El castigo que la corredora le dio al exhibicionista
Bernardo era uno de esos viejos verdes que se habían criado en una época en la que nadie les decía que no. Pasaba los días encerrado en su apartamento diminuto, frente a un televisor que ya casi no escuchaba, rumiando recuerdos. Y entre todos esos recuerdos, había uno que volvía siempre, como una herida que prefería rascarse antes que dejar cicatrizar.
Eran los años en que salía al parque del Olmo con la bata mal cerrada y esperaba a que pasara alguna corredora. Le bastaba con abrirla, mostrarse, y disfrutar del sobresalto en la cara de las mujeres antes de marcharse tranquilo. Sus amigos del cuartel hacían la vista gorda cuando algún vecino se quejaba. Para ellos era una gracia más, una anécdota de bar. Buenos tiempos, pensaba Bernardo. Tiempos en los que un hombre como él podía hacer lo que quisiera.
Tal vez debería revivir esos buenos tiempos.
La idea se le clavó esa tarde y ya no lo soltó. Se levantó del sillón con un crujido de rodillas, se puso la vieja bata color musgo sobre el cuerpo desnudo y se asomó a la ventana. La noche caía despacio sobre el parque, anaranjada y tibia. Bajó con la excusa de tirar la basura, dejó la bolsa junto al contenedor y siguió caminando hacia la arboleda, donde las farolas dejaban más sombra que luz.
Su cuerpo ya no era el de antes y él lo sabía. El vientre le colgaba, el vello del pecho se le había vuelto blanco, y allí abajo todo era pequeño, arrugado, dormido. La edad no perdonaba. Cada año le costaba más despertar a aquel pájaro flácido que apenas reaccionaba. Pero la costumbre de exhibirse no tenía que ver con el cuerpo, sino con el poder. Con la idea de imponer su presencia sobre una mujer que no lo había pedido.
Se sentó en un banco a esperar, con las manos cruzadas sobre el regazo como un anciano cualquiera. No tardó en aparecer ella.
Venía trotando por el sendero principal, marcando el ritmo con la respiración. Era joven, de poca estatura, con muslos firmes y un balanceo en el pecho que se adivinaba bajo la camiseta deportiva. Rubia, con el pelo recogido en una coleta que rebotaba a cada zancada. Justo el tipo de mujer que a Bernardo lo encendía.
—Un poco más y bato mi récord —se decía ella, concentrada en el reloj de la muñeca.
El viejo se levantó del banco y se plantó a un costado del sendero. Esperó el momento exacto, cuando la corredora estaba a pocos metros, y entonces abrió la bata de par en par, mostrando los dientes amarillos en una sonrisa que llevaba ensayando décadas. Se había esforzado un poco antes de salir, lo justo para que aquello tuviera un aspecto menos lamentable.
La mujer frenó en seco. Las suelas chirriaron contra la grava.
Lo que Bernardo no sabía —lo que nunca se le habría ocurrido pensar— era que esa noche había elegido a la mujer equivocada. Renata practicaba defensa personal tres veces por semana desde hacía años, y no por deporte, sino porque estaba harta. Harta de tipos como él. Harta de bajar la mirada y apretar el paso. Esa clase de gestos ya no le provocaban miedo; le provocaban una rabia fría y muy concreta.
—¿En serio? —dijo, casi sin aire, mirándolo de arriba abajo—. ¿A tu edad?
Bernardo abrió la boca para soltar alguna de sus frases de siempre, pero no llegó a tiempo. Renata dio dos pasos, plantó el pie de apoyo y descargó una patada seca, exacta, directa entre las piernas del viejo. El golpe fue tan fuerte que él sintió cómo todo se le subía hacia dentro, como si el cuerpo entero quisiera huir del dolor por la garganta.
El parque se volvió blanco. Bernardo no llegó a gritar. Se dobló sobre sí mismo, soltó un quejido agudo y cayó de rodillas sobre la grava, las manos apretadas contra la entrepierna, la bata abierta y olvidada.
—Viejo de mierda —escuchó decir desde muy arriba—. Los tiempos cambiaron. La gente como tú es basura, ¿lo sabías?
Quiso responder, pero solo le salió un hilo de saliva y un gemido. Tenía la frente pegada al suelo y los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza, sino de puro dolor físico. Renata se agachó a su lado, sin un gramo de prisa, y ladeó la cabeza para mirarlo como quien observa un insecto.
—A ver esa cosa de la que estás tan orgulloso.
Le apartó la mano de un manotazo. Lo que encontró la hizo sonreír con desprecio: un pene encogido, arrugado, escondido entre el vello canoso, y dos testículos que empezaban a hincharse y a enrojecer bajo la piel.
—Mira nada más. Esto es lo que asustaba a las chicas del parque. —Chasqueó la lengua—. Da pena.
Bernardo, como pudo, logró incorporarse a medias. Las piernas le temblaban, el estómago se le revolvía y tenía ganas de vomitar. Intentó arrastrarse hacia los arbustos, recoger algo de dignidad y desaparecer en la noche. Pero ella no había terminado.
