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Relatos Ardientes

El precio que pagué por dos botellas de vino

Estaba en la oficina, a punto de cerrar la jornada, cuando me llegó el mensaje de Damián.

¿Bren, conseguiste el vino para la cena con mi jefe de esta noche?

Me había olvidado por completo. Una semana brutal de trabajo, la cabeza en otra parte, y se me había ido el detalle más importante. Sabía lo que esa cena significaba para él, lo mucho que necesitaba caerle bien a ese hombre.

Salí antes de hora, pero ya eran las cuatro de la tarde. Recorrí supermercados, vinotecas, dos bodegas con local a la calle. En todos lados me decían lo mismo: ese vino había que importarlo, en menos de una semana era imposible. Nadie lo tenía.

Cuando ya me había rendido y ensayaba mentalmente cómo confesarle a Damián que no lo había conseguido, pasé frente a la despensa de la esquina. Un local viejo, oscuro, atendido por un tipo repugnante. Pero todo el mundo sabía que ahí había de todo. Si le preguntabas por algo imposible, el viejo siempre te decía que sí.

Entré con el estómago apretado. Las campanitas de la puerta sonaron al abrirla. Ese olor a almacén antiguo me revolvió por dentro, porque no era la primera vez que pisaba ese lugar, y la memoria me trajo de golpe todo lo que ese hombre me había hecho meses atrás, cuando me tuvo agarrada de un secreto que no podía contar.

No había nadie en el mostrador. Me di vuelta de golpe para irme, y entonces escuché su voz a mi espalda, esa voz que me clavaba al piso.

—Pero mirá quién vino a visitar al viejo Cholo —dijo, burlón—. ¿Necesitás comprar algo o pasabas a saludar?

Se apoyó sobre el mostrador y me midió de arriba abajo con esa sonrisa torcida que yo conocía demasiado bien.

—Necesito un vino muy difícil de conseguir. Para esta noche —solté, sin rodeos, para terminar rápido.

—¿Y cuál es ese vino tan especial? —preguntó.

—Gran Toscano, malbec de bodega Cerro Bayo —contesté, casi rogando que me dijera que no lo tenía.

—Apá. Mirá vos las cosas que toma la nena ahora —se rió de costado y metió las manos en los bolsillos, reclinándose hacia atrás—. Suponete que lo tengo. ¿Cuánto estarías dispuesta a pagar?

No le contesté. Su soberbia me daba asco, pero el reloj corría y Damián estaba por llegar a casa con el jefe en cualquier momento.

—¿Lo tenés o no? Estoy apurada. Si no lo tenés, sigo buscando —dije, y puse la mano en el picaporte sin sacarle los ojos de encima.

Se dio media vuelta, corrió una cortina y desapareció en el fondo. No supe si quedarme o salir corriendo.

—Bueno, gracias —dije con fastidio, y abrí la puerta. Ahí volvió a hablar.

—¿Te vas sin los vinos?

Escuché el golpe seco de las botellas sobre el mostrador. Giré y ahí estaban las dos. Mi salvación.

—¿Cuánto sale? —pregunté, sacando la billetera mientras me acercaba.

—Ya te pregunté yo a vos. ¿Cuánto estás dispuesta a pagar por las dos últimas botellas que me quedan? En cualquier otro lado tardás una semana, y si entendí bien, lo necesitás hoy sí o sí.

Se apoyó de nuevo en el mostrador y volvió a recorrerme con la mirada.

—La cosa es así, nena. El negocio anda flojo, cada vez viene menos gente. Antes la pasaba bien, vos sabés cómo. Hasta hace poco venía una pendeja que le gustaba un viejo como yo. Pero se fue del país y tengo demasiadas ganas acumuladas. —Se rió, asqueroso—. Vos me ayudás a descargarme y te llevás las botellas. Como siempre: te apoyás en la mesa del depósito, te levanto la pollera, te corro la tanga y te la meto hasta las bolas. Después te doy el vino y quedamos a mano.

Me empezaron a temblar las piernas. El peso de imaginar a Damián fracasando frente a su jefe por mi culpa fue más fuerte que el asco. Se me llenaron los ojos. Otra vez ese viejo me tenía en su tela de araña.

—¿Cuántas necesitás? —insistió el cretino.

—Las dos. Necesito las dos —respondí con bronca.

—Mientras lo pensás, el tiempo corre. Capaz cierro y te quedás sin vino y sin esa cosa tan importante que tenés que resolver. Todo por no entregar el coño que ya me entregaste un montón de veces.

