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Relatos Ardientes

La noche que mi amo me prestó a extraños en la calle

Me llamo Lucía y acababa de cumplir veintitrés años cuando entendí algo sobre mí que llevaba demasiado tiempo intentando callar. Con Diego no hacía falta callarlo. Desde nuestras primeras semanas juntos descubrí que obedecer me encendía de una manera que ninguna otra cosa conseguía: que él decidiera por mí, que me marcara los límites y luego me empujara un paso más allá.

Al principio era solo en casa. Una orden susurrada, una mano en la nuca, las palabras justas para hacerme temblar. Pero Diego sabía leerme mejor que yo misma, y sabía que algo dentro de mí quería más. Que la idea de ser mirada, deseada y usada delante de otros me ponía húmeda antes incluso de que pasara nada.

Aquella noche de viernes fue la primera vez que salimos con lo que él llamaba, medio en broma, «las reglas nuevas».

Me vistió él mismo frente al espejo del dormitorio. Una falda corta de cuero negro que apenas me tapaba, un top blanco ajustado sin nada debajo, los pezones marcándose contra la tela cada vez que respiraba. Nada más. Me pasó el pintalabios rojo por la boca con el pulgar, despacio, observando mi reflejo como quien evalúa una obra terminada.

—Esta noche tu cuerpo no es tuyo —me dijo al oído, las manos en mis caderas—. Si yo digo que alguien puede tocarte, dejas que te toque. ¿Lo entiendes?

—Sí, amo —contesté, y noté que la voz me salía más ronca de lo normal.

Ya estaba mojada. Y todavía no habíamos cruzado la puerta.

Salimos al centro. Era esa hora en que las calles se llenan de gente que sale a cenar, parejas, grupos de amigos, el rumor constante de las terrazas. Diego me llevaba de la mano como cualquier novio. Lo que nadie veía era su otra mano, que cada pocos pasos se colaba bajo el borde de la falda y comprobaba, con dos dedos, hasta qué punto sus palabras me habían afectado.

—Estás empapada —murmuró, divertido—. Buena chica.

Caminar así, sabiendo que cualquiera que mirara dos segundos de más podía adivinar lo que escondía la tela, era una tortura deliciosa. Apretaba los muslos. Él lo notaba y los separaba con la rodilla, obligándome a sentir el aire fresco entre las piernas.

***

Llegamos a una plaza con árboles y bancos, todavía con bastante movimiento a esa hora. En uno de los bancos había tres chicos de unos veinticinco años, cervezas en la mano, riéndose de algo. Diego se detuvo a unos metros, justo enfrente de ellos, y me colocó delante de él con las manos en mis hombros.

—Enséñales —dijo en voz baja, solo para mí.

El corazón me golpeaba el pecho. Miré a un lado y a otro: una pareja pasaba lejos, ajena. Levanté las manos despacio y bajé el top hasta dejar los pechos al descubierto, expuestos bajo la luz amarilla de las farolas.

Los tres se callaron de golpe. Uno dejó la cerveza en el suelo sin apartar la vista.

—Podéis tocarla —ofreció Diego, con la tranquilidad de quien presta algo suyo—. No se va a mover.

El más alto se levantó primero. Se acercó con cierta incredulidad, como si esperara que alguien dijera que era una broma, y al ver que yo seguía quieta, con los brazos a los costados, me cubrió un pecho con la mano entera. Lo apretó. Cerré los ojos. Enseguida los otros dos se acercaron y sentí cuatro manos sobre mí, manos de desconocidos, pellizcando, sopesando, tirando de los pezones hasta arrancarme un gemido que no pude contener.

—Mírala bien —les dijo Diego desde atrás, una mano apoyada en mi nuca para que mantuviera la cabeza alta—. Le gusta. Mirad cómo se le ponen los pezones.

Uno se inclinó y cerró la boca sobre uno de ellos, lamiéndolo, mientras otro me deslizaba la mano por debajo de la falda y descubría, entre risas, que no llevaba nada. Yo temblaba, de pie en mitad de la plaza, con la humillación y el deseo mezclados en algo tan intenso que me costaba respirar.

Diego los dejó disfrutar un par de minutos largos. Luego, con una sola palabra —«basta»—, todo terminó. Me subió el top él mismo, me apartó un mechón de la cara y me besó en la sien como recompensa.

—Una más a la lista —dijo—. Y la noche acaba de empezar.

Seguimos andando. Yo notaba los muslos pegajosos a cada paso y la certeza de que cualquiera de los que nos cruzábamos no tenía ni idea de lo que acababa de pasar.

***

El siguiente sitio fue un bar estrecho y oscuro, de esos con la música demasiado alta y la barra demasiado llena. Diego pidió dos copas y me sentó en un taburete del extremo, donde la luz casi no llegaba, y me separó las rodillas con la mano para que la falda subiera sola.

El camarero rondaba los cuarenta, barba corta y antebrazos de cargar barriles toda la vida. Llevaba un rato mirándome sin disimular cada vez que pasaba por nuestra punta de la barra.

—Pídeselo tú —me ordenó Diego, los labios contra mi oreja—. Quiero oírte pedirlo.

