La señora del sótano me enseñó a obedecer
El tiempo no pasaba en aquel sótano; se quedaba quieto, pesado, colgado del techo bajo junto a las cadenas que me sujetaban a la pared. Había dejado de contar las horas. Había dejado, también, de intentar romper los candados: eran demasiado gruesos, y cada tirón solo conseguía clavarme más el metal en las muñecas. Lo único que me quedaba era pensar, y pensar dolía casi tanto como las marcas.
Pensaba en todas las mujeres a las que había tratado como objetos, en las que había despreciado, en las que había follado sin mirarles la cara y luego echado de mi cama como se echa la basura. Alguna de ellas había juntado el dinero suficiente para contratar a Doña Casilda. No me convencía todavía de que aquello fuera justo. Solo maldecía mi suerte y esperaba, con la boca sellada y el cuerpo entumecido, a que la puerta volviera a abrirse.
Y se abrió.
Doña Casilda bajó los escalones sin prisa, con esa calma suya que daba más miedo que cualquier grito. Era una mujer grande, de brazos anchos y manos pesadas, vestida con una bata oscura abrochada hasta el cuello. Traía una bolsa de tela. La dejó en el suelo, frente a la banqueta, y de su interior sacó una lata enorme de comida para perros y una cuchara de mango largo.
¿Qué pretende ahora?
—Llevas muchas horas aquí encerrado. Tendrás hambre —dijo, y su voz era casi amable—. No te preocupes, yo me encargo de alimentarte. Vas a comer esto. Es lo que mereces.
***
De la misma bolsa sacó un delantal de plástico, largo y rígido, del tipo que usan en las pescaderías para no mancharse. Se lo pasó por la cabeza y se ató las cintas a la cintura con un nudo seco. Después vinieron los guantes: gruesos, de goma, que se calzó forzando cada dedo con una paciencia minuciosa. El chirrido de la goma contra su piel me erizaba la nuca. Cuando terminó, dio una palmada sonora, como quien anuncia el comienzo de algo.
—Voy a quitarte la mordaza —avisó—. Una advertencia. Si gritas, si me faltas el respeto aunque sea con la mirada, vuelvo a por la correa y te azoto hasta que se te acaben las lágrimas. ¿Lo has entendido?
Me agarró del pelo con el guante y tiró hacia arriba para obligarme a sostenerle la mirada. Asentí como pude. Tenía los ojos duros, sin un rastro de duda.
En mi cabeza se encendieron dos esperanzas tontas. Una: si me destapaba la boca, en algún momento podría gritar y alguien me oiría. Dos: tarde o temprano tendría que soltarme para ir al baño, y esa sería mi oportunidad. Me aferré a las dos. Me equivocaba en ambas, aunque todavía no lo sabía.
Tardó un buen rato en liberarme la boca. Cuando por fin arrancó la última vuelta de cinta y sacó el trapo que la sellaba, respiré como si emergiera del fondo de un pozo. El aire me supo a libertad por un instante. Doña Casilda se sentó en la butaca frente a mí, abrió la lata, hundió la cuchara y la acercó a mis labios.
—Abre.
No abrí. Antes prefería el hambre. Su mano enguantada cruzó el aire y me estampó una bofetada que me giró la cara y me dejó zumbando el oído. Abrí la boca por instinto, y empezó la guerra. Metió la cuchara cargada de aquella masa pastosa y yo la escupí. Volvió a cargarla, y volví a escupir. El suelo se llenó de salpicaduras. Ella respiraba cada vez más fuerte.
—He dicho que tragues —siseó—. Me estás haciendo enfadar.
—No pienso comer tu basura —le grité, con la voz rota.
Y entonces solté lo que llevaba horas guardando: grité pidiendo ayuda, grité hacia el techo, hacia las paredes de piedra, hacia cualquiera que pudiera estar arriba. Mi primera oportunidad. La única que creía tener.
***
Doña Casilda se levantó de la butaca despacio, y supe enseguida que había cometido un error grave. Nunca la había visto así. No gritó. Eso fue lo peor. Se limitó a señalarme con el dedo enguantado mientras la mandíbula se le tensaba.
—Voy a enseñarte a obedecerme —dijo en voz baja—. Y vas a lamentar muchísimo este momento.
Rodeó la banqueta y se colocó a mi espalda. Me pasó el antebrazo por el cuello, como una llave de lucha, y con el canto de la misma mano me pinzó la nariz. No podía respirar. Con la otra mano hundió el guante en la lata, lo sacó cargado y me lo metió entero en la boca, presionando con la yema de los dedos para que no quedara hueco. Después me tapó los labios.
—Traga si quieres aire.
