Mi dueña me sacó al club vestida de mujer
El sudor frío todavía le resbalaba por la espalda a Adrián cuando Selena lo empujó hacia el baño del apartamento. Sobre la encimera lo esperaba un conjunto de ropa interior de encaje negro, un vestido ceñido de color rojo oscuro y unos tacones tan altos que le temblaban las piernas con solo mirarlos. Llevaban meses jugando a aquello, pero esa noche había algo distinto en los ojos de ella, una decisión que no admitía marcha atrás.
—Vístete, Adriana. Hoy no sales como hombre —le ordenó, con esa voz que nunca subía de tono porque no lo necesitaba—. Hoy sales como lo que eres.
Encendió un cigarrillo y se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo los dedos de él, torpes por los nervios, intentaban abrochar el sujetador relleno que aplastaba su pecho liso contra el tejido. Cada vez que fallaba, ella exhalaba el humo despacio, sin ofrecer ayuda. Quiere que aprenda solo, pensó Adrián, quiere que me cueste.
El vestido se ajustó a su cuerpo como una segunda piel, marcando las curvas que el corsé le había moldeado a la fuerza. El maquillaje le quemaba la piel cada vez que parpadeaba: labios rojos como una advertencia, sombras ahumadas que le daban un aire que él mismo no reconocía en el espejo. La jaula de castidad, fría y ajustada bajo la falda, le recordaba con cada movimiento que esa noche no decidía nada.
—Si alguien te toca, no te quejes —susurró Selena mientras le abrochaba al cuello un collar de terciopelo negro con un pequeño candado plateado—. Si alguien te mira, sonríe. Y si alguien quiere llevarte a algún sitio… vas.
Adrián tragó saliva. El candado hizo un clic seco contra su garganta.
—Porque esto ya no es un juego, cariño —añadió ella, ajustando el último mechón de la peluca—. Esto es tu vida ahora.
***
El club olía a alcohol derramado y a cuerpos sudorosos. Las luces estroboscópicas cortaban el aire como cuchillas, reflejándose en los charcos sobre la barra y en los ojos vidriosos de los borrachos que se apretaban en la pista. Adrián —Adriana— caminaba detrás de Selena, sintiendo cómo el vestido se le pegaba a las nalgas con cada paso, cómo los tacones le clavaban agujas en los talones. Mantenía la vista baja, pero notaba las miradas.
Algunos hombres ya lo observaban. Uno, con una sonrisa torcida, le silbó desde una mesa. Selena se rió, apretándole el brazo con las uñas pintadas de negro.
—Mira qué bien te ven —le dijo al oído—. Ya pareces toda una mujer.
Adrián sintió que las mejillas le ardían bajo el maquillaje. Quería desaparecer, quería que se lo tragara el suelo pegajoso de la pista, y al mismo tiempo —y eso era lo que más lo asustaba— algo en su vientre se tensaba de un modo que no tenía nada que ver con el miedo.
Fue entonces cuando apareció él.
Alto, ancho de hombros, con una camisa negra que se ceñía a los brazos como si estuviera a punto de reventarla. El tipo olía a cuero y a tabaco barato, y sus ojos oscuros, casi negros, se clavaron en Adriana con una intensidad que le heló la sangre.
—Vaya, qué preciosidad —dijo, acercándose sin pedir permiso, la mano rozándole la cintura como si ya le perteneciera—. ¿Bailas, muñeca?
Adrián intentó retroceder, pero Selena lo sujetó por el codo, hundiéndole los dedos en la carne.
—Claro que baila —respondió ella por él, con una sonrisa que era pura malicia—. Aunque es un poco tímida. ¿Por qué no la llevas a un sitio más… tranquilo?
El hombre no necesitó más invitación. Su mano se cerró alrededor del brazo de Adriana y lo arrastró hacia un pasillo oscuro que olía a desinfectante barato. Selena los siguió detrás, caminando con calma, como si paseara por un parque, encendiendo otro cigarrillo a la luz roja de las salidas de emergencia.
—No… espera —balbuceó Adrián, pero su voz sonó débil, ahogada por el ritmo ensordecedor de la música.
—No te preocupes, Adriana —dijo Selena sin prisa—. Solo déjate llevar. Ya verás cómo te gusta.
***
El almacén estaba lleno de cajas apiladas y botellas vacías. Una bombilla colgaba del techo, balanceándose como un péndulo roto, proyectando sombras alargadas sobre las paredes sucias. El hombre empujó a Adriana contra una estantería metálica; su aliento caliente, cargado de cerveza, le chocó contra la mejilla.
—Sabía que eras una mujerzuela desde que te vi —gruñó, mientras sus manos gruesas le bajaban el vestido por los hombros, dejando al descubierto los tirantes del sujetador y la piel pálida de sus brazos—. Y las mujeres como tú necesitan que les enseñen su lugar.
Adrián intentó forcejear, pero el tipo era una pared de músculos.
