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Relatos Ardientes

Lo que las limpiadoras vieron en el vestuario

Aquella tarde con Lucía en la playa había sido el día más humillante de su vida, y Mateo no estaba dispuesto a que se repitiera. Ella lo tenía todo grabado en la memoria, eso lo sabía, pero habían pasado dos semanas sin noticias suyas. No había vuelto a aparecer por el bar donde él trabajaba, y desde luego él no pensaba presentarse a darle la cara.

Así que tomó una decisión. Iba a ser más hombre. Al día siguiente del desastre se apuntó al gimnasio del barrio, y aunque solo llevaba dos semanas yendo, le parecía que ya se notaba algo más fuerte en los brazos. Iba siempre a mediodía, cuando el sitio estaba casi vacío, para no coincidir con nadie en las duchas y que ningún otro hombre llegara a ver lo que escondía entre las piernas.

Lo malo era que a esa misma hora aprovechaban las chicas de la limpieza para fregar el vestuario masculino, precisamente porque a esa hora apenas había gente.

Eran dos. Una rondaría los treinta y la otra los cuarenta y pocos. No eran modelos, pero estaban buenas, y con aquel uniforme blanco de trabajo se les marcaba la ropa interior cada vez que se agachaban a pasar la fregona. A la mayor se le adivinaba un culo redondo y pesado, dos nalgas que tensaban la tela cada vez que se inclinaba, y a la joven, más delgada, se le transparentaban unas tetas pequeñas y firmes con los pezones marcándose bajo el uniforme mojado. Para Mateo, sin embargo, su presencia era un problema. Lo obligaba a calcular cada movimiento, a esperar el momento exacto para vestirse sin que ninguna de las dos lo pillara desnudo. Eso, antes muerto.

Las duchas estaban divididas en dos cubículos separados. Aquel día, mientras se enjabonaba, oyó a otro usuario entrar al vestuario y meterse en el cubículo de al lado. Aprovechó el momento para salir hacia las taquillas envuelto en su toalla. Justo cuando iba a quitársela, aparecieron las dos limpiadoras parloteando, fregando ya la zona de los lavabos.

Mateo se quedó congelado. Disimuló agachándose sobre su mochila, fingiendo buscar algo, haciendo tiempo hasta que se largaran de su vista.

Le parecían unas ordinarias. Siempre hablando a voces, entrando sin cortarse aunque hubiera hombres a medio vestir. Más de una vez las había visto mirar de reojo a algún tipo desnudo y cuchichear después entre risas. Estaba seguro de que luego andaban por ahí comentando con otras lo que veían, midiendo cada polla como si fueran ganado.

Seguía agachado, fingiendo, cuando oyó la voz de la mayor cortar el aire.

—Madre mía, ¿pero has visto eso?

Mateo levantó la vista. Acababa de salir de las duchas un hombre enorme que antes lo había visto hacer pesas con la toalla al hombro. Era alto, muy musculado, de piel oscura, y ciertamente la naturaleza había sido generosa con él: incluso en reposo, la polla que le colgaba entre las piernas era gruesa, larga, con un glande morado y pesado que se balanceaba con cada paso, y unos huevos que hacían juego, hinchados y llenos.

—Vaya ejemplar —añadió la más joven, sin bajar la voz—. Menuda verga se gasta el tío.

Las dos lo miraban sin el menor pudor, con cara de sorpresa y media sonrisa. El hombre, que al principio pareció desconcertado, terminó sonriendo también, satisfecho, mientras caminaba tranquilo hacia las taquillas dejando que la polla se le meneara a la vista de todos.

—Con una polla así no volvía yo a pasar hambre en la vida —dijo la mayor, y las dos estallaron en carcajadas—. Me la comía de rodillas todas las mañanas.

—Y por la noche, hasta el fondo del coño —remató la joven, mordiéndose el labio.

El tipo fue hasta su taquilla, que casualmente estaba casi enfrente de la de Mateo. Y Mateo, agachado todavía, sentía la cara ardiendo de pura rabia. ¿Cómo se atrevían a hablar así delante de un cliente? Aquello no era profesional. Eran unas maleducadas que se creían con derecho a hacer y decir lo que les diera la gana.

—¿Y tienes novia? —le preguntó la mayor al grandote, con una sonrisa pícara—. Porque si no, una servidora está disponible para lo que haga falta.

Fue entonces cuando Mateo no aguantó más y explotó.

—¡Sois unas ordinarias! ¿Pero de qué vais? ¡Os deberían echar hoy mismo!

Las dos lo miraron primero sorprendidas, y casi enseguida la sorpresa se les convirtió en fastidio.

