Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche en que humillaron a Adrián camino a casa

Adrián terminaba su máster en historia y llevaba un par de meses encadenando clases hasta tarde. Tenía veintiocho años, una novia que lo esperaba con la cena fría y la costumbre de volver a casa cuando media ciudad ya dormía. El trayecto desde la facultad lo obligaba a cruzar un barrio de calles estrechas y farolas fundidas, un atajo que se había vuelto rutina porque, hasta esa noche, nunca le había pasado nada.

Pero esa noche el aire olía distinto. Una inquietud que no sabía explicar se le instaló en la nuca apenas dejó atrás la avenida iluminada. Caminaba más rápido de lo normal, atento a cada portal, convencido de que alguien medía sus pasos a su espalda.

No era paranoia. En la boca de un callejón sin salida, dos siluetas se despegaron de la sombra y le cortaron el paso.

—Eh, tú —dijo el más alto, con una sonrisa que no tenía nada de amistosa—. ¿Qué llevas ahí?

Adrián no lo pensó. Le tendió la cartera, el móvil y la mochila con las manos temblando.

—Tomadlo todo, por favor. No quiero problemas.

—No tan rápido —contestó el segundo, guardándose el botín—. Creo que esta noche nos vamos a divertir un rato contigo.

Lo que vino después fue una sucesión de órdenes humillantes que Adrián obedeció paralizado por el miedo. Le hicieron desnudarse allí mismo, en plena calle, mientras los dos se reían de su cuerpo encogido por el frío y la vergüenza. Él se cubría como podía, suplicando que lo dejaran marchar.

—Mira al señorito —se burlaba el alto—. La mala suerte se ha cebado bien contigo, ¿eh, campeón?

Junto a un contenedor había un par de zapatos de tacón abandonados. Al verlos, a los dos atracadores se les iluminó la cara con una idea que a Adrián le revolvió el estómago.

—Póntelos —ordenó uno, lanzándoselos a los pies—. Hoy vas a ser nuestra muñequita.

—Por favor, no —pidió Adrián, casi sin voz.

—Cállate y obedece.

Sin alternativa, encajó los pies en aquellos tacones dos tallas pequeños. Le apretaban tanto que apenas podía mover los dedos, y en cuanto intentó dar un paso, las rodillas le fallaron.

—Qué bien te quedan, princesa —se carcajeó el otro.

Adrián, desacostumbrado a los tacones, trastabilló y cayó de bruces sobre la mugre del callejón. Al intentar levantarse, el pie resbaló con una cáscara de fruta y aterrizó sentado, de golpe, sobre una botella de litro abandonada que se le clavó por detrás con una brusquedad que le cortó la respiración.

—¡Ay! —fue lo único que alcanzó a decir, doblado sobre sí mismo.

El susto y la contracción dejaron la botella atrapada, encajada de mala manera. Los dos desconocidos, lejos de ayudarlo, sacaron sus móviles y empezaron a fotografiarlo entre risotadas que rebotaban contra las paredes del callejón.

—¡No, las fotos no! —rogaba Adrián, cubriéndose la cara con un brazo.

Pero las luces de los flashes seguían alumbrando su desgracia una y otra vez, hasta que las ventanas del vecindario empezaron a encenderse y los atracadores, satisfechos, desaparecieron por donde habían venido con todas sus pertenencias.

***

Solo, desnudo y dolorido, Adrián buscó desesperado algo con lo que cubrirse. En el mismo contenedor encontró un vestido corto y ajustado, de tela barata y brillante, que alguien había tirado. No tenía nada mejor, así que se lo puso mientras su cuerpo todavía protestaba por la botella encajada.

Quiso caminar, pero los tacones diminutos le habían quedado atrancados en los pies y no sabía moverse con ellos. Tras dos caídas más, decidió que avanzar a gatas era la opción menos catastrófica. Al menos así no notaba tanto el peso de la botella a cada movimiento.

¿Qué pensaría Carla si me viera ahora?, se preguntó, y la sola idea de su novia encontrándolo vestido de aquella manera, gateando por un callejón de mala muerte, le dio ganas de que la tierra lo tragara.

Fue entonces cuando, a lo lejos, oyó las sirenas. Se acercaban, y rápido. Adrián entendió de inmediato que no había explicación posible para su aspecto: un hombre medio desnudo, con tacones y un vestido robado, a gatas en plena madrugada. Lo confundirían con cualquier cosa menos con una víctima.

El pánico lo empujó a huir en dirección contraria al ruido. Corrió como pudo, tropezando a cada zancada, metiéndose por callejas cada vez más angostas y oscuras, con los pulmones ardiendo y el corazón a punto de reventar. Necesitaba un escondite, y lo encontró en una escalera de incendios que subía hasta una ventana abierta.

Trepó con torpeza, se coló por la ventana a lo que parecía un dormitorio en penumbra y, sin pensarlo, se deslizó bajo la cama. Allí, conteniendo el aliento, esperó a que el mundo se calmara.

Las sirenas se alejaron hasta apagarse del todo. Adrián empezaba a asomar la cabeza cuando oyó la puerta del dormitorio abrirse. Volvió a esconderse de golpe. Eran los dueños de la casa: una pareja.

—¿Has oído? Ya no se escuchan —dijo el hombre—. Sonaban pegadas a casa.

—Me han puesto los pelos de punta —respondió ella—. Cada día está peor este barrio.

—Mientras no se nos cuele nadie dentro... —murmuró él, dejando las llaves sobre la mesilla.

