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Relatos Ardientes

El día que Darío sacó el cinturón por celos

Llegué a casa pasadas las once, todavía con el sabor de Bruno en la boca y el cuerpo flojo, satisfecho de esa manera que te deja caminando despacio. Darío estaba en el living, la luz baja, una cerveza sudando en su mano. Nuestras miradas se cruzaron apenas crucé el umbral.

Vi la pregunta antes de que abriera la boca. Vi el reclamo apretado en su mandíbula. Pero pasé de largo sin decir ni hola, subí las escaleras de dos en dos y cerré la puerta de mi cuarto con llave.

Me tiré en la cama bocarriba y respiré. Necesitaba desconectar de todo, del peso de su silencio, de la cerveza que no se iba a tomar. Saqué el teléfono y la llamé a Selva por videollamada.

Contestó al segundo tono. La luz cálida de su departamento la envolvía entera. Llevaba una camiseta enorme que se le resbalaba de un hombro, el pelo negro suelto cayéndole sobre la clavícula y esa sonrisa lenta, perezosa, que siempre me derrite.

—Vera… —dijo bajito, con la voz ronca de quien acaba de despertar—. Qué ganas tenía de verte.

—Te mandé algo —susurré.

Me senté en la cama y me quité la polera despacio, mirándome en el recuadro pequeño de la pantalla. Me puse de rodillas sobre el colchón y me saqué una foto: los pechos pesados, los pezones ya duros, la piel todavía con las marcas tenues de la mañana con Bruno. La envié sin pensarlo dos veces.

Escuché el sonido del mensaje llegando del otro lado. Selva abrió la imagen y soltó un gemido bajo que el altavoz me devolvió clarísimo.

—Dios, Vera… mírate. Esas tetas me vuelven loca —dijo, y se mordió el labio—. Las quiero en mi boca todo el día. Quiero morderlas despacio hasta que me supliques.

Se quitó la camiseta con un solo movimiento. Se sostuvo los pechos con las dos manos, los acercó a la cámara y se pellizcó los pezones sin dejar de mirarme. Yo sentí el calor bajándome de golpe al vientre.

—Ahora tócate para mí —pidió, la voz cada vez más baja—. Quiero verte disfrutar.

Me bajé la ropa interior y me recosté con las piernas abiertas frente al teléfono apoyado contra la almohada. Empecé despacio, dos dedos rozando el clítoris en círculos lentos, alargando la espera. Después me metí los dedos, sin apuro, y dejé escapar su nombre en un suspiro.

—Así, lenta —murmuró ella, y vi su mano perdiéndose entre sus propias piernas—. Imagina que es mi lengua. Que te estoy lamiendo despacio, que te chupo el clítoris mientras te aprieto las tetas. Imagíname ahí.

Aceleré. Hundí los dedos más profundo, buscando ese punto que me arranca el aire. Ella hacía lo mismo del otro lado, la imagen temblando apenas con el movimiento de su cuerpo, la respiración rota saliéndole entrecortada por el altavoz.

—Quiero correrme contigo —dijo, los ojos clavados en la pantalla—. Dime que estás pensando en mi boca.

—Tu boca… tu lengua… Selva, me voy a venir —gemí, arqueando la espalda contra el colchón.

Nos vinimos casi al mismo tiempo. Yo temblando entera, una ola caliente recorriéndome mientras repetía su nombre como un rezo. Ella se mordió el labio, el cuerpo sacudiéndose, gimiendo grave y largo hasta quedarse quieta.

Nos quedamos jadeando, sonriéndonos a través de los kilómetros.

—Cuando vuelva a la ciudad te voy a comer durante horas —prometió antes de cortar—. Tenlo claro.

Me quedé un rato mirando el techo. El cuerpo relajado, sí, pero la cabeza hecha un nudo apretado que ningún orgasmo deshacía. Abajo seguía Darío con su cerveza tibia y su pregunta sin responder. Lo imaginé ahí sentado, dándole vueltas a la escena de mi llegada, y sentí algo parecido a la culpa que se disolvió enseguida. Habíamos sido claros desde el principio. O eso creía yo.

***

Al día siguiente no aguantó.

Entró a mi cuarto sin tocar, giró la llave en la cerradura a su espalda y se quedó de pie mirándome, los brazos cruzados, la camisa todavía con las marcas del día de trabajo.

—Un día me dices que esto no es nada serio, que es solo diversión —empezó, la voz contenida—. Y al otro te veo llegar oliendo a otro y ni siquiera me saludas. ¿Así es el juego ahora?

Me incorporé en la cama y me crucé de brazos imitándolo, conteniendo una sonrisa.

—Tú lo dijiste, Darío. «No es serio» —le recordé, marcando cada palabra—. Entonces dime por qué te pones celoso.

Se acercó despacio, sin prisa, calculando cada paso. La mandíbula tensa. Sin dejar de mirarme se desabrochó el cinturón de los jeans con un tirón seco, y el cuero chasqueó cuando lo dobló en dos dentro de su puño.

