Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Crucé su puerta dispuesta a obedecer cada orden

Entré a tu departamento un paso detrás de ti y me quedé mirando todo desde el umbral. Era un lugar imponente, lleno de cuadros y de luz tibia que entraba por unos ventanales enormes. Parecía más un estudio de artista que una casa, aunque tenía demasiados muebles para serlo del todo. Olía a madera y a algo cítrico, y yo respiraba despacio para que no se me notara cuánto me temblaban las manos.

—Disculpa el desorden —dijiste mientras te dirigías a lo que supuse era la cocina.

—No te preocupes, soy yo la que está invadiendo tu espacio —contesté enseguida, buscando un tono ligero que no terminaba de salirme.

—Cierto —respondiste, frío, pero con media sonrisa colgando de la boca.

Un escalofrío me recorrió la espalda de arriba abajo. Fue un movimiento involuntario, un estremecimiento que no pude disimular, y supe por tu mirada que lo habías visto. No se te escapaba nada. Esa era una de las cosas que llevaba meses fascinándome de vos.

Volviste con dos copas de vino tinto y me ofreciste una. La tomé con cuidado, como si pudiera romperse entre mis dedos nerviosos.

—Salud —hiciste sonar el cristal contra el mío y bebiste sin dejar de observarme por encima del borde de la copa.

No iba a poder con esto. No iba a poder y a la vez no quería estar en ningún otro lado.

—Termina con eso y quítate la blusa —dijiste.

Fue tu primera orden, y la obedecí. Me tomé el vino de un trago, cerrando los ojos con fuerza porque nunca me había gustado demasiado el tinto y menos a esa velocidad. Dejé la copa sobre una mesa baja y me desabotoné la blusa despacio, dejando los pechos al aire. Tal como me habías pedido por mensaje, no llevaba sostén. Sonreíste al confirmarlo, aunque ya lo sabías de antemano.

Llevábamos varios meses hablando de esto. De este tipo de relación, de lo que significaba entregarse, de los límites y de las palabras que servirían para frenar todo si hacía falta. Ser sumisa siempre había sido una de mis fantasías más privadas, una que nunca me había animado a contarle a nadie. «No cualquiera puede con esto», me habías dicho la primera noche que tocamos el tema. En ese momento no entendí del todo a qué te referías. Esa tarde, parada frente a vos con el vino subiéndoseme a la cabeza, empezaba a comprenderlo.

Me tomaste de la barbilla y me obligaste a sostenerte la mirada.

—Cuando te hable, vas a contestar «sí, mi señor» —dijiste.

Antes de que pudiera responder, me diste una cachetada suave en la mejilla. Cerré los ojos, sobresaltada, más por la sorpresa que por el golpe.

—Tranquila, preciosa, no es para que te asustes —murmuraste, y me besaste la punta de la nariz con una ternura que no encajaba con nada de lo anterior.

Y ahí caí rendida. Sonreí, casi enamorada de esa contradicción tuya.

—Sí, mi señor —contesté en voz baja.

Me soltaste y me pediste que me arrodillara. Lo hice sobre la alfombra, sin apuro, mientras te miraba quitarte el cinturón y desabrochar el pantalón. Traté de que no notaras la sonrisa que se me escapaba, pero estaba tan excitada como vos. Tal vez más.

Acerqué las manos a tu entrepierna. Llevaba semanas imaginando ese momento, soñando con tenerte en la boca, pero no habíamos podido vernos en todo ese tiempo y vos me habías pedido que esperara. Que me aguantara. Que cuanto más larga fuera la espera, mejor sería después. Tenías razón, claro. Casi siempre la tenías.

Tus dedos se enredaron en mi pelo y me sacaron del trance.

—No hagas nada que no te pida —dijiste, otra vez con esa voz tibia que me desarmaba.

Me pasaste la punta del miembro por la cara, despacio, marcando un recorrido sobre mis mejillas y mis labios cerrados.

—Abre la boca y saca la lengua —ordenaste, y esta vez la voz salió cargada de deseo, pero igual de firme.

Abrí lo más que pude y saqué la lengua mientras seguías deslizándote por mi rostro. Sentía mi propia saliva mezclarse con el sabor tuyo. Me diste unos golpecitos sobre la lengua y después, sin aviso, me metiste todo de golpe. Hice un sonido ahogado, intentando acomodar la respiración, y me ganó una cachetada por la torpeza. Te miré con algo parecido al enojo. Vos sonreíste y me diste otra.

Esos golpes. ¿De verdad me estaban dando placer? Cerré los ojos al sentir cómo la entrepierna se me humedecía sola, justo cuando sacabas el miembro de mi boca. Lo sentí pasar duro contra el paladar y saboreé el rastro que dejaba.

La saliva me resbalaba hacia los pechos. Con una mano te sostuviste, brillante de saliva, y volviste a pasearte por toda mi cara, repartiendo más golpecitos suaves. Yo me moría por dentro. Quería tenerte de nuevo en la boca, succionar cada centímetro que me dejaras alcanzar.

Empecé a salivar tanto que sentía los hilos cayéndome sobre la piel. Te vi sonreír al notarme desesperada.

—Hazlo —fue lo único que dijiste.

De inmediato mis manos y mi boca se alternaron para tocarte y lamerte entero. Lo hacía con un descontrol que no reconocía en mí. Algo en todo eso me hacía disfrutar cada segundo, cada respiración entrecortada, cada vez que tu mano se cerraba un poco más fuerte en mi pelo.

—Más rápido —dijiste, y obedecí sin pensarlo.