Miré disimuladamente y ya tenía el bulto marcado bajo el pantalón, la verga hinchada apretándole la tela. Miré el reloj. En una hora tenía que estar en casa, bañada, lista. Cerré los ojos, respiré hondo y le hice un gesto con la cabeza.

—Vamos. Pero rápido, por favor. Si no, no llego.

***

Pasé al otro lado del mostrador. El taconeo de mis zapatos resonaba camino al depósito. Él venía detrás, manoseándome el culo por encima de la pollera, apretándomelo con los dedos gruesos, mientras yo me apoyaba en la mesa sucia del fondo.

—Me encanta lo provocadora que te vestís. Esa pollerita corta, la camisa, los tacos, el pelo recogido. Seguro en tu trabajo hacen cola por vos —decía, mientras me levantaba la pollera hasta la cintura y me bajaba la tanga hasta la mitad de los muslos.

El corazón me iba a mil. Tenía los ojos llenos de lágrimas que no quería dejar caer. Sentí sus dedos ásperos abrirse paso entre mis nalgas, bajar hasta el coño, hurgar en la entrada, meterse hasta los nudillos. Los sacó brillosos y me los untó por los labios de abajo, escupió encima y volvió a meterlos, dos, después tres, ensanchándome sin ceremonia.

—Cómo extrañaba este coñito, nena. Bien apretado, como te lo dejó la naturaleza. Tendrías que venir más seguido.

Le escuché el cierre del pantalón, el ruido de la tela cayendo. Después el golpe carnoso de la polla contra mis nalgas, pesada, caliente, y él restregándomela entre las cachas de arriba abajo, empapándome de su propia baba, apoyando el glande gordo en la entrada del coño para hacerme sentir el grosor antes de meterla. Me agarró de la cadera con una mano y, con la otra, se acomodó. De una sola estocada entró entero, hasta las pelotas, y no pude contener el grito. La sentí abrirme por dentro, empujando cada pared, chocando contra el fondo con un tope seco que me sacó el aire.

Me embestía sin pausa, sacándola casi hasta la punta y clavándomela entera otra vez, en ese vaivén brutal que hacía crujir la mesa contra la pared. Escuchaba el chapoteo entre mis piernas, el ruido húmedo de la carne golpeando carne, y sus pelotas pesadas rebotando contra mi clítoris a cada estocada. Me tomó del pelo, que esa tarde llevaba atado en una sola cola larga, se lo enroscó en el puño y tiró de él como de una rienda, forzándome a arquear el cuello hacia atrás.

—Pensar que mi mujer me está calentando la cama en casa. Eso es una mujer de verdad. No como vos, que naciste para que te cojan y nada más —escupía entre estocada y estocada—. Mirá cómo se te traga la verga este coñito de puta. Chupála con las paredes, dale, apretámela.

Me largó una palmada en la nalga izquierda que me dejó ardiendo, y después otra, y otra, hasta que sentí la piel latir. Con la mano libre me manoseó las tetas por debajo de la camisa, me arrancó el corpiño hacia arriba, me pellizcó los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras. Le dije que fuera más despacio. Hizo oídos sordos, como siempre, y aceleró todavía más, tan hondo que sentía la punta de la polla golpeándome adentro de la panza.

Y entonces me di cuenta de algo: cada vez que le rogaba calma, se ponía más duro, más violento. Así que cambié la táctica. Si quería terminar rápido, tenía que calentarlo más.

—Despacio, por favor, me estás partiendo el coño, me la vas a romper —gemí, exagerando, aunque buena parte era verdad—. Es muy grande, Cholo, no me entra, sacála un poco.

Funcionó al toque. Lo sentí hincharse de más adentro, la verga latiéndome contra las paredes, y de pronto un rugido gutural, un tirón brutal del pelo y la descarga entera vaciándose adentro, chorro tras chorro, caliente, espeso, tanto que sentí el semen desbordarme y bajarme por los muslos. Siguió empujando hasta la última gota, moliendo la pelvis contra mi cola, y se desplomó pesado sobre mi espalda, jadeando, con la polla todavía enterrada, latiendo, mientras el líquido tibio se escurría alrededor de la base.

Quise incorporarme para agarrar las botellas e irme, pero me apretó contra la mesa con la mano abierta entre los omóplatos.

—¿Qué hacés? —dije, desorientada.

—¿Pensaste que me ibas a cagar? Negocios son negocios. Dos botellas, dos vueltas. Preparate, que voy de nuevo.