—¿Y a ti qué te importa? Nadie está hablando contigo —le soltó la joven.

—Esto es inaceptable —insistió él, levantándose y acercándose con gesto de superioridad—. Hoy mismo hablo con vuestros jefes.

—Si tanto te molesta, será por algo —dijo la mayor, burlona—. ¿Qué pasa, que no aguantas oír hablar de pollas?

—Eso —remató la joven, juntando mucho el índice y el pulgar en un gesto que no dejaba lugar a dudas—. A lo mejor la tuya es así de chiquitita y por eso te pica tanto.

Aquello lo preocupó. ¿Y si lo habían visto en algún descuido? ¿Y si sabían perfectamente de qué se estaban riendo? Aun así, el orgullo pudo más que el miedo. Se cruzó de brazos sobre la toalla y les soltó con voz altiva:

—Ya os gustaría a vosotras la polla que tengo yo aquí, guarras. Os follaba a las dos hasta dejaros cojas.

No había terminado la frase cuando notó un tirón seco. El grandote se había acercado por detrás sin que lo oyera y le arrancó la toalla de un solo movimiento, dejándolo completamente expuesto. Mateo se llevó las manos a la entrepierna a la desesperada, pero ya era tarde. Las dos habían tenido tiempo de sobra para ver el trocito de carne arrugada que le colgaba entre los muslos, casi escondido bajo un mechón de vello.

Y se desataron las carcajadas.

***

La joven se dobló por la cintura, señalando, incapaz de hablar. La mayor se reía a mandíbula batiente, agarrándose a la pared para no caerse.

—¡Pero qué es esa cosita! —logró decir entre espasmos—. ¡Si es como un dedo meñique!

—¡Si no se ve! —chilló la otra—. ¡Tanto fanfarronear para esto! ¡Si eso no llega ni a media polla!

—¡Los huevos parecen dos garbanzos! —añadió la mayor, doblada de la risa.

—Pobrecillo —intervino el grandote, partiéndose también—, no os riais de él, que no tiene la culpa de que se la hayan dado tan pequeña.

—¡Tú cállate, cabrón! —le escupió Mateo, rojo de odio y vergüenza.

—Ahora lo entiendo todo —dijo la joven, secándose una lágrima de risa—. Por eso te molestaba tanto lo que decíamos de pollas. Pura envidia, frustrado. Con esa minucia no habrás follado a nadie en tu puta vida.

—Anda, hazte un favor y ni te esfuerces —añadió la mayor—. Esa verga de juguete no sirve para meterse en ningún coño. A lo sumo te la meneas mirando fotos, ¿verdad?

Mateo notaba la sangre golpeándole las sienes. Iban a enterarse de con quién estaban tratando. Avanzó hacia ellas con los brazos rígidos a los costados, olvidándose otra vez de taparse, lo que provocó una nueva oleada de risas en cuanto le miraron la entrepierna, donde la polla, encogida por la vergüenza, casi había desaparecido del todo.

—¡Sois unas putas! —les gritó, y agarró a la mayor por los hombros con la idea de empujarla.

No llegó a hacerlo. Ella le clavó la rodilla entre las piernas con una precisión brutal, aplastándole los huevos contra el hueso. Mateo se dobló en dos, sin aire, con un dolor que le subía desde el vientre hasta la garganta. Cayó de rodillas sobre las baldosas húmedas, agarrándose la entrepierna con las dos manos, dejando escapar unos gemidos agudos y lastimeros que solo sirvieron para que las dos se rieran todavía más.

—Vaya, parece que esos huevitos también duelen —comentó el grandote, que se había colocado junto a ellas, todavía desnudo, con la polla colgándole gorda y pesada a la vista de todos, observando la escena con una sonrisa.

Los tres siguieron riéndose un buen rato, con Mateo tirado en el suelo, doblado, sin poder hacer otra cosa que escucharlos. Y entonces la mayor, todavía con la respiración agitada por la risa, se giró hacia el hombre y le dijo en otro tono:

—Pues, mira, todo esto me ha puesto el coño bien mojado.

—¿Ah, sí? —respondió él, arqueando una ceja.

—Ajá —murmuró ella, y le pasó la mano por el vientre hasta bajar, cerrando los dedos alrededor de la polla, empezando a acariciársela despacio, sopesándola, tirando del prepucio hacia atrás y hacia adelante hasta que el glande apareció grueso, brillante y morado—. Joder, si apenas puedo cerrar la mano.

