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Relatos Ardientes

Súper Renata le enseñó a ese cerdo quién manda

El traje de látex se ajustaba a cada centímetro de su cuerpo como una segunda piel. Renata se miró un instante en el reflejo de la puerta de cristal antes de salir: la tela negra marcaba la curva de sus pechos, el relieve de los pezones endurecidos por el frío del aire acondicionado, la línea exacta de sus caderas, la hendidura del coño perfectamente dibujada bajo la costura del entrepierna. Cualquier hombre con dos dedos de frente perdería la cabeza al verla. Ese era, justamente, el punto.

Esa tarde le tocaba corregir a un imbécil en el club Las Dalias, una piscina privada a las afueras de la ciudad. No había casi nadie: un puñado de mujeres tomando el sol, riendo, disfrutando de una tarde de domingo. O lo habían estado haciendo, hasta que apareció él.

Se llamaba Néstor. Llevaba semanas merodeando por el club con el bañador pegado y la mano siempre encima del bulto, como si exhibirse fuera un favor que le hacía al mundo. Sacaba fotos a escondidas. Se acercaba demasiado. Y esa tarde había decidido que ya no le bastaba con mirar.

Renata lo había estado vigilando desde hacía días. Sabía a qué hora llegaba, dónde dejaba la toalla, cómo elegía a sus víctimas: siempre a las que estaban solas, siempre a las que dudaban un segundo de más antes de pedir ayuda. Conocía a los de su clase. Se alimentaban del silencio ajeno, de la vergüenza que sembraban en otras. Por eso le gustaba tanto romperlos. No con un golpe rápido y limpio, sino despacio, dejando que sintieran cada minuto de lo que tantas habían sentido por su culpa.

—¡Basta ya, cerdo asqueroso! —gritaba una de las chicas, retorciéndose mientras él le hundía la mano en el escote y le apretaba una teta con la palma abierta.

—Vamos, no te hagas la digna —replicó él, pasándole la lengua por la mejilla y frotándose la polla contra su cadera por encima del bañador—. Se nota que lo estás pidiendo, zorra.

—Quita tus manos de ella.

La voz cortó el aire como un latigazo. Néstor se giró y la encontró ahí, de pie sobre el borde de la piscina, con los brazos cruzados y una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—¡Súper Renata! —exclamaron las mujeres, y algo en sus rostros cambió. El miedo se convirtió en otra cosa. En anticipación.

—Esta vez te pasaste de la raya —dijo ella, bajando despacio hacia él—. Y vas a aprender la lección a mi manera.

Néstor soltó a la chica y se puso en guardia, intentando aparentar una seguridad que ya empezaba a abandonarlo. Lanzó un puñetazo torpe que solo golpeó el aire. Renata ni se movió.

—¿Eso es todo? —preguntó, y la burla en su voz lo enfureció.

—Maldita zorra —escupió él, y le tiró una patada.

Ella le atrapó el pie en el aire con una sola mano. Lo sostuvo ahí, suspendido, mientras él se tambaleaba sobre la otra pierna, ridículo, desequilibrado, a su merced.

—Error.

El rodillazo le llegó directo a la entrepierna, justo contra las pelotas. Néstor soltó un alarido agudo que retumbó contra las paredes y se dobló sobre sí mismo, las manos apretadas entre las piernas, los ojos llenos de lágrimas. Apenas podía mantenerse en pie.

Renata se tomó su tiempo. Caminó alrededor de él en círculos lentos, dejando que el sonido de sus botas sobre las baldosas mojadas fuera lo único que se escuchaba. El hombre que un minuto antes se creía dueño del lugar ahora era una figura encogida, jadeante, incapaz de levantar la vista del suelo. Las mujeres se habían acercado en semicírculo, en silencio, esperando.

—Esto recién empieza —murmuró ella.

***

Renata sacó una pequeña navaja del cinturón. Con un movimiento limpio, casi quirúrgico, cortó el bañador en jirones. La tela cayó al suelo mojado y dejó al hombre completamente desnudo frente a todas: la polla flácida, arrugada por el miedo y el golpe, colgando entre las piernas como un pedazo de carne cualquiera, y las pelotas hinchadas y rojas apretadas contra el muslo.

