Lo que le ordené al padre Esteban en la sacristía
La lluvia castigaba los vitrales de la parroquia de San Cipriano con una furia que parecía tener intención. Cada gota golpeaba el cristal como un dedo impaciente. Adentro, el olor a incienso quemado y a madera vieja envolvía el silencio, y lo único que lo rompía era el eco de mis tacones avanzando sobre el mármol frío.
Me gustaba ese sonido. Anunciaba que yo había llegado.
Caminé despacio hacia el confesionario del fondo. El encaje de mi lencería rozaba mi piel bajo el vestido de seda negra a cada paso, recordándome exactamente quién era yo esa noche. Una mujer. Una pecadora sin arrepentimiento. Alguien que había venido a cobrar una deuda que ni siquiera estaba escrita.
Me arrodillé. El reclinatorio crujió bajo mi peso. Del otro lado de la rejilla escuché una respiración agitada, entrecortada, casi suplicante antes de que yo dijera una sola palabra.
Era el padre Esteban.
Joven, de facciones duras, como talladas a cincel. Pero los ojos lo traicionaban. Lo había notado domingo tras domingo, desde la primera fila, cuando se demoraban un segundo de más al pasar por mí. Bajaban hasta mi escote. Subían de golpe, avergonzados. Y luego pedían perdón al techo pintado de la iglesia.
Yo se lo concedía siempre. Pero nada es gratis, padre.
—Ave María Purísima —susurró él, con la voz temblando como una vela en corriente de aire. Su mano apretaba el crucifijo igual que un náufrago aferrado a un tablón.
—Sin pecado concebida —respondí, pegando mis labios pintados de rojo a la madera tallada. Mi aliento se coló por los agujeros de la rejilla. Lo vi recibirlo en la mejilla y estremecerse—. Vengo a confesar un deseo que no me deja dormir, padre. Un deseo que tiene nombre, sotana y una cruz colgada del pecho.
Silencio. Un silencio denso, cargado.
Escuché cómo se removía en su asiento. El cuero del banco crujió bajo su cuerpo, y algo más crujió con él. Su voto. Su disciplina. La idea que tenía de sí mismo.
—Hija —dijo al fin, tragando saliva—. El confesionario es lugar de arrepentimiento. No de tentación.
Intentaba sonar firme. Lo intentaba con todas sus fuerzas. Pero el miedo y las ganas se le enredaban en la voz como dos serpientes peleando por el mismo sol.
—El problema, padre, es que no me arrepiento de nada —respondí, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia—. Me muero de curiosidad por saber si debajo de toda esa tela negra hay un hombre de verdad… o solo un santo de madera que pintaron bonito.
Deslicé los dedos por la cortinilla de terciopelo que separaba mi celda de la suya. La aparté apenas lo suficiente para que viera mis ojos. Mis labios. La punta de mi lengua mojándolos despacio, sin prisa, sabiendo que cada segundo lo desarmaba un poco más.
Luego bajé el escote.
La luz de las velas cayó sobre mi pecho. El encaje negro sostenía mis senos como dos ofrendas dejadas en un altar equivocado. Tenía los pezones duros. Quizá por el frío de la piedra. Quizá por la excitación. Quizá por él.
—Usted sabe que soy distinta, Esteban —dije, usando su nombre por primera vez, sin el título, como una blasfemia pronunciada en voz baja. Se le notó en el respingo—. Lo sabe desde el primer domingo. Y sé que la curiosidad lo está comiendo por dentro.
—No debería… —balbuceó.
—¿No debería qué? ¿Mirar? ¿Desear? ¿Tocar?
Metí un dedo por la rejilla. Rozó sus labios húmedos, temblorosos. No se apartó. No se santiguó. No pidió ayuda al cielo ni a nadie.
Al contrario.
Cerró los ojos y soltó un gemido que no tenía nada de sagrado. Un sonido hondo, ronco, retenido durante años bajo capas y capas de obediencia. El gemido de un hombre encerrado en un hábito que le quedaba demasiado estrecho.
—Salga de ahí —le ordené en un susurro que no admitía discusión, lamiéndome la yema del dedo después de tocar su boca—. La sacristía está vacía. Y tengo preparada para usted una penitencia que ningún manual contempla.
