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Relatos Ardientes

Lo que una sumisa le pide a su amo a cambio de todo

No sé muy bien por qué te escribo a ti, que todavía no tienes cara ni nombre, como si las palabras pudieran encontrarte antes que mis manos. Quizá sólo necesito decirlo en voz alta para saber qué estoy sintiendo. Quizá necesito ver la torpeza de mis propias frases para reconocer el deseo que llevo años guardando debajo de la ropa correcta y de las buenas maneras.

¿Qué quiero de mi amo a cambio de mi entrega? ¿A cambio de mi sumisión? Si fuera sincera te diría que lo quiero todo, pero eso no empezaría bien, no sería propio de una sumisa. Así que empiezo por lo concreto: quiero un contrato. Quiero cláusulas que me obliguen, reglas que me indiquen exactamente hacia dónde debo caminar cuando yo ya no sepa decidir.

Pero también lo quiero educado y culto. Que sepa instruirme. Que me desee con paciencia y que, de vez en cuando, sin previo aviso, me consienta. Que entienda que un beso cambia según dónde se posa: en la nuca, en la muñeca, en el interior del muslo. Quiero que se enorgullezca de mí y que me exhiba. Que me pasee desnuda por una habitación llena de gente y disfrute sabiendo que no hay un solo cuerpo en esa sala que no se excite al mirarme.

Me gustaría arrodillarme ante él, completamente desnuda, el sexo depilado y un plug frío atravesándome, las manos cruzadas en la espalda y la mirada fija en su entrepierna a medio endurecer. Y soñar con sus órdenes. Que él, como es natural, no me prestara atención. Que dejara pasar los minutos y las horas sabiendo perfectamente que mi clítoris se hincha en esa espera obligada.

Me gustaría permanecer en silencio, pero es difícil, porque en el fondo sí quiero pedirle cosas. Quiero rogarle que me acaricie, que me deje metérmela en la boca, que me pellizque los pezones como sólo él sabría hacerlo, que se hunda en mí y me obligue a sostener todas las posturas que se le antojen hasta quedar satisfecho. Sé que no debería esperar nada a cambio de mi obediencia. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, no puedo dejar de dibujar al amo perfecto.

Suena horrible decirlo con tanta seguridad, no sé si una sumisa tiene derecho a tener certezas o si esa certeza debería venir de la voz de su señor. Pero lo digo igual, rápido, casi sin respirar, como quien confiesa algo que lleva meses ensayando frente al espejo: a cambio de mi entrega quiero que me des dolor y placer. Hablo de obediencia ciega. De inclinar la cabeza sin entender el motivo. De entregarme a algo que me arranque del orden, de la mesura, de esa forma educada de estar en el mundo que tanto me han enseñado a venerar.

Quiero el privilegio de estar a su lado. Escucharle hablar de cosas que aún no comprendo del todo. Aprender lo que todavía no sé. Que, cuando él diga algo, algo se abra en mí, como si descorriera un velo mínimo y yo pudiera asomarme a otra forma de la verdad. Que me eduque con la paciencia con la que se adiestra a una perra que sólo quiere estar junto a su dueño.

Desearía que me llevara hasta el límite de lo que soy. Que conociera cada palmo de mi cuerpo, que investigara los detalles de mi culo, que el mapa de mi piel se convirtiera en la tesis de su vida. Que supiera adiestrarme sin romperme. Que aprendiera cuándo apretar y cuándo soltar. Que no dejara nunca de querer hundirse en mí, como quien recorre un territorio que sólo se rinde ante la insistencia.

No es amor lo que busco. Al menos no el amor de los libros ni el de las telenovelas, ese que siempre se sabe cómo termina. No quiero promesas que se digan durante una sobremesa romántica. Quiero algo que me conecte con la intensidad de las cosas peligrosas: sin garantías, sin mapas claros, sin protocolo. Un vínculo en el que con una sola de sus miradas yo sepa lo que siente, lo que piensa y lo que desea de mí. Aunque a veces no me guste. Aunque a veces me asuste.

Quiero que me mire y que esa mirada pese. Que tenga consecuencias. Que no sea cómoda. Que cuando me mire algo se decida dentro de mí. Quiero saber que no se detendrá por mucho que yo me resista o suplique. Que sea mi guía y mi ancla a la vez, para que pueda elevarme por encima de esta realidad que tan poco me ofrece para soñar.

Y desde ahí, desde ese lugar que no es ni cielo ni infierno sino el punto exacto donde se rozan, quiero vivir.

Será nuestro país, una casa levantada entre los dos: él, el arquitecto; yo, la materia que la hace real. Yo seré la sustancia viva que resiste, que cede, que se amolda al peso de su deseo. Él decidirá la forma y la disciplina. Yo aceptaré la presión para convertirme en su idea. Habrá fronteras por descubrir y fronteras por traspasar. Mi cuerpo, mi piel y mis orificios serán suyos, para que los use, para que mida con ellos la profundidad de su dominio. Y no sabremos ya dónde termino yo y dónde empieza él.

