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Relatos Ardientes

Mi primera sesión de dominación con un desconocido

La puerta se cerró con un golpe seco y el ruido de la fiesta se apagó de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero. Lo que un segundo antes era música, risas y copas chocando, ahora era un murmullo lejano al otro lado de la madera. Dentro solo quedábamos él y yo, y el latido desbocado de mi propio pecho.

Lo había conocido esa misma noche. Un amigo en común me lo presentó como Adrián, y desde el primer apretón de manos supe que había algo distinto en su manera de mirar. No me observaba como los demás. Me leía. Me desarmaba con calma, sin prisa, como quien ya sabe el final de la historia y disfruta del camino.

Llevábamos semanas hablando por mensajes antes de esa fiesta. Yo le había confesado cosas que nunca había dicho en voz alta, fantasías que solo existían en la oscuridad de mi cuarto. Y él, en lugar de juzgarme, me había prometido una cosa: que la primera vez que nos viéramos en persona, me enseñaría a entregarme de verdad.

Ahora estábamos ahí. Y la promesa pesaba en el aire.

Me miró de arriba abajo, evaluándome con esos ojos oscuros que parecían tragarse toda la luz de la habitación. Tardó una eternidad en hablar. Yo sentía cómo me ardían las mejillas bajo su escrutinio.

—¿Cuál es tu palabra de seguridad? —preguntó al fin, con una voz grave y serena que me recorrió la espalda.

—Rojo para parar todo —respondí, y noté que la voz me temblaba un poco—. Amarillo para bajar la intensidad.

Asintió despacio, satisfecho.

—Esta noche voy a llevarte más allá de donde crees que están tus límites. Si en algún momento es demasiado, usas la palabra y todo se detiene. No hay castigo por eso. ¿Entendido?

—Sí —dije.

—Sí, ¿qué?

Tragué saliva.

—Sí, señor.

Una sonrisa apenas le tocó la comisura de los labios.

—Desnúdate.

***

Mis manos temblaban tanto que tardé en encontrar los breteles del vestido. Los bajé despacio, sintiendo cómo la tela resbalaba por mi piel hasta caer a mis pies como un trapo olvidado. Él no se movió. Me dejó ahí, expuesta bajo la luz tenue, mientras se quitaba el saco con una lentitud calculada que me ponía cada nervio en tensión.

Cuando por fin se acercó, el primer contacto no fue una caricia. Fue una palmada seca y firme sobre mi trasero. El sonido restalló en la habitación silenciosa y me arrancó un jadeo que no supe contener. El calor se extendió por mi piel en segundos.

—Manos detrás de la espalda —ordenó—. Y no se te ocurra taparte.

Obedecí. Crucé las muñecas a mi espalda y dejé que me mirara, que me recorriera entera con los ojos. Me sentía vulnerable de una manera que jamás había experimentado, y al mismo tiempo, más viva que nunca.

Me guio hasta la cama y me colocó de rodillas sobre el colchón, el pecho hundido en las sábanas y las caderas en alto. La postura me hacía sentir ofrecida, sin escudos. Empezó a azotarme sin previo aviso. Fuerte. Rítmico. Cada golpe encendía mi piel y mandaba una corriente de calor líquido directo entre mis piernas.

—Cuéntalas —fue lo único que dijo.

—Uno… dos… tres… —conté entre jadeos, la voz quebrándose con cada impacto.

Cuando mis nalgas ardían y supe que estarían rojas, sentí cómo introducía algo frío y firme entre ellas. El plug entró con un movimiento lubricado y seguro, y un gemido largo se me escapó de la garganta. Apenas tuve tiempo de acostumbrarme cuando los azotes volvieron, ahora sobre la piel ya sensible. Cada golpe movía el plug dentro de mí y multiplicaba la sensación hasta volverla casi insoportable.

No voy a sobrevivir a esto, pensé. Y no quiero que pare.

***

Me ató las muñecas a los barrotes de la cabecera con unas cuerdas suaves pero firmes. Después me abrió las piernas y me sujetó los tobillos con correas a los pies de la cama. Quedé completamente inmovilizada, abierta, temblando de anticipación y de un miedo delicioso que no quería que terminara.