Lo que pasó después fue peor para él que cualquier golpe.

Las mujeres estallaron en carcajadas.

—¡Madre mía, miradlo! —reía una, llevándose la mano a la boca—. Si eso apenas se ve, hay que hacerle zoom.

—¿En serio con esa vergita andaba amenazando a la gente? —preguntó otra, sin molestarse en disimular—. Si a mi novio le cuelga el triple, y tampoco es para presumir.

—No sabía que se podía ser tan poca cosa —añadió una tercera, y la risa se contagió por todo el grupo—. Con razón manosea a las mujeres a la fuerza, con ese pito no lo elegiría ninguna por gusto.

Néstor se puso rojo hasta las orejas. Intentó cubrirse, pero Renata ya le había sujetado las muñecas a la espalda con una correa que sacó de no se sabía dónde. Tiró de él hasta dejarlo de rodillas en el centro del corro, expuesto, con la polla al aire y las piernas abiertas, mientras ellas se acercaban a mirarlo de cerca como quien observa una curiosidad de feria.

—Más cerca —las animó Renata—. Que lo vean bien. Que le miren la verga y las pelotas, que se acostumbre a que lo miren cuando él no quiere, igual que las miraba a ustedes.

Una de ellas se agachó y le dio un capirotazo suave en el glande. Néstor se estremeció entero, y a pesar de sí mismo, del miedo y de la humillación, su polla dio una sacudida tímida, empezando a hincharse.

—Ay, míralo —soltó la chica, riéndose—. El cerdo se está poniendo cachondo con que nos burlemos de él.

—Es lo único que le funciona —dijo otra—. Que lo traten como la mierda que es.

El hombre temblaba. No de frío. Cada risa le pesaba más que el dolor de las pelotas, y eso que el dolor todavía le subía por el estómago en oleadas. La polla, medio dura ahora, lo delataba peor que cualquier palabra.

—¿Sabes lo que se siente? —le preguntó una de las chicas, agachándose a su altura, la que él había manoseado minutos antes—. ¿Que te miren como a un objeto? ¿Que se rían de tu polla mientras tú no puedes hacer nada?

Néstor no contestó. Bajó la cabeza. Ella se la levantó con un dedo bajo la barbilla, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Contéstame.

—Sí —susurró él, derrotado.

—Sí, ¿qué?

—Sí… señora.

La palabra le salió rota, y a ellas pareció gustarles. Renata sonrió.

***

—De rodillas no, tumbado —ordenó.

Entre varias lo empujaron de espaldas contra las baldosas tibias. Cuatro de las mujeres le sujetaron una extremidad cada una, abriéndolo de brazos y piernas como una estrella, la polla apuntando al cielo, tiesa ya del todo a pesar del terror. Solo una se mantuvo aparte: la del escote, la que él había agredido. A ella le correspondía el primer turno, y todas lo sabían.

Se desató el pareo de la cintura y se bajó la parte de abajo del bikini con toda la calma del mundo. El coño, depilado y ya brillante de humedad, quedó a la altura de la cara del hombre. Se subió a horcajadas sobre su pecho, de espaldas a su polla, y siguió avanzando hasta plantarse justo encima de su boca. Dejó caer el peso despacio hasta aplastarle los labios con los suyos, con los de abajo.

—Sacá la lengua —dijo, sin girarse—. Y como se te ocurra parar antes de que yo me corra, Renata te revienta las pelotas con el tacón. ¿Está claro?

Néstor asintió como pudo, con la cara enterrada entre los muslos de la mujer. Sacó la lengua y empezó a lamer con torpeza, subiendo desde el perineo hasta el clítoris, tanteando. Ella se meció un poco hasta encontrar el ángulo, le agarró el pelo con las dos manos y le restregó el coño contra la boca con fuerza.

—Más adentro. Métemela hasta el fondo. Así, cerdo, así.

Néstor obedecía. Le lamía los labios inflamados, le hundía la lengua en la raja, la subía a chuparle el clítoris hinchado, alternando lametones largos con succiones cortas. La mujer se dejaba caer cada vez con más peso, ahogándolo entre los muslos, y cuando él intentaba respirar se levantaba apenas dos dedos y volvía a aplastarlo. Le goteaban los jugos por la barbilla, se le metían por la nariz. Se estaba ahogando en coño y no podía hacer nada para evitarlo.