Sentí que la polla, que no había llegado a aflojarse del todo, se le paraba otra vez dentro de mí, hinchándose contra las paredes. Volvió a empujar con toda su fuerza, resbalando fácil por la corrida que él mismo había dejado, sin darme tiempo a acomodarme. El semen hacía un ruido obsceno cada vez que se enterraba, un chapoteo húmedo que rebotaba en las paredes del depósito. Las nalgas me ardían, rojas de los golpes y de las palmadas nuevas que me largaba, una y otra, mientras me montaba desde atrás como a un animal.

—Mirá lo que te dejé adentro, nena. Y todavía te queda una carga más. Vas a ir a tu casa con la concha llena de leche del viejo. Y le vas a dar un beso a tu Damián con el mismo culo donde te la estoy metiendo.

Se agachó y me lamió la nuca, mordiéndome el hombro por encima de la camisa. Después me metió dos dedos en la boca, sucios de todo, y me obligó a chuparlos mientras seguía cogiéndome. Sentí que me abría más las piernas con la rodilla, cambió el ángulo y me la clavó todavía más hondo, cada estocada arrancándome un gemido que ya no podía disimular.

—No, por favor, ya está, ya me diste lo que querías. Dejame ir —imploré con la voz quebrada.

Él solo sonreía y empujaba más fuerte, agarrándome de las dos caderas con las manos, usándome como un pedazo de carne. Sabiendo que la segunda iba a tardar y que el tiempo se me terminaba, volví a provocarlo.

—Sacála, me la vas a partir, sos muy grande, no aguanto más —lloriqueaba, apretándole el coño alrededor de la polla a propósito, contrayéndolo con cada empujón para hacérselo más rico.

Bastó eso. Le escuché el gruñido, sentí las pelotas contraerse contra mi entrepierna y por fin se vació por segunda vez, mucho más adentro que la primera, empujado a fondo, quedándose apretado contra mí hasta que la última contracción se le apagó. Sacó la verga chorreando y me la restregó por las nalgas para limpiársela. Me dio una palmada brutal en la cola, tan fuerte que me quedó la mano marcada, y se apartó.

—Listo. Agarrá las botellas y andate. Y agradecé que no te la metí también por el orto, que ganas tenía.

Me acomodé la tanga —empapada al instante— y la pollera sin decir una palabra, sintiendo el semen escurriéndoseme por dentro de los muslos a cada paso, tomé la bolsa y salí. El taconeo otra vez, en ese silencio espeso. El departamento estaba a dos cuadras. Por suerte llegué antes que Damián.

***

Me bañé rápido, restregándome entre las piernas con la esponja hasta que me ardió, tratando de sacarme el olor a viejo, la baba, la corrida que seguía saliendo aun bajo el chorro caliente. Pensé en ponerme un pantalón holgado, pero las tangas limpias que tenía eran más chicas y temí que se notara lo que todavía drenaba de mí. Elegí un vestido negro, zapatos a juego, un collar discreto y el pelo recogido en una cola larga. Me maquillé apenas, respiré hondo y me mentalicé para hacer de anfitriona perfecta.

Las llaves en la puerta. Entró Damián con su jefe.

—Hola, amor. ¿No me contestaste los mensajes? —dijo, sonriendo.

—Estuve a las corridas con los mandados, perdón.

—¿Conseguiste el vino?

—Sí, sí, lo conseguí —respondí, fingiendo entusiasmo.

—¡Mirá vos! Uno de los mensajes te decía que lo dejaras, que el jefe lo traía de un amigo. Igual ahora tenemos de sobra, gracias a vos.

Tomó la bolsa que le entregaba su jefe y me la pasó para que la sumara a las mías. Para romper el hielo, le pregunté al hombre dónde se conseguía un vino tan difícil.

—Nada del otro mundo. Acá a dos cuadras hay una despensa que tiene de todo. Es amiga de la familia. De chico iba siempre a comprarle al viejo Cholo. Iba yo, porque mi vieja lo odiaba. Nunca supe por qué.

Yo sí sabía por qué. Se me heló la sangre. El amigo que el viejo esperaba en cinco minutos, el que me había nombrado entre risas, era el jefe de Damián.

La cena transcurrió con normalidad, salvo por las miradas incómodas que crucé con él más de una vez. Al final, levantó la copa.

—Buena cena, buen vino, lindo departamento, linda novia, Damián. Pusiste la vara muy alta. Y aprovecho para decirte que hoy es tu último día en la empresa.

A Damián se le fue el color de la cara.

—Tu último día como operario. Porque desde el lunes sos el nuevo líder del sector de relaciones externas. Lo hiciste bien. Felicitaciones.

Nos volvió el alma al cuerpo. Nos abrazamos, chocamos las copas, festejamos.