Se levantó. Crujió el cuero del banco. Crujió la tela de la sotana. Crujió, supongo, algo más adentro, algo que llevaba mucho tiempo sin moverse.
Y me siguió.
***
La sacristía olía a cera derretida, a incienso reciente, a libros que llevaban décadas amarilleándose en sus estantes. Pero el aroma que dominaba el aire ahora era otro: el perfume que me había puesto en el cuello, entre los senos, detrás de las rodillas. Lo elegí pensando en él. Sin reconocerlo del todo. O reconociéndolo perfectamente.
Cerré la puerta con llave. El chasquido metálico lo hizo estremecerse de nuevo, y yo guardé esa reacción como quien guarda una joya.
—Arrodíllate —dije, sin mirarlo, recorriendo con los dedos el borde de la mesa de mármol donde reposaban los cálices.
—¿Yo? —preguntó, desconcertado.
—Tú. Aquí dentro no hay padre ni hija. No hay sotana ni feligresa. Solo un hombre y una mujer. Y esta noche manda ella.
Se arrodilló. La sotana se desparramó sobre el piso de madera como un charco oscuro extendiéndose a mis pies.
Caminé alrededor de él en círculo lento. Mis tacones repiqueteaban contra la madera, marcando un ritmo del que no podía escapar. Cada paso era una sentencia. Cada giro de cadera, una condena que él aceptaba sin saberlo.
—¿Has estado con una mujer, Esteban? —pregunté, deteniéndome justo detrás de su nuca.
—No… quiero decir… antes de ordenarme, hace años…
—No te pregunté por el pasado. Te pregunto por esta noche. Por esta mujer que tienes a un palmo de tu boca.
Calló. Su silencio valía más que cualquier respuesta.
Posé las manos sobre sus hombros y sentí cómo se tensaban bajo la tela negra, duros como cuerdas a punto de reventar. Bajé despacio hasta su pecho. Mis dedos encontraron la cruz que colgaba de su cuello. La tomé. La levanté. Se la quité por la cabeza con una lentitud deliberada, como quien le arranca una segunda piel.
—Esto no te va a salvar aquí dentro —susurré, dejando la cruz sobre una silla, lejos, donde no pudiera mirarla—. Esta noche, la única que puede salvarte o condenarte soy yo.
Me planté frente a él. Subí la falda de seda negra hasta la mitad del muslo, sin apuro. Él levantó la vista. Tragó saliva con tanta fuerza que le vi moverse la garganta.
—Bésame los pies —ordené.
No dudó ni un segundo. Se inclinó y besó la punta de mis zapatos. Después mis tobillos. Después la curva de mis pantorrillas. Subía despacio, con los labios temblorosos y la respiración rota, como quien reza con la boca en lugar de con las palabras.
—Así me gusta —dije, y le agarré el pelo con firmeza, guiándolo—. Así se arrepiente de verdad un hombre. Con el cuerpo entero, no con frases aprendidas de memoria.
Me bajé una media. Después la otra. Quedé con las piernas desnudas, la falda arremangada hasta las caderas. Él miraba el encaje de mi lencería con la misma reverencia con la que miraría la hostia consagrada, y esa mezcla de devoción y deseo me encendió más que cualquier caricia.
—¿Quieres ver más? —pregunté.
—Sí —susurró, con la voz hecha pedazos.
—Pídelo.
—Por favor…
—Por favor, ¿qué? Sé exacto. Aquí no se reza con medias palabras.
—Por favor, muéstreme.
Sonreí. Me bajé la lencería con una lentitud que era en sí misma un castigo. Quedé desnuda de la cintura para abajo, de pie frente a él, dueña de cada centímetro de ese momento. Mi sexo brillaba húmedo bajo la luz temblorosa de los cirios.
—Acércate —ordené.
Se arrastró de rodillas por la madera hasta quedar frente a mí. No esperé invitación ni cortesías. Le tomé la cabeza con las dos manos y la guié sin contemplaciones entre mis muslos.
—Chúpame —le dije al oído de su nuca—. Arrepiéntete con la lengua, padre. A ver si sirves para algo más que para repartir culpas.