Su método era infalible. Tragué. Tragué porque el cuerpo es más cobarde que el orgullo, porque los pulmones no entienden de dignidad. Volvió a cargar el guante, una y otra vez, sin darme un segundo para escupir, hasta que la lata quedó vacía y yo me había comido hasta la última miga rebañando sus dedos. Lloraba de rabia y de asco, y a ella no le importaba lo más mínimo. Era exactamente lo que buscaba.
—Ahora comerás otra —anunció—. Porque lo ordeno yo. Así aprenderás para la próxima.
Sacó una segunda lata de la bolsa y repitió el ritual entero. El guante dentro de mi boca abierta, la nariz cerrada, el aire negociado a cambio de cada bocado. No me dejó otra salida. Cuando terminó, me sentía hinchado, humillado, deshecho.
***
—Te lo advertí —dijo, recogiendo del suelo el trapo que antes me había sellado la boca—. Te dije que volvería la correa si me desobedecías. Unas cuantas tandas te van a ayudar a recordarlo.
Volvió a amordazarme. Enrolló cinta sobre cinta alrededor de mi boca y mi cabeza, sin escatimar, asegurándose de que no pudiera empujar el trapo con la lengua. Gastó lo que quedaba del rollo. Cuando terminó, me quedé sordo de mi propia respiración, encerrado dentro de mí mismo.
—Disfruta del silencio —murmuró—. La próxima vez será algo peor. ¿Crees que no soy capaz? Lo comprobaremos si vuelves a gritar.
Se acercó a la estantería y descolgó una correa de cuero marrón. La sopesó. Después cambió de idea, sonrió, la volvió a colgar y abrió un armario del que sacó otra muy distinta: negra, de goma gruesa. Una correa hecha por ella misma. Hoy sé que la había fabricado con el caucho de un neumático viejo, raspando la superficie hasta dejarla erizada de pequeñas púas. Aquel día solo veía una cosa negra y dura en su mano, y la forma en que sonreía al mirarla.
—Tengo muchas ganas de estrenarla —dijo, paladeando cada palabra—. Va a doler de verdad, te lo prometo. Te voy a azotar hasta que me canse el brazo, y cuando termine no volverás a desobedecerme jamás. Llora cuanto quieras. Pero en silencio.
Se colocó detrás de mí, me arrancó de un tirón los pantalones y la ropa interior, dejándome el culo desnudo, temblando bajo la luz amarilla de la bombilla. Sentí el aire frío del sótano lamerme las nalgas antes del primer golpe, y me tensé entero, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Empezó.
***
El primer golpe me arrancó un alarido que la mordaza ahogó hasta convertirlo en un gemido sordo. El segundo fue peor. Las púas de goma mordían la carne de las nalgas y arrastraban a la vez, y cada impacto dejaba una línea de fuego que se sumaba a la anterior. Perdí la cuenta. Apreté los dientes contra el trapo, cerré los ojos y dejé que el dolor me vaciara por dentro.
Cuando paró, yo era otra cosa. Tenía la piel del culo ardiendo, en carne viva, y el simple roce del aire frío del sótano sobre las marcas me hacía estremecer. Doña Casilda respiraba agitada, satisfecha, secándose la frente con el antebrazo. Yo había aprendido la lección que ella quería enseñarme, y los dos lo sabíamos.
Rodeó la banqueta y se plantó delante de mí, jadeando aún por el esfuerzo. Bajó la vista y una sonrisa lenta le trepó por la boca. Yo también bajé la mirada, y entonces la vi: mi polla, entre las piernas, dura como una piedra, apuntando al techo, palpitando al ritmo de mi propio corazón enloquecido. No lo había buscado. Mi cuerpo me había traicionado sin permiso.
—Vaya, vaya —murmuró, con un tono nuevo, casi divertido—. Así que la correa te pone la verga tiesa. Mira qué cosa. Todo un macho, y babeando por unos azotes como un perro en celo.
Alargó el guante y me la cogió con dos dedos, apretando la base con la goma áspera. Yo di un respingo contra las cadenas. Un hilo de líquido claro asomaba en la punta.
—Fíjate. Ya estás chorreando. —Deslizó el pulgar sobre el glande, recogiendo aquella gota, y me la restregó por los labios de la mordaza—. Guarda esto. Es tu propia lujuria, y quiero que la respires las próximas horas.
Después bajó la mano por el tronco, apretándome con una lentitud calculada. No era una caricia: era una demostración de que aquello, también, era suyo. Cerró el puño enguantado alrededor de mi polla y la sacudió tres veces, muy despacio, mirándome a los ojos. Yo gemí contra el trapo, con la vergüenza subiéndome desde las tripas hasta la cara.
—Ni se te ocurra correrte —susurró—. Tu corrida es mía, y decidiré yo cuándo te dejo soltarla, si es que algún día te lo permito. Si me manchas el suelo sin mi permiso, te azoto otra tanda igual, y esta vez sobre las marcas frescas. ¿Me has oído?