Sacó un vibrador pequeño y lo apoyó contra mi clítoris hinchado. Lo encendió en una intensidad media y el placer fue inmediato, brutal, eléctrico. Empecé a jadear y a mover las caderas todo lo que las correas me permitían, buscando más fricción, más de todo.

Pero él conocía exactamente lo que hacía. Cada vez que sentía que estaba a punto de llegar, apagaba el vibrador de golpe y me daba una ráfaga de azotes que me hacían lloriquear de pura frustración. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Me llevó al borde y me dejó caer cuatro veces, hasta que estaba sollozando contra la almohada, desesperada por una liberación que él me negaba con una sonrisa cruel.

—Por favor —supliqué, sin reconocer mi propia voz.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, señor. Déjeme correrme.

Se inclinó sobre mí hasta que sentí su aliento en la nuca.

—Primera vez —anunció con voz ronca—. Ahora.

Encendió el vibrador al máximo, hundió dos dedos dentro de mí y siguió azotándome con la otra mano. El orgasmo me atravesó como un rayo, de los pies a la cabeza. Grité, convulsioné contra las cuerdas y seguí corriéndome mientras él no dejaba de tocarme ni de azotarme, exprimiendo cada segundo de placer hasta que sentí que me desvanecía.

No me dio tregua para recuperarme.

***

Me desató solo para cambiarme de posición. Me puso en cuatro patas, la cara contra la almohada y las caderas bien altas. Retiró el plug y, en su lugar, deslizó un consolador grueso de un solo empujón firme. Me llenó por completo y lo dejó ahí, abriéndome, mientras tomaba una pala de cuero.

Los azotes con la pala eran distintos. Más amplios, más sonoros, un ardor que se extendía en lugar de concentrarse. Cada golpe me hacía apretar el consolador y gemir contra la tela húmeda de la almohada.

—Segundo orgasmo —ordenó—. Y este lo vas a pedir.

—Por favor, señor —jadeé de inmediato—. Por favor.

Apoyó de nuevo el vibrador contra mi clítoris y siguió castigándome sin pausa. El segundo orgasmo llegó más profundo que el primero, con las piernas temblando y lágrimas escapándose por las comisuras de mis ojos. No eran lágrimas de dolor. Eran de algo que no tenía nombre, de una entrega total que nunca había sentido con nadie.

La tercera vez fue la más larga y la más cruel. Me mantuvo casi cuarenta minutos al borde del abismo. Azotes constantes. El consolador entrando y saliendo despacio, torturándome con su lentitud. El vibrador apareciendo y desapareciendo justo cuando creía que llegaría. Cada vez que estaba a punto, paraba y me azotaba hasta que suplicaba con palabras que ni recordaba haber aprendido.

Cuando por fin me permitió correrme, fue tan intenso que vi destellos blancos detrás de los párpados. Grité su nombre sin darme cuenta, el cuerpo entero sacudiéndose en espasmos que no podía controlar.

—Buena chica —murmuró, y esas dos palabras me hicieron sentir más recompensada que cualquier caricia.

***

Cuando terminé, exhausta y temblando, me soltó las ataduras y me dejó un momento boca abajo sobre la cama. Yo respiraba agitada, con la piel ardiendo y la mente flotando en un lugar al que jamás había llegado.

Lo escuché moverse detrás de mí. El tintineo de la hebilla del cinturón, el sonido del cierre bajando. Sentí entonces su sexo, duro y caliente, rozar mi entrada empapada. Era grande. Mucho más grande que el consolador que me había llenado minutos antes.

—Ahora vas a sentirme de verdad —dijo con voz baja y oscura, acercando los labios a mi oído—. Voy a entrar de una vez. Aguanta.

Me agarró las caderas con fuerza y empujó. Entró profundo, abriéndome por completo, y grité contra la almohada. La sensación de estar tan llena, tan estirada al límite, me cortó la respiración. Por un segundo el mundo se redujo a ese punto exacto donde nuestros cuerpos se unían.