Habrá días en los que dude. Días en los que piense demasiado. En los que despierte antes que él y me pregunte si esto que siento es entrega o vértigo, si abrirme de este modo es valentía o una forma elegante de huir. Pensar será mi manera de resistirme. Y ahí estará él para corregirme, para obligarme a tumbarme sobre sus piernas y dejar que su mano azote mi culo blanco hasta enrojecerlo, como humillación y como recordatorio de a quién pertenezco.

Quiero que me sometas con órdenes sencillas. «Ponte de rodillas». «Abre el coño». «El culo en el aire». «Trae tu pecho a mi boca». Con esa energía que inclina sin esfuerzo, que exige y que ocupa, que impone como el jinete impone su voluntad a la montura. Eso quiero encima de mí. Eso quiero dentro de mí. Quiero que mi voluntad se doble, que aprenda otra lógica, que obedezca porque lo desea y porque sabe que en ese ofrecimiento hay algo más grande que ella misma.

Cuando despierte por la mañana, quiero sentirle antes de pensar. Sobre la piel desnuda, en los labios húmedos del sexo, en la dureza de los pezones. Que su presencia sea anterior a cualquier idea. Que todo empiece en él, aunque no esté en la cama. Que lo perciba hasta en mi manera de respirar mientras me masturbo, siempre que él me haya concedido el permiso. Que su dominio haya dejado huella en mí antes del sueño y vuelva a recibirme al salir de él.

Quiero que cualquier gesto de mi vida cotidiana, por simple que sea, se vuelva ritual. Que cortar, hervir, esperar, tengan erotismo. Como si cada movimiento fuera una ofrenda. Que mi cuerpo aprenda a obedecer y a humillarse para darle placer, para completarse en él. Y cuando salga a la calle, quiero llevarle como una fuerza paralela que me atraviesa, que cambia la textura del mundo, que hace que los cuerpos ajenos me recuerden que el mío ya lleva las marcas de su dueño.

Cuando me hable, no quiero pensar. Quiero sentir cada palabra como una lengua que lame los rincones de mi deseo. Como sus correazos, que dejan señales en las nalgas y en los pezones, marcas que con el tiempo se vuelven el alfabeto de un idioma que sólo hablamos los dos. Necesito saber hasta dónde puedo llegar sin perderme. Y cuando ya no pueda más, cuando el deseo se agote, entonces aceptaré por fin que no necesito que nada me salve.

***

Luego me detengo y pienso: ¿esto es sumisión o es una lista de la compra mal escrita? Y me frustro. Porque a mis treinta y tres años, independiente, con un trabajo, con el alquiler pagado y absolutamente sola en cada una de mis decisiones, reconozco que no he sido capaz de conseguir lo único que de verdad he buscado: esa conexión que llevo años imaginando. Y eso me da una rabia sorda.

Tal vez sólo sea una fantasía. Tal vez no exista y esté construyendo castillos en el aire. Por eso no sé ni por qué te lo cuento, si ni siquiera me atrevo a confesármelo a mí misma. Y ahora que lo escribo suena hueco. Y sin embargo, sólo con pensarlo, mis labios se mojan, la respiración se me altera y mi mano abandona el teclado para colarse bajo la ropa interior y aliviar la hinchazón del clítoris que pugna por escapar de la tela del tanga que lo aplasta.

Creo que puedo. O quiero creer que puedo. Entregarme a alguien de la manera que cuentan estas páginas. Porque viajar con mis anhelos es como respirar, y a respirar no pienso renunciar. Y entonces me da la risa amarga, porque no tenerlo es quedarme sin aire. Y mi cuerpo, claro, mi cuerpo necesita que lo adiestren, que lo disciplinen, que lo acaricien como sólo un amo sabe hacerlo. Lo necesita con urgencia, pero también con sabiduría, con dirección, con conciencia.

A cambio de mi entrega puedo darle lo que quiera. Y al decirlo me incomodo, casi me avergüenzo, porque suena práctico, suena disponible, suena tan poco sexy que es casi una ofensa. Pero es lo que la vida me ha permitido aprender a ofrecer. Hasta ahora ninguno tuvo imaginación para ver más allá de mi cintura, de mi culo o de mis tetas. Ninguno tuvo la perversidad necesaria para entender que el cuerpo es la funda que mejor esconde un fuego. Ninguno cruzó la frontera, ese límite donde la noche se vuelve blanca y los gritos suenan a algo antiguo.