***

Se besaron sin prisa, ella sin soltarle la polla, él metiéndole la mano por debajo de la falda del uniforme, apartándole las bragas y separando los labios del coño con dos dedos. La mujer soltó un gemido ronco contra la boca de él en cuanto notó los dedos hundiéndose. Mateo, derrotado en el suelo, sentía el dolor de los huevos remitir poco a poco, lo suficiente para incorporarse a medias y verlo todo desde abajo, como un espectador al que nadie había invitado.

La mujer se separó solo para quitarse el uniforme blanco. Se quedó en ropa interior, con unas tetas grandes desbordando el sujetador y las bragas ya oscurecidas por la humedad, y se arrodilló frente a él. El grandote ya estaba completamente erecto, y la polla, ahora empinada, era todavía más impresionante que en reposo: gruesa como una muñeca, larga, con las venas hinchadas recorriéndola de arriba abajo y una gota transparente asomando en la punta.

—Dios —susurró ella—, nunca había tenido una verga así delante. Ni con las dos manos la abarco.

La agarró con las dos manos y empezó a chupársela despacio, primero lamiéndole el glande entero como si fuera un helado, dando vueltas con la lengua alrededor del borde, y luego abriendo la boca todo lo que podía para tragarse lo máximo que le entrara. Se ahogaba, tosía, se le saltaban las lágrimas, y volvía a metérsela una y otra vez, dejando hilos de saliva colgando entre sus labios y el tronco. Él soltaba el aire entre dientes, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, una mano apoyada en la nuca de ella empujándola más hondo.

—Así, guarra, tragátela entera —le gruñó—. Que se te meta hasta la garganta.

La joven los observaba mordiéndose el labio, con una mano ya metida debajo del uniforme, tocándose por encima de las bragas. No tardó en decidirse.

—Eh, que yo también quiero mamársela.

Se quitó el uniforme con la misma prisa, se desabrochó el sujetador y las tetas pequeñas y respingonas le saltaron con los pezones tiesos, y se arrodilló al lado de su compañera. Las dos se turnaban, pasándose la polla de una boca a otra, riéndose entre ellas, lamiéndola a la vez por los dos lados como si fuera un cucurucho. La mayor se ocupaba del glande, chupándolo con los labios apretados, mientras la joven bajaba y le metía los huevos en la boca, uno tras otro, tirando de ellos con la lengua. Luego cambiaban. Los dedos de las dos manoseaban el tronco entero, se rozaban entre sí, se buscaban por el vientre y los muslos del hombre.

En un momento, la mayor giró la cabeza hacia Mateo, que seguía caído cerca, con la polla babeada colgándole del labio, y le dijo en voz baja, casi con dulzura, lo cual lo hacía aún peor:

—¿Ves lo que es una polla de verdad, eunuco de mierda? Esto es lo que se folla a una mujer.

Luego volvió a lo suyo con una sonrisa cruel, dedicándole cada movimiento a propósito, como si el verdadero espectáculo fuera obligarlo a mirar. La joven se levantó, se quitó las bragas empapadas, y se sentó a horcajadas encima de la boca del grandote, que se había tumbado en el banco. Él le agarró el culo con las dos manos y empezó a comerle el coño, hundiéndole la lengua entre los labios, chupándole el clítoris con ganas. Ella se agarraba a la pared, echando la cabeza hacia atrás, gimiendo alto.

—Joder, sí, cómemelo bien, no pares —jadeaba, moviendo las caderas contra la cara de él.

La mayor, mientras, seguía a lo suyo con la polla, mamándosela ahora con más furia, sacudiendo la cabeza arriba y abajo, escupiendo encima para lubricarla, meneándosela con las dos manos a la vez que se la chupaba. Cuando la joven ya no aguantó más, se bajó del banco, se puso a cuatro patas en el suelo mojado y arqueó la espalda ofreciendo el coño abierto.

—Métemela ya, cabrón, que la necesito.

El grandote se levantó, se colocó detrás y le encajó la polla de una embestida seca. La joven soltó un grito ahogado que rebotó contra las baldosas. Él la agarró de las caderas y empezó a follársela duro, sin cuartel, los cojones golpeándole el culo con cada envite, la carne de las nalgas ondulando por el impacto. La mayor se puso al lado, se agachó y empezó a lamerle los huevos al hombre mientras él bombeaba, y le metía dos dedos a la joven en el culo al mismo tiempo.

—¡Sí, joder, sí! —chillaba la joven—. ¡Me estás partiendo el coño!

Después de un rato, cambiaron. La mayor se tumbó boca arriba en el banco, se abrió de piernas, y él se hundió entre sus muslos gruesos metiéndole la verga entera de golpe. Ella soltó un aullido, con los ojos entornados, y le rodeó la cintura con las piernas obligándole a entrar más hondo. Le follaba las tetas grandes con las manos, apretándoselas, chupándole los pezones oscuros, y ella le pasaba las uñas por la espalda dejándole marcas.