Gimió contra mi piel. Y lamió. Lamió como si fuera su última confesión y de ella dependiera su alma. Su lengua recorría mis pliegues, mi centro, ese punto preciso que me hacía temblar las rodillas. Yo movía las caderas contra su cara, marcándole el ritmo, empapándole la boca, la nariz, la barbilla.
—Así —jadeé—. Así, padre. Usted que se pasaba la vida perdonando pecados ajenos… ahora va a saber a qué saben de verdad.
Me corrí en su boca con un temblor que me subió desde las plantas de los pies. Apreté sus orejas con los muslos hasta que casi no pudo respirar. Él siguió lamiendo, obediente, hasta que lo aparté tirando de su pelo.
***
—Levántate —ordené.
Se puso de pie con las piernas inseguras. Tenía la cara brillante, los ojos vidriosos, la sotana manchada con mi humedad. Parecía un hombre que acababa de cruzar una frontera y sabía que no había vuelta atrás.
—Desabróchate la sotana —dije.
Lo hizo con manos torpes. Primero los botones, uno a uno, demasiado lentos para mi paciencia. Después la tela negra resbaló hasta el suelo. Quedó en ropa interior, y se le notaba todo: duro, tenso, esperando una orden que no terminaba de llegar.
—Quítate el resto —ordené.
Obedeció. Su miembro quedó libre, firme, marcado, con el peso de años de espera contenida. Olía a hombre, a deseo represado, a todo lo que se había prohibido durante demasiado tiempo.
—Arrepiéntete otra vez —dije, y me arrodillé frente a él, invirtiendo la escena, recordándole que yo elegía cuándo bajar y cuándo era él quien suplicaba.
Lo tomé en mi boca. Al principio despacio, con la lengua, con los labios, mirándolo a los ojos para no perderme ni un gesto. Él gimió y buscó la pared con una mano, mi pelo con la otra.
—Dios mío —susurró.
—Dios no está en esta habitación —dije, soltándolo apenas un segundo—. Esta noche solo estoy yo. Y yo decido cuándo terminas.
Me lo metí entero otra vez. Aceleré el ritmo. Sus gemidos subieron de volumen, rebotando contra las paredes de piedra. Las piernas le temblaban. El abdomen se le tensaba con cada movimiento de mi boca.
—No voy a aguantar —dijo, casi como una disculpa.
—No quiero que aguantes. Quiero que te rindas. Quiero todo tu pecado en mi garganta, padre. Hasta la última gota.
Y se rindió. Con un gemido largo, ronco, desesperado, que llenó la sacristía entera. Lo recibí sin apartarme, sin soltarlo, hasta que se quedó vacío y sin fuerzas, apoyado contra la pared.
***
Me levanté con calma. Me limpié los labios con el dorso de la mano mientras él seguía recostado en la piedra, el pecho subiendo y bajando, la sotana hecha un bulto a sus pies.
—Esa fue tu primera penitencia —dije, recogiendo mi lencería del suelo y vistiéndome sin prisa—. La próxima vez, trae más fe. Y mucha más resistencia.
—¿Próxima vez? —preguntó, todavía sin aliento.
—Claro, Esteban. Esto no termina aquí. Tienes una larga lista de pecados por confesar. Y yo conozco muchas maneras de hacerte pagar por cada uno.
Recogí mi bolso, me subí las medias otra vez, ajusté el vestido de seda negra hasta dejarlo impecable, como si nada hubiera pasado. Antes de salir me acerqué a él, le levanté la cara con un dedo bajo el mentón y le di un beso lento en la boca. Sabía a mí. Y a él. Y a incienso.
—Nos vemos el domingo, en primera fila —susurré contra sus labios—. No me quite los ojos de encima durante la misa, padre. Porque si lo hace, voy a tener que volver a castigarlo. Y la próxima penitencia será mucho más dura.
Salí de la sacristía. La lluvia había parado. El silencio de la parroquia era distinto ahora, más espeso, más caliente, cargado de algo que ninguna oración iba a poder limpiar.
Y a mi espalda, escuché cómo el padre Esteban se dejaba caer de rodillas otra vez.
Pero esta vez no rezaba.