—Se lo está mamando bien el hijo de puta —comentó otra de las mujeres, mirándole la lengua trabajar.

—Claro, si es a lo único que sirve. Con esa polla de juguete no le queda otra que aprender a chupar.

La chica del escote empezó a jadear más fuerte, apretándole el cráneo contra la baldosa. Se frotaba con el clítoris directo sobre la punta de la lengua, cabalgándole la cara como si fuera un asiento. En cuestión de minutos se corrió: un espasmo largo, sostenido, un grito ronco, y una ola de líquido caliente que le empapó la boca y la barbilla al hombre debajo. Se quedó unos segundos ahí, temblando encima de él, y solo entonces se levantó, dejándole la cara brillante de saliva y de flujo.

—Siguiente —dijo, todavía respirando fuerte, mientras se acomodaba el bikini.

Otra ya estaba lista. Se puso en cuclillas del mismo modo, se sentó en su boca, y a Néstor no le dieron ni un segundo de respiro. Le siguieron una, y otra, y otra: coños de todos los sabores contra la lengua, unos apretados y jóvenes, otros más carnosos, todos exigentes. Se turnaban sin prisa, riéndose entre ellas, comparando cuál se lo hacía mejor, corrigiéndolo con tirones de pelo cuando aflojaba. La cara le quedó irreconocible, empapada, roja de la fricción, con marcas de dedos en las mejillas.

Renata se acercó por el otro lado y posó la suela de su bota justo sobre la entrepierna del hombre, sobre las pelotas y la base de la polla que seguía tiesa como un palo, incapaz de bajar. No apretó. Todavía no. Solo la dejó ahí, una amenaza fría sobre la piel más vulnerable de su cuerpo.

—Miren esto —dijo, señalando la polla erecta con la punta de la bota—. Nos está lamiendo el coño y a la vez se le pone dura. Le encanta. Se corrió veinte veces mirándolas en secreto y ahora se muere por hacerlo con la lengua puesta en el chocho de una de ustedes.

Se agachó y le agarró la verga con dos dedos, como quien coge algo sucio. Le pasó el pulgar por el glande, donde una gota de presemen se había asomado. Néstor gimió dentro del coño que tenía encima.

—¿Te gusta? —preguntó Renata, apretando un poco—. Contéstame con la cabeza, que la boca la tenés ocupada.

Él asintió como pudo, desesperado.

—Pues no te vas a correr. Ni hoy, ni mañana. Nunca más sin permiso.

Le soltó la polla y volvió a plantar la bota, esta vez apretando un poco más, lo suficiente para arrancarle un gemido ahogado que resonó dentro del coño de la mujer que se le estaba corriendo encima en ese preciso instante. Cuando ella se levantó, la polla del hombre seguía chorreando presemen, hinchada, morada, sin haber tocado nada más que la punta de una bota.

—Tengo una decisión que tomar —dijo Renata, mirándolo a los ojos—. Podría aplastarte ahora mismo. Una patada bien dada en las pelotas y se acabó. Nunca más volverías a molestar a nadie, ni a mear derecho.

—¡No, por favor! —rogó él, las lágrimas mezclándose con el flujo que aún le brillaba en la cara—. ¡Por favor, haré lo que sea!

—¿Lo que sea? —Renata ladeó la cabeza, pensativa—. Esa es justo la respuesta que esperaba.

Presionó un poco la bota, aplastándole las pelotas contra el suelo lo justo para arrancarle otro alarido, y luego la retiró. La chica que estaba sentada sobre su pecho se inclinó hacia delante y le susurró algo al oído que ninguna de las demás alcanzó a escuchar. Lo que fuera, le hizo abrir mucho los ojos.

—Entonces estamos de acuerdo —concluyó Renata, poniéndose de pie—. A partir de hoy, este lugar tiene un nuevo empleado. Y no va a cobrar nada por su trabajo.

Las risas volvieron, pero esta vez había algo más oscuro en ellas. Néstor entendió, demasiado tarde, que lo que le esperaba no era una paliza y un susto. Era algo que iba a durar.

***

Pasaron unos días.