—¡Selena, por favor! —gritó, girando la cabeza hacia ella.
Pero ella solo se apoyó contra la puerta, cruzó las piernas y observó la escena con los ojos entrecerrados, el humo del cigarrillo enroscándose alrededor de su rostro como una serpiente.
—No me llames así, Adriana —corrigió, con voz dulce y venenosa—. Y no te resistas. Sabes perfectamente que al final vas a disfrutarlo.
El hombre le dio la vuelta de golpe y lo apretó contra el frío metal de la estantería. Adrián sintió cómo le bajaban el tanga hasta los tobillos, dejando su trasero expuesto al aire húmedo del almacén. El desconocido escupió en su mano y se la frotó entre las nalgas con una lentitud deliberada.
—Joder, qué apretada estás —murmuró—. Vas a llorar como una niña, ¿verdad?
Selena se acercó, sus tacones resonando como martillazos en el silencio tenso. Agarró a Adrián por el pelo de la peluca y lo obligó a mirarla.
—Díselo —ordenó—. Dile que quieres. Dilo con tus palabras.
Las lágrimas le quemaban los ojos, pero las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Sí… por favor… —susurró—. Hazlo.
El hombre no perdió tiempo. Se soltó el cinturón con un sonido metálico y empujó. El dolor fue blanco, cegador, como si le hubieran clavado algo al rojo vivo. Adrián apretó los dientes y soltó un quejido roto contra el metal. Pero entonces, entre las lágrimas y los jadeos, algo más se coló: un calor extraño, una presión que no era del todo desagradable, una corriente que le subía desde el fondo del vientre y le nublaba la cabeza.
Selena se agachó junto a su oreja, la voz convertida en un susurro letal.
—Mírate, Adriana. Te están usando como a un objeto, y aun así… —su mano se deslizó entre las piernas de él, encontrando la jaula de castidad húmeda, palpitante—. Estás empapando la jaula. Te excita que te traten como a nada, ¿verdad?
Adrián no pudo negarlo. Su cuerpo traidor se arqueó hacia atrás, aceptando otra embestida, mientras un gemido escapaba de sus labios pintados. Odiaba lo que sentía y al mismo tiempo no quería que parara, y esa contradicción lo desgarraba más que cualquier dolor físico.
—Eso es —escupió el hombre, agarrándole las caderas con tanta fuerza que le dejaría moretones al día siguiente—. Toma todo lo que te doy.
Selena se rió por lo bajo y le acarició la mejilla con el dorso de la mano, con una ternura que volvía el gesto aún más cruel.
—Ya no hay vuelta atrás, cariño —murmuró—. A partir de ahora eres solo mía.
***
Cuando el desconocido terminó y se marchó subiéndose el cinturón sin mirar atrás, Adrián quedó hecho un ovillo en el suelo, con el vestido arrugado y el maquillaje corrido por las lágrimas. Selena se arrodilló frente a él. Le limpió los labios manchados de rímel con el pulgar, despacio, casi con cariño.
—Bienvenida a tu nueva vida, Adriana —susurró—. A partir de hoy, cada vez que un hombre te mire, sabrás que es porque ve lo que yo hice de ti. Cada vez que te toquen, será porque yo lo haya permitido.
Le apretó la jaula a través de la tela del vestido, y un espasmo de dolor y placer recorrió a Adrián de la nuca a los talones.
—Y cada vez que te corras —añadió ella—, será porque tu dueña te lo ordene. Ni un segundo antes.
Adrián —no, Adriana— asintió, con las piernas aún temblorosas y el cuerpo ardiente. Mientras Selena lo ayudaba a levantarse y le ajustaba el vestido como si recompusiera a su muñeca favorita, supo que algo se había roto dentro de él esa noche y que nunca volvería a encajar igual. Lo peor, o quizá lo mejor, era que ya no quería que volviera a su sitio.
Salieron del almacén tomados del brazo, ella erguida y triunfal, él inseguro sobre los tacones. En la pista, las mismas luces seguían cortando el aire, los mismos borrachos seguían apretándose contra la barra. Pero Adrián los miraba distinto ahora, consciente de cada par de ojos que se posaba en su escote, en sus piernas, en el collar con candado que ya nunca se quitaría. Selena lo notó y sonrió, apretándole la mano.
—¿Lo sientes? —le preguntó al oído—. Esa mirada que te dan. Esa es la única que vas a tener a partir de ahora.
Y Adrián, para su propia vergüenza, descubrió que la buscaba. Que cuando un hombre apartaba los ojos demasiado pronto, sentía un vacío extraño, una necesidad nueva que no sabía cómo nombrar. Caminó de vuelta hacia la salida pegado al costado de su dueña, sintiendo el frío del candado en la garganta y el calor húmedo de la jaula bajo la falda, y por primera vez en mucho tiempo no se preguntó cómo escapar. Solo se preguntó qué le pediría ella la próxima noche.