—Espera, espera. ¿A dónde crees que vas? —Su voz sonaba casi dulce, y eso era lo más inquietante de todo.
El viejo se quedó quieto, encorvado, sosteniéndose el bajo vientre con ambas manos. Los testículos le latían, hinchados y calientes, y cada paso era una agonía. Cuando intentó dar uno más, sintió que el cuerpo de la mujer se pegaba al suyo por detrás.
***
Renata le pasó un brazo por el pecho, como en un abrazo, y bajó la otra mano despacio hacia su entrepierna. Bernardo se tensó entero, convencido de que iba a apretar, a retorcer, a rematar el castigo. Cerró los ojos y esperó el segundo golpe.
El golpe no llegó. En su lugar, los dedos de ella se cerraron con suavidad alrededor de su pene dormido y empezaron a moverse arriba y abajo, lentos, deliberados.
—¿Qué… qué haces? —tartamudeó él.
—Te estoy haciendo un favor que no mereces. Cállate.
Hacía tantos años que ninguna mano que no fuera la suya lo tocaba, que el cuerpo de Bernardo lo traicionó de inmediato. A pesar del dolor que le subía desde los testículos en oleadas, a pesar del miedo, aquel pene arrugado empezó a responder, a llenarse, a endurecerse contra su voluntad.
—No cambia tanto la cosa, ¿eh? —murmuró ella contra su oreja, sin dejar de mover la mano—. Sois todos iguales. Os doy una patada y aun así se os pone dura. Eso dice mucho de vosotros.
Lo guio, todavía abrazándolo por detrás, hasta el banco donde él había esperado emboscado un rato antes. Lo obligó a sentarse con un empujón en el hombro. El contacto del banco frío contra los testículos hinchados le arrancó un quejido, pero Renata no se detuvo. Se arrodilló frente a él, entre sus piernas abiertas, y siguió masturbándolo con la mano, marcando el ritmo a su antojo.
—Mírame bien —le ordenó. Con la mano libre se levantó el borde de la camiseta y dejó al descubierto el pecho, los pezones erizados por el aire fresco de la noche—. Esto querías ver, ¿no? Pues míralo. Te lo dejo mirar mientras te corro a mano. Es lo último decente que vas a sentir en tu vida.
Bernardo no entendía nada y ya no intentaba entenderlo. El dolor y el placer se mezclaban en un mismo nervio, indistinguibles, hasta el punto de que no sabía si quería que parara o que siguiera para siempre. La mano de la mujer era firme, rápida, implacable. Cada caricia tiraba de algo muy profundo en su vientre castigado.
—Eso es. Suéltalo todo —decía ella, observándole la cara con una sonrisa torcida, disfrutando de la mueca de un hombre atrapado entre el sufrimiento y el deseo—. Quiero ver cómo te corres. Después de eso te dejo en paz.
El viejo apretó los dientes. Las piernas le temblaban sin control, los dedos de los pies se le encogieron dentro de las zapatillas viejas. Sentía la presión acumularse, subir, concentrarse en un punto que ardía. Echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca en un gesto mudo y, por fin, con un gruñido ronco que le salió del fondo del pecho, se corrió.
Y entonces lo escucharon los dos.
Justo después del último espasmo, en el momento exacto en que el placer alcanzaba su pico, algo cedió dentro de él. Un dolor distinto, brutal, definitivo, le partió el cuerpo en dos. Los testículos, ya machacados por la patada e hinchados hasta el límite, no resistieron la presión del orgasmo. Bernardo soltó un alarido que rasgó el silencio del parque, se dobló sobre sí mismo y resbaló del banco al suelo.
Renata se apartó de un salto, limpiándose la mano en la hierba con una mueca de asco.
—Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. —Se incorporó, se acomodó la camiseta y miró al hombre que se retorcía a sus pies, pálido, sudando, incapaz ya de articular palabra—. Aunque, pensándolo bien, te lo tenías merecido.
A lo lejos, entre las farolas del sendero, aparecieron las siluetas de dos policías que hacían su ronda nocturna. Renata los vio, calculó la distancia con la frialdad de quien tiene la conciencia tranquila, y echó a trotar de nuevo como si nada, recuperando el ritmo perdido, la coleta rubia rebotando en la oscuridad.
—Que pases buena noche, abuelo —dijo sin volverse.
***
Los agentes lo encontraron tendido en la grava, con la bata abierta y la cara desencajada. Esta vez no hubo risas ni vista gorda. Esta vez nadie movió un dedo para protegerlo. Lo trasladaron al hospital, pero ya no había mucho que hacer por él, y los pocos años que le quedaban de vida los pasaría recordando aquella noche, una y otra vez, en bucle, como castigo perfecto.
En otra época se habría salido con la suya. La corredora habría agachado la cabeza, habría apretado el paso, habría tragado el susto y el asco en silencio, y Bernardo habría vuelto a su apartamento satisfecho. Pero los tiempos cambian. Y con ellos cambian también las consecuencias.