Cuando Renata volvió al club Las Dalias —esta vez sin el traje, con un simple vestido de verano y unas gafas de sol—, la encontró todo distinto. Las mismas mujeres tomaban el sol junto a la piscina, relajadas, dueñas absolutas del lugar. Algunas nadaban desnudas, sin prisa, sin nadie que las incomodara. Reían, charlaban, vivían.

Y junto a las tumbonas, en silencio, estaba él.

Néstor llevaba puesto un pequeño dispositivo de metal en la entrepierna, una jaula de acero que le encerraba la polla y las pelotas y le impedía cualquier erección, y nada más. Se le veía la carne pellizcada entre los barrotes, morada por la presión de días. Cargaba una bandeja con bebidas frías y las repartía de tumbona en tumbona con la cabeza gacha, atento a cada gesto, corrigiendo el rumbo en cuanto alguna de ellas chasqueaba los dedos. Cuando se demoraba, recibía una orden seca. Cuando obedecía rápido, lo ignoraban, que era su forma de premiarlo.

Nadie hablaba con él más de lo necesario. No hacía falta. Una mirada, un gesto, y Néstor entendía. Había aprendido a leer a esas mujeres como antes nunca se había molestado en leer a nadie, porque ahora su tranquilidad dependía por completo de adivinar lo que querían antes de que se lo pidieran.

—La sombrilla —pidió una de las mujeres sin levantar la vista de su revista.

Él corrió a ajustarla.

—Más a la izquierda. Así. Quieto.

Y él se quedó quieto, sosteniendo el mango, convertido en parte del mobiliario. Otra chica pasó a su lado, le pellizcó un pezón al descuido y siguió andando hacia la piscina sin mirarlo. Él ni pestañeó.

Una tercera, tumbada boca abajo, chasqueó los dedos.

—Aquí. Aceite. En la espalda y en el culo.

Néstor se arrodilló, se echó aceite en las manos y le empezó a untar la piel, primero los hombros, luego la espalda, bajando por los riñones hasta hundirle los pulgares en la carne de las nalgas, separándolas apenas para llegar bien al pliegue. Ella soltó un suspiro de puro placer y no le dio ni las gracias. Cuando terminó, la mujer levantó una pierna, apoyó el pie en su hombro y le señaló el otro lado. Él obedeció, siguió untando, sin permitirse ni un segundo de duda, con la jaula de acero apretándole la polla que trataba de hincharse y no podía.

Renata se sentó en una tumbona libre y aceptó una copa de las manos temblorosas del hombre. Sus dedos se rozaron. Él levantó la vista por instinto, y entonces la miró de verdad, por primera vez sin el traje. Tardó un segundo. Dos. Y de pronto la reconoció: esos ojos. Eran los mismos ojos que lo habían mirado desde el borde de la piscina antes de partirle el mundo en dos.

La boca se le abrió, pero no salió ningún sonido. ¿Qué iba a decir? ¿A quién iba a contárselo? ¿Quién le creería, y qué cambiaría si lo hicieran?

Renata no dijo nada. Se llevó la copa a los labios, bebió un sorbo lento, y por encima del borde del cristal le guiñó un ojo. Con la punta de la sandalia le rozó la jaula por debajo, apenas un toque, y a él se le escapó un gemido bajo que se apuró en tragarse.

Él bajó la mirada y siguió sirviendo.

Otra lección aprendida. Otra tarde de domingo en la que el orden de las cosas, por fin, había vuelto a su sitio.

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Comentarios(8)

Ernestito_82

increible!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Roxii22

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas de Renata. Tremenda protagonista!

Tomas_mdq

jaja ese se lo tenia bien merecido

TabooWolf

Me gusto mucho el planteamiento, la tension antes de que ella actue es lo mejor del relato. Muy bien narrado.

BdsmFan_Arg

Este tipo de relatos tiene mucho mas impacto que los que van directo al grano. La parte de la piscina me tuvo en suspenso total. Excelente trabajo, de verdad.

LauraVdP

Renata es un personaje!! mas relatos asi por favor

CarlosNorte79

Como sigue la historia? me quede con la intriga total

MarinaSol86

La narracion fluye muy bien, no se hace pesada en ningun momento. Gracias por compartir!

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