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Relatos Ardientes

Mi doctora terminó obedeciendo cada juego que inventé

Lo que voy a contar me pasó hace ya unos cuantos años, cuando rondaba los cuarenta y sentía que la vida entera se me venía abajo. Me llamo Damián. Acababa de separarme, la empresa que había levantado con tanto esfuerzo perdía dinero cada mes y varios de los que decían ser mis amigos empezaron a mirar para otro lado. Cuando uno está bien, todos te rodean; cuando todo se complica, descubrís quién era de verdad.

Uno de mis hijos estudiaba en un colegio de otra ciudad. Viajaba los domingos por la noche y volvía los viernes, y yo lo acompañaba siempre a la terminal de ómnibus. No era el único padre que hacía ese ritual. Entre todos esos rostros repetidos conocí, casi de casualidad, a una mujer que despedía a su propio hijo con la misma rutina cansada que yo.

Se llamaba Ariadna, aunque todos le decían Ari. Tendría poco más de treinta, era médica, de estatura baja pero con un cuerpo tan proporcionado que costaba no mirarla. Tenía unos pechos firmes y un trasero de esos que te obligan a darte vuelta en la vereda. A veces la veía acompañada por un muchacho de unos veinte años, alto y de buen porte, que no parecía ni su hijo ni su pareja. Ya sabría yo quién era.

De a poco fuimos hablando en esos andenes, primero del clima y de los chicos, después de nosotros. Un café se convirtió en una cena, y una cena en varias. Ari se había separado hacía poco y arrastraba los mismos fantasmas que yo: la culpa, el miedo, esa sensación de estar empezando de cero a una edad en la que ya no tocaba.

Era cautelosa hasta el extremo. Le aterraba que la vieran conmigo, que hablaran los vecinos, que se enteraran sus hijos. Avanzar con ella era como caminar sobre hielo: un paso en falso y se cerraba por completo.

***

Tardé casi dos meses en lograr algo más que un beso. Una noche, en el auto, después de insistir bastante, conseguí acariciarle los pechos por encima de la blusa. Nada más que eso. Llegué a casa caliente como un adolescente y me masturbé pensando en ella.

Llegué a creer que era fría, incluso que algo le pasaba en la cabeza, por esos cambios bruscos: pasaba de una excitación evidente a cortar todo de golpe. Pero un día me lo explicó. No era frígida ni nada parecido; al contrario, se definía como una mujer cálida, hasta ardiente. Lo que le costaba era el momento, la transición, soltar el control que tanto le había costado recuperar.

Si lo que necesita es que alguien decida por ella, puedo ser ese alguien.

El verdadero quiebre llegó una noche en su departamento. La fui desnudando despacio, leyendo cada reacción, y por primera vez no se cerró. Le separé las piernas, le quité la ropa interior y la llevé hasta un orgasmo largo con la boca y los dedos, mientras ella se mordía la mano para no gritar y despertar a medio edificio. Cuando terminó, temblaba y se reía al mismo tiempo, como si acabara de cruzar una frontera.

A partir de esa noche todo cambió. Fue como romper el hielo. Empezó a acceder a un sexo cada vez más intenso, a esos jueguitos que tanto nos gustan: aparecer sin ropa interior, sin sostén, o ambas cosas. Un día me esperó con un tapado largo y nada debajo. Cada sorpresa era un escalón más, y yo me daba cuenta de que el que marcaba el ritmo, el que iba corriendo los límites, era yo.

***

Me fascinaba dominarla. Me encantaba ponerla boca abajo, levantarle la falda, descubrir ese trasero perfecto y sentir que, en esa posición, ella se entregaba del todo. No era violencia: era poder, un poder que ella me cedía con una mezcla de pudor y deseo que me volvía loco.

El sexo anal fue otra conquista, y no fue inmediata. La preparé con paciencia, una tarde sobre la alfombra de su living, lamiéndola hasta que dejó de pensar, ganándole terreno centímetro a centímetro. Le pregunté tres veces si quería seguir, y las tres veces me dijo que sí. Cuando por fin la tuve así, oprimido por su cuerpo mientras ella se masturbaba al ritmo que yo le marcaba, me sentí su dueño. Gemía como si la estuviera matando, y esos gritos me incentivaban a entregarlo todo.