Me jalaste del cabello y me diste una cachetada más fuerte que las anteriores. El susto me cortó la respiración. Antes de que pudiera reponerme, me agarraste los pezones y los retorciste. Solté un grito de dolor que intenté tapar mordiéndome el labio, pero apreté los párpados ante la punzada.

—Pídeme perdón —dijiste.

—Perdón —contesté rápido.

Otra cachetada.

—Perdón, mi señor —rectifiqué a tiempo, dándome cuenta en ese mismo instante de cuánto más se humedecía todo entre mis piernas.

—Aprendes rápido. Más rápido que las demás —dijiste.

Sentí una punzada de celos al escuchar que había otras antes que yo. Algo absurdo, lo sé, pero la idea me molestó. Me tomaste los pezones otra vez y colocaste el miembro entre mis pechos, haciéndolo desaparecer entre ellos. Te deslizabas sobre mi piel con una lentitud deliciosa. Sentía un dolorcito cada vez que la punta golpeaba contra el pecho, pero tenerte tan duro y pegado a mí me empapaba entera. A vos no parecía importarte lo mojada que estaba. Querías mi boca, y mi boca te quería completo dentro.

Me escupiste. Te miré, otra vez con algo de fastidio. Me volviste a escupir.

—No te limpies —dijiste, cortante, al ver que ya levantaba la mano para hacerlo—. Deberías estar agradecida.

Y me diste una cachetada en los pechos.

—Gracias, mi señor —respondí enseguida, adivinando lo que querías escuchar.

—Así me gusta —dijiste—. Sumisa para mí.

Volviste a meter todo de una vez, casi sin aviso. Intenté tomar aire y no pude. Te busqué con la mirada, esperando que aflojaras.

—¿Pasa algo? —preguntaste, con una calma que me erizaba la piel.

Negué con la cabeza y abrí más la boca para respirar. Como respuesta, empujaste más adentro. Te sentía hasta el fondo, sin margen para casi nada. La saliva me caía por el mentón. Empezaste a moverte con violencia, llevándome la cabeza a tu ritmo. Todo estaba húmedo: de mi saliva, de tu sabor, de unas lágrimas que se escaparon sin permiso y se perdieron entre tanta humedad.

Sacaste el miembro de mi boca con un hilo de saliva colgando. Intenté limpiarlo y me jalaste del pelo, abriéndome la boca con los dedos.

—No uses las manos. Ponlas en la espalda —ordenaste.

Obedecí. Crucé los brazos detrás, ofreciéndote un «sí, mi señor» tembloroso.

—Di que eres mi puta —dijiste, excitado, mientras te tocabas frente a mí.

—Soy tu puta —al decirlo, un escalofrío enorme me recorrió de pies a cabeza y un golpe de placer me llegó directo entre las piernas.

—Lo eres —confirmaste, y seguiste hundiéndote hasta el fondo de mi garganta, hasta arrancarme una arcada que prolongaste sin piedad—. Lámelo bien, puta.

—Sí, mi señor —hice lo que pedías, sin rechistar, lamiéndote cada parte, saboreándote mientras me repartías golpes en los pechos y en la cara.

—No dejes de mirarme —dijiste.

Y obedecí. Me llevabas hasta el límite del aire con tus movimientos duros y yo no cerraba los ojos pasara lo que pasara. Cuanto más entrabas, más me mojaba. Cuantos más golpes me dabas, más sentía que estaba a punto de terminar yo también, sin que nadie me tocara. Y me encantaba esa idea, esa entrega absoluta en la que solo importaba lo que vos quisieras.

—Quédate quieta —dijiste de pronto.

Empezaste a tocarte con una mano mientras con la otra me abrías la boca y me sacabas la lengua. Me quedé inmóvil, como una estatua a tu disposición.

—Sácala bien y pídeme la leche —ordenaste.

—Por favor, mi señor —dije como pude—, quiero leche.

Te miré directo a los ojos y vi cuánto te gustaba escucharlo. Sonreí por dentro, sabiendo que estabas feliz con mi comportamiento. Abrí más la boca, saqué más la lengua y dejé escapar unos gemidos suaves mientras esperaba. Tus movimientos se volvieron más rápidos, más parejos, hasta que apoyaste la punta sobre mi lengua y soltaste un gemido ronco junto con todo lo que tenías guardado. Me salpicó la cara entera, un poco en el pelo.

—No cierres la boca —decretaste.

El semen empezó a deslizarse por mis pechos. Me lo untaste con los dedos y me apretaste los pezones una vez más.

—Vístete sin limpiarte —dijiste, y saliste de la sala.

Me puse de pie e hice lo indicado, intentando sin mucho éxito no manchar la ropa. Sentía la piel pegajosa, marcada, y aun así no quería borrar nada. Regresaste con ropa limpia puesta y las llaves en la mano.

—Vamos —dijiste.

Tomé mis cosas y salí de tu departamento exactamente como me lo habías ordenado, sin discutir, sin pedir nada más.

—Buena chica —te escuché decir a mis espaldas.

Y sonreí. Esas dos palabras me acompañaron en todo el camino de vuelta, repitiéndose en mi cabeza como un premio que ya estaba contando los días para volver a ganarme.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(4)

Caro_Impulso

que relato!!! me tuve que tomar un momento despues de leerlo jajaja

DiegoCba_lec

Por favor necesitamos una segunda parte, no puedes dejarnos asi...

Paloma_77

Me recordo a algo que vivi hace tiempo. Esa mezcla de nervios y ganas es imposible de olvidar, lo capturaste perfecto

TangoNocturno

Se nota que esto es real, no hay forma de inventar algo tan detallado. Gracias por animarte a compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.