—¿Y si nos relajamos un poco? —ronroneó ella, y Adrián oyó una risita cómplice.

—Lucía... —protestó el hombre sin demasiada convicción.

El colchón crujió sobre la cabeza de Adrián. Desde su escondite vio caer al suelo, una a una, las prendas de la pareja. Primero fueron besos y susurros, luego achuchones, y al rato gemidos que ya no dejaban lugar a dudas. Adrián, paralizado, comprendió con horror que dos desconocidos estaban follando justo encima de él.

El somier empezó a botar al ritmo de los embates. Adrián estaba boca abajo, con la cama tan baja que cada rebote le presionaba la botella contra el cuerpo y le aplastaba contra el suelo todo lo demás, mezclando el dolor con una estimulación que detestaba sentir.

—¡Así, Óscar, así! —jadeaba ella.

—¿Te gusta? —respondía él, entre risas ahogadas.

El ritmo se aceleraba y a Adrián se le hizo insoportable. La ansiedad pudo más que la prudencia y, en el peor momento posible, decidió salir de su escondite.

—Dios, me voy a... —empezó a decir el hombre.

Adrián asomó por el lateral de la cama justo cuando la pareja, enredada en plena postura, lo vio aparecer. La botella, por la fricción y el movimiento, se desprendió en ese instante y estalló contra el suelo con un estruendo que cortó la escena en seco.

—¡Hay alguien en casa! —chilló ella, tapándose con la sábana—. ¡Llama a la policía!

—¡¿Qué cojones haces aquí?! —rugió él.

***

El hombre, sin tiempo de ponerse nada, saltó de la cama y se lanzó tras Adrián, que ya gateaba hacia la puerta. Pero en el pasillo los tacones volvieron a traicionarlo y cayó de bruces. Su perseguidor, descalzo, pisó los cristales de la botella, soltó un alarido y se desplomó encima de él en una maraña ridícula de brazos y piernas.

—¡Oiga, quítese! —protestó Adrián, intentando zafarse del peso del otro.

El hombre, dolorido y todavía agitado por lo que había dejado a medias en el dormitorio, se incorporó como pudo, furioso y rojo de vergüenza. Adrián aprovechó el desconcierto para arrastrarse hasta el baño, entrar y echar el pestillo.

—¡Sal de ahí, degenerado! —bramaba el dueño, aporreando la puerta.

Acorralado, Adrián buscó una salida. Encontró el cesto de la ropa sucia y, en un gesto de pura desesperación, rapiñó una prenda interior para cubrirse algo más de lo que el vestido roto le permitía. Luego abrió la ventana del baño y se descolgó hacia el patio.

La mala suerte no lo soltaba ni un segundo. La etiqueta de la prenda se enganchó en un canalón y lo dejó suspendido a media altura, balanceándose con un tirón que le arrancó un grito agudo.

—¡Ayyy! —aulló, pataleando en el vacío.

La tela acabó cediendo y Adrián cayó sobre los arbustos de un parque cercano, que amortiguaron el golpe lo justo para que no se rompiera nada. Se quedó tumbado, mirando el cielo, preguntándose qué había hecho para merecer semejante noche.

Se levantó como un anciano, dolorido en sitios que ni sabía que tenía. Intentó lavarse la cara en una fuente del parque, pero los tacones le jugaron una última mala pasada: resbaló y cayó de cabeza al agua helada. Salió tiritando, limpio al menos, aunque ahora el vestido empapado se le transparentaba por completo.

Desorientado y muerto de frío, vislumbró dos figuras al otro lado de una calle y se acercó con la ilusión de pedir ayuda. Bajo la luz parpadeante de una farola descubrió, demasiado tarde, que se trataba de dos mujeres que trabajaban aquella esquina.

Al verlo aparecer contoneándose sobre los tacones, embutido en un microvestido transparente, lo confundieron con competencia invadiendo su territorio. Una de ellas se acercó con cara de pocos amigos, y cuando Adrián abrió la boca para explicarse, recibió una patada que le dobló las rodillas.

—Esta es nuestra esquina, guapo —le advirtió la primera.

—Como te vuelva a ver por aquí, te enteras —remató la otra.

Adrián, sin aire para protestar, hizo lo único que sabía hacer ya esa noche: salió pitando, tambaleándose calle abajo, con dos desconocidas persiguiéndolo y el amanecer asomando entre los tejados. En algún punto, mientras corría descalzo al fin —porque uno de los tacones había salido volando—, se prometió a sí mismo que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a coger ese atajo.

Cuando por fin llegó al portal de su casa, con el vestido hecho jirones y el orgullo en peor estado todavía, encontró la puerta abierta y a Carla esperándolo en el pasillo con cara de no entender absolutamente nada. Abrió la boca para soltar la pregunta evidente, pero Adrián levantó una mano, agotado.

—No preguntes —dijo—. Por favor, esta noche no preguntes.

Y se metió en la ducha, decidido a no contarle jamás a nadie cómo el camino de vuelta a casa lo había convertido, durante unas horas imposibles, en el hazmerreír humillado de todo el barrio.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(5)

Tomas_R77

tremendo relato!!! me quede sin palabras al final

karinaLP

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas sobre Adrian

RodrigoMdq

la tension que va generando la historia es lo que mas me engancho. Muy bien escrito, se siente real

RamonBaires

me recordo a algo que me conto un conocido, aunque mucho menos intenso jaja. Buenisimo el relato

Caro_BA23

¿hay continuacion planeada? me quede con intriga sobre lo que pasa despues

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.