda, observando con una sonrisa torcida.
La rubia se colocó detrás de él y le tiró del pelo, echándole la cabeza hacia atrás.
—No te corras —le ordenó al oído—. No tienes permiso. Si te corres antes de tiempo, esto se acaba y te quedas con las ganas para el resto de tu vida.
Walter apretó los dientes. El esfuerzo de contenerse era una tortura dulce, una cuerda tensándose en su vientre. Renata lo soltó de golpe y se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Al suelo —dijo—. Boca arriba.
Él obedeció, la espalda contra el pavimento sucio, el cielo negro encima sin una sola estrella. La rubia se quitó los vaqueros, se montó a horcajadas sobre él y descendió despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo.
—Quieto —le advirtió—. Tú no haces nada. Yo me sirvo.
Y se sirvió. Se movió sobre él con un ritmo egoísta, buscando su propio placer sin concederle a Walter el control de un solo músculo. Cada vez que él intentaba empujar, ella le clavaba las uñas en el pecho hasta dejarlo quieto. Walter jadeaba, atrapado entre la humillación de ser un simple objeto y un placer tan intenso que le nublaba la razón.
—Por favor —se le escapó.
—¿Por favor qué? —se burló la rubia, sin dejar de moverse.
—Por favor… déjame…
—No.
***
Renata se acuclilló junto a su cabeza y le agarró el mentón.
—Saca la lengua —ordenó.
Walter obedeció. Ella se acomodó sobre su boca y le ordenó el ritmo con caderas firmes, marcándole exactamente lo que debía hacer. El sabor le inundó la lengua, salado y caliente, y aunque el miedo seguía ahí, agazapado, su cuerpo respondía a cada orden con una sumisión que lo asustaba más que las propias mujeres. Renata le tiró del pelo cuando lo hacía bien y le apretaba las mejillas cuando se distraía, hasta que un temblor la recorrió y se dejó ir con un gemido largo, restregándose contra su boca sin pedir permiso.
La menuda, mientras tanto, se había sentado en un cajón volcado, una mano entre las piernas, mirándolo todo con los ojos entornados. Disfrutaba más del espectáculo que de él, y de algún modo eso humillaba a Walter todavía más: ser un objeto incluso para quien solo miraba.
Cuando la rubia terminó con él, se levantó y dejó su lugar a la menuda, que se montó encima con una sonrisa de cazadora.
—Veamos cuánto aguanta el abuelo —dijo.
Lo cabalgó sin piedad, apretándolo, soltándolo, jugando con su resistencia como con un juguete que sabía que terminaría rompiendo. Walter sentía el corazón golpeándole las costillas, el sudor corriéndole por las sienes, los músculos agarrotados por el esfuerzo de contenerse tal como le habían ordenado.
—Por favor —repitió, casi sin voz—. No aguanto más.
La menuda se inclinó sobre él, los labios pegados a su oído.
—Ahora —concedió al fin—. Córrete ahora, viejo. Te lo ganaste.
El permiso lo destrozó. Walter se vino con una violencia que le sacudió todo el cuerpo, un orgasmo arrancado a la fuerza y entregado con una gratitud absurda, gimiendo como no recordaba haber gemido nunca en sus sesenta y tres años. La menuda se rió, satisfecha, y se levantó de un salto.
***
Lo dejaron tendido en el suelo, jadeando, el cuerpo cubierto de sudor, polvo y arañazos. Renata se agachó a su lado una última vez y le acomodó un mechón de pelo gris con una ternura inesperada que resultaba más perturbadora que cualquier golpe.
—Gracias por el rato, abuelo —dijo—. No te lo esperabas, ¿verdad?
Walter no contestó. No tenía palabras. Las tres recogieron sus cosas entre risas bajas y comentarios que él ya no escuchaba, y se perdieron por la boca del callejón, dejándolo solo bajo la bombilla amarilla.
Se quedó un buen rato mirando el cielo negro, el cuerpo molido y la respiración entrecortada. Tendría que levantarse, vestirse, volver al hotelucho donde nadie lo esperaba. Pero por primera vez en mucho tiempo no sentía el peso de la edad, ni el vacío que lo había arrastrado hasta aquella ciudad.
Sentía otra cosa. Algo sucio, humillante y profundamente vivo. Y mientras se incorporaba con esfuerzo sobre el pavimento frío, Walter supo que, dijera lo que dijera el corazón, volvería a ese bar la noche siguiente, buscando exactamente lo mismo.