—¡Esto hay que celebrarlo! Conozco la mejor heladería de la ciudad —saltó Damián.

—Amor, eso queda a veinte minutos y siempre hay cola. Vas a tardar una hora. ¿Vas a hacer esperar a tu jefe? —dije, intentando frenarlo.

—Por un buen helado yo espero lo que sea —se rió el hombre, cruzando las piernas en el sillón.

—Vuelvo enseguida. No te vas a arrepentir. ¡Ya vengo, amor!

Me dio un beso y salió.

***

Apenas se cerró la puerta, me puse a levantar la mesa, nerviosa, y llevé todo a la cocina. Él me seguía con la mirada, en silencio, con la copa de champán apoyada en la rodilla.

—No te asustes —dijo de pronto, y me sobresaltó—. Entiendo que mi presencia impone. Pero hoy salió todo perfecto. Tenés un novio honesto, dedicado, con futuro. Le tengo cariño a Damián. Yo lo voy a empujar hasta lo más alto.

Concentrada en los platos, contesté demasiado relajada.

—Está bueno que tenga un padrino. Que nadie le ponga palos en la rueda.

Dejé la esponja en su lugar y lo sentí pegado a mi espalda, su voz rozándome el oído.

—De eso justamente hablo. De palos en la rueda. A veces no vienen de la empresa. A veces vienen de la propia casa. De la propia novia.

Su perfume me envolvió.

—¿Qué? Yo sería incapaz —dije, tratando de zafar.

Me sujetó de la cadera y no me dejó moverme.

—Escuchame, te la hago corta. Toda la noche cruzamos miradas. Te pusiste ese vestido en lugar de un pantalón. Cada vez que caminabas, con esos tacos, se te movía todo el culo y a mí se me iba la cabeza. —Ahora me apretaba con las dos manos, hundiéndome los dedos en la carne—. Se me para la pija de solo mirarte, nena. Tocá.

Me agarró la mano por atrás y me la puso sobre el pantalón. Sentí el bulto duro, largo, pulsando bajo la tela. Me la restregó contra la palma para que la sintiera bien.

—No fue mi intención. Es una confusión, yo no soy así —le temblaba la voz tanto como a mí.

—Te la hago más corta todavía. O me dejás acá y ahora, o el lunes le digo a Damián que el directorio lo quería afuera y que no pude hacer nada. Imaginate la cara que va a poner cuando se entere de que se quedó sin carrera por un capricho tuyo.

Apoyó su pelvis contra mi cola y me empujó hacia la mesada, aplastándome el vientre contra el mármol frío. No tenía opción. Arqueé la espalda, temblando de bronca, rogando que Damián entrara y viera la clase de hombre que era su jefe.

Me tomó del pelo, me levantó el vestido hasta la cintura y contempló mi culo un rato largo, respirando fuerte, como quien se relame antes de comer. Me bajó la tanga hasta las rodillas de un tirón, después hasta los tobillos. Pasó los dedos entre mis piernas y me encontró resbalosa, la concha empapada, chorreando. Creyó que estaba excitada. No sabía que era lo que el viejo había dejado y todavía drenaba, mezclado ahora con lo que su propio contacto me estaba sacando sin quererlo.

—Mirá cómo estás. Toda mojada, chorreando por adentro y por afuera. Pobre Damián, se merece una mujer de verdad, no esta zorra empapada —murmuraba, mientras me abría los labios con los dedos, los separaba, se los llevaba a la boca y los chupaba con un ruido asqueroso—. Sabés a puta, nena. Tenés gusto a puta.

Escuché el cinturón, el cierre, el pantalón cayéndole a los tobillos. Después el peso de la polla apoyándose sobre mi cola, caliente, la sentí grande, gruesa, distinta a la del viejo pero igual de amenazante. Me la restregó entre las nalgas, arriba y abajo, dejándome un rastro de líquido preseminal en la piel. Con la punta buscó primero el coño, entró un par de centímetros para probar el apretón, salió, volvió a entrar, se la sacó chorreando.

—No, por favor —la impotencia me hacía llorar.

—Me considero un tipo justo. Por eso te pregunto: ¿por adelante o por atrás?

—Por favor, no.

—No es una pregunta difícil —insistió, apoyando la punta contra el ojete y presionando apenas, haciéndome sentir la amenaza.

—Por adelante. Por atrás no, por favor —dije, temblando—. Te dejo terminar, pero ahí no, nunca me la metieron por ahí.

—Va a ser por atrás, entonces. Porque a mí nadie me dice qué hacer. Y si es virgen ese culito, mejor. Me gusta estrenar.