—Rómpeme, más fuerte, dame con todo —le gemía al oído—. Rómpeme este coño de puta.

La joven, mientras, se había subido encima de la cara de la mayor y le montaba la boca, y las dos mujeres se comían y se follaban con la lengua mientras él las embestía por turnos, cambiando de coño cada pocos minutos, sacándose la polla brillante de una para hundirla en la otra. El hombre empezó a respirar más fuerte, a tensar todo el cuerpo, avisando de que estaba al límite.

—Ya, ya... voy a correrme —jadeó.

Se sacó la polla del coño de la mayor y las dos mujeres reaccionaron de golpe, se bajaron al suelo, se arrodillaron delante de él una al lado de la otra, sin dejar de acariciarle la verga con las manos, las bocas abiertas y las lenguas fuera, esperando. Él se la meneó a dos manos, apuntándoles a las caras, y dejó escapar un gruñido profundo, ronco, y se vació sobre las dos caras que lo esperaban. Chorros gruesos de semen espeso les cayeron encima, en la frente, en la nariz, en los labios, en la lengua, colgando en hilos entre las mejillas de una y la barbilla de la otra. Ellas no apartaron la mirada de él en ningún momento, sonriendo, satisfechas, mientras se pasaban los dedos por la cara y se lamían la corrida de la punta de las uñas, compartiéndola, escupiéndosela una a la otra en la boca.

Cuando terminó, el grandote bajó la vista hacia ellas, sin aliento, y las dos le devolvieron una sonrisa cómplice antes de volverse, las dos a la vez, con las caras chorreando de semen, hacia el rincón donde seguía Mateo.

Y lo que encontraron lo hundió del todo. Porque él, dolorido y humillado, se había excitado igual. Estaba medio arrodillado, con tres dedos, pellizcándose la miseria de polla que tenía, meneándosela como podía porque no le daba ni para agarrarla con la mano entera, incapaz de apartar la mirada de la escena, con el prepucio deslizándose apenas un par de milímetros arriba y abajo.

El hombre soltó una carcajada seca.

—Mirad al enano, si hasta se la está machacando el pobre.

Las dos mujeres, todavía con las caras brillantes de corrida, lo miraron con un desprecio que no se molestaron en disimular.

—Anda, córrete, gusano —le soltó la joven—, a ver si tienes al menos huevos para eso.

A Mateo le bastó eso. Con un gemido ahogado, un sonido más de derrota que de placer, terminó allí mismo, dejando apenas unas gotas ridículas sobre las baldosas mojadas, cuatro salpicaduras finas que se mezclaron con el agua de la ducha, delante de los tres.

—Pero mira eso, si ha soltado cuatro lagrimitas —se burló la mayor—. Ni para correrse sirve.

Se acercó un paso. Se inclinó hacia él, lo miró a los ojos y, sin dejar de sonreír, le escupió encima con un gesto lento y calculado, un gargajo espeso que le cayó sobre la cara y le resbaló hasta la boca, mezclado con restos del semen del otro que todavía le quedaban en los labios.

—Basura —dijo—. Eso es lo único que vales. Trágatelo.

Se incorporó, recogió su uniforme del suelo y, mientras se vestía sin limpiarse siquiera la corrida de la cara, le hizo un comentario a su compañera que las hizo reír otra vez. Ninguno de los tres volvió a mirarlo. Para ellos ya no existía, y de algún modo retorcido, era exactamente lo que él había ido a buscar a aquel vestuario sin atreverse a admitirlo.

Mateo se quedó solo en el suelo, con el sabor amargo del escupitajo en la boca y la polla todavía en la mano, escuchando cómo las risas se alejaban por el pasillo. Al día siguiente, a la misma hora de siempre, volvió.

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Comentarios(7)

pattyBH

jajaja me mori!! tremendo momento ese

NachoBdsmBs

Muy buena ambientacion, se nota que sabes crear tension desde el principio. Muy recomendable

mirona_casual

me recordo a algo que casi me pasa en el vestuario del trabajo... aunque mucho mas inocente que esto jaja. Buen relato

FernandoMzo

Esperando ansioso la segunda parte!! quedó justo en lo mejor

LaObservadora

La forma en que vas construyendo la situación es increible, te metés en el relato sin darte cuenta. Muy bien escrito

tito_parana

Buenisimo!!! sigue subiendo relatos

CarlaM33

y qué paso despues con las limpiadoras?? jaja me quedé con esa duda

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