Después de unos instantes, cuando mi cuerpo cedió a su tamaño, empezó a moverse. Estocadas largas y duras, cada embestida haciendo que mis caderas chocaran contra las suyas y que las marcas de los azotes volvieran a arder con un placer agudo.

No era suave. Me follaba con un ritmo constante y profundo, una mano enredada en mi pelo manteniéndome la cabeza pegada al colchón. Y cada vez que me sentía acercarme de nuevo al borde, reducía la velocidad y me daba varios azotes con la mano abierta sin salir de mí.

—Todavía no —gruñó cuando estuve a punto—. Aguanta. Te aviso cuándo.

Me mantuvo así un largo rato, follándome sin piedad, castigándome cada vez que mi cuerpo amenazaba con desobedecer. La tensión se acumulaba en mi vientre como una tormenta que no me dejaba estallar.

Mi cuarto orgasmo llegó por fin mientras me penetraba con fuerza brutal. Me cerré alrededor de él, contrayéndome con tanta intensidad que lo escuché soltar un gemido ronco y acelerar todavía más.

No paró. Siguió embistiéndome, llevándome directo hacia el quinto sin darme respiro. Esta vez no me detuvo. Más rápido, más profundo, azotándome al mismo tiempo. El último orgasmo me dejó sin voz. Me corrí en silencio, temblando, apretándolo mientras él seguía entrando y saliendo sin descanso.

Solo entonces lo sentí tensarse. Dio unas últimas estocadas hondas y se vació dentro de mí con un gruñido grave, sosteniéndome las caderas mientras yo todavía temblaba en sus manos.

Se quedó unos segundos quieto, recuperando el aliento, antes de salir despacio. Me dejó tendida boca abajo, deshecha y goteando, incapaz de mover un solo músculo.

***

Lo que vino después me sorprendió más que todo lo anterior.

Sin decir una palabra, trajo una toalla húmeda y tibia y empezó a limpiarme con un cuidado infinito: entre las piernas, alrededor de mi entrada hinchada, las nalgas todavía marcadas. Cada movimiento era firme pero atento, casi reverente.

Después vertió aceite en sus manos grandes y se sentó a mi lado. Empezó a masajearme los glúteos con una presión profunda y lenta, trabajando justo donde más fuerte me había azotado. Dolía y aliviaba al mismo tiempo, una contradicción exquisita. Sentía cómo los músculos se aflojaban bajo sus dedos y cómo el ardor se iba apagando poco a poco.

—Estuviste increíble, pequeña —dijo en voz baja mientras nos cubría a ambos con una manta y me acariciaba la espalda—. Descansa. Cuando estés lista, hablamos de todo. Ahora solo respira.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando el latido pausado de su corazón bajo mi mejilla. Las manos seguían recorriéndome la piel con ternura, deshaciendo poco a poco la tensión de toda la noche.

Había cruzado esa puerta convencida de que sabía lo que buscaba. Me había equivocado. No buscaba el dolor ni el placer por separado. Buscaba esto: el vértigo de entregarme por completo y el alivio de saber que, al otro lado de toda esa intensidad, alguien me sostendría hasta que volviera en mí.

Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, me dejé caer del todo.

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Comentarios (6)

DarkLector22

tremendo relato, me engancho desde el primer parrafo y no lo pude soltar. Que bueno que se animen a publicar estas cosas

Carla_Oscura

la tension antes de cruzar esa puerta esta perfectamente descripta. Se siente en el cuerpo. Relato de los buenos!

LucianoR77

por favor segui contando, quede con ganas de saber como siguio todo. Excelente!!!

SinFrenosYa

jajaja la intro ya lo dice todo pero igual uno sigue hasta el final sin poder parar, eso es merito del relato

Manu_Cordob

tiene muy buen ritmo, no se hace largo ni pesado en ningun momento. Muy bien logrado

CristinaV_ok

me recordo a una experiencia que tuve hace tiempo, lo revivi completo leyendo esto. Gracias por animarte a publicarlo!

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