He deseado desde el hueco que deja la falta de conexión. Desde el cansancio de sentir que doy sin tocar, que estoy sin estar. Mi deseo no nace del exceso, sino de la esperanza de que un día alguien sepa recibirme. De la necesidad de creer que mi soledad es elegida y no impuesta. Que alguien note el peso de mi cuerpo cuando me siente sobre sus rodillas. Que mi voz cambie el aire de una habitación apenas él entra en ella.

A cambio de mi entrega quiero unos ojos que sepan mirarme, una voz que sepa guiarme, unas manos que sepan moldearme, un olor que sepa embriagarme y ese poder, tan raro de encontrar, que moja mi sexo, eriza mi pecho y hace temblar la piel de mis muslos. Y ya está. Sencillo. Sin metáforas, sin decoración. Como los castigos que espero recibir por no saber pedir las cosas a tiempo.

Busco un dueño que nunca deje de pedir. Que no apague su deseo cuando no encuentre respuesta inmediata. Que no se diluya. Quiero una presencia que no dependa de la química ni del entusiasmo de los primeros días, sino de la gravedad. Alguien más profundo que mi propia desesperanza. Que entre en mí sin llamar, que no me pregunte, que no pida permiso, que simplemente lo ordene.

Que me encuentre como se encuentra una casa vacía: con eco, con polvo, con puertas que crujen. Y que la haga suya. Que la decore a su gusto, que será el mío. Que la habite y al hacerlo la ensanche. He vivido sola dentro de mí demasiado tiempo. He aprendido a sostenerme, a nombrarme, a no caer. Eso ya lo sé hacer, y ya no me basta.

Fantaseo con que me habite sin ternura, con dureza, con dominación. Que clave su voluntad en mí hasta que dejemos de ser dos. A cambio de ser suya, deseo que mi nombre pierda fuerza, que mis límites se vuelvan porosos, que mi voluntad desaparezca dentro de su poder, para que aprenda a inclinarme apenas perciba su presencia, en un olor, en un sonido, en el simple chasquido de la puerta de la habitación al abrirse.

Podrá castigarme, porque su castigo me eleva en lugar de hundirme. No necesito que me prometa ningún cielo. Quiero la gravedad del cuerpo. Quiero tener que elegirle a cada paso y que esa elección me resulte inevitable. A cambio de mi sumisión exijo ser atravesada por algo con sentido. Que entre en mí como posesión, como fuego que reconstruye. Y si alguna vez dudo, que no tenga piedad.

No quiero el placer como simple descarga. Lo quiero como continuidad, como estado, como una forma distinta de despertar cada día. Y quiero el dolor como castigo, como frontera, como aviso, como recordatorio de que este cuerpo es fugaz y por eso vale la pena entregarlo. Le ofrezco mis labios, mis pezones, el ombligo, el coño y, por supuesto, el culo. Todo para que lo use. A cambio, sólo pido caminar por fin con rumbo hacia mi propia plenitud.

Y ahora que te he contado todo lo que puedes conseguir, y que has llegado hasta esta última línea, tómame. No mires hacia otro lado como quien cree que, si no ve, dejaré de existir. No sigas intacto, porque yo ya no lo estoy. No escribí esto para quedarme quieta. Lo escribí para empezar el juego, para ponerlo sobre la mesa como una tirada de dados con todas sus consecuencias.

Yo ya he dicho qué estoy dispuesta a dar. He nombrado el riesgo y he puesto el precio. No importa qué clase de persona seas ni desde dónde leas esto. Sólo importa si eres capaz de sostener la propuesta cuando el texto deje de hablar y empiece a preguntarte: ¿serías capaz de habitarme para poseerme, sin huir, sin pensar en ti, sintiendo a través de mí?

No respondas rápido. La respuesta fácil es la forma más elegante de la cobardía. Este camino no es para quien busca seguridad, sino para quien entiende que entregarse, o ser entregado, no es un gesto bonito sino una decisión que deja marcas. Yo acepto perder para ganar. ¿Aceptas tú ganar para perderte?

Yo ya he cruzado. La pregunta es simple: ¿te quedas mirando o entras? Decídelo ahora, porque te lo aviso: estoy mojada, y no pienso esperar despierta toda la noche.

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Comentarios (5)

NocheDeMiel

Increible!!! me dejo sin palabras, de verdad.

Rosana_cba

Que bien escrito. La voz de la protagonista se siente tan real, tan autentica. Esperando mas de esto por favor

SumisaSecreta

Me recordo a algo que yo misma viví, ese deseo de rendirse sin dejar de ser una misma... no es facil de explicar y acá lo explicaron perfecto.

Renatex

Exelente relato, me encanto la forma en que esta narrado. Sigue asi!!!

ElObservador77

El bdsm en la literatura siempre me genero curiosidad pero pocas veces lo encuentro tratado con esta madurez. Felicitaciones, de verdad.

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