Me incliné sobre la madera húmeda de la barra, dejando que el escote se abriera del todo. Esperé a que el camarero volviera a pasar y, cuando lo tuve enfrente, junté el valor que me quedaba.

—¿Puedes tocarme? —pedí, y la voz me tembló de verdad.

El hombre miró a Diego, que asintió una sola vez, sin sonreír siquiera. Esa confirmación silenciosa entre los dos, como si yo fuera algo que se pasa de mano en mano, me recorrió la espalda entera. El camarero metió las dos manos bajo el top y me amasó los pechos con una rudeza de quien no tiene tiempo que perder, pellizcándome mientras con la otra mano seguía sirviendo copas a clientes que ni se enteraban.

—Más fuerte —indicó Diego, dando un sorbo a su copa—. Le gusta que le duela un poco.

El hombre obedeció, y yo solté un gemido que se perdió entre la música. A mi lado, un cliente que había visto algo se atrevió a colar también la mano por el costado del top. De pronto eran dos extraños a la vez, en plena barra, y Diego seguía bebiendo a mi otro lado como si tal cosa, observándome por encima del vaso con esa mirada que me derretía por dentro.

Cuando por fin nos levantamos, yo tenía los pezones hinchados y ardiendo, y las piernas no me respondían del todo. Diego me sostuvo del codo al salir y me susurró que aún faltaba lo mejor.

***

Lo mejor, o lo peor, llegó ya de madrugada, en un callejón que se abría detrás de una hilera de bares cerrados. Olía a humedad y a cerveza derramada. Dos hombres fumaban apoyados en la pared, treinta y tantos uno, algo mayor el otro, con ropa de trabajo y cara de cansancio.

—Esta vez no son solo las tetas —me dijo Diego, apretándome contra él un instante—. Esta vez les vas a dejar tocarte entera. Y te vas a correr mientras lo hacen. Delante de ellos. Para mí.

Me apoyó de espaldas contra la pared fría. Con un gesto seguro me subió la falda hasta la cintura y me dejó completamente expuesta bajo la única luz de una farola lejana.

—Es mía —les dijo a los dos hombres, ni una pregunta en la voz—. Esta noche os la presto. Tratadla bien.

El más joven se acercó primero, todavía con el cigarro entre los dedos. Lo tiró al suelo, lo pisó y, sin más preámbulo, deslizó la mano entre mis piernas. Encontró lo empapada que estaba y soltó una risa baja. Metió dos dedos de golpe y yo eché la cabeza hacia atrás contra el ladrillo. El otro me bajó el top una vez más y se inclinó sobre mis pechos, mordiéndome los pezones ya sensibles hasta hacerme gemir su nombre, que ni siquiera sabía.

—Pídeselo —ordenó Diego desde un paso de distancia, sin tocarme, solo mirando—. Pídeles que te corras.

—Por favor… —supliqué entre jadeos, con las caderas moviéndose solas contra la mano del desconocido—. Por favor, hacedme correr…

El mayor se arrodilló en el suelo sucio del callejón sin pensárselo. Sentí su boca cerrarse sobre mi clítoris mientras el más joven seguía moviendo los dedos dentro de mí, ahora tres, abriéndome. La lengua y los dedos a la vez, los dientes en el pezón, la pared rasposa contra la espalda, y Diego observándolo todo con los brazos cruzados y una calma que me decía, sin palabras, que estaba orgulloso.

Me corrí con un grito que rebotó en las paredes del callejón. Las piernas me fallaron y fue Diego quien me sostuvo por la cintura para que no me cayera, mientras los temblores me recorrían entera y los dos hombres se apartaban despacio, satisfechos.

Cuando recuperé el aliento, me bajaron la falda con una palmada de despedida en el muslo. Diego me arregló el top, me limpió con el pulgar una línea de carmín corrido y me rodeó con el brazo como si volviéramos de una cena tranquila.

De camino al coche no dijo gran cosa. Solo, ya conduciendo, deslizó la mano libre entre mis piernas todavía sensibles y la dejó ahí, posesiva.

—Esto ha sido solo la primera salida, mi amor —dijo, mirando la carretera con media sonrisa—. La próxima vez subiremos un poco más la apuesta.

Y yo, con el cuerpo deshecho, la piel marcada por manos ajenas y una sensación de pertenencia que no sabía nombrar, apoyé la cabeza en su hombro y susurré lo único que me salía:

—Gracias, amo.

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Comentarios (6)

NocturnoLect

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. Bravo!!!

curioza85

Por favor que haya una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como sigue...

Lorena_BA

Me dejó sin palabras. Ese nivel de confianza entre las partes es lo que hace que estos relatos se sientan tan reales e intensos. Muy bien logrado.

vikingo_lector

intenso y morboso, mas asi!!

TaniaMar

Me recordo a una experiencia que viví hace años. La adrenalina que transmite es muy real, no cualquiera puede entenderlo.

Marcos_Cba

Excelente narrativa, se nota que quien escribe conoce el tema. La dinamica está muy bien representada, sin caer en los clichés de siempre. Sigan publicando relatos asi!

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