—Porque aunque diga que no es serio —contestó, bajando la voz hasta casi un murmullo—, no soporto la idea de que otro te toque.

Me agarró del brazo y me giró contra la pared sin violencia, pero sin dejarme opción. Me bajó los shorts y la ropa interior de un solo movimiento, hasta los muslos. Sentí su mano abierta antes de oírla: la primera palmada cayó firme sobre mi nalga, fuerte, calculada, justo en el límite donde el ardor empieza a gustarte.

—Quieta —ordenó por lo bajo.

Después vino el cinturón. Lo dejó caer doblado tres veces, una tras otra, no tan duro como para hacerme daño de verdad, pero sí lo suficiente para que la piel me ardiera y se me encendiera roja. Apreté la mejilla contra la pared fría y dejé que el calor me subiera por la espalda.

—Manos atrás —dijo.

Obedecí. Junté las muñecas a la altura de la cintura y él me las amarró con el mismo cinturón, sin apretar, solo lo justo para que no pudiera soltarme. La sensación de no poder moverme me dejó sin aire un segundo.

Me giró de nuevo para tenerme de frente. Me levantó la polera por encima de los pechos y se quedó mirándome, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.

—Estas también son mías estos días —murmuró.

Bajó la cabeza y mordió. No con suavidad. Mordidas firmes, la boca cerrándose alrededor del pezón, succionando fuerte, dejando un rastro de marcas rojizas que me hicieron gemir entre el dolor y las ganas. Y cuando creía que no aguantaba más, pasaba la lengua despacio sobre cada huella, calmándola, besando, lamiendo, hasta que el dolor se volvía otra cosa.

Se separó un momento, abrió el cajón de mi mesa de noche y sacó dos ganchos de los que uso para colgar la ropa interior. Los abrió frente a mí, mirándome a los ojos, pidiéndome permiso sin palabras. Yo no aparté la mirada. Me los puso en los pezones, uno y después el otro. El pinchazo fue intenso, una corriente que me cruzó entera, pero soportable. Gemí más alto de lo que quería.

—Mi mujer vuelve en dos semanas —dijo contra mi cuello, la voz ronca, urgente—. Dos semanas, Vera. Quiero aprovechar cada segundo. Quiero que te acuerdes de mí cuando yo ya no pueda hacerte esto.

Me inclinó sobre el borde de la cama, la cara contra el colchón y las manos todavía atadas a la espalda. Me abrió las piernas con la rodilla y entró en mí de una sola embestida, profundo, sin pedir permiso. Me folló posesivo, una mano clavada en mi cadera y la otra tirando apenas de los ganchos, lo justo para que cada empujón me arrancara un gemido más agudo.

Cada tirón me encendía. El ardor de las nalgas, la presión en los pezones, sus dedos marcándome la cadera, todo se mezclaba en una sola cosa que me empujaba al borde. Me embistió como si supiera que el tiempo se le terminaba, con esa urgencia de quien cuenta los días.

—Dime que es mío estos días —me exigió al oído.

—Es tuyo… todo tuyo, Darío —jadeé, y fue verdad mientras lo dije.

Me vine fuerte, temblando entera, apretándolo dentro de mí hasta hacerlo gruñir. Él aguantó un poco más, los dedos hundidos en mi piel, y se vino después con mi nombre atascado en la garganta, vaciándose en mí hasta que sentí que me desbordaba.

Nos quedamos así un momento, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda, los dos sin palabras.

Después me quitó los ganchos con un cuidado que contrastaba con todo lo anterior, soplando despacio sobre cada pezón para calmar el hormigueo. Me desató las muñecas, me dio vuelta y me abrazó fuerte contra su pecho. Me besó la frente, el pelo, la sien, murmurando cosas que no alcancé a entender.

—Quédate conmigo estos días —susurró, y por primera vez no sonó a orden—. Por favor.

Lo miré a los ojos, todavía jadeando, con la piel ardiendo en tres lugares distintos y una calma rara instalándose en el pecho.

—Estas dos semanas, solo nosotros —le dije, despacio, para que no quedara duda—. Todo lo que quieras. Pero cuando vuelva tu mujer, se acaba. No quiero dramas, Darío. No quiero promesas que no vas a cumplir.

Él asintió contra mi pelo, sin soltarme, como si quisiera grabarse la forma de mi cuerpo antes de que se acabara el plazo. Y yo me dejé abrazar, sabiendo que en catorce días esa puerta se cerraría con llave por última vez, y que hasta entonces íbamos a quemar cada hora que nos quedaba, sin contar las marcas ni hacer preguntas.

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Comentarios (4)

LectorEnCelos

Demasiado bueno!!! El titulo me atrapo enseguida y despues no pude parar de leer.

SebasNoche

La tension que se construye es increible, quede con ganas de mas. Seguí por favor!

Pamela_RdS

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, aunque mucho menos intenso jaja. Muy bien narrado, se siente real.

MarinaVzla

increible!! ojalá suban mas relatos de esta categoria

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