Empezamos a funcionar como pareja, aunque cada uno seguía en su casa. Hacíamos escapadas de fin de semana a pueblos cercanos, y en esas charlas después del sexo le pregunté por aquel muchacho que la acompañaba a la estación.

—Ah, es Bruno —me dijo—, el menor de mis primos. Lo adoro, cada tanto viene a verme.

—¿Y tuviste algo con tu primito? —le solté, medio en broma.

Me miró, sonrió y no contestó. Ese silencio me dejó pensando. Y, para mi propia sorpresa, en lugar de molestarme, la idea de imaginarla con otro me encendió algo nuevo.

***

Unos meses después, Ari decidió hacer un curso de sexología. Me pareció fascinante. Volvía de cada clase y me explicaba las distintas facetas del deseo: la dominación, el sadomasoquismo, los tríos, la bisexualidad. Y al contármelo en detalle, no solo me atraían en teoría: se me ocurría experimentarlas. Eran otros tiempos, sin internet al alcance de la mano, y todo aquello sonaba a territorio prohibido.

No sé si la corrompí yo o si ella aceptó gustosa cada propuesta. Probablemente nos corrompimos juntos. Llegaron los juguetes: esposas, vibradores, un antifaz, aceites. Cada objeto nuevo enriquecía el juego, y cada juego me daba una idea más atrevida. Y la que más me rondaba la cabeza era una sola: verla con Bruno.

Cada tanto se lo deslizaba, como al pasar. ¿Te gustaría un trío? Ella nunca decía que sí, pero tampoco que no. Solo sonreía, y esa sonrisa era una puerta entreabierta.

Bruno venía seguido. No me caía del todo simpático, pero hacía el esfuerzo de fraternizar con él. Entre los dos primos pasaban cosas raras, gestos demasiado cargados: un beso que duraba un segundo de más, una caricia que no era del todo inocente.

***

Una noche, los tres mirábamos televisión. Ari se levantó, volvió a los minutos y se sentó entre nosotros. La pierna de Bruno quedó pegada a la de ella, y a mí esa simple imagen me disparó la imaginación.

Me hice el dormido. A través del reflejo del televisor vi cómo la mano de Bruno recorría las piernas de Ari, cómo se metía bajo su falda al creer que yo no me daba cuenta. Lejos de frenarme, sentí una erección inmediata. Moví la mano y la metí yo también entre sus piernas. No tenía ropa interior. Estaba empapada. Bruno retiró la suya, y aunque no pasó nada más, algo había quedado dicho entre los tres sin decir una palabra.

***

Días después nos invitaron a una fiesta. Fuimos los tres. No fue una gran reunión, pero volvimos contentos, de ese humor en que cualquier estupidez da risa. Antes de medianoche decidimos irnos, y Ari invitó a Bruno a la casa. Aceptó enseguida.

Le serví un whisky a cada uno. Empecé a besarla, y ella respondía, pero con un ojo siempre puesto en su primo. Al rato puso música e invitó a Bruno a bailar. Arrancaron separados, pero la melodía era lenta y no tardaron en pegarse. Las manos de él recorrían su cuerpo y ella se lo permitía, descalza, con la pollera corta, mirándome por encima del hombro como si me desafiara.

Se desabrochó un botón de la blusa. Después otro. Yo no sabía si frenar todo o dejar correr y ver hasta dónde llegaban. Ganó la curiosidad.

—¿No te parece que tu primo te toca demasiado? —le dije cuando volvió a sentarse a mi lado.

—Vos me pediste un trío más de una vez —contestó, tranquila.

Me quedé helado. Su primo no me caía bien, pero tampoco quería perder la oportunidad que yo mismo había buscado durante meses. Bruno la tomó del brazo para bailar otra vez, y esta vez ella terminó de desabrocharse la blusa y se la sacó. Me miraba mientras lo hacía, retándome, dejando caer un bretel, después el otro, hasta que el sostén cayó al suelo y él le besó los pechos.

La excitación me ganó al fastidio. Me encantaba ese juego descarado, sin tapujos. Bruno le bajó el cierre de la pollera y ella quedó solo en ropa interior; la mano de él se metió entre la tela y su sexo, y los gemidos de Ari llenaron el living. Cuando él se llevó los dedos húmedos a la boca, sin dejar de mirarme, supe que ya no había vuelta atrás.