Asentí, con los ojos húmedos, mientras ella seguía moviendo la mano arriba y abajo, apretando, aflojando, jugando con mi resistencia. La goma me arañaba la piel de la polla y a la vez la reclamaba, y yo no podía apartarme, no podía cerrar las piernas, no podía hacer nada más que quedarme quieto, encadenado, con el culo en llamas y la verga temblando entre los dedos de una desconocida que me odiaba. Cuando notó que empezaba a hincharme, que la respiración se me atragantaba, soltó de golpe y dio un paso atrás.
—No —dijo, satisfecha—. Todavía no. Aún tienes que aprender mucho.
Se limpió el guante en el delantal, como quien acaba de tocar algo sucio, y siguió a lo suyo.
—No quiero que esta habitación sea una pocilga —dijo, ya con la voz tranquila de nuevo—. Es hora de que vacíes el cuerpo. Como un animal limpio.
Por un segundo volví a engañarme. Va a soltarme. Va a llevarme arriba. Esta vez sí. Pero la vi acercarse de nuevo a la estantería y descolgar una bolsa médica transparente y un tubo largo de silicona, grueso y flexible. Colgó la bolsa de un gancho en la pared y empezó a llenarla de un líquido tibio. No iba a soltarme. Nunca había tenido intención de soltarme.
—¿Ves este tubo? —preguntó, sosteniendo el extremo frente a mis ojos—. Va a entrar entero por el culo. Relájate, porque por las buenas dolerá menos. Por las malas también entrará, te lo aseguro.
Se colocó a mi espalda. Me abrió las nalgas con los dos guantes, separándolas sin cuidado, y sentí cómo el aire frío me tocaba directamente el agujero. Un pulgar áspero me lo recorrió arriba y abajo, tanteándolo, apretando el borde arrugado hasta que se rindió un poco. Después llegó el tubo. La punta fría, embadurnada de algo viscoso, presionó contra el ano, y empezó a avanzar, despacio al principio. Me retorcí, cerré el esfínter, intenté expulsarlo, y ella se detuvo con un suspiro de fastidio.
—No aprendes —dijo—. Por las malas, entonces.
Empujó sin contemplaciones. El tubo forzó el aro cerrado, y sentí cómo se abría paso hacia dentro, centímetro a centímetro, ensanchándome, quemándome, hasta que entró del todo y noté la base del silicón chocar contra las nalgas magulladas. Yo lloraba contra la mordaza, con las lágrimas cayéndome por la barbilla, y a ella le daba igual; era, otra vez, lo que pretendía. Con la otra mano me palpó el vientre, apretándolo levemente, midiéndome por fuera. Después abrió la pinza de la bolsa y el líquido tibio comenzó a inundarme por el culo. Lo notaba subir por dentro, empujando, buscando sitio, mientras el tubo permanecía clavado en mí como una estaca. La presión crecía con una lentitud insoportable, una sensación de plenitud que rozaba el límite de lo que podía aguantar, y mi polla, para mi horror, seguía dura, latiendo contra el aire, goteando otra vez.
Doña Casilda lo vio y soltó una risa breve, satisfecha.
—Mírate. Con el culo lleno y la verga tiesa. Vas a ser un buen animalito, ya lo veo.
Cerró la pinza cuando la bolsa se vació del todo. Me apretó una nalga con el guante, hundiéndomela contra el tubo, asegurándose de que nada se escapara antes de tiempo.
—El enema es largo —dijo, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Volveré en dos horas a quitártelo. Aguanta como puedas. Si te sales, aunque sea una gota, mañana serán tres bolsas seguidas. Cuando termine, estarás limpio por dentro y por fuera.
Se quitó los guantes tirando del borde, dedo a dedo, y se los guardó en el bolsillo. Nunca tocaba a sus prisioneros con las manos desnudas. Antes de cerrar, se giró hacia mí una última vez y miró de arriba abajo mi cuerpo desnudo, encadenado, con el culo abierto por el tubo y la polla erecta apuntando al vacío.
—Una cosa más. Ya hablé con las mujeres que me contrataron. Les dije que te había castigado y te había soltado, y se dieron por satisfechas. —Hizo una pausa para que la frase calara—. Nadie va a venir a buscarte. Vas a pasar aquí una temporada larga, aprendiendo modales conmigo. No pienso quitarte la mordaza. Y el día que lo haga, si gritas otra vez, ya te he avisado de lo que pasará. Tú decides si obedeces o no.
Cerró la puerta y echó la llave desde fuera. El cerrojo sonó con una rotundidad definitiva. Me quedé solo en la penumbra, con el culo en llamas, el vientre hinchado apretando contra mí mismo y la polla todavía dura, palpitando sin nadie que la tocara. Contando un tiempo que ya no me pertenecía. Tenía horas por delante hasta que volviera. Y, por primera vez, no pensé en escapar. Pensé en obedecer.