Me juntó saliva en la boca y me escupió un buche grueso entre las nalgas, después bajó la mano y me lo esparció con el dedo alrededor del culo, hundió el pulgar, giró, aflojó. Escupió otra vez, esta vez directo sobre la polla, se la untó de arriba abajo y apoyó el glande contra el orificio. Empujó despacio, con firmeza, y sentí el anillo ceder, abrirse, arder, mientras la cabeza entraba de golpe con un pop húmedo. Grité contra el brazo, mordiéndome el antebrazo para no despertar al edificio entero. Él no se detuvo: fue metiéndola de a poco, centímetro a centímetro, forzando el paso, hasta que las pelotas me chocaron contra la concha empapada y supe que la tenía toda adentro del culo.

—Uf, qué culito estrecho tenés, nena. Como me imaginé toda la cena. Bien merecida la tenía.

Se quedó quieto un segundo, disfrutando el apretón, y después empezó a bombear. Estocadas largas, sacándola casi entera, mostrándome cómo el ojete se estiraba alrededor de la base, y clavándomela otra vez hasta el fondo. Cada vaivén me sacaba un gemido ahogado, la sensación de estar partiéndome en dos, la carne del culo ardiendo, el semen del viejo escurriéndose de la concha con cada golpe.

—Mirá cómo te agarra, mirá cómo me chupa el ojete. Vos naciste para esto, para que te la metan por todos lados. Damián no sabe lo que tiene en casa.

Me metió la mano por delante y se puso a manosearme la concha mientras me cogía por el culo, hundiéndome dos dedos, después tres, restregándome el clítoris con la palma. Sintió que estaba llena de algo espeso y frunció el ceño un segundo.

—Estás muy mojada, muy hecha, parecés recién cogida. ¿Vos qué hacés antes de recibirme, eh, guarra?

No contesté. Aceleró las embestidas, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, cogiéndome tan fuerte que la mesada crujía. Me embestía el culo con estocadas cortas y rápidas, después largas y profundas, alternando, buscando su placer sin importarle nada. El dolor se fue mezclando con otra cosa, una humillación tibia que me subía por la espalda y que no quería reconocer.

Soportar la sarta de barbaridades que decía mientras me embestía fue casi peor que el dolor. Hasta que se hinchó, gruñó, se enterró hasta la base y descargó adentro del culo, tirón tras tirón, llenándomelo de semen caliente. Se quedó pegado a mi espalda un momento, jadeando en mi oído, moliendo apenas la pelvis para vaciar la última gota. Después sacó la polla despacio y sentí un chorro tibio bajarme por la parte de atrás del muslo. Yo me incorporé sin una palabra, sintiendo el ojete latiendo, entreabierto, incapaz de cerrarse del todo. Él se acomodó el pantalón, volvió al sillón y, justo entonces, la llave giró en la cerradura.

Forcé una sonrisa mientras apretaba las piernas para que no se me notara nada.

—¡Saquemos los potes para el helado! —dijo Damián, eufórico.

—Sí, sí —y se los alcancé.

Comimos el helado. Al rato, el jefe se levantó, dijo que ya era hora, y Damián lo despidió en la puerta con un apretón de manos y una sonrisa enorme. Nos quedamos solos. Nos besamos, terminamos el champán, y él quiso que hiciéramos el amor.

—Amor, es tardísimo y mañana tengo yoga temprano. Mañana, ¿sí? Hoy estoy agotada.

Y así terminó ese día imposible. Aunque, en el fondo, sentirme tan usada —con la concha todavía llena del viejo y el culo goteando la corrida del jefe— me dejó una adrenalina prohibida que no me atreví a confesarle a nadie.

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Comentarios(8)

Karla_noche

Tremendo relato, me dejo sin palabras!!

PabloBaires77

Muy bueno. La tension que se genera con ese personaje es increible, se siente el suspenso en cada linea. Espero que haya segunda parte.

FlorR_BA

Que situacion tan morbosa jaja. Yo en su lugar no se si hubiera pagado ese precio o me iba sin el vino :)

TaxiNoche22

Excelente!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo.

Malu_cba

Me recordo a algo que me paso hace unos años... aunque mi historia termino diferente jajaja. Buen relato!

SusanaPlata

La descripcion del personaje de la despensa es genial, te lo imaginas perfecto. Muy buen laburo!

LuchoRP

Se hizo corto, queria mas!! Continua por favor

nochedeluna77

¿Y al final las dos botellas valieron la pena o no? jaja. Muy entretenido, lo lei de un tiron.

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