Nunca la había visto así. Estaba madura, a punto, lista para que la devoráramos sin culpa. Me acerqué, me apoyé contra su espalda, le tomé los pechos y le besé el cuello mientras Bruno seguía adelante. Dos pares de manos sobre la misma piel. Me saqué la ropa y él me imitó; al verlo desnudo sentí, lo confieso, una punzada de envidia. Ari se arrodilló y pasó de uno al otro con una entrega que jamás le había conocido.

La llevé al sofá, me acosté y ella se montó sobre mí. Se movía frenética cuando Bruno la tomó por detrás. Verla así, entre los dos, partida en una doble entrega que ella misma pedía a gritos, me hizo terminar enseguida. Me corrí del entrevero y me quedé mirando, hipnotizado, cómo seguía él. Que yo disfrutara de ver a mi mujer con otro era algo que jamás habría imaginado de mí mismo, y sin embargo esa misma morbosidad me consumía.

***

Después la cargué hasta su cama y se durmió al instante. Yo también caí rendido. Me desperté cerca de las siete, fui al baño y a la cocina a buscar algo para tomar. Justo se levantaba Bruno, todavía desnudo, y no pude evitar mirarlo.

Hablamos un rato con una gaseosa en la mano. Le pregunté lo que necesitaba saber.

—¿Ya habías estado con tu prima antes?

—Un par de veces, antes de que la conocieras —contestó sin dramatismo.

Hubo un silencio raro. Entonces me tomó la mano y la llevó hasta su cuerpo. Intenté apartarla, pero terminé acariciándolo, y al notar cómo respondía me pasó algo que no esperaba: no fue rechazo, fue una atracción nueva, y con ella una erección que él captó de inmediato.

Me apoyó las manos en los hombros y, sin que yo opusiera demasiada resistencia, me arrodillé. Lo besé primero, casi sin querer, y después me lo llevé a la boca. Me sentía ridículo y excitado al mismo tiempo, dos cosas que nunca había imaginado juntas. Lo chupé sin pensar, cada vez con más ganas, hasta que él intentó girarme.

—¿No te gustaría recibirlo? —me preguntó.

—Hoy no. Quizás en otra ocasión —respondí, y me sorprendió no estar diciéndole que no para siempre.

—Bien, pero no me dejes así —dijo.

Volví a arrodillarme y terminé lo que había empezado. Cuando acabó, me dio un beso en los labios y me dijo que había estado increíble. Yo no sabía si reírme, escapar o pedir más. Solo sabía que ya no era el mismo hombre que había llegado a esa terminal de ómnibus meses atrás.

***

Volví a la cama. Ari dormía boca abajo, y verla así, todavía marcada por la noche, me devolvió las ganas. La desperté despacio, con cuidado, y esa vez fui yo el que mandó, el que decidió el ritmo, mientras la imagen de todo lo que habíamos hecho me daba vueltas en la cabeza.

Estuvimos juntos varios años más, con idas y vueltas, separaciones de un par de meses y reencuentros que siempre prendían como la primera vez. Nunca supe del todo quién había corrompido a quién. Empecé creyendo que yo la guiaba, que yo le abría las puertas; terminé descubriendo que cada puerta que ella cruzaba abría otra dentro de mí. Aquella médica seria y cauta de la estación me enseñó que los límites están para correrlos, y que el verdadero poder no era dominarla, sino animarme a perder el control junto a ella.

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Comentarios (6)

NarradorSur

Increible relato, de los mejores que lei este mes!!!

lector_ansioso

Por favor sigue con esto, quede con ganas de mas. Segunda parte???

DarkReader09

Me gusto mucho la construccion del personaje, el desarrollo va muy bien planteado. Se lee de corrido sin darse cuenta.

Juanma_78

Este tipo de relatos son los que me hacen volver seguido al sitio. La dinamica de poder esta muy bien lograda sin caer en exageraciones. Excelente trabajo.

CuriosaNocturna

Muy bueno! Tenes mas en esta categoria? Me quedé con ganas de leer mas de este estilo

Fede_Cba

La imagen inicial del personaje en la estacion me engancho desde el primer parrafo